HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL Y PRESBITERAL

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
14 de septiembre de 2011

 

Los orígenes de la Fiesta
“Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo; en Él esta nuestra salvación, vida y resurrección; Él nos ha salvado y libertado” (Gal 6, 14). Con estas palabras de San Pablo a los Gálatas, comienza la Eucaristía de este día en que celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Precisamente esto es lo que hacemos en cada celebración de la Santa Misa. La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “el sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son un solo y mismo Sacrificio” (1). De esta manera él único y definitivo sacrificio reconciliador de Cristo, se actualiza en el tiempo aplicando a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por el Señor Jesús una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos (2).

Los orígenes de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se remontan a la primera mitad del S. IV. El 14 de septiembre del año 335, fue dedicada la Basílica levantada por el emperador Constantino en el Monte Calvario, en el lugar donde su madre Santa Elena encontró la Cruz del Señor Jesús. Asimismo la fiesta de hoy conmemora la recuperación de la Cruz de Cristo el año 614 por el emperador Heraclio, quien la rescató de manos de los persas que la habían robado de Jerusalén.

La Cruz: señal de los cristianos
La Cruz es la señal de los cristianos. Bajo ella comenzamos y terminamos el día, el trabajo, el descanso, la oración, y las celebraciones litúrgicas, sobre todo la Santa Misa. En la Cruz depositamos nuestras alegrías y sobre todo nuestros dolores. Ella es compañía en nuestra soledad; consuelo y fortaleza en nuestra debilidad. La Santa Cruz está presente en las torres de las iglesias, en los hogares cristianos, en los caminos y cerros de nuestros pueblos, sobre el pecho de los obispos, en las tumbas de nuestros muertos y sobre todo en los altares. Más aún, ella fue plantada por vez primera en el Perú, precisamente en nuestra querida Arquidiócesis, el año 1532, en el Distrito de la Cruz, de donde proviene César Augusto, dándose así inicio a la gesta de la evangelización de nuestras tierras. Hasta el día de hoy veneramos esa misma Cruz con el nombre de “Cruz de la Evangelización”.

¿Por qué los cristianos veneramos la Santa Cruz?
Muchos podrían tener la tentación de preguntar por qué los cristianos veneramos la Cruz, un instrumento de tortura, de sufrimiento, de fracaso y derrota. Si bien es cierto que la Cruz expresa todas estas realidades, sin embargo “a causa de Aquel que ha sido elevado en la Cruz por nuestra salvación (el Señor Jesús), ella representa también el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todos los males del mundo” (3).

La Cruz, por tanto, es algo más grande y misterioso de lo que parece a primera vista. Ella habla de amor, y de esperanza; habla de victoria sobre Satanás, el pecado y sus frutos más amargos que son la muerte y el sufrimiento. Ningún poder terreno puede derrotar el mal del pecado, fuente de todos los males e injusticias que padecemos en nuestra vida, tanto personal como social. Ningún poder terreno puede vencer a la muerte. Sólo el amor reconciliador de Cristo en la Cruz puede transformar radicalmente la realidad del pecado y de la muerte. Muriendo en la Cruz, el Señor Jesús nos alcanzó el don de la perfecta reconciliación con Dios su Padre y nuestro también; con nosotros mismos; con nuestros hermanos humanos y con la creación. En la Cruz, Cristo nos abrió el camino a la libertad, y a una vida feliz y eterna.

Por ello de manera hermosa canta el Prefacio de la Misa de hoy: “Porque (Dios) ha puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro” (4). Sí, hermanos: el mundo necesita de la Cruz.

Por ello si oyeres que alguien te dice: “pero ¿adoras a un crucificado? Lejos de agachar la cabeza y de sonrojarte de confusión, saca de este reproche ocasión de gloria, y que la mirada de tus ojos y el aspecto de tu rostro muestren que no tienes vergüenza. Si vuelven a preguntarte al oído: ¡Cómo!, ¿adoras a un crucificado?, contesta: ¡Sí!, yo lo adoro” (…). Yo adoro y me glorío de un Dios crucificado que, con su Cruz, redujo al silencio a los demonios y eliminó toda superstición: ¡para mí su Cruz es el trofeo inefable de su benevolencia y de su amor! (5)

Mensajeros de la Cruz
Queridos César Augusto y Juan Carlos: hoy se ordenan sacerdote del Señor uno y diácono el otro, pero ambos bajo el signo de la Cruz. Por tanto se les confía hoy el mensaje de la Cruz para que puedan ofrecer esperanza al mundo. Son constituidos mensajeros de Cristo crucificado. Por tanto no se anuncien nunca a ustedes mismos, sino a Él. No ofrezcan al mundo su propia sabiduría, sino que por su ministerio presbiteral y diaconal actúen como instrumentos de la sabiduría, del amor y de los méritos redentores de Jesús crucificado. Porque, “nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero poder y sabiduría de Dios para los llamados” (1Cor 1, 23-24).

¡Qué grande es la bondad del Señor para con ustedes! A pesar de ser vasijas de barro (ver 2 Cor 4, 7), Él los ha mirado con amor y llamado por su nombre para que sean mensajeros de la verdad de la Reconciliación que tanto necesita escuchar el mundo de hoy. Sean siempre humildes, como lo fue Cristo en la Cruz. Reconozcan en todo momento la propia indignidad, pero al mismo tiempo, esfuércense cada día, en activa cooperación con la gracia, por hacerse un poco menos indignos de su vocación, de tal manera que con su santidad de vida hagan creíble al mundo el Amor del Crucificado.

El diaconado
Querido Juan Carlos, hoy se te imponen las manos no en orden al sacerdocio sino para realizar un servicio. Hoy quedarás configurado con Cristo que se hizo “diácono”, es decir servidor de todos (ver Mc 10, 45; Lc 22, 27). Cuando llegue el momento de tu ordenación sacerdotal no te olvides nunca de este día porque todo sacerdote sigue siendo diácono, a semejanza del Señor. Pensemos si no en el gesto del lavatorio de los pies (ver Jn 13, 1-15), con el que Jesús, el Maestro, el Señor, actúa como servidor y quiere que cuantos le sigan sean diáconos, es decir, que desempeñen el ministerio sacerdotal a favor de la humanidad en dinámica de servicio, hasta el punto de ayudar también a lavar los pies sucios de los hombres confiados a nosotros.

Querido Juan Carlos: pídele a Jesús que te conceda hoy y para siempre el imitarlo en su caridad llena de sencillez y generosidad para con todos, especialmente con los pobres, los enfermos, los alejados y los pecadores. Defiende siempre la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su fin natural. De esta manera darás testimonio, en un mundo que pretende excluir a Dios y hacer del poder, el tener o el placer los únicos criterios de vida, que la existencia sólo es bella y se despliega en plenitud en el amor servicial de Cristo.

Entre tus tareas como diácono te corresponderá asistir al Obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios, sobre todo de la Eucaristía y en su distribución a los hermanos; asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo; proclamar el Evangelio y predicar; presidir las exequias y multiplicarte en el servicio de la caridad.

Se valiente anunciador del Evangelio, porque “Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios… la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano” (6). Pero no te olvides que se trata de anunciar a Jesucristo como quien se ha encontrado con Él. Se trata de anunciarlo, desde la propia existencia personal de encuentro y de comunión con Él, desde la fe vivida cotidianamente, con coherencia de vida, dando el testimonio de quien cree en el Señor Jesús y le cree al Señor Jesús. Por eso cuando dentro de poco te entregue el libro del Evangelio te diré: “convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado” (7). Sólo así podrás realmente ayudar a otros a abrirse al don de la Buena Nueva.

El sacerdocio
Querido César Augusto: hoy te ordenas sacerdote de Cristo. Medita hoy y por todos los días de tu vida las palabras que te dirigiré cuando te haga entrega de la patena y el cáliz: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor” (8).

Tu ministerio sacerdotal será santo y fecundo si a la vez que proclamas la Cruz de Cristo, te esfuerzas siempre por vivir con generosidad el amor gratuito de quien se ofreció a sí mismo por nosotros en el altar de la Cruz; de quien es al mismo tiempo sacerdote y víctima; de Aquel en cuyo nombre hablarás y actuarás cuando ejerzas el ministerio sacerdotal que ahora recibirás para siempre.

Querido César Augusto: es grande el misterio que hoy recibes: nada menos que el sacerdocio de Cristo. Que sea nuestro Santo Padre Benedicto XVI, quien el pasado mes de junio cumplió 60 años de ordenación sacerdotal, quien te ayude y nos ayude a comprender la grandeza del don que hoy recibes y que nosotros sacerdotes hemos recibido: “Pero lo que sucedía en aquel momento era todavía algo más. Él me llama amigo. Me acoge en el círculo de aquellos a los que se había dirigido en el Cenáculo. En el grupo de los que Él conoce de modo particular y que, así, llegan a conocerle de manera particular. Me otorga la facultad, que casi da miedo, de hacer aquello que sólo Él, el Hijo de Dios, puede decir y hacer legítimamente: Yo te perdono tus pecados. Él quiere que yo –por mandato suyo– pronuncie con su «Yo» unas palabras que no son únicamente palabras, sino acción que produce un cambio en lo más profundo del ser. Sé que tras estas palabras está su Pasión por nuestra causa y por nosotros. Sé que el perdón tiene su precio: en su Pasión, Él ha descendido hasta el fondo oscuro y sucio de nuestro pecado. Ha bajado hasta la noche de nuestra culpa que, sólo así, puede ser transformada. Y, mediante el mandato de perdonar, me permite asomarme al abismo del hombre y a la grandeza de su padecer por nosotros los hombres, que me deja intuir la magnitud de su amor. Él se fía de mí: «Ya no siervos, sino amigos». Me confía las palabras de la Consagración en la Eucaristía. Me considera capaz de anunciar su Palabra, de explicarla rectamente y de llevarla a los hombres de hoy. Él se abandona a mí. «Ya no sois siervos, sino amigos»: esta es una afirmación que produce una gran alegría interior y que, al mismo tiempo, por su grandeza, puede hacernos estremecer a través de las décadas, con tantas experiencias de nuestra propia debilidad y de su inagotable bondad” (9).

Oración, Obediencia y Celibato
Querido hijos: Quiero darles esta noche tres consejos finales para que vivan fielmente, tu Juan Carlos, tu diaconado, y tu César Augusto, tu sacerdocio.

En primer lugar no descuiden su vida de oración. Ella es la garantía para que sean fieles y santos. Hoy con vuestras ordenaciones están haciendo una opción radical por Cristo y ello significa amarlo totalmente, entrar en comunión de pensamiento y de voluntad con Él, confiar en Él, encomendarse a Él y seguir sus caminos. Y esto sólo se logra con la oración. Configurarse con el Señor Jesús que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima, “es, en realidad, la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida. Ya sabemos que nos sobrepasa y no lograremos cumplirla plenamente, pero, como dice san Pablo, corremos hacia la meta esperando alcanzarla (cf. Flp 3,12-14)” (10).

Sólo junto al Señor encontrarán la fuerza y los medios para acercar a los hombres a Dios, para encender la fe de los demás, para suscitar esfuerzo y coparticipación.

En segundo lugar vivan la obediencia. ¿Por qué la Cruz del Señor Jesús se transforma en árbol de vida? Por la obediencia llena de amor que Cristo vive en ella. El Señor se hizo “obediente hasta la muerte y muerte de Cruz” (Fil 2,8). En la Cruz, Dios mismo se ha hecho obediente para ofrecernos su obediencia como espacio de libertad. De manera particular concreticen esta obediencia en la persona del Obispo. San Ignacio de Antioquía nos dirá que “obedecer al Obispo es obedecer al Padre de Jesucristo (11). La obediencia hay que vivirla con “respeto” y el respeto brota del reconocimiento de que alguien tiene valor, significado e importancia para mí, en este caso el Obispo como principio de unidad en su Iglesia particular.

Al respecto, San Juan de Ávila, próximo a ser proclamado Doctor Universal de la Iglesia, gran formador y reformador del clero diocesano enseña: “A los prelados manda San Pedro que hagan estas cosas con la clerecía, y a la clerecía manda que sea humilde y obediente a su prelado. Y si cabeza y miembros nos juntamos a una en Dios, seremos tan poderosos, que venceremos al demonio en nosotros y libraremos al pueblo de los pecados” (12).

Finalmente vivan radicalmente el celibato. El celibato es entrega de sí mismo «en» y «con» Cristo a su Iglesia, y expresa el servicio del ministro sagrado a la Iglesia «en» y «con» el Señor Jesús. Ella es un don, que se recibe de la misericordia del Señor, como elección de libertad y grata acogida de una particular vocación de amor por Dios y por los hombres.

Pero ¿cómo vivir el celibato y la pureza que nuestro ministerio nos exige, y perseverar en ellas hasta el final? Nuestro Santo Padre Benedicto XVI nos da la clave cuando nos dice: “La pureza es un acontecimiento dialógico. Comienza con el hecho de que Él (Jesús) nos sale al encuentro —Él que es la Verdad y el Amor—, nos toma de la mano, se compenetra con nuestro ser. En la medida en que nos dejamos tocar por Él, en que el encuentro se convierte en amistad y amor, llegamos a ser nosotros mismos, a partir de su pureza, personas puras y luego personas que aman con su amor, personas que introducen también a otros en su pureza y en su amor” (13).

Siempre en Compañía de Santa María
En las manos y en el Corazón Inmaculado – Doloroso de Santa María, Madre de los Sacerdotes y modelo de vida servicial, ponemos estas ordenaciones, no sin antes pedirles a ustedes que como San Juan apóstol y evangelista acojan a la Madre entre sus cosas más queridas y la amen con los afectos más nobles de sus corazones.

Si la aman tierna y filialmente, Ella sabrá forjar sus corazones según el modelo del Señor Jesús, su Divino Hijo, y les enseñará siempre a custodiar los bienes que Él adquirió en el Calvario para la reconciliación del mundo. Que así sea. Amén.

 

 

Citas:

(1) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1367.

(2) S.S. Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 12.

(3) S.S. Benedicto XVI, Homilía Visita Apostólica a Chipre, 05-VI-2010.

(4) Misal Romano, Prefacio de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

(5) San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los Romanos, 2.

(6) S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post Sinodal Ecclesia in America, n. 10.

(7) Ritual de la Ordenación de Diáconos.

(8) Ritual de Ordenación de Presbíteros.

(9) S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo, 29-VI-2011.

(10) S.S. Benedicto XVI, Homilía con los Seminaristas – Madrid, 20-VIII-2011.

(11) Ver San Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, III, 1-2.

(12) San Juan de Ávila, Pláticas sacerdotales 1.

(13) S.S. Benedicto XVI, Homilía Centro de Congresos Mariápolis Castelgandolfo, 30-VIII-2009.

jueves 15 septiembre, 2011