HOMILÍA – ORDENACIONES SACERDOTALES Y DIACONALES – 2014

Domingo de la Divina Misericordia

Canonización de los Santos Papas Juan XXIII y Juan Pablo II

¡San Juan Pablo II, ruega por nosotros!

Para nosotros los católicos, el día de hoy domingo 27 de abril de 2014, quedará en la historia como una fecha memorable. Junto con el Beato Juan XXIII, el Papa Bueno que convocó el Concilio Vaticano II y le dio inicio, hoy, Domingo de la Divina Misericordia en la Octava de Pascua, ha sido canonizado también Juan Pablo II, el Papa polaco, el Papa peregrino e incansable Apóstol de la reconciliación, quien visitara nuestra ciudad de San Miguel de Piura el 4 de febrero de 1985. A partir de hoy, podemos decir alborozados: “San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!”. Toda la Iglesia, con gran júbilo, cuenta desde hoy con la intercesión de Karol Wojtyla, quien desde el cielo continua velando por su amada Iglesia, a la que con tanto amor y celo supo pastorear, guiar y defender como Sumo Pontífice desde su elección el 16 de octubre de 1978 hasta su tránsito a la Casa Paterna un 2 de abril del año 2005.

En lo personal, siento un particular aprecio y cercanía por el Papa Juan Pablo II. Fui ordenado sacerdote y consagrado obispo bajo el pontificado del Papa Wojtyla, quien con gran generosidad me llamó para servir al Señor Jesús y a su Santa Iglesia en el ministerio episcopal.

Las ocasiones en que pude tratarlo personalmente quedé muy impresionado por su gran sencillez, por la profunda paz que irradiaba su persona y al mismo tiempo por la fortaleza espiritual que manifestaba, incluso en los momentos en que la enfermedad y los años lo hacían ver sumamente frágil. Su bondad y afabilidad, unidas a un espíritu risueño que me hacía recordar la infancia espiritual exaltada por el Señor Jesús en el Evangelio (ver Mt 18, 3), nunca lo abandonaron. Demos gracias a Dios que nos permitió conocer y ser visitados por un ¡Santo!

Sacerdotes del Señor, sacerdotes hasta el final

A esta inmensa alegría, se une el día de hoy el gozo que nuestra Arquidiócesis se ve bendecida con el don de cuatro nuevos sacerdotes y tres nuevos diáconos. Creo que estas ordenaciones son el mejor homenaje que podemos tributarle a San Juan Pablo II, quien fue un sacerdote hasta el final. Queridos Dergi Facundo, Juan Arturo, Alfredo Dany y Edgar Sebastián: Por la imposición de manos por parte del Obispo y la oración consecratoria, ustedes quedarán configurados para siempre, con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Con ustedes damos gracias a Dios Padre porque los ha elegido desde toda la eternidad para ser ministros sagrados de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Asimismo, damos gracias a Dios Uno y Trino, porque nos hace a todos nosotros ser testigos y partícipes de este don tan grande para con su Iglesia peregrina en Piura y Tumbes. Pero junto con nuestra acción de gracias no descuidemos la continua plegaria que el Maestro nos mandó hacer con fe e insistencia: “Rogad al dueño de la mies que envíe más obreros a su mies” (Lc 10, 2).

Al configurarse con Cristo sacerdote y unirse al sacerdocio del Obispo, serán transformados en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, celebrar los sagrados misterios, principalmente en el santo sacrificio de la Misa, y apacentar al Pueblo de Dios.

Por ello enseñen en nombre de Cristo, el único Maestro de la verdad y de la vida. Transmitan generosamente la Palabra de Dios, aquella Palabra que ustedes también como Karol Wojtyla, escucharon un día entregándose confiadamente a ella: “¡Sígueme!”. Que el anuncio de la Palabra de Jesús sea alimento para el Pueblo de Dios a ustedes encomendado y que vuestro esfuerzo continuo por vivirla, sea para vuestros hermanos en la fe el mejor estímulo para su seguimiento y la certeza de su autenticidad. Para transmitir íntegramente la Palabra de Dios no se olviden que, “el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (DV n. 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma”. Por ello tengan sincero aprecio y leal adhesión al Magisterio.

Asimismo santifiquen en Cristo al pueblo cristiano, sobre todo con la celebración diaria de la Eucaristía. Que como San Juan Pablo II, vuestra celebración piadosa, recogida y reverente de la Santa Misa sea expresión diaria de que el amor de Cristo es la pasión dominante de sus vidas.

Queridos hijos: sin un profundo y continuo arraigarse en el Señor Jesús por la celebración de la Eucaristía, no hay posibilidad de llevar el peso del ministerio sacerdotal que supera las fuerzas puramente humanas y llegar a ser pastor legítimo del rebaño de Cristo. Será en la celebración diaria de la Misa donde aprenderán a darse cada día, a convertir sus vidas en sacrificio agradable al Padre por medio de Cristo (ver Rom 12, 1), y donde aprenderán a amar la Cruz pero desde una perspectiva de fe, que es fuente de vida interior.

Igualmente incorporen a los hombres al Cuerpo Místico de Cristo por el Bautismo, perdonen los pecados en nombre del Señor y de la Iglesia por el sacramento de la Penitencia, den a los enfermos el alivio del óleo santo, y no dejen la Liturgia de las Horas por medio de la cual, a lo largo del día, elevamos la alabanza, la acción de gracias y la súplica, no sólo por la Iglesia sino por el mundo entero y su salvación. Realicen con alegría, caridad y desinterés personal el ministerio de Cristo sacerdote, recordando que su vocación es fruto de la Divina Misericordia, cuya fiesta hoy celebramos. Como solía decir el Santo Papa Wojtyla, no hay que olvidar nunca que la vocación sacerdotal es antes que nada “misterio de misericordia”. Por ello, experimenten siempre la gracia de su sacerdocio como sobreabundancia de misericordia. La misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios los ha elegido. Misericordia es la condescendencia con la que el Señor Jesús los llama a partir de hoy a actuar como representantes suyos, aun sabiéndose pecadores e indignos de este don.

Si son conscientes siempre que su vocaciones misterio de misericordia, entonces podrán ser servidores de Cristo y administradores fieles de los divinos misterios, y vivirán cada día su sacerdocio como admirable intercambio entre Dios y el hombre donde uno, “ofrece a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre (el sacerdote) otro sí mismo”.

Finalmente sean pastores de la grey de Cristo. Permaneciendo unidos a su Obispo y bajo su guía, esfuércense por reunir a los fieles en una sola familia de forma que en la unidad del Espíritu Santo, por Cristo, puedan conducirlos al Padre. Para ello como San Juan Pablo II el Grande, estén dispuestos a sufrir en profunda comunión de vida con el Señor Jesús crucificado. En los tiempos modernos, nadie como el Papa Wojtyla nos ha enseñado a comprender que al mal se le destruye con el sufrimiento traspasado de amor. El Santo Papa, con el ejemplo de su vida, nos ha aclarado el verdadero sentido de la Pascua que hoy celebramos: El sufrimiento destruye y consume el mal, el pecado, con el fuego del amor. Nos queda como signo imborrable de ello, el recuerdo vivo de haberlo visto por largos años llevar con verdadera fortaleza espiritual la cruz de su enfermedad. Cómo olvidar verlo abrazado al crucifijo en su capilla privada durante el Vía Crucis de la última Semana Santa que vivió el año 2005 y su incapacidad para poder hablarnos desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano cuando en el último domingo de Pascua de su vida sólo nos pudo dar su última bendición Urbi et Orbi.

Queridos hijos, sean como Juan Pablo II sacerdotes hasta el final, hasta el fondo, es decir sean sacerdotes santos; y “el sacerdote que quiere santificarse no busca las riquezas; no busca la paga; no mide los ministerios por los estipendios; no clasifica las parroquias por la renta, sino que busca únicamente a Cristo y sus almas”, porque el verdadero fundamento y raíz de toda vocación sacerdotal es el amor a Cristo, como bien supremo de la vida, y la salvación de los hermanos.

El Diaconado: servidores en nombre de Jesucristo

Y ustedes Carlos, Jorge Luis y Edward Alexander, hoy son ordenados diaconados y así dan un nuevo y decisivo paso en su camino al sacerdocio ministerial. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudarán a partir de hoy a su Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad, mostrándose como Jesús, que no vino a ser servido sino a servir, como servidores de todos. En nombre del Obispo, exhortarán a todos enseñándoles la doctrina santa, presidirán las oraciones, administrarán el bautismo, asistirán y bendecirán matrimonios, llevarán el viático a los moribundos y presidirán las exequias o funerales. Asimismo consagrados por la imposición de manos, ejercitarán el ministerio de la caridad especialmente con los más pobres y necesitados, quienes siempre deberán encontrarlos solícitos y acogedores.

Ejercerán su ministerio diaconal observando el celibato, el cual asumen hoy para toda la vida como signo de su total consagración a Cristo y por causa del Reino de los cielos, cuya vivencia adquirirá una dimensión sacerdotal cuando sean ordenados presbíteros. Por ello desde hoy cuiden y cultiven su celibato.

Al respecto el Santo Papa Juan Pablo II decía: “En la sociedad actual que valora ciertas concepciones erróneas de la sexualidad, el celibato sacerdotal…recuerda de manera profética el profundo sentido de la existencia humana. La castidad dispone a quien se ha comprometido a ella a poner su vida en las manos de Dios, ofreciendo al Señor todas sus capacidades interiores, para el servicio de la Iglesia y la salvación del mundo. Mediante la práctica de «la perfecta y perpetua castidad por el reino de los cielos», el sacerdote reafirma su unión mística con Cristo, a quien se consagra «de una manera nueva y excelente» y «con un corazón no dividido» (Presbyterorumordinis, n. 16). Así, en su ser y en su acción libremente se entrega y se sacrifica a sí mismo, como respuesta a la entrega y al sacrificio de su Señor. La castidad perfecta lleva al sacerdote a vivir un amor universal y a estar atento a cada uno de sus hermanos. Esta actitud es fuente de una incomparable fecundidad espiritual, «con la que no puede compararse ninguna otra fecundidad carnal» (san Agustín, De sanctavirginitate, 8), y dispone, en cierto modo, a «aceptar en Cristo una paternidad más amplia» (Presbyterorumordinis, n. 16).”

Queridos ordenandos: el celibato es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa nuestro servicio al Pueblo de Dios en y con el Señor. Recuerden que el celibato se vivifica con la virtud de la pureza. No es posible amar a Cristo y a los demás con un corazón impuro. “No hay que olvidar que sobre el misterio eucarístico, celebrado y adorado, se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo”.

Dos referencias finales a Juan XXIII y Juan Pablo II

Quiero concluir esta homilía con dos referencias finales a los Santos Romanos Pontífices que hoy han sido elevados a los altares y que estoy seguro ayudarán a los ordenandos en la santa y fiel vivencia de su sacerdocio y diaconado.

La primera es sobre el San Juan XXIII, quien fuera llamado el “Papa Bueno”, por la afabilidad de su trato, el cual reflejaba la singular bondad de su corazón. “La ráfaga de novedad que aportó el Santo Papa Juan XIII no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra”; y con esta bondad y simpatía conquistó los corazones para Jesús.

A semejanza de él exhorto a los que hoy son ordenados a que abran siempre sus brazos para acoger a todos; a que vivan su ministerio con rostro sonriente, es decir con alegría; y a que con simpatía y cordialidad se acerquen a todos sin excepción. Así renovarán la esperanza en la vida de muchas personas.

En los últimos momentos de su existencia terrena el Papa Roncalli confío a la Iglesia su testamento espiritual el cual dice a la letra: “Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad”. Queridos ordenandos si quieren ser fieles y santos en su vocación, recojan este testamento y vivan conforme a él.

La segunda referencia es sobre el San Juan Pablo II. Uno de los aspectos más resaltantes de su personalidad fue su profundo amor filial a Santa María. Si hubo un apóstol con el cual él se identificó fue sin lugar a dudas con San Juan, el discípulo amado, quien permaneció junto a la Cruz al lado de María en la hora del abandono y la muerte del Señor, y por ello tuvo el premio de recibir el testamento de Cristo crucificado y con él a María como Madre, a quien supo acoger en su propio corazón. Cómo olvidar que como lema de su Pontificado escogió el memorable TotusTuus, enseñándonos así que solamente llegamos a ser completamente de Cristo a través del Corazón Inmaculado y Doloroso de Santa María. Sean por tanto sacerdotes profundamente marianos.

Y con el Papa Francisco le pido yo de manera especial a María Santísima, Madre y Señora de estos sacerdotes jóvenes: Oh Madre, cuida el brillo alegre en los ojos de los recién ordenados, que salen a comerse el mundo, a desgastarse en medio del pueblo fiel de Dios, que gozan preparando la primera homilía, la primera misa, el primer bautismo, la primera confesión. Que comparten maravillados por vez primera como ungidos, el tesoro del Evangelio y sienten como el pueblo fiel los vuelve a ungir de otra manera: con sus pedidos, poniéndoles la cabeza para que los bendigan, tomándoles de las manos, acercándoles a sus hijos, pidiéndoles por sus enfermos… Cuida Santa Madre de Dios en los jóvenes sacerdotes de tu Divino Hijo, la alegría de salir, de hacerlo todo como nuevo, la alegría de quemar la vida por el Señor Jesús.

San Miguel de Piura, 27 de abril de 2014

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

 

martes 21 octubre, 2014