HOMILÍA DEL SEÑOR ARZOBISPO DE PIURA CON OCASIÓN DEL 199° ANIVERSARIO DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ

En medio de una emergencia nunca imaginada causada por la pandemia del coronavirus (Covid-19), enfrentando a un enemigo invisible y muchas veces mortal, celebramos el 199° aniversario de la Independencia del Perú ofreciendo el santo sacrificio de la Misa por nuestra querida Patria.  

Lo hacemos siguiendo la tradición que instituyera el Generalísimo don José de San Martín, quien después de proclamar la Independencia del Perú, solicitó al entonces Arzobispo de Lima, Monseñor Bartolomé de las Heras, que agradeciera a Dios el don de la libertad con la celebración de una Misa solemne a la cual siguió el canto del himno del Te Deum laudamus, “A ti, oh Dios, te alabamos”, himno que se entona sólo en ocasiones importantes para agradecer al Señor por sus grandes beneficios.

La Misa se celebró el domingo 29 de julio de 1821, y así como hace 199 años, hoy nosotros seguimos esta tradición para implorar a Jesucristo, Señor de la Historia, que bendiga, proteja, y en las actuales circunstancias, consuele y sane a nuestra amada Patria de la coyuntura que nos aflige, en donde la mala situación sanitaria que vivimos se agrava con el mal moral de muchos, todo lo cual golpea con mayor crueldad a los más pobres.

Muchas familias peruanas y piuranas han sufrido la muerte de un ser querido, los cuales han fallecido solos, sin poder despedirse de los suyos. Recemos por los fallecidos por esta pandemia y por sus afligidas familias, quienes han visto aumentado su dolor al no haber podido acompañarlos en el momento de su muerte, así como darles un entierro digno.  

A lo largo de estos más de cuatro meses de emergencia hemos sido testigos de mucha incompetencia, indolencia y soberbia, lo cual ha evidenciado que el Estado, en sus múltiples niveles de gobierno, no es capaz de garantizar nuestra salud. Ello ha aumentado en los ciudadanos la desconfianza en la política y en el sistema democrático de vida que llevamos, lo cual es extremadamente peligroso. Cada quien tendrá que hacer un profundo examen de conciencia para reconocer la parte de responsabilidad que ha tenido en agravar una crisis sanitaria que, en el caso de Piura, llegó a su pico más alto entre la segunda quincena del pasado mes de mayo y se prolongó hasta mediados de junio. Cada quien tendrá que dar cuenta a Dios de sus acciones u omisiones, algunas de las cuales han tenido consecuencias irreversibles en la vida de muchas familias peruanas y piuranas. Esta crisis sanitaria aún no termina y puede reavivarse en cualquier momento sino tomamos ahora las medidas necesarias.

Además, como cristianos y ciudadanos responsables tenemos que observar, con civismo y patriotismo, las normas de higiene, bioseguridad, distanciamiento físico, y de atención médica temprana.

La tempestad de la pandemia ha desnudado una vez más nuestra mayor vulnerabilidad: La desunión. Sí, hay que reconocerlo: Frente a la emergencia sanitaria, a los piuranos nos ha faltado y nos falta unidad.

Frecuentes han sido los desencuentros entre nuestras autoridades. Ha faltado y sigue faltando aún un mayor diálogo y humildad para trabajar unidos y dejarse ayudar. La soberbia o la imagen personal no pueden estar por encima de la vida de los demás. Nada puede estar por encima de la vida de las personas. Han abundado los ataques y las recriminaciones, el partidismo y la prevalencia de los intereses particulares y de grupo.

Parece que no quisiéramos comprender que por encima de cualquier diferencia personal o ideológica está la persona humana. El futuro del Perú y de Piura en particular, depende de que la política, la economía y la tecnología, pongan al ser humano, con su dignidad inalienable de hijo de Dios, en el centro de sus preocupaciones y esfuerzos. Es a la persona humana y no a nosotros a quien debemos servir, y en estos momentos más que nunca, atender y curar.

Pero pareciera que, hasta hoy no nos damos cuenta de que estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo todos importantes y necesarios.[1]

Con más de 35,000 personas contagiadas y cerca de 1,700 fallecidos a la fecha, cifras oficiales pero distantes de la realidad, Piura se ubica tristemente entre los primeros lugares de las Regiones del Perú con más contagios, con un índice de letalidad todavía muy alto del 4.85%.  

Queridos hermanos: Todos estamos llamados a remar juntos, porque de la crisis generada por el coronavirus, nadie se salva solo. No podemos seguir cada uno por nuestra propia cuenta. De una vez por todas, tenemos que aprender a caminar y a trabajar unidos, y todos juntos volvernos a Dios, es decir, volver la mirada a Aquel que nos dio la vida para suplicarle su ayuda.

Además de la fundamental unidad entre nosotros, necesitamos del Señor porque con Dios, la vida nunca muere. La fuerza que viene de Dios es la única capaz de transformar en algo bueno todo lo malo que nos está sucediendo, porque a la perversa pandemia ahora se ha añadido el drama del desempleo, la pobreza y el hambre, lo cual nos exige dar espacio a la creatividad y a practicar nuevas formas de fraternidad y solidaridad que sólo el Espíritu Santo es capaz de suscitar. Seamos conscientes que el “virus” que enfrentamos no sólo mata, sino que además genera pobreza y aumenta las injusticas y desigualdades sociales.   

En este nuevo aniversario de la Patria, a tan sólo un año de celebrar el Bicentenario de nuestra Independencia, hago un llamado al entendimiento y a la unión entre todos los peruanos y piuranos, especialmente entre las autoridades, para que puedan realizar un trabajo más coordinado en beneficio de todos, pero especialmente de los enfermos y de los más pobres de nuestra Región. Reitero: La crisis sanitaria que enfrentamos requiere del esfuerzo y trabajo conjunto de todos nosotros. Y esa unidad la forjaremos basados en nuestra común fe cristiana y católica, aquella que sella la identidad de Piura, tierra del Señor Cautivo de Ayabaca y de Nuestra Señora de las Mercedes. 

A alcanzar esta unidad nos interpela en primer lugar el mismo Señor Jesús, quien mañana será nuestro justo Juez, como nos advierte San Pablo: “Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal” (2 Cor 5, 10).

Pero también nos interpelan a conseguir la unidad para enfrentar con éxito la pandemia, todas aquellas familias que han perdido a un ser querido sin poder despedirse de ellos. Nos interpelan los enfermos que se debaten entre la vida y la muerte mientras permanecen en nuestros hospitales totalmente aislados del exterior. Nos interpelan los padres de familia que han perdido sus trabajos y que no tienen cómo llevar un pan digno a la mesa para sus hijos. Nos interpelan los ancianos que tienen miedo de morir solos, así como nuestros niños y jóvenes que miran el futuro con temor. Nos interpelan los hambrientos que no tienen qué comer, y sobre todo nos interpelan nuestros muertos. ¡Todos ellos nos interpelan y nos reclaman unidad!  

Frente al desafío que tenemos por delante, no podemos caer en el efecto paralizante de la resignación, sino más bien tenemos que aprender las lecciones que nos está dejando esta pandemia y poner manos a la obra para corregir cualquier error, omisión y negligencia, y así, de manera proactiva, construir con esperanza e ilusión un futuro de vida.

¿Cuáles son estas lecciones que tenemos que aprender? En primer lugar, está la lección de valorar la bondad de la vida, así como su fragilidad. Comprender que la vida es un don de Dios, que el ser humano no es señor de ella, y que la vida es inviolable desde la concepción hasta su fin natural. Sólo así seremos más agradecidos y menos arrogantes, y trabajaremos con mayor dedicación no sólo por acoger la vida con gratitud, sino además nos esforzaremos por defenderla, curarla y promoverla.    

En segundo lugar, está la lección de trabajar juntos por el bien común superando el egoísmo, los intereses de grupo, y el individualismo que nos llevan a creer en una falsa autorrealización y en una peligrosa autosuficiencia. Más bien de ahora en adelante debemos aprender a ser realmente corresponsables y solidarios, abrazando con especial amor y compasión a los más vulnerables y descartados. La pandemia nos ha recordado nuestra interdependencia y la profunda necesidad que tenemos los unos de los otros.   

Otra lección de la cual tenemos que aprender es la revalorización de la familia.  

La pandemia nos ha llevado a redescubrir el don de la familia y su valor insustituible en la sociedad, porque sin familia no hay futuro, más aún, el futuro de la humanidad pasa necesariamente a través de ella que es la célula primera y vital de la sociedad. Indudablemente, “la familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma. Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad, asumiendo su función social.[2]

Finalmente, está la lección de trabajar infatigablemente para que Piura cuente con una red de salud de calidad, con profesionales médicos, enfermeras y agentes sanitarios en número suficiente, bien capacitados y remunerados, con hospitales bien equipados, con medicamentos suficientes para todos, donde cada piurano, sin distinción alguna, tenga acceso a mejores oportunidades de prevención, diagnóstico y tratamiento.  

La pandemia nos ha recordado, a través del sufrimiento desgarrador y de la muerte de muchos hermanos, que tenemos una red de salud muy precaria, sin camas hospitalarias suficientes, que nos faltan médicos, enfermeras, oxígeno, medicinas y equipos médicos, así como equipos personales de protección, etc.

Nunca más debe repetirse entre nosotros una situación tan penosa y lamentable como la que estamos viviendo, más aún cuando Piura es la primera región con más población después de Lima, que vive en la constante amenaza del Fenómeno del Niño y de otras enfermedades como el dengue (enfermedad endémica entre nosotros), la anemia infantil, la tuberculosis multi resistente, el VIH, etc. Se anuncian nuevos hospitales, lo cual es ciertamente motivo de esperanza y de alegría, pero entre ellos no veo el anuncio de uno de alta complejidad que tanto necesitamos los piuranos. Nunca hay que olvidar que una sociedad se mide también por la manera cómo cuida a sus ciudadanos. La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por el modo en que ésta atiende a sus enfermos, especialmente a los más ancianos y vulnerables. Si bien es loable y digno de reconocimiento el esfuerzo que muchas instituciones civiles y militares vienen desplegando por ayudar en la emergencia de la pandemia, incluida la Iglesia, este deber es responsabilidad primera e ineludible del Estado.

No podemos finalizar esta homilía en el Día de la Patria sin hacer un homenaje a todos aquellos que, con gran sacrificio, incluso de sus vidas, han estado y están en la primera línea de la lucha contra el despiadado enemigo del coronavirus (COVID-19).

Me refiero en primer lugar a nuestros médicos, enfermeras y otros profesionales de la sanidad, quienes con gran sacrificio y entrega realizan a diario sus actividades en medio de grandes carencias, sin los equipos e insumos médicos necesarios, sin los trajes de protección adecuados y suficientes, a lo que se suma la falta de personal, por lo que tienen que multiplicarse en sus esfuerzos por atender y cuidar a nuestros enfermos. En verdad son, como afirma de ellos el Papa Francisco, “los santos de la puerta de al lado”.

Al ver su precaria situación me pregunto: Y, ¿quién cuida al que cuida? Esta mañana quiero reiterarles a los médicos, enfermeras y personal sanitario de nuestra Región, que estoy con ustedes en sus justos reclamos, y que yo también pido y demando a las autoridades nacionales y regionales que atiendan todas y cada una de sus necesidades. Pido al Señor en mi oración que les dé en estos momentos una esperanza invicta y una fortaleza sólida para que sigan cuidando al prójimo con amor, especialmente a nuestros hermanos contagiados de coronavirus. Oremos por los médicos y enfermeras piuranos fallecidos y por aquellos que se han contagiado mientras realizaban su noble misión de curar, rogando al Altísimo para que estos últimos sanen prontamente.       

Nuestro homenaje también a nuestros policías, soldados, aviadores y marinos, que desde el primer día de la emergencia salieron a enfrentar a un enemigo invisible e impasible, para brindarnos a todos seguridad y tranquilidad. Junto con nuestros médicos, ellos también han sufrido la muerte y el contagio, el dolor de ver compañeros de armas fallecidos y enfermos, y a pesar de todo no han claudicado ni un solo momento, prodigándose en tareas que han contribuido al orden interno y al control de la pandemia.

Además, los miembros de nuestras Fuerzas Armadas y Policía Nacional, vienen realizando loables campañas cívicas de salud, alimentación y traslado de enfermos. Ya es hora de que el Supremo Gobierno no sólo reconozca de palabra sino con gestos concretos el gran sacrificio que realizan a diario nuestros hermanos que visten el uniforme de la Patria, con mejores remuneraciones y dotándolos de los equipos y unidades que necesitan para realizar su misión fundamental cual es, la de defender y conservar la independencia nacional, dar seguridad y estabilidad a la República, y preservar el honor y la soberanía nacional. Es urgente que el gobierno comprenda, de una vez por todas, que tener una Fuerza Armada y una Policía Nacional fuertes es fortalecer al Perú.

Nuestro reconocimiento también a nuestros bomberos, a los miembros de los diferentes serenazgos municipales, a los integrantes del Sistema Nacional de Defensa Civil (INDECI), a los miembros de las rondas campesinas, y a los humildes pero importantes integrantes del servicio de limpieza pública, quienes en el ámbito de sus competencias vienen apoyando en misiones de orden interno y de acción social, multiplicándose con su reducido personal en atender diversas emergencias y necesidades.  

Queridos hermanos y hermanas: En esta celebración de nuestra Independencia, a puertas del Bicentenario, y a pesar de todo lo que hemos vivido y estamos viviendo, no nos dejemos robar la esperanza ni la alegría que brota de nuestra fe en el Señor y que nos da la fuerza de vivir. No pensemos nunca que nuestra lucha aquí abajo es del todo inútil.

Amemos a las personas, una a una, con nuestro servicio y dedicación cumpliendo cada cual cabalmente con sus responsabilidades, según el máximo de sus posibilidades y capacidades. No tengamos miedo de soñar en un futuro de vida y de bienestar para el Perú y Piura. Los hombres que han cultivado la esperanza son los que han vencido a la adversidad, y han traído mejores condiciones de vida a esta tierra para sus hermanos.  

Con el Papa Francisco les digo: “Cada día pide a Dios el don del valor. Recuerda que Jesús venció al miedo por nosotros. ¡Él venció al miedo! Nuestro enemigo más traicionero no puede contra nuestra fe. Y cuando te encuentres atemorizado frente a algunas dificultades de la vida, recuerda que no vives sólo para ti. En el bautismo, tu vida fue sumergida en el misterio de la Trinidad, y tú perteneces a Jesús. Y si un día te asustas o piensas que el mal es demasiado grande para desafiarlo, piensa simplemente que Jesús vive en ti. Y es Él quien, a través de ti, con su apacibilidad quiere someter a todos los enemigos del hombre: el pecado, el odio, el crimen, la violencia, la enfermedad; todos nuestros enemigos”.[3]

Que Dios, nuestro Padre y Señor, bendiga al Perú y bendiga a Piura. Que Él nos conceda la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda, para que con nuestros mayores podamos decir una vez más con satisfacción: ¡Firme y Feliz por la Unión!

Que nuestra Madre Santísima, nuestra Señora de las Mercedes, nuestra amada Mechita, nos cuide y guíe en esta hora difícil de la Patria y de nuestra Región. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 28 de julio de 2020
Fiesta de Nuestra Señora de la Paz

[1] S.S. Francisco, Homilía en la Oración Extraordinaria por la Pandemia, 27-III-2020.

[2] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, n. 42.

[3] S.S. Francisco, Audiencia General, 20-XI-2017.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa de nuestro Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

martes 28 julio, 2020