HOMILÍA SANTA MISA CRISMAL

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido”

 

Muy queridos hermanos y hermanas en Jesucristo:

En esta Semana Santa que Dios–Amor nos concede, celebramos hoy la Misa Crismal, que por razones de conveniencia pastoral oficiamos hoy Martes Santo, aunque su día propio es el Jueves Santo por la mañana. Sin embargo, no se debe olvidar que este motivo no resta nada a la teología de los sacramentos que los ve a todos en íntima relación y unidad con la Eucaristía.

La Misa Crismal la celebra el obispo con todos los presbíteros y diáconos de su diócesis. Ella es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y es un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Por eso en esta solemne liturgia damos gracias a Dios y celebramos con júbilo el don del sacerdocio ministerial que Cristo ha confiado a su Iglesia. Asimismo en esta solemne liturgia se bendecirán los óleos de los enfermos y de los catecúmenos y consagraremos el Santo Crisma.

Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos. Los que recibirán el don de la nueva vida en Cristo se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al maligno y al mal, antes de renacer de la fuente de la vida en el bautismo.

 

El óleo de los enfermos, de cuyo uso da testimonio el apóstol Santiago en su Carta (ver St 5, 14), alivia y sana las dolencias del cuerpo, del alma y del espíritu de los enfermos, para que puedan sobrellevar con fortaleza la enfermedad, conseguir el perdón de sus pecados y encontrar alivio para sus padecimientos, de tal manera que adheridos valerosamente a la Cruz del Señor, sus sufrimientos se conviertan en fuente de purificación y santificación para sí, pero también para la Iglesia y para el mundo entero.

Después de bendecidos estos óleos, consagraremos el Santo Crisma. La palabra “crisma” proviene del latín chrisma, que significa unción. A diferencia del óleo de los enfermos y de los catecúmenos, a este óleo o aceite se le añaden bálsamos o aromas. Así el santo crisma, es óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, que es derramado sobre nosotros, junto con sus dones, el día de nuestro bautismo, confirmación y en la ordenación de los sacerdotes y obispos. El crisma indica el deber de todo cristiano a ser olor suave y delicioso por su vida de santidad, “pues nosotros somos para Dios la fragancia de Cristo”, como afirma San Pablo (2 Cor 2, 15).

Permanece en la Unción recibida

Como he señalado al comienzo de la homilía, esta Eucaristía es también ocasión para celebrar el don del sacerdocio ministerial que Cristo, Sumo y Eterno sacerdote, ha donado a Su Iglesia y del cual participamos aquellos a quienes se nos han impuesto las manos y hemos sido ungidos sacerdotes del Señor: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido” (Lc 4, 18).

Queridos hermanos sacerdotes, el día de nuestra ordenación fuimos ungidos. Ser ungido significa asumir un servicio, quedar expropiado de sí mismo y ponerse a total disposición de uno que es más grande que nosotros: el Señor Jesús; y por medio de Él a total disposición de los demás.

Ahora bien, específicamente fuimos ungidos en las manos, y con ello se expresó la hermosa realidad que Cristo quería nuestras manos, símbolo de todo nuestro ser, para que transmitamos el toque divino de su amor al mundo de hoy, a nuestros hermanos y hermanas. Nuestro deber es permanecer en esta unción siendo amigos de Jesucristo. Sólo así podremos hablar y actuar verdaderamente «in persona Christi», a pesar de que nuestra posible lejanía interior del Señor no comprometa la validez del Sacramento.

Pero seamos sinceros y preguntémonos con honestidad: El olor del crisma que fue derramado en nuestras manos el día de nuestra ordenación, ¿aún exhala, aún se advierte? Recuerdo que cuando fui ordenado sacerdote hace un poco más de treinta años, al mes de mi ordenación me encontré en una concelebración eucarística con un Obispo amigo, quien le decía a todos los demás con el deseo de significar que estaba recién ordenado: “Todavía huele a crisma”. ¿Todavía olemos a crisma a pesar del tiempo transcurrido? ¿No será que por nuestra culpa cada vez huele menos, se nota un poco menos la unción de nuestro sacerdocio?

¿Permanecemos en la unción recibida el día de nuestra ordenación sacerdotal? Esta es la pregunta que hoy debemos hacernos de cara al Señor Jesús, nosotros que somos sus sacerdotes, aquellos sobre quienes Él ha dicho el día de nuestra ordenación: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 15).

Queridos hijos y hermanos sacerdotes: Hay el grave riesgo y la constante tentación del diablo, de no permanecer en la unción recibida. Ello sucede si cedemos a la mundanidad espiritual, que como bien dice nuestro Papa Francisco, “es el mayor peligro para la Iglesia, para nosotros, que estamos en la Iglesia. Ella es peor, es más desastrosa que la lepra que había desfigurado a la Esposa amada (la Iglesia) en la época de los papas libertinos. La mundanidad espiritual es poner en el centro a uno mismo. Es lo que Jesús ve en los fariseos: «Vosotros que aceptáis gloria uno de otros»”. (Jn 5, 44).

Hay el grave riesgo de no permanecer en la unción recibida cuando caminamos sin la Cruz. Así lo advertía también el Santo Padre Francisco en su primera homilía hace pocos días en la Capilla Sixtina con los Cardenales: “Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz, no somos discípulos del Señor. Somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Me gustaría que todos, luego de estos días de gracia, tengamos la valentía, precisamente la valentía, de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que se derrama en la Cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Así la Iglesia avanzará”.

Corremos el gravísimo peligro de no permanecer en la unción, cuando nos hacemos prisioneros de nosotros mismos, de nuestros puntos de vista, de nuestras valoraciones y métodos. Cuando como Judas, creemos saber más y mejor que el Señor y que la Iglesia. Así el corazón termina cercado, sitiado, prisionero de sí mismo, sin lugar en él para Dios y sin capacidad de amar a los demás, porque todo esta copado por nuestro orgullo y soberbia. De esta manera perdemos la alegría del Espíritu Santo que es la que sostiene nuestra esperanza, y dejamos de ser ministros santos para volvernos en funcionarios o burócratas del Reino y no en sacerdotes del Señor que comparten desde la fe la vida de la gente, especialmente de quienes más sufren.

Permanecer en la unción recibida, éste es nuestro reto cotidiano. Y permanecemos en la unción recibida cuando Jesús es cada día más y más la razón de ser de nuestra vida sacerdotal. Cuando Él sigue siendo mi gran Amigo y esa amistad con el Divino Maestro me alienta y apremia a configurarme con Él, para ser en todo semejante a Él. Permanecemos en la unción recibida cuando también vivimos en la comunión con el Cristo total, Cabeza y Cuerpo, en la lozana y bella vid de la Iglesia animada por su Señor. Permanecemos en la unción recibida cuando caminamos por el mundo como Cristo anduvo, predicando la Verdad, haciendo el bien sobre todo a los que lo necesitan cada día y alegrando la vida de los hermanos y hermanas mediante el servicio cariñoso y amable, desterrando todo arranque prepotente y maltrato a los demás. Permanecemos en la unción recibida cuando sembramos hondamente en el corazón de nuestros hermanos, especialmente en los más humildes, la Palabra del Señor, de manera que sus corazones queden “protegidos para que no penetre en ellos tanta mala palabra, tanto chisme, tanta chabacanería, tanta mentira y tanta palabra interesada”. Finalmente, permanecemos en la unción recibida cuando diariamente le entregamos a Jesús todo lo que somos y tenemos y así le dejamos a Él ejercer su sacerdocio a través de nosotros, sobre todo en la Misa diaria.

Renovación de las promesas sacerdotales: Sí, quiero.

Para que el mundo y la rutina no marchiten lo que es grande y misterioso en nosotros, no diluyan el perfume de nuestra unción sacerdotal, necesitamos volver a aquella hora en la que el Señor puso sus manos sobre nosotros, nos ungió y nos hizo partícipes del misterio de su sacerdocio como regalo extraordinario de su amor de elección. Por ello en esta Misa con el corazón lleno de gratitud, renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Este sencillo pero significativo ritual nos conduce con la mente y el corazón al día inolvidable en que asumimos el compromiso de unirnos íntimamente a Cristo, modelo de nuestro sacerdocio para ser fieles dispensadores de los misterios de Dios, dejándonos guiar no por nuestros propios intereses humanos nutridos de egoísmo, sino sólo por el amor a Dios y a los hermanos.

Queridos hermanos sacerdotes: ¿Hemos sido fieles a nuestras promesas sacerdotales? ¿Hemos tratado de vivir con irreprensibilidad nuestro sacerdocio? O, y ésta pregunta vale también para todos los presentes y no sólo para los sacerdotes, ¿somos de aquellos “peces malos” que se encuentran en las redes de Pedro? Ruego al Señor que no se apague en ninguno de ustedes el entusiasmo de vuestra ordenación sacerdotal y que siempre se perciba en vuestras vidas el olor de vuestra unción.

Y ustedes queridos fieles cristianos, Pueblo de Dios, rueguen por sus sacerdotes para que sean fieles y santos, atentos dispensadores de los misterios divinos, de modo especial de la misericordia divina en el sacramento de la Confesión y del Pan de Vida y del Cáliz de la salvación en la Eucaristía.

Año de la fe y Profesión de la Fe

Previamente a la renovación de sus promesas sacerdotales, y en el marco del Año de la Fe que estamos viviendo, los presbíteros harán hoy solemne profesión de la Fe de la Iglesia. Hermanos este año de gracia nos pide a todos renovar y revitalizar nuestra Fe como respuesta a las nuevas idolatrías reinantes de nuestro tiempo como son el relativismo, el materialismo, el narcisismo y el consumismo, actitudes de vida totalmente alejadas de lo que es la adoración al verdadero Dios.

El Año de la Fe de alguna manera lo que nos quiere decir es lo que San Pablo repetía a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo” (2 Tim 2, 8), Él es el centro de tu vida, la referencia fundamental y el corazón de la Iglesia. “Acuérdate de Jesucristo”, es decir mantente fiel a Él, trae a la memoria sus enseñanzas, su vida, su Cruz, sus padecimientos, su obra reconciliadora, no te avergüences de ser testigo del Señor ni tengas miedo a sufrir a causa de ser su discípulo. Esto es lo que nos pide el Año de la Fe y la profesión de fe que ahora haremos.

María, Madre de los Sacerdotes

Cercano ya el Viernes Santo invito a todos, pero especialmente a los sacerdotes a mirar la Cruz del Señor y a escuchar las palabras que hoy te dirige, nos dirige, desde ella: “He ahí a tu Madre” (Jn 19, 27). Si bien María es Madre de todos, Madre de la Iglesia, Ella tiene una relación peculiar de maternidad con los sacerdotes, quien sabe porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su Inmaculado y Doloroso Corazón y porque como Ella, los sacerdotes están totalmente comprometidos en la misión de anunciar, testimoniar y dar a Cristo al mundo de hoy.

Queridos hermanos sacerdotes: Que en esta Semana Santa y siempre puedan descubrirse hijos predilectos de la Santísima Virgen María, y renovarle su piedad filial, para que así la fragancia de tu unción sacerdotal permanezca y nunca desaparezca. No se olviden que el Concilio Vaticano II invita a los sacerdotes a contemplar a María como el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como “Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, Auxilio de los presbíteros en su ministerio”. Y los sacerdotes -prosigue el Concilio- “han de venerarla y amarla con devoción y culto filial”. San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, solía repetir: “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su Santa Madre”. Si bien esto vale para todo cristiano, vale de modo especial para los sacerdotes.

Queridos hermanos y hermanas, oremos para que María haga a todos los sacerdotes, en todos los problemas del mundo de hoy, conformes a la imagen de su Hijo Jesús, dispensadores del tesoro inestimable de su amor de Pastor bueno.

¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros!

San Miguel de Piura, 26 de marzo de 2013

Martes Santo – Santa Misa Crismal

 

 

 

 

1.- Jorge Mario Cardenal Bergoglio, Entrevista a la revista 30 Días, N° 11 Noviembre 2007.

2.- S.S. Francisco, Santa Misa con los Cardenales – Homilía, 14-III-2013.

3.- Jorge Mario Card. Bergoglio, Homilía Santa Misa Crismal, Buenos Aires, 5 de abril de 2012.

4.- Ver S.S. Benedicto XVI, Bendición a los participantes en la Procesión de Antorchas, 11-X-2012.

5.- Decreto Presbyterorum ordinis, n. 18

6.- Bernat Nodet, El cura de Ars. Su pensamiento, su corazón, Pág. 305.

martes 26 marzo, 2013