HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL. Fiesta San Juan, apóstol y evangelista 2008

HOMILÍA ORDENACIÓN DIACONAL

27 de diciembre de 2008

Fiesta de San Juan, apóstol y evangelista

I. La fiesta de San Juan, apóstol y evangelista

Dentro de la Octava de Navidad hoy celebramos la fiesta de San Juan, apóstol y evangelista. El “discípulo amado” nos ayuda a profundizar en el misterio de Navidad, ya que él relaciona estrechamente al Divino Niño de Belén con el Cristo que nos salva a través de su entrega pascual y su resurrección.

Si bien San Juan es el teólogo de la Navidad, ya que nadie como él ha sabido condensar con palabras más maravillosas el misterio de la encarnación de Cristo: “la palabra que era Dios, se ha hecho carne” (Jn 1, 1.14), es también el teólogo de la Pascua. No olvidemos que él estuvo al pie de la cruz, junto a María, la Madre de Jesús (ver Jn 19, 25-27); y luego vio el sepulcro vacío y creyó (ver Jn 20, 8).

Por eso leer hoy el pasaje de la resurrección del Señor en plena celebración navideña nos ayuda a entender el misterio del nacimiento del Señor Jesús. Se trata de comprender que el Niño que ha nacido de Santa María Virgen y que hoy adoramos, es el que con su muerte pascual consumará el don de la reconciliación que en Navidad nos ha traído. Se trata de vislumbrar que la pequeña luz de la Navidad, resplandecerá de manera plena el día de Pascua cuando el pecado y la muerte sean definitivamente vencidos por el misterio de la muerte y resurrección del Señor Jesús.

II. “El Discípulo Amado”

A San Juan se le conoce como el “discípulo amado”, el “discípulo a quien Jesús tanto quería”. Por ello querido Clever, hoy día en que eres ordenado diácono y con ello das un paso decisivo hacia tu vocación sacerdotal, como San Juan tú también debes descubrirte “amado del Señor”, “predilecto de su amor”.

Con San Agustín quiero decirte: “Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otras cosa que no sea pura gracia de Dios” (Sermón 185).

Después del don de la vida y de la fe, la vocación, es decir el llamado particular de Dios, es la expresión más hermosa del amor del Señor en la propia existencia, porque ella constituye nuestro camino de despliegue y realización. Es imposible aspirar a la felicidad si no hay primero una búsqueda responsable y después una acogida generosa del Plan de Dios en la propia vida, y eso tú lo sabes muy bien.

III. Las lecciones de San Juan

A la luz de la fiesta de hoy podemos extraer algunas enseñanzas que te ayudarán a vivir tu diaconado y hacer de él un camino seguro hacia el sacerdocio ministerial. San Juan es un modelo muy hermoso y acabado del cual puedes sacar inspiración para vivir mejor el misterio por el cual hoy eres configurado con “Cristo Servidor”.

1. Como San Juan se valiente anunciador del Evangelio

“Lo que hemos visto os lo anunciamos: la vida eterna que estaba con el Padre se nos manifestó” (ver 1 Jn 1, 1-3). “Este discípulo es el mismo que da testimonio de todas estas cosas y las ha escrito. Y nosotros sabemos que dice la verdad (Jn 21, 24). “Estos hechos han sido narrados para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida eterna en Él (Jn 20, 30). “Él era la luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Jn 1, 9).

Como diácono serás constituido heraldo del Evangelio, es decir en mensajero de la única Palabra de Vida que es el Señor Jesús. Tú sabes muy bien que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado” (GS, 22).

Por ello como diácono deberás anunciar con valentía el Evangelio y así decirle al hombre de hoy: “(Jesús) es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia” (S.S. Benedicto XVI, Mensaje de Navidad 2008).

Sí, hoy quedas constituido mensajero de la Buena Nueva para decirle al hombre hodierno: toma la mano que Jesús te tiende, porque es una mano que nada te quiere quitar sino sólo dar.

Pero no te olvides que se trata de anunciar a Jesucristo como quien se ha encontrado con Él.

Se trata de anunciarlo, desde la propia existencia personal de encuentro y de comunión con Él, desde la fe vivida cotidianamente, con coherencia de vida, dando el testimonio de quien cree en el Señor Jesús y le cree al Señor Jesús. Por eso cuando dentro de poco te entregue el libro del Evangelio te diré: “convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Sólo así podrás realmente ayudar a otros a que como María acojan el mensaje divino con un “sí” generoso para que sus corazones queden iluminados por un rayo de la luz divina de Belén.

Si bien este anuncio del evangelio debe dirigirse a todos sin excepción, quiero pedirte que hagas una opción preferencial en este anuncio. Una opción preferencial que sin ser exclusiva y excluyente se dirija preferentemente a los jóvenes. Y te pido esto porque Jesús admitió en su compañía a un joven, precisamente a San Juan, y con ello el Señor quiso darnos ejemplo de su predilección por la juventud, y que su Iglesia de todos los tiempos nunca debería descuidar este campo de evangelización a pesar de las presiones, amenazas y chantajes del mundo.

Por ello te pido: trabaja por una juventud que “no tenga miedo de decir su «sí» a Jesús, de encontrar su alegría en hacer su voluntad, entregándose completamente para llegar a la santidad, haciendo uso de sus talentos al servicio de los otros…Una juventud que no tenga miedo “de defender a Cristo, dejando que la verdad del Evangelio impregne su modo de ver, pensar y actuar, mientras trabaja por el triunfo de la civilización del amor”. (S.S. Benedicto XVI, Homilía en la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, 20-VII-08).

2. Como San Juan sé reverente servidor del misterio cristiano que la liturgia celebra, y sobre todo, sélo de la Eucaristía

“Uno de los soldados, sin embargo, le abrió el costado de una lanzada, y al punto brotó de él sangre y agua. El que narra estas cosas fue testigo ocular de las mismas, y su testimonio es verdadero” (Jn 19, 34 – 35).

Como Diácono podrás celebrar los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio, pero sobre todo serás constituido servidor del Altar, de la Eucaristía, del “Amor de los amores”, como cantaban nuestros mayores. Sé fiel servidor del don más precioso que la Iglesia tiene en su caminar por la historia, porque en la Sagrada Eucaristía está Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida. Sé reverente ante el misterio. Así te irás preparando adecuadamente para el sacerdocio ministerial. El servicio al Altar en la celebración de la Santa Eucaristía te fortalecerá y alentará en tu camino a llegar a ser dentro de poco “Sacerdote del Señor”.

De otro lado profundiza en el encuentro asiduo y reverente con el Señor realmente presente en el Tabernáculo. La Visita al Santísimo y la Adoración Eucarística, deberán constituir para ti, ahora más que nunca, un ejercicio espiritual fundamental para el despliegue de tu vocación. Nuestro recordado y amado Papa Juan Pablo II nos decía: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?” (S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, n. 25).

Que San Juan, el apóstol joven y de la pureza sin tacha, te enseñe a vivir esta cercanía al Sagrado Corazón de Jesús presente en la Eucaristía.

3. Como San Juan sé puro y casto

La inocencia de costumbres de San Juan, y particularmente su virginidad, le hicieron bien pronto el apóstol más querido de su divino Maestro. San Jerónimo, como también la Iglesia en el Oficio de este Santo, atribuye a su virginidad la predilección del Salvador y todos los favores singulares que este Santo Apóstol recibió con preferencia a los otros apóstoles. Gracias a su pureza recibió al pie de la Cruz a Aquella que es la Purísima.

Hoy te comprometes a conservar el celibato con la firme convicción que este don de Cristo a su Iglesia está en orden a que puedas unirte más íntimamente al Señor con un corazón indiviso y puedas dedicarte más libremente al servicio de Dios y de los hombres. Mi pedido en este día y siempre: cuida en todo momento su pureza, porque el alma de un ministro sagrado “debe ser más pura que los rayos del sol, para que el Espíritu Santo no lo abandone y para que pueda decir: «Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20)” (San Juan Crisóstomo, De sacerdocio, VI, 2).

4. Como San Juan: se hombre de la caridad hecha servicio

“Cristo dio su vida por nosotros. Así hemos conocido lo que es el amor; nosotros debemos dar también nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). El diaconado está informado por el espíritu del servicio.

El Catecismo de la Iglesia lo expresa con estas palabras: por el diaconado “se recibe un carácter indeleble que configura de modo especial al cristiano con Cristo, quien se hizo diácono, es decir servidor de todos” (CIC, 1570).

Sabemos bien que es en el servicio donde la caridad se hace realidad concreta. Como diácono deberás pues vivir todas las dimensiones del servicio: el servicio a la Iglesia de Cristo; el servicio apostólico y evangelizador; el servicio de la comunión; el servicio fraterno y solidario; y sobre todo el servicio de la caridad a los más pobres y necesitados. Que ellos te encuentren siempre acogedor, solícito y generoso.

5. “Y, desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 27)

La piedad filial, querido hijo Clever, será el camino seguro, hoy y siempre, para que vivas tu vocación en fidelidad y plenitud. Como el apóstol San Juan, acoge entre tus cosas propias a la Madre de Jesús. Introdúcela en todo el espacio de tu vida interior, es decir, en tu «yo» humano y cristiano.

Para terminar quiero expresar mí profundo agradecimiento a cuantos han cuidado de la formación de Clever, haciendo posible este día. Saludar con gratitud a sus padres que hoy hacen una contribución de sangre a la Iglesia.

Que esta ordenación diaconal sea para gloria de Dios y santificación de la Iglesia. Que así sea. Amén.

+JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

San Miguel de Piura, sábado 27 de diciembre de 2008

Fiesta de San Juan, apóstol y evangelista

viernes 26 diciembre, 2008