HOMILÍA DURANTE SOLEMNE MISA DE FIESTA DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER 2008

Con profunda alegría y gratitud a Dios, celebramos hoy día la fiesta de San Josemaría, Fundador del Opus Dei y Fundador y Primer Gran Canciller de la Universidad de Piura. Saludo con afecto a su Rector, Señor Doctor Antonio Abruña Pujol y al Consejo Superior de la Universidad, así como a su Capellán Mayor, R.P. Emilio Arizmendi Echecopar, a su Capellán Mayor Emérito don Vicente Pazos Gonzáles y a los sacerdotes de la Obra presentes. Asimismo mi saludo cordial a los numerarios y supernumerarios del Opus Dei y a todos los que forman esta familia que es verdaderamente Obra de Dios.

San Josemaría nació un 09 de enero de 1902. Fue el segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás. Sus padres, fervientes católicos, lo bautizaron el día 13 del mismo mes y año de su nacimiento, transmitiéndole su fe cristiana y de manera especial el amor a la Confesión sacramental, a la Comunión eucarística frecuente, el recurso diario y confiado a la oración, el amor filial a la Santísima Virgen María y la caridad a los más pobres y necesitados. Sin lugar a dudas cuando el hogar es verdaderamente cristiano, éste es cuna de santos.

Recibe la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925 y funda el Opus Dei, el 02 de octubre de 1928. Después de haber llevado una vida de intenso amor a Dios y a los hermanos, y de haber realizado una obra apostólica impresionante, San Josemaría fallece en Roma un día como hoy el año 1975. Sin lugar a dudas al llegar al cielo habrá escuchado al Señor que le decía, “Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 21-23).

El 17 de mayo de 1992, el hoy Siervo de Dios Juan Pablo II lo beatifica y diez años después, el 06 de octubre de 2002, lo proclama santo en la plaza de San Pedro en Roma, ante una impresionante multitud. En aquella oportunidad, el Papa dijo en su homilía, “difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad”[1].

Hoy en que nos reunimos en esta hermosa ermita del Campus de la Universidad de Piura para dar gracias a Dios por el don de su santidad, reflexionemos brevemente en ella para que se encienda en nosotros un deseo mayor por ser santos en nuestra particular vocación y estado de vida, porque no hay mayor tristeza que no serlo y no hay mayor irresponsabilidad para los tiempos que nos han tocado vivir, que no aspirar seria y responsablemente a la santidad.

En primer lugar podríamos decir de San Josemaría que nos impresiona la conciencia que tiene de la misión recibida de Dios y su lucha diaria por realizarla. Toda su vida es un esfuerzo constante, vivificado por la gracia, por ser fiel a la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias, por realizar el designio divino plenamente, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús que en la Cruz le dijo lleno de amor a su Padre, “todo está cumplido” (Jn 19, 30). En él resplandece el amor a la voluntad de Dios.

Desde que descubre la voluntad de Dios en su vida, San Josemaría no puede concebir su existencia fuera de ella, vive sólo para realizarla, conciente de que en la voluntad de Dios esta su propia paz y los caminos de vida y salvación para los demás.

San Josemaría no sólo es conciente que el Plan de Dios en su vida es su camino de felicidad y realización, sino que además éste tiene una dimensión social y que debe esforzarse por cooperar con el llamado del Señor para que así muchos puedan encontrar el camino hacia su felicidad y salvación eterna, porque si uno no arde de amor muchos mueren de frío.

Pero si nos impresiona la conciencia que tiene por la misión recibida de Dios, no menos deja de impresionarnos la conciencia que tiene de no ser protagonista de nada, de no haber inventado nada, de que todo lo había recibido del Señor.

Por ello escribirá aquel 2 de octubre de 1928, cuando recogido en oración en su habitación durante unos ejercicios espirituales, “ve” lo que Dios le pide, que “el Señor fundó su Obra”. San Josemaría se siente sólo un instrumento en las manos de Dios y por añadidura “inepto y sordo, un fundador sin fundamento, que ama locamente a Jesucristo”[2], como el mismo se define. Es la humildad de los santos, virtud sin la cual no se puede construir ni sostener el edificio de la santidad. Humildad que lleva a los hombres y mujeres de Dios a no sentirse protagonistas de nada y a no aferrarse a los frutos de la acción.

El mismo nombre con el que llama más tarde en 1930 a su fundación, Opus Dei, es una señal clara que para él, el gran protagonista es el Señor y que él es tan sólo un instrumento en sus manos que tiene que interpretar fielmente el carisma fundacional, aplicarlo sin variaciones y transmitirlo de forma íntegra.

Esa plena convicción de que era sólo un instrumento en las manos de Dios, lo llevará a vivir heroicamente la fe, la esperanza y la caridad, a tener una gran fortaleza para abrazarse en todo momento a la cruz y a poseer una gran audacia para las diversas iniciativas apostólicas que desarrolla.

Pero, ¿a qué lo llamó el Señor? ¿Cuál fue la misión que le encomendó? En palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, “San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir –dice el Papa- que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido, de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos”[3].

El Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, dirá sobre la misión de San Josemaría de anunciar la llamada universal a la santidad que, “la santidad es este contacto profundo con Dios, este hacerse amigo de Dios: es dejar actuar al Otro, al único que puede hacer que el mundo sea bueno y feliz. Por consiguiente, si San Josemaría dice que todos están llamados a ser santos, me parece que en el fondo está reflejando esta experiencia personal suya de no haber hecho por sí mismo cosas increíbles, sino de haber dejado actuar a Dios”[4].

La misión encomendada por el Señor Jesús, consistió entonces en proclamar la vocación universal a la santidad señalando el trabajo, para los fieles cristianos llamados a servir a Dios en el mundo, como ámbito de santificación, y significó dar vida en la Iglesia a una institución, el Opus Dei, que tiene como fin difundir este mensaje de actualidad perenne y ayudar a todos, sin distinción alguna, a ponerlo en práctica.

El mensaje de San Josemaría suscitado por el Espíritu Santo en el siglo XX, es sin lugar a dudas trascendental para el tercer milenio que hemos comenzado a vivir como claramente lo señala el Decreto Pontificio sobre la heroicidad de sus virtudes: “Este mensaje de santificación en y de las realidades terrenas resultó providencialmente actual en la situación espiritual de nuestra época, tan interesada en exaltar los valores humanos, pero también tan inclinada a caer en una visión inmanentista del mundo separado de Dios. Por otra parte, al invitar al cristiano a buscar la unión con Dios a través del trabajo, tarea y dignidad perenne del hombre en la tierra, esta actualidad está destinada a perdurar más allá de los cambios de los tiempos y de las situaciones históricas, como fuente inagotable de luz espiritual”[5].

Muchas cosas más podríamos decir de la santidad de San Josemaría, pero para concluir estas sencillas reflexiones bástenos decir que fue un Santo de gran humanidad, que acogía a todos sin distinción alguna, como un padre a sus hijos, porque “cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo”[6]. Por ello San Josemaría impulsó muchas obras de evangelización y de promoción humana a favor de los más pobres.

Que fue un sacerdote ejemplar, entregado totalmente a su ministerio sacerdotal, porque como él decía a los sacerdotes, “es preciso estudiar constantemente la ciencia de Dios, orientar espiritualmente a tantas almas, oír muchas confesiones, predicar incansablemente y rezar mucho, mucho, con el corazón siempre puesto en el Sagrario”[7].

Que fue un Santo que enseñó que Cristo debe ser la cumbre de toda actividad humana, que amó apasionadamente al mundo, con un “amor redentor”, al decir de Juan Pablo II, haciendo una opción por el mundo que Dios quiere en su divino plan, alentando a los laicos a que desde su fe tengan una activa presencia en todas las profesiones y fronteras más avanzadas del desarrollo, para fortalecer así la armonía entre fe y cultura, tarea sumamente urgente para los tiempos que vivimos.

Que fue un Santo, “amante apasionado de la Eucaristía, (que) vivió el Sacrificio del Altar como «centro y raíz de la vida cristiana». (Que) fue apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; y delicadamente devoto de María, «Madre de Dios y Madre nuestra», de San José y de los Ángeles Custodios. Amaba con todas las fuerzas de su corazón sacerdotal a la Iglesia, y se ofrecía en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que las criaturas manchan su rostro materno”[8].

Por eso hoy estamos alegres y en esta Santa Misa elevamos nuestra acción de gracias al Señor por el don de una santidad tan ordinariamente extraordinaria.

También hoy estamos alegres porque en Roma el Cardenal Camillo Ruini ha presidido la sesión de clausura del proceso diocesano sobre la vida y las virtudes del Siervo de Dios Álvaro del Portillo (1914-1994), obispo y prelado del Opus Dei.

Pidamos al Señor por intercesión de San Josemaría verle pronto elevado a los altares recordando lo que él mismo dijera cuando comenzó el proceso de su Santo Padre Fundador, que no se trata de buscar la propia gloria sino la de la Iglesia.

No quiero concluir estas palabras sin expresar mi gratitud, como Pastor de esta Arquidiócesis Metropolitana de Piura, a los hijos espirituales de San Josemaría, que fieles a su padre fundador desde hace cerca de cuarenta años trabajan infatigablemente en estas tierras piuranas dando un testimonio luminoso de fe, según el ejemplo y las enseñanzas de su Santo Padre Fundador.

Recientemente, Monseñor Javier Echevarría, Obispo Prelado del Opus Dei, les decía a un grupo de jóvenes de diversas nacionalidades que se preparan para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Australia, que “¡De vuestras vidas dependen muchas cosas grandes!”. Que sabias y a la vez exigentes palabras: “¡De vuestras vidas dependen muchas cosas grandes!”. Con este mensaje quiero dejarlos para alentar en ustedes una entrega aún más generosa y confiada que la presente.

Tengan la seguridad que siempre los acompaño con mi oración en la que pido por todos ustedes, sacerdotes de la Prelatura, numerarios, supernumerarios, familias del Opus Dei, y pido por la fecundidad apostólica de sus diversas obras, para que a Dios sea toda la gloria. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 26 de junio de 2008

Fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador.

+ José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

Notas

1. S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer, 06-X-2002.

2. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Cap. 7, el Desprendimiento, pág. 117.

Andrés Vásquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Vol. I, Madrid 2002.

3. S.S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la Canonización, 07-X-2002).

4. Cardenal Joseph Ratzinger, L’Osservatore Romano, 06-X-2002.

5. Congregación para la Causa de los Santos, Decreto Pontificio sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 09-IV-1990.

6. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 80.

7. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

8. Congregación para la Causa de los Santos, Decreto Pontificio sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 09-IV-1990.

martes 1 julio, 2008