HOMILÍA EN ORDENACIÓN DIACONAL 2008

Queridos hijos Alex, Christian, Herles, y José.

1. ¿Sabes si son dignos? La respuesta a esta pregunta con la que ha comenzado el rito de vuestra ordenación diaconal es que ninguno de nosotros es digno. La vocación es pura gratuidad y un don que nos sobrepasa. Por ello les pido que cooperen activamente con la gracia que el Señor hoy les da para que de esa forma cada día se hagan un poco más dignos del don recibido.

Diariamente tendrán que esforzarse, según el máximo de sus posibilidades y capacidades por ponerse a la altura de la gracia del diaconado que hoy reciben, siguiendo el ejemplo de Santa María, la Virgen humilde, fiel y generosa en su respuesta a la elección que Dios Padre hace de Ella como Madre de su Verbo eterno.

2. ¿Cuál es el don que hoy el Señor Jesús les otorga por el ministerio de la Iglesia a través de la imposición de mis manos?

El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con estas palabras cuando nos dice que por el diaconado, “se recibe un carácter indeleble que configura de modo especial al cristiano con Cristo, quien se hizo diácono, es decir servidor de todos”[1]. El diaconado los configura entonces con Cristo Servidor.

El diaconado los compromete hoy al seguimiento del Señor Jesús en esta actitud de humilde servicio que debe informar toda vuestra forma de pensar, sentir y actuar, ahora como diáconos y mañana, Dios mediante, como presbíteros, a semejanza de Cristo, “que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45; Mt 20, 28); a semejanza de Él que definiera su misión reconciliadora como, “Yo estoy entre vosotros como el que sirve”(Lc 22, 25-27).

Todos estos años de seminaristas de nuestra Arquidiócesis de Piura y Tumbes los han preparado para esto, porque nuestra vocación es antes que nada la de ser “servidores” a semejanza de Jesús, el Hijo del Padre y Salvador de los Hombres, y de María, la sierva del Señor y Madre nuestra.

3. ¿Cuáles serán los alcances de su servicio diaconal?

Se trata de un servicio que deberán prestar ante todo en forma de ayuda al Obispo y al Presbítero, tanto en el culto divino como en el apostolado. Por tanto el diaconado sólo puede conferirse a quienes creen en el valor de la misión pastoral del obispo y del presbítero, y en la asistencia del Espíritu Santo que los guiará y sostendrá en su misión. En particular, es preciso repetir lo que decía Paulo VI, que el diácono debe “profesar al obispo reverencia y obediencia”[2].

Pero el servicio del diaconado se dirige, también, a la propia comunidad cristiana y a toda la Iglesia, hacia la que el diácono debe tener una profunda adhesión y amor, por su misión y su institución divina. Un servicio a Dios, a la Iglesia y a los hermanos humanos que se hace concreto en el servicio al altar, a la Palabra de Dios y en la caridad fraterna.

En el ejercicio de su ministerio diaconal sean portadores de la Esperanza del Evangelio. Frente a un mundo que muchas veces vive hoy sumido en el temor, en la sospecha, en el sin sentido, en el relativismo, en la mediocridad, sean portadores de la esperanza cristiana, testigos de la belleza del cristianismo en toda su anchura y profundidad, anunciadores valerosos de Cristo, el hombre verdadero. Él, es la medida del verdadero humanismo. No hay que olvidar que en el Señor Jesús coinciden la verdad y el amor que llenan la vida del auténtico sentido por el cual vale la pena vivir.

4. Todo don trae consigo deberes y responsabilidades. En el caso del diaconado, ¿cuáles son estos deberes y responsabilidades?

Con esclarecedoras y precisas palabras el Concilio Vaticano II habla de los deberes y las obligaciones que los diáconos asumen en virtud de su participación en la misión y en la gracia del supremo sacerdocio.

Dice el Concilio: “Sirviendo a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben conservarse inmunes de todo vicio, agradar a Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres (ver 1 Tim 3, 8-10.12-13)”[3].

Por tanto les pido que en todo momento den testimonio, no sólo con su servicio y su apostolado, sino también con su propia vida. El recordado y amado Papa Paulo VI, en su Carta Apostólica en forma de motu proprio sobre el sagrado orden del diaconado, nos ayuda a comprender mejor los deberes y las exigencias que conlleva el diaconado que hoy reciben cuando nos dice: “Los diáconos, como todos aquellos que están dedicados a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben abstenerse de toda mala costumbre y procurar ser siempre agradables a Dios, prontos a toda obra buena para la salvación de los hombres. Por el hecho, pues, de haber recibido el orden, deben superar en gran medida a todos los otros en la práctica de la vida litúrgica, en el amor a la oración, en el servicio divino y en el ejercicio de la obediencia, de la caridad y de la castidad”[4].

Hoy se comprometen a conservar el celibato con la firme convicción que este don de Cristo a su Iglesia está en orden a que puedan unirse más íntimamente al Señor con un corazón indiviso y puedan dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los hombres. Mi pedido en este día y siempre: sepan cuidar en todo momento su pureza, porque el alma de un ministro sagrado “debe ser más pura que los rayos del sol, para que el Espíritu Santo no lo abandone y para que pueda decir: «Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20)”[5].

También hoy se comprometen desde su libertad poseída ha celebrar fielmente con espíritu de oración y alabanza la Liturgia de las Horas por la Iglesia y por todo el mundo.

Al respecto es bueno recordar tanto para ustedes como para nosotros, Obispo y Presbíteros, lo que dice la Iglesia al respecto: “Sería una visión empobrecida mirar dicha responsabilidad como el mero cumplimiento de una obligación canónica, aunque también lo es, y no tener presente que la ordenación sacramental confiere al diácono y al presbítero un especial encargo de elevar a Dios uno y trino la alabanza por su bondad, por su soberana belleza y por el designio misericordioso acerca de nuestra salvación sobrenatural. Junto con la alabanza, los sacerdotes y diáconos presentan ante la Divina Majestad la oración de intercesión a fin de que se digne acudir a las necesidades espirituales y temporales de la Iglesia y de toda la humanidad”[6].

Queridos Hijos: para poder responder a estas hermosas pero exigentes obligaciones, esfuércense por vivir su ministerio como camino específico hacia la santidad. Aspiren siempre a la santidad. Ya que las obras de Dios las hacen los hombres de Dios. Que cuando la gente los vea puedan desde ahora decir de ustedes lo que aquel abogado de Lyon decía de San Juan María Vianney, el santo cura de Cura de Ars, cuando después de visitarlo le preguntaron: “¿Qué has visto en Ars?” Y él respondió: “He visto a Dios en un hombre”.

Por ello encarecidamente les pido, no descuiden su vida espiritual, especialmente profundizando su amistad con Jesús, el Buen Pastor, en la diaria y fervorosa oración. Hablen con Él de corazón a corazón. Dedíquense asiduamente a la lectura y a la íntima meditación de la Palabra de Dios. Participen diariamente de la Santa Misa. Renueven sus fuerzas desgastadas por la cotidiana jornada con la comunión Eucarística y con la devota y diaria visita al Santísimo Sacramento. Purifiquen frecuentemente sus corazones con el Sacramento de la Reconciliación y para poder recibir digna y fructuosamente este sacramento hagan todos los días su examen de conciencia. Rechacen toda tentación de ostentación, de vanidad, de hacer carrera. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la sobriedad, el decoro, la castidad, la humildad, y la caridad, imitando así a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imágenes vivas[7].

No descuiden la dirección espiritual y la formación permanente en la Fe de la Iglesia. Vivan la fraternidad y la amistad entre ustedes y con el presbiterio de nuestra Arquidiócesis, a través de la preocupación del uno por el otro y de la auténtica solicitud y asistencia.

Llénense de amor filial por Santa María, y esfuércense por amarla con los sentimientos nobles y puros del Sagrado Corazón de Jesús. Confíenle particularmente ahora su diaconado y mañana su sacerdocio. Que Ella sea en todo momento, vida, dulzura y esperanza vuestra. Refugio, consuelo y aliento en su ministerio. Fuente de piedad y alegría, y sobre todo la Madre tierna de cuya mano siempre vayan al encuentro pleno de amor con Jesús, su divino Hijo.

5. Queridos hijos el don del diaconado es para ustedes medio de preparación para un servicio mayor: el sacerdocio ministerial.

Hoy les entregaré el Evangeliario pidiéndoles, “convierte en fe viva lo que lees, y los que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Mañana, Dios mediante cuando se ordenen presbíteros, les entregaré la Patena y el Cáliz diciéndoles, “considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y en todo conforma tu vida con la Cruz del Señor”.

Que el diaconado sea preparación seria y responsable para el sacerdocio ministerial.

Hoy en el santo Evangelio de esta Misa, el Señor Jesús nos anuncia que pedirá al Padre que nos dé a otro Defensor que esté siempre con nosotros: el Espíritu de la verdad. Será la acción del Espíritu Santo la que los consagrará hoy diáconos y mañana sacerdotes.

Es el Espíritu Santo quien realiza en el mundo las obras de Dios. Es como dice el himno de la Secuencia de su fiesta, dador de las gracias, luz de los corazones, huésped del alma, descanso en el trabajo, consuelo en el llanto. Sin su ayuda nada hay en nosotros que sea puro, valioso y santo, porque es Él quien lava lo manchado, quien cura lo enfermo, quien enciende lo que está frío, quien endereza lo extraviado, quien nos conduce al cielo[8]. Por ello no dejen de invocarlo y sean siempre dóciles a sus mociones “ya que los santos no deben su felicidad más que a su fidelidad en seguir los movimientos que el Espíritu Santo les envía”[9].

Que así sea. Amén.

+ JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

San Miguel de Piura, domingo 27 de abril de 2008
VI Domingo de Pascua

Notas

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1570.

[2] S.S. Paulo VI, Carta apostólica en forma de Motu proprio, Sacrum diaconatus ordinem, n. 30.

[3] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n.41.

[4] S.S. Paulo VI, Carta apostólica en forma de Motu proprio, Sacrum diaconatus ordinem, n. 25.

[5] San Juan Crisóstomo, De Sacerdocio, VI, 2.

[6] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Acerca de la Obligatoriedad de la recitación de la Liturgia de las Horas, 15-XI-2000.

[7] S.S. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 33.

[8] Ver Secuencia, Veni Sancte Spiritus, Misa del Día Domingo de Pentecostés.

[9] San Juan María Vianney, Sermón sobre la perseverancia.

domingo 27 abril, 2008