HOMILÍA NATIVIDAD DEL SEÑOR JESÚS – MISA DE NOCHEBUENA 2011

Queridos hermanos y hermanas:

La Navidad es la alegre noticia que Dios está con nosotros. Por ello que nada en esta noche santa nos distraiga para que podamos vivir su verdadero sentido, sagrado y cristiano. De esta manera nuestra alegría no será superficial sino profunda, no se quedará en lo anecdótico sino que irá a lo esencial: a acoger con fe, con alegría y con amor el misterio de la Encarnación – Nacimiento, el misterio de Dios que nace para ser el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

Gracias a la liturgia, la venida del Señor Jesús sobrepasa los límites del espacio y del tiempo, se vuelve actual, nos alcanza aquí y ahora y por tanto yo puedo decir que realmente hoy ha nacido para nosotros, para mí, el Salvador: Cristo Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero. Verdaderamente en comunión con toda la Iglesia celebramos hoy la noche santa en que la Virgen María, conservando intacta su virginidad, dio a luz al Salvador del mundo. Gracias a la liturgia, la Navidad es un acontecimiento eficaz para nosotros.

Cristo pudo aparecer en la tierra como una persona de edad mediana, lleno de vigor y salud, pero escogió llegar a nosotros encarnándose primero en el seno de su Madre Santa María y naciendo después de Ella como frágil niño recién nacido.

De esta manera el Señor ensalzó al niño por nacer y a la infancia, enseñándonos que nunca es justificable el asesinato de un niño inocente en el vientre de su madre. El aborto jamás puede ser considerado un derecho humano y todo niño debe ser siempre acogido con amor. Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que los niños no sufran hambre, miseria, o mueran a causa de las enfermedades y de la desnutrición, o sean víctimas de la violencia.

El Señor Jesús, pudo aparecer simplemente, sin ningún vínculo terrenal. Pero escogió nacer en una familia conformada por un hombre y una mujer que se amaban. Y así glorificó la familia, enseñándonos que si queremos dar un rostro verdaderamente humano a la sociedad no podemos ignorar el don precioso de la familia, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer en un consorcio de amor para toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos. Todo niño tiene el derecho a tener un hogar y contar con el calor de una familia, con el amor estable de su padre y de su madre.

Cristo Jesús pudo surgir en forma brillante, deslumbrando con su sabiduría y su omnipotencia para empezar inmediatamente su misión salvífica. Pero escogió la pobreza y la sencillez. Y así engrandeció la humildad, enseñándonos que yo no soy mi propio dios; de que existe un poder superior por el cual vivo, y que ante Dios que se me revela plenamente en Cristo Jesús, debo acoger su amor porque sin Él yo simplemente me desvanezco, perezco.

Como nos pide el Papa Benedicto XVI, “cojamos la mano que (el Niño de Belén hoy) nos tiende: es una mano que no quiere quitarnos nada sino únicamente darnos todo”. (1)

Hermanos, la Navidad es la celebración de un Misterio, Dios mismo ha venido a habitar entre nosotros: “y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). El misterio de la Encarnación-Nacimiento, conmueve nuestra fe y nuestra vida, y como hace más de dos mil años, continúa marcando la historia humana.

El Hijo de Dios se ha hecho Hijo de Mujer, Hijo de Santa María y nos ofrece la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y así la renueve, la ilumine y la transforme con su gracia, con su presencia, llena verdad y de amor.

La Navidad celebra la entrada de Dios en el mundo. El engendrado antes del tiempo se hace temporal, para que la eternidad entre así en la historia. El Hijo de Dios se hace hombre, para que el hombre se haga hijo de Dios. El Santo viene a asumir nuestro pecado, para así darnos la oportunidad de una vida reconciliada y pura, capaz de las buenas obras. Aquel que es rico se hace pobre para darnos de su riqueza, asumiendo nuestra pobreza (ver 2 Cor 8, 9). Ciertamente donde había crecido el pecado, hoy se ha desbordado la misericordia, en Cristo, nuestro Salvador.

¡Oh inefable y maravilloso misterio de Navidad! En ella celebramos la ternura y el amor de Dios que se inclina sobre nuestros límites, nuestras debilidades, sobre nuestros pecados y se abaja hasta nosotros: “siendo de condición divina se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, asumiendo semejanza humana” (Fil 2, 6-7).

Por eso en esta Noche Santa descubrámonos todos amados de Dios, para que así nuestros miedos y tristezas desaparezcan. Tanto vales para Él, que por ti viene a la tierra. La Navidad es tener la certeza de que yo soy amado por un amor incondicional, el de Dios. Y por tanto por más problemas y dificultades que tenga en la vida, mi vida tiene sentido. ¡Vale la pena que yo viva, que yo exista!

Tener esta experiencia del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, llena la vida de alegría, de una alegría que perdura y que nos da esperanza y fortaleza para nuestro diario vivir. Qué confortador es tener la certeza que este Amor nos acompaña y sostiene cada día y que al final de nuestro peregrinar por este mundo nos estará esperando para acogernos en su Reino.

A la luz del misterio de Navidad queremos hoy proclamar la verdad de que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 10.12) sino el de Jesucristo. Él y sólo Él, es la esperanza firme de nuestra salvación.

Hermanos miremos a la gruta de Belén. Dios esta en los brazos de su Madre, la Santísima Virgen María. Dios se abaja hasta ser acostado en un pesebre, preanuncio de su abajamiento en la hora de su pasión. Como bien nos ha enseñado recientemente el Santo Padre, “el culmen de la historia de amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén”. (2)

Quiero concluir estas palabras con una oración al Divino Niño de Belén, al Hijo de Dios y de Santa María, la Virgen Madre:

“Señor Jesús, en ti reconocemos el don de Dios a los hombres; en ti vemos la ternura del Padre. En ti adoramos al Hijo de Dios, al Mesías anunciado por los profetas. Señor Jesús, haznos capaces de acoger el misterio que encierras, de escuchar la voz de Dios en la sencillez de tu Palabra. Señor Jesús, llena nuestros corazones de paz, que es don del Cielo: llena los corazones de todos los hombres de buena voluntad. Señor Jesús, abre a la esperanza a todos los que viven en la tristeza y angustia. Señor Jesús, tú eres la luz. Tú eres la sonrisa de Dios entre los hombres. Amén”.

A todos ustedes y a sus familias les deseo la celebración de una Navidad verdaderamente cristiana, que sea expresión de saber que Cristo Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero esta cerca de nosotros, tan cerca de nosotros que yace en el regazo de su Madre Santísima Santa María, ante la atenta mirada de San José, su castísimo esposo. Él quiere recorrer con nosotros el camino de la vida hasta la eternidad. Digámosle que sí.

San Miguel de Piura, 25 de diciembre de 2011
Solemnidad de la Natividad del Señor
Misa de Medianoche

 

 

Citas:

(1) S.S. Benedicto XVI, Homilía de Navidad, 25-XII-2005.

(2) S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII-2011

lunes 2 enero, 2012