HOMILÍA DEL VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR 2018

“Miremos la Cruz de Jesús y besemos sus llagas. En ella hay salvación y fortaleza”

El amor del Señor en la Cruz es la respuesta al mal

Hoy nuestra mirada conmovida y llena de gratitud se dirije a Jesús crucificado. Con su muerte en la Cruz, el Señor alcanza su total humillación, porque la crucifixión era la peor de las muertes, sólo reservada para los criminales y esclavos. Además es crucificado fuera de la ciudad santa de Jerusalén, expulsado de ella, de aquella ciudad que sólo unos días antes lo había aclamado como Rey y Mesías, y por la que el Señor había llorado: «¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!» (Mt 23, 37).

Contemplando a Jesús crucificado encontramos la respuesta de Dios al misterio del pecado, del mal y de la muerte: Su amor absoluto hasta el extremo por nosotros. Un amor que nos sana. «Sus heridas nos han curado» (1 Pe 2,24), dice la Palabra de Dios. En ese amor podemos y debemos encontrar las fuerzas para llevar nuestra cruz de cada día. Muchas veces nos preguntamos por el mal y el dolor que nos rodean: ¿Por qué Dios lo permite? Más aún esta pregunta se hace más honda y dolorosa para nosotros cuando contemplamos el dolor y el sufrimiento de nuestros hermanos damnificados en Piura que están sedientos, sin techo, sin trabajo, sin atención médica, y sus hijos pequeños padeciendo con ellos viviendo en campamentos provisionales.

En esta vida no encontraremos una respuesta plena al misterio del mal pero hoy Viernes Santo, nos consuela y nos da fortaleza tener la certeza de que Jesús, el inocente por excelencia, ha tomado sobre sí todo el pecado de la humanidad, todo el mal y el sufrimiento del ser humano para que en su Cruz encontremos siempre esperanza, fuerza, consuelo y salvación. Hoy nos hará muy bien mirar a Jesús crucificado y besar sus llagas, saber que en nuestro dolor y en nuestras pruebas no estamos solos. Jesús ha convertido el dolor en camino de salvación y de vida. No lo ha anulado pero sí llenado de sentido y abierto un horizonte de esperanza: La última palabra no la tiene ni la tendrá el mal sino el bien y el amor que es Él.

Mucho del dolor que padecemos también es culpa nuestra 

En la Cruz, el Hijo de Dios parece un hombre derrotado. Efectivamente Jesús ha sido abandonado, traicionado, insultado, ha sufrido lo inimaginable y finalmente ha muerto. Pero el fracaso de Cristo en la Cruz es aparente. En verdad Él ha vencido y nos ha abierto las puertas del Cielo y la posibilidad de vivir la comunión fraterna entre nosotros. Los dos maderos de la Cruz expresan nuestra perfecta reconciliación con Dios y los hermanos. En la Cruz Jesús ha vencido el pecado de la desobediencia de Adán y el pecado fratricida de Caín que mató a su hermano Abel. Si abrazamos con amor la Cruz de Jesús, no más lejanía de Dios-Amor, no más odio y muerte entre nosotros.

En este día, queridos hermanos, también seamos honestos y sinceros delante del Señor: ¿No es verdad que mucho del dolor que padecemos es también culpa nuestra, de nuestros pecados e injusticias? No seamos tan cobardes e injustos de echarle al Señor toda la culpa por nuestras desgracias. Mucho del mal que sufrimos en sus múltiples formas, como la pobreza, la violencia, el egoísmo, la indiferencia, el desamparo en el que viven muchos, la muerte de los indefensos en el aborto, la corrupción, etc., es culpa nuestra.

Si fuéramos más santos, si fuéramos mejores discípulos del Señor, habría más honestidad, justicia y fraternidad en el Perú y en Piura. Por ello mirar hoy la Cruz y besar las llagas del Señor nos compromete también a convertirnos, pero a convertirnos de verdad, en hechos concretos. Jesús en la Cruz nos enseña que si queremos dar fruto tenemos primero que morir a nuestro pecado. Hay que morir a uno mismo para poder vivir, porque «si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,23-24). Hermanos: no hay cristianismo sin Cruz. 

María, la Madre Dolorosa

Que María, Madre Dolorosa, nos acompañe en el camino de la Cruz y del amor que su Divino Hijo Jesús nos enseña. A Ella que tiene hoy su Corazón traspasado por la espada, profetizada por el anciano Simeón (ver Lc 2, 35), le rezamos con amor filial:

Señora y Madre nuestra: Tú estabas serena y fuerte junto a la Cruz de Jesús. Ofrecías tu Hijo al Padre para la redención del mundo. 

Lo perdías, en cierto sentido, porque Él tenía que estar en las cosas del Padre, pero lo ganabas porque se convertía en Redentor del mundo, en el Amigo que da la vida por sus amigos. 

Santa María, qué hermoso es escuchar desde la Cruz las palabras de Jesús: «Ahí tienes a tu hijo». «Ahí tienes a tu Madre». 

¡Qué bueno si te recibimos en nuestra casa como el apóstol San Juan! Queremos llevarte siempre a nuestros hogares. Nuestra casa es el lugar donde vivimos. Pero nuestra casa es sobre todo nuestro corazón. Amén.

San Miguel de Piura, 30 de marzo de 2018
Viernes Santo de la Pasión del Señor 

viernes 30 marzo, 2018