HOMILÍA DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR 2012


¡Aleluya!

Después de un “ayuno” de cuarenta días, hemos vuelto a cantar solemnemente el “Aleluya” en el momento en que se ha proclamado el Evangelio más importante del año: el Evangelio de la Resurrección del Señor Jesús. “Aleluya”, que significa “alabad a Dios”; “Aleluya”, que expresa “que a Él sea todo honor y toda gloria”; “Aleluya”, que con el tiempo también ha venido a significar “alegría”.

Esta breve palabra es como el resumen de lo todo lo que hay en nuestros corazones esta noche santa: alabanza y alegría por el milagro de la tumba vacía. Alabanza y alegría porque Dios ilumina esta noche santa con la gloria de la Resurrección de su Hijo. Alabanza y alegría porque la Pascua de Cristo, es decir su paso de la muerte a la vida, es también nuestra Pascua, porque “en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos”. (1)

Hermanos: Cristo resucitando, ha vencido a la muerte y gracias a ello toda tristeza ha sido expulsada. Realmente hemos pasado de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.

Éste es en verdad el día que hizo el Señor, por ello hoy nuestras voces y corazones estallan de gozo para cantar: “Aleluya”.

El Bautismo y la Eucaristía: los sacramentos de la Pascua

Una vez que concluyamos la Liturgia de la Palabra, procederemos a celebrar los sacramentos pascuales: el Santo Bautismo y la Eucaristía. Los frutos de esta noche santa llegan a nosotros a través de estos signos sacramentales.

Queridos Catecúmenos que hoy recibirán los sacramentos de la iniciación cristiana. A través del Bautismo, el Señor Jesús infundirá en cada uno de ustedes el principio, la semilla de una nueva vida: la Suya. El Bautismo es antes que nada un don, pero es también responsabilidad, tarea y misión.

Dentro de pocos momentos en nombre de la Iglesia les pediré que renuncien al Demonio y que profesen su fe en la Santísima Trinidad. Lo que en verdad les estaré preguntando en cada una de las tres renuncias a Satanás, a sus obras y a sus seducciones, y en cada una de las tres profesiones de fe dirigidas a cada una de las Personas de la Santísima Trinidad, es: ¿Quieres ser santo? Es decir: ¿Quieres ser como Jesús? ¿Quieres configurarte plenamente con Él, el camino, la verdad y la vida?

Que tú respuesta no se deje esperar. Con voz fuerte dí: ¡Sí, creo! ¡Sí, quiero! Queridos catecúmenos sólo hay una tristeza en la vida: no ser santo, es decir no llegar a ser como Jesús.

En cambio no hay mayor felicidad que ser como Él, ya que la comunión de vida con Cristo nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. El Bautismo que ahora recibirán los lanzará a la aventura más apasionante de todas: la de ser amigo de Jesús; a la tarea más bella de todas: la de ser cristiano. ¿Puede haber algo más grande en la vida que poder decir que “mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí (Gál 2,20)?

Queridos hermanos todos: acompañemos con nuestra oración y amistad cristiana a nuestros catecúmenos, nosotros que después de que ellos sean bautizados, también renovaremos nuestras promesas bautismales para subrayar así que la vocación de todo bautizado, de cada uno de nosotros, es la santidad y que después de haber recibido la vida del Hombre Nuevo, Jesucristo, es un contra sentido contentarse con una vida mediocre, o más o menos buena.

Finalmente el punto culminante de nuestra celebración de esta noche es la Eucaristía, la cual no es un apéndice a los otras partes de nuestra Vigilia Pascual, (el Lucernario, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Bautismal), sino “el punto culminante de la Vigilia Pascual porque es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia del resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregustación de la pascua eterna”. (2)

Más aún queridos hermanos. En cada Eucaristía, el Bautismo que nos ha insertado en la muerte y resurrección de Nuestros Señor Jesucristo, recibe alimento para desplegar en nosotros toda su belleza, todas sus magníficas obras. Por ello los exhorto a todos, catecúmenos y fieles cristianos, a siempre asistir a la Misa Dominical. A no faltar a ella nunca, a decir también nosotros con nuestros hermanos en la fe, los cuarentinueve mártires de Abitene del siglo IV: “Sin el Domingo no podemos vivir”. Sí, sin el Domingo no podemos vivir porque si nos falta el pan eucarístico nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades cotidianas y no sucumbir; nos faltaría el alimento para la fidelidad de cada día hasta el final. “Participar en la celebración dominical y alimentarse del Pan eucarístico es una necesidad para el cristiano, quien de este modo puede encontrar la energía necesaria para el camino que hay que recorrer… El Señor no nos deja solos en este camino. Él está con nosotros; es más, desea compartir nuestro destino entrañándose en nosotros…«El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Juan 6, 56)”. (3)

Aquí estamos Cristo, Hijo del Dios vivo

Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, aquí estamos en esta noche de santa vigilia nosotros, tú Iglesia, el Cuerpo de tu Cuerpo y la Sangre de tu Sangre derramada en la Cruz. Aquí estamos porque queremos estar contigo, velar contigo. Somos muchos, los que unidos a la Iglesia Universal, estamos hoy celebrando esta Vigilia y a todos nos une la fe nacida de tu Pascua, de tu “paso” a través de la muerte a la nueva vida; la fe nacida de tu Resurrección.

Somos muchos y a todos nos une el mismo Bautismo que nos sumerge en tu muerte pero también en tu Resurrección. Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que la alegría de esta Noche Santa de tu Pascua, permanezca siempre encendida en nuestras vidas como el Cirio Pascual. Que comprendamos que la Pascua es Vida, que la Pascua es Santidad. Que el don del Bautismo recibido nos exige ser santos, es decir ser en todo semejantes a Ti, “imagen del hombre libre y nuevo” (ver Gál 5, 1; 6, 15).

Que cuando nos oigan y vean, todos adviertan en nosotros las señales de tu Resurrección. Que hemos hecho del amor la norma suprema de nuestra vida, porque Tú nos amaste y te entregaste por nosotros como ofrenda y sacrificio. Que nos comportamos en la vida cotidiana como miembros de tu Reino de Luz, dando los frutos de la bondad, la rectitud y la verdad (ver Ef 5, 2.8-9).

Señor, que comprendamos que sólo así, renovados en santidad, seremos capaces de renovar nuestro mundo y de forjar en él la ansiada Civilización del Amor; una Piura y un Perú justos y reconciliados que sean anticipo de la Pascua Eterna que nos tienes preparada, aquella que nos refiere San Juan en su primera carta: “Ahora, queridos míos, somos hijos de Dios, aunque todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que el día en que se manifieste seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Esta esperanza que hemos puesto en Él es la que nos urge a ser cada día más perfectos, como Él es perfecto” (1 Jn 3, 1-3).

Gózate y alégrate María

Amadísima Madre del Señor Resucitado y Madre de la Iglesia. Hoy te decimos con profunda satisfacción: ¡Gózate y alégrate, Virgen María, Aleluya!

Sí, ¡gózate y alégrate, porque verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya! Con este saludo queremos prolongar en el tiempo el “Alégrate” que te dirigió San Gabriel en el día de la Anunciación-Encarnación y darte las gracias por toda tu entrega, amor y solicitud maternales.

Sabemos que después de resucitar, tu Hijo te visitó y con su presencia alegró tu Corazón amantísimo de Madre que el día de Viernes Santo fue traspasado por la espada del dolor. Así además de haber estado presente en el Calvario y en el Cenáculo de Pentecostés has sido constituida en privilegiada testigo de la Resurrección de tu Divino Hijo.

Por ello Madre del Resucitado te pedimos suplicantes que nos confirmes en la adhesión personal a Cristo tú Hijo, que ha muerto y resucitado por la salvación de cada uno de nosotros y de toda la Humanidad. María, sé hoy y siempre maestra y guía de nuestra fe. Sostennos en los momentos de duda y tentación. Obtennos la serenidad interior, aquella que surge de la certeza que Cristo verdaderamente ha resucitado. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 07 de abril de 2012
Vigilia Pascual

 

 

Citas

(1) Misal Romano, Prefacio II de Pascua.

(2) Congregación para el Culto Divino, Circular para la Preparación y Celebración de las Fiestas Pascuales, n. 90.

(3) S.S. Benedicto XVI, Homilía Clausura del XXIV Congreso Eucarístico Nacional Italiano, 29-IV-2005.

domingo 8 abril, 2012