HOMILÍA CON OCASIÓN DEL 196º ANIVERSARIO DEL GRITO LIBERTARIO DE PIURA

Quiero en primer lugar expresarles a todos mi más ferviente deseo que el Señor Jesús, el Hijo de Dios y de María Santísima, que en Belén nos ofrece el amor misericordioso del Padre, los bendiga a lo largo de todo el Año Nuevo que acabamos de comenzar. Aún estamos celebrando el misterio de la Navidad, el misterio del amor de Dios que nos ama tanto que por nosotros ha bajado del cielo a la tierra para ser el Emanuel, el Dios-con-nosotros.

El misterio cristiano de la Navidad nos abre a la esperanza, porque nos recuerda que la vida vence a la muerte, que la verdad es más fuerte que la mentira y la calumnia, que el bien es más potente que el mal, y que el amor es más poderoso que el odio. Por ello miremos con confianza el Nuevo Año, y a pesar de los problemas y dificultades que en el 2017 podamos encontrar, jamás perdamos la esperanza y con ella la alegría. Los tiempos que vivimos no son fáciles. El peso de las responsabilidades aumenta y las dificultades se multiplican. Hay momentos en que la tiniebla de la desesperanza parece apoderarse de nosotros. En medio de esta situación sólo hay una luz que puede iluminar verdaderamente nuestro corazón y darnos una esperanza firme y segura, y esa luz es el Niño que ha nacido pobre en un humilde pesebre en Belén. Quien lo acoge en su corazón y se abandona a Él, experimenta la gloria de su verdad y amor, las cuales son capaces de sostenernos y ayudarnos a superar cualquier prueba y problema.

Un año más nos reunimos en esta histórica iglesia de San Francisco de Asís para celebrar el 196° aniversario del “Grito Libertario de Piura”. Recordamos con gratitud a nuestros antepasados que un día como hoy en este recinto sagrado, proclamaron y posteriormente juraron la independencia con una Santa Misa solemnizada con el Himno del Te Deum. Con la independencia, nuestros mayores nos legaron el precioso don de la libertad que es la fuente de donde brota la dignidad humana y el signo eminente de la imagen divina impresa en el hombre.[1] Sin lugar a dudas la libertad es el don más grande que Dios nos ha dado.

Ahora bien la libertad se realiza en la verdad. Efectivamente: “La libertad es auténtica, y ayuda a la construcción de una civilización verdaderamente humana, sólo cuando está reconciliada con la verdad. Separada de la verdad, la libertad se convierte trágicamente en principio de destrucción de la armonía interior de la persona humana, fuente de prevaricación de los más fuertes y de los violentos, y causa de sufrimientos y de lutos. La libertad, como todas las facultades de las que el hombre está dotado, crece y se perfecciona cuando el hombre se abre a Dios, valorizando la disposición a la escucha de la voz divina. Cuando escuchamos la revelación divina, la Palabra de Dios, para acogerla, nos alcanza un mensaje que llena de luz y de esperanza nuestra vida y somos verdaderamente libres”.[2] Por ello es que debemos buscar en todo momento la verdad, que es la condición de la auténtica libertad, permitiéndole a ésta que alcance su plenitud en la bondad.

Lamentablemente en nuestros tiempos no faltan los escépticos y pragmáticos que como Pilato, el procurador romano, se preguntan: “¿Pero que es la verdad?” (Jn 18, 38). No olvidemos que momentos antes de formular esta pregunta, Jesús le había dicho a Pilato: “Para esto he venido al mundo para dar testimonio de la Verdad” (Jn 18, 37), y a sus apóstoles les había manifestado: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6).

Estas revelaciones del Señor hoy también molestan e incomodan a algunos, pero la realidad es que sin Dios, que es el fundamento de la Verdad, el cual se ha dado a conocer plenamente en Cristo, el hombre pierde en definitiva el sentido de su propia vida y del mundo en el cual vive, dejando el campo libre a los más fuertes que se convierten con su prepotencia en los dioses de este mundo. Dios manifestado en el Señor Jesús, es la Verdad y por tanto el garante de la libertad del ser humano. Es decir sólo en la medida en que sirvamos a Dios, siguiendo a Cristo quien revela el misterio del hombre al propio hombre, seremos plenamente libres.

Llegado a este punto de mis reflexiones quisiera llamar la atención sobre algunas cuestiones específicas que veo con suma preocupación al comienzo del nuevo año, cuestiones que basadas en una falsa noción de la libertad desvinculada de la verdad y de la ley moral, serán fuente de infelicidad y de grandes males para los peruanos si no los corregimos a tiempo.

En primer lugar está la pretensión de imponer “la ideología de género” en la nueva currícula de Educación Básica, es decir la pretensión de envenenar las mentes y los corazones de nuestros niños. Pasando por encima de la potestad de los padres de familia peruanos, primeros responsables de la educación de sus hijos, y los cuales en su inmensa mayoría no comparten los conceptos de que la identidad sexual “es una construcción social” o que el matrimonio entre un hombre y una mujer es equiparable a la unión entre personas del mismo sexo, se busca sembrar la confusión en las mentes infantiles y adolescentes con respecto a su identidad sexual, a la armonía entre cuerpo, alma y espíritu, y a la complementariedad entre el sexo masculino y femenino, y por tanto al sentido propio del matrimonio sobre el cual se funda la familia. A esto se suma que se viene avanzando en los colegios, con la intervención de los Ministerios de Salud y Educación, a que se enseñe a los menores de edad a usar anticonceptivos sin el consentimiento de sus padres.

Desde aquí pido a los Padres de Familia, al Supremo Gobierno y a las autoridades del sector Educación, a que se realicen las revisiones y correcciones necesarias a la nueva currícula educativa de Educación Básica, porque como afirma el Papa Francisco, es una maldad adoctrinar a los niños en los contenidos de la ideología de género. Lo que en el fondo se está buscando es la destrucción de la familia ya que la ideología de género vacía el fundamento antropológico de la familia, y sin familia ninguna sociedad tiene futuro. El ser humano nunca será verdaderamente libre si se aparta de las exigencias profundas e inmutables de su naturaleza.

Fuera de esta verdad, acabará por ser prisionero de sus peores instintos, esclavo del pecado (ver Jn 8, 34); y sus pretendidos éxitos, tanto personales como sociales, no serán más que desastres como por desgracia ya lo demuestra ampliamente la experiencia en otros países y continentes.[3]

Una segunda preocupación son los permanentes intentos por despenalizar y legalizar el Aborto en el Perú. Esto se verifica con la reciente maniobra para la distribución de la “Píldora del Día Siguiente”, la aprobación del registro sanitario de la llamada “Píldora de los Cinco Días” (acetato de ulipristal), uno de cuyos efectos también es abortivo, el avance en medidas legales en el Ministerio de Justicia para normar las técnicas de fertilización asistida, a pesar que éstas van en contra de la Constitución por la manipulación de la dignidad y el derecho a la vida de los concebidos en tales técnicas, y la presentación en el Congreso de los Proyectos de Ley para la aprobación del Aborto por Violación y Eugenésico. No me cansaré de decirlo: El Aborto es siempre un crimen, un asesinato. No es un derecho de la Mujer y menos un derecho humano. No permitamos que en nombre de una falsificación de la libertad se permita en el Perú disponer de la inviolabilidad de la vida de cada ser humano, especialmente del concebido no nacido, es decir del niño por nacer.

Frente a todo lo descrito, resulta contradictorio y absurdo que el Ministerio de La Mujer y Poblaciones Vulnerables así como el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, se hayan opuesto al Proyecto de Ley de las “Cunas Salvadoras”, que por un lado busca proteger a las mujeres que se encuentran gestando, y que por alguna razón no desean quedarse con sus hijos después de darlos a luz, y por el otro lado busca proteger al niño por nacer cuidando a la madre durante toda su gestación, la cual ya no tiene por qué recurrir al aborto. En verdad estamos viviendo tiempos de un mundo al revés, irracional y absurdo.

Una tercera preocupación son las diversas formas de creciente violencia entre nosotros, como son los asesinatos, el sicariato, las extorsiones, los robos, la violencia familiar en particular contra la mujer y los hijos, etc., que son causa de indecibles sufrimientos. La violencia es profundamente inhumana, antievangélica y enemiga de la dignidad de las personas y de la convivencia civil. La violencia es siempre una falta de respeto a la imagen y semejanza de Dios (ver Gn 1, 26-27) en nuestro prójimo y en toda persona humana sin excepción. La violencia nos hace menos libres porque su matriz es el odio. Mi llamado en nombre de Dios a los violentos a que se conviertan, a que cambien de camino. Haciéndome eco de las palabras de San Juan Pablo II les digo: “¡Aún están a tiempo! Muchas lágrimas de víctimas inocentes esperan vuestra respuesta”.[4] Igualmente mí llamado para que en el 2017 se busque siempre por la vía maestra del diálogo una solución pacífica a los conflictos y controversias personales y sociales. Pidamos también para que en el Año Nuevo la corrupción, que es un pecado grave, sea erradicada de nuestro país por medio de la honestidad y la probidad de todos los peruanos.

No quiero concluir sin hacer desde aquí un pedido al actual Gobierno para que atienda las necesidades de nuestra Región Piura, la cual no puede continuar en el olvido y en la postergación con la cual se la ha tratado. Piura merece el respeto y la atención de nuestras autoridades centrales. No pedimos privilegios sino lo que en justicia merecemos, en educación, salud, cultura, vivienda, infraestructura, saneamiento, comunicaciones, seguridad, etc. En esto debemos estar muy unidos todos los piuranos y respaldar los esfuerzos que nuestras autoridades regionales y locales vienen haciendo al respecto. Igualmente estoy seguro que si las autoridades y el pueblo trabajamos en comunión, podremos alcanzar el desarrollo integral que necesitamos. Digo desarrollo integral, porque un desarrollo económico o tecnológico que sólo se limite a satisfacer los deseos materiales mediante el crecimiento de los bienes y servicios, y no abarque la dimensión cultural, trascendente y religiosa del ser humano, no contribuirá a la verdadera libertad de la persona y de la sociedad sino a todo lo contrario. Sin riqueza moral y espiritual de poco o nada sirve la riqueza económica.

Finalmente y aunque ha comenzado a llover, necesitamos más lluvia para nuestra subsistencia y salud, para nuestros campos y animales, así como para aumentar la capacidad de almacenamiento de nuestros reservorios y nutrir las fuentes de agua. Nuestra condición de cristianos debe llevarnos a orar insistentemente para que Dios, Padre Creador del cielo y de la tierra, nos envíe las necesarias lluvias. La situación que vivimos es también propicia para que cada uno de nosotros se examine en qué medida es responsable de la situación que vivimos, sea porque no cuidamos el agua y la derrochamos, o no velamos lo suficiente por el don de la creación y de la naturaleza a través de una ecología humana y cristiana.  Por ello quiero concluir esta homilía con esta oración del Beato Papa Paulo VI con la seguridad que el Señor escuchará nuestro clamor:

Dios Padre Nuestro, Señor del cielo y de la tierra.

Tú eres para nosotros existencia, energía y vida.

Tú has creado al hombre a tu imagen y semejanza, para que con su trabajo, haga fructificar las riquezas de la tierra, colaborando así a tu creación.

Somos conscientes de nuestra miseria y debilidad. Nada podemos sin Ti.

Tú, Padre Bueno, que haces brillar el sol sobre todos y haces caer la lluvia, ten compasión de cuantos sufren durante la sequía en estos días.

Escucha con bondad las oraciones que tu Iglesia te dirige con confianza, como escuchaste las súplicas del Profeta Elías, que intercedía a favor de su Pueblo. Haz que caiga del cielo sobre la tierra árida, la lluvia tan deseada, para que renazcan los frutos y se salven los hombres y los animales.

Que la lluvia sea para nosotros el signo de tu gracia y bendición. Así, confortados por tu misericordia, te rendiremos gracias por todo don de la tierra y del cielo, con que tu espíritu satisfaga nuestra sed.

Por Jesucristo, Tu Hijo, que nos ha revelado tu amor, Fuente de Agua Viva que brota hasta la vida eterna. Amén.

San Miguel de Piura, 04 de enero de 2016

[1] Ver Gaudium et spes, n. 17.

[2] S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 07-VII-2010.

[3] Ver San Juan Pablo II, Angelus, 17-X-1993.

[4] San Juan Pablo II, Viaje Apostólico al Perú, Ayacucho, 03-II-1985.

miércoles 4 enero, 2017