HOMILÍA EN EL JUEVES SANTO 2012


Misa Vespertina de la Cena del Señor

La Eucaristía: “el regalo de los regalos”

La Liturgia del Jueves Santo presenta una dinámica dividida. Por un lado en el “Gloria” que acabamos de cantar, tenemos el estallido de alegría de los redimidos que festejan en este día el triunfo del amor del Señor Jesús, que nos ha entregado “el regalo de los regalos”: la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, sacramento donde Él está realmente presente, muerto y resucitado; donde Él, Dios y hombre verdadero se nos da como alimento de vida eterna y así nos hace pregustar la gloria futura.

Pero posteriormente hay como un enmudecer paulatino y una experiencia de desolación cuando sacamos el Santísimo Sacramento fuera del Sagrario, su lugar habitual, y terminamos la celebración en el más absoluto silencio. Ambas cosas se corresponden con lo sucedido en el primer Jueves Santo de la historia: a la intimidad, comunión e intensidad de la Última Cena, sigue la noche oscura de la Agonía del Señor Jesús en el Huerto de Getsemaní, el dormirse de los discípulos, la traición de Judas, el arresto de Jesús, la acusación ante el Sanedrín y finalmente la entrega a Pilatos.

San Lucas nos cuenta que Jesús comenzó su última cena con estas palabras: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22, 15).

A lo largo de toda su vida terrena Jesús ha estado consumido por el anhelo de esta hora, la hora de unirse totalmente a la voluntad de su Padre, la hora de entregarse definitiva y absolutamente por nuestra salvación y así hacerse completamente nuestro para siempre: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin” (Jn 13, 1).

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22, 15). Es el anhelo vehemente de Dios, el ansía eterna del Señor que nos ama, que nos busca, que no se resigna a perdernos, que se nos dona totalmente para reconciliarnos, para salvarnos, para darnos vida; porque el ser humano es “la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma".(1)

La hora de Jesús, el ansia eterna del Señor, su amor hasta el fin quedan perpetuados en el Sacramento de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, don que Él entrega a Su Iglesia en la Última Cena: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 24). En la Santa Eucaristía está realmente presente Cristo, muerto y resucitado por nosotros. En el pan y en el vino consagrados permanece con nosotros el mismo Jesús de los evangelios, Aquél que los discípulos encontraron y siguieron, vieron crucificado y resucitado, y cuyas llagas tocó Tomás, postrándose en adoración y exclamando: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28).

“En el Sacramento del altar se ofrece a nuestra contemplación amorosa toda la profundidad del misterio de Cristo, el Verbo y la carne, la gloria divina y su tienda entre los hombres. Ante él no podemos dudar de que Dios está "con nosotros", que asumió en Jesucristo todas las dimensiones humanas, menos el pecado, despojándose de su gloria para revestirnos a nosotros de ella (cf. Jn 20, 21-23)”. (2)

En esta tarde de Jueves Santo la gran pregunta que tenemos que hacernos es: frente a este anhelo, ardor y amor del Señor, ¿cuál es nuestra respuesta? Frente al don incalculable de la Eucaristía, ¿cuál es nuestra disposición? Seamos honestos, frecuentemente una gran indiferencia y un inmenso desdén interior.

Hagámonos unas sencillas preguntas a manera de examen de conciencia: ¿Venimos todos los domingos a la Santa Misa? ¿No nos pasa muchas veces que venimos a la Misa dominical sólo cuando nos “sobra” una hora para Él durante la semana? ¿Venimos con ferviente deseo al encuentro de Aquel que es el Salvador del mundo, y que hoy en su oración en el Huerto de Getsemaní por nosotros se estremece frente a todo el caudal del mal de este mundo que recae sobre Él? ¿No es verdad que muchas veces nuestra participación en la Misa es poco fervorosa y fría y en ocasiones hasta irreverente? ¿No sucede con mucha frecuencia que nuestros duros corazones avanzan de modo rutinario e insensible por el rito de la Santa Misa?

Hermanos la Eucaristía es el tesoro más grande que la Iglesia ha heredado de Cristo, porque contiene al mismo Cristo nuestro Señor. Cada Domingo deberíamos de arder en deseos de venir a la Misa para encontrarnos con Aquel que es nuestro Señor y Salvador, nuestra fuente de vida y de salvación.

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22, 15). Por eso hoy Jueves Santo pedimos humildes y confiados en nuestra oración: Señor, concédenos poder participar con verdadero amor, atención y piedad en esta Eucaristía y en todas aquellas en las que participemos. Santa María, “mujer eucarística”, tú que llevaste en tu seno virginal e inmaculado al Hijo eterno del Padre quien es también tú Hijo, enséñanos a amar cada vez más este “milagro de amor” que es la Eucaristía, ya que el cuerpo entregado en la cruz como sacrificio reconciliador, y la sangre derramada en el Calvario para purificación de nuestros pecados, están realmente presente en los signos sacramentales, y son el mismo cuerpo y sangre que tú María concebiste en tu seno virginal, diste a luz en Belén, ofreciste en el Calvario por nuestra reconciliación y que resucitado se nos da ahora como alimento de vida eterna.

El lavatorio de los pies

En el evangelio de hoy Jueves Santo, se nos ha proclamado la conmovedora escena de Jesús lavando los pies a sus discípulos. Esta escena resume de alguna manera todo lo que Jesús enseñó y vivió. En el lavatorio de los pies, se pone de manifiesto quién es Jesús y qué es lo que hace. Él, que es el Señor, que es Dios, se rebaja. Se quitas las ropas de la majestad divina y se hace esclavo de amor nuestro y nos hace un servicio: lavarnos los pies, tarea propia de los esclavos en los tiempos de Jesús. Cristo se despoja de las vestiduras de su majestad divina y se viste de nuestra miseria, nos introduce en su amor y por ese amor quedamos lavados, transformados en personas nuevas.

Este es el sentido de su vida y de su pasión: inclinarse ante nuestros sucios pies, ante la inmundicia de nuestros pecados y lavarnos, purificarnos con su amor excelso.

En esta Semana Santa, Él se inclina ante ti para lavarte. Que como Pedro seas capaz de decirle: “Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn 13, 9). Es decir: Señor, que tu amor me limpie totalmente y haga de mí un hombre nuevo, un hombre libre, con un corazón de carne que lata al impulso de tu Espíritu para que sea capaz de amar de verdad y así tener vida y dar vida a los demás y al mundo.

El servicio del lavatorio de los pies, que los esclavos realizaban en favor de todo aquel que llegaba a la casa después de haber caminado por polvorosos caminos en sandalias, consistía en poner al hombre en condiciones de sentarse a la mesa y por tanto en condiciones de poder entrar en comunión, en relación auténtica de amistad y compartir. Jesús con su amor reconciliador nos hace capaces de ser nuevamente personas para el encuentro, para la comunión, para la amistad con Dios y con los hermanos humanos.

Nosotros que muchas veces no nos soportamos los unos a los otros porque no estamos en reconciliados con Dios y con nosotros mismos. Nosotros que en vez de amarnos según el mandamiento nuevo de Cristo, vivimos enfrentados los unos a los otros, causa de la violencia siempre anticristiana que debemos desterrar de una vez por todas de nuestras vidas, somos hoy lavados por el amor del Señor de nuestros pecados y así purificados de nuestros egoísmos, rencores, odios, rencillas, venganzas, para que así podamos amarnos y ser en verdad hermanos, constructores de la ansiada Civilización del Amor.

Que en esta Semana Santa, que hoy Jueves Santo más intensamente comenzamos a vivir con inicio del Triduo Pascual, no nos resistamos a ser amados por Él que nos acepta sin condiciones previas, incluso si no somos dignos de Él. Con San Pedro, conscientes de la necesidad que tenemos de ser purificados y renovados por su amor, que hoy y siempre le digamos: “Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn 13, 9).

San Miguel de Piura, 05 de abril de 2012
Jueves Santo

Citas

(1) Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 24, 3

(2) S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi, 14-VI-2001.

viernes 6 abril, 2012