HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI 2017

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

Tres expresiones resumen bella y profundamente el sentido de la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, que hoy convoca a miles de piuranos y piuranas a salir a las calles de nuestra aún muy golpeada Ciudad y Región de Piura: Reunidos en el nombre del Señor. Caminar con el Señor. Y adorar de rodillas a Jesús Eucaristía.

En primer lugar: “Reunidos en el nombre del Señor”. Desde los más diferentes y lejanos rincones de nuestra Ciudad, Jesús Eucaristía nos ha llamado y congregado esta tarde, a fin de que seamos uno en Él. Sacándonos de nuestro individualismo e incluso de nuestros partidismos, el Señor nos ha reunido en su nombre y gracias a ello esta tarde experimentamos el misterio de nuestra unidad en Cristo.

A pesar que quienes estamos aquí reunidos somos muchos y además diferentes, porque aquí hay sacerdotes y fieles cristianos, gobernantes y gobernados, intelectuales y artesanos, ricos y pobres, jóvenes y ancianos, y personas que piensan de manera muy diferente, el Señor nos hace vivir esta tarde el misterio de la comunión, invitándonos a que nos abramos los unos a los otros, para que sepamos ver en el otro a un hermano, a alguien que me “pertenece”, y con el cual estoy llamado a compartir sus alegrías y sus sufrimientos, a intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad y amor. [1]

Sólo Jesús Eucaristía es capaz de obrar el milagro de hacer desaparecer lo que nos divide. Sólo Él es capaz de construir nuestra unidad en la verdad y el amor, una unidad que ahora más que nunca necesitamos los piuranos, porque sólo juntos podremos afrontar la inmensa tarea de la reconstrucción de Piura. La reconstrucción que necesitamos, jamás la alcanzaremos divididos sino sólo unidos, y esa unidad sólo se alcanza en Jesús presente en este milagro de amor que es la Hostia Santa. En cada Eucaristía y en particular en el momento de la comunión eucarística, Jesús entra en nosotros, y nosotros entramos en Él, y Él nos hace capaces de encontrarnos los unos a los otros como hermanos formando un solo cuerpo: Su Iglesia.

En segundo lugar: “Caminar con el Señor”. Tanto nos ama Jesús, que se ha quedado entre nosotros en este misterio de amor que es la Eucaristía, para ser Él mismo quien nos guíe y conduzca por la vida. Caminar con Él en la procesión eucarística es un símbolo muy hermoso y poderoso que nos manifiesta que el ser humano sólo encuentra el camino cuando se deja conducir por el Señor. Sólo si caminamos con Cristo, el Dios Eucarístico, encontramos el camino, los desafíos se vuelven oportunidades, el desierto se vuelve tierra prometida, los problemas encuentran su solución, el dolor haya su consuelo, la desesperación deja su paso a la esperanza que nos impulsa a ir adelante con la confianza de saber que Él nos ama de manera fiel e irrevocable, y que en ese amor todo lo podemos, porque para Él no hay nada imposible.

Sólo caminando con el Señor nos sentimos seguros, protegidos, y podemos salir airosos en la peregrinación de la historia, haciendo que en el mundo y en nuestra sociedad surja la ansiada Civilización del Amor como camino seguro hacia la Jerusalén del Cielo, que es nuestra Patria definitiva y a la que el Señor nos llama, porque aquí estamos de paso, no somos más que peregrinos. Pero si bien es muy reconfortante caminar con el Señor, ello no significa que Él nos vaya a solucionar todos los problemas o realizar todos los trabajos. Caminar con el Señor significa saber apoyarnos en su amor que no falla, para desde nuestra libertad, esforzarnos por trabajar unidos por construir una Piura más justa y reconciliada, que sea reflejo del Reino por venir.

En tercer lugar: “Adorar de rodillas a la Eucaristía”. ¿Por qué? Porque Jesús está realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. “No veas –exhorta San Cirilo de Jerusalén- en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su Cuerpo y su Sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa”.[2] Por eso esta tarde de Corpus Christi seguimos cantando aquel himno eucarístico que compusiera para esta fiesta, Santo Tomás de Aquino hace muchos siglos atrás: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte”. Sí, la adoración es parte esencial de esta fiesta de Corpus Christi, adoración que la Iglesia prolonga en el Culto que tributa a la Eucaristía fuera de la Misa.

Arrodillarse ante el Señor, no es contrario a la libertad, dignidad y grandeza del hombre. Si la persona humana no afirma a Dios en su vida, es decir a Aquel que es su origen y su destino eterno, se condena al vacío, a la confusión y a la infelicidad. Sólo confesando y adorando al Señor, es como nos encontramos a nosotros mismos, afirmamos nuestra verdadera dignidad y hallamos nuestro camino de auténtica libertad y realización. Por eso nunca es más grande el ser humano que cuando esta de rodillas ante el Señor, tal como lo hacemos esta tarde ante la Hostia Santa.

Pero en este día de Corpus Christi hay algo más que considerar a este respecto: Aquel a quien adoramos y ante el cual nos arrodillamos, Él mismo se ha arrodillado primero ante nosotros para lavar y borrar nuestros pecados cuando se encarnó y murió en la cruz. Sí, nos inclinamos ante Jesús Hostia para adorarlo, pero lo hacemos ante Aquel que a su vez por amor se ha inclinado primero ante nosotros para introducirnos en su amor que todo lo renueva, eleva y embellece.

Hermanos: hoy nos arrodillamos ante Él para confesarlo con las bellas palabras del apóstol Santo Tomás: “Señor mío y Dios mío”, pero también para pedirle por nuestras necesidades e intenciones, y sobre todo para decirle: “Jesús Eucaristía, en esta hora difícil que vive Piura, reconstruye nuestra esperanza”. Sí, queridos hermanos, necesitamos primero reconstruir en nosotros la esperanza, que el Señor nos ayude a rehacer nuestra unidad, honestidad, laboriosidad, justicia, nuestra predilección por los pobres, el poder entendido como servicio al prójimo y al bien común, y esto sólo se logra con el Señor Jesús. En Él y sólo con Él somos una sola fuerza. Sin esta primera y necesaria reconstrucción espiritual, la material será imposible. No nos engañemos.

Hoy en que celebramos el “Día del Padre”, rindo mi homenaje a todos los padres piuranos que en los momentos más difíciles de la emergencia que vivimos no hace mucho a raíz del “Fenómeno del Niño Costero”, supieron trabajar arduamente protegiendo y animando a sus familias y comunidades, no permitiendo que la adversidad les robara la esperanza ni las ganas de vivir, y supieron mantener en los suyos la fe en el Señor, que es la fuente de todo verdadero consuelo y fortaleza. Nuestra oración por aquellos papás que perdieron sus casas y aún no tienen trabajo.

A los papás les pido que teniendo como modelo a San José, amen con tierna fidelidad a sus esposas y a sus hijos, a que destierren del hogar toda forma de violencia, y que más bien el cariño, el respeto y la unión en el amor sea lo que reine en sus hogares. En relación a sus hijos, les pido a que los eduquen en libertad, a que no dejen nunca de escucharlos, aconsejarlos, y cuidarlos, de interesarse por sus sueños, proyectos e inquietudes. Querido papá: tus hijos tienen necesidad de tu presencia, de tu cercanía y de tu amor. Tienen necesidad que les muestres con tu ejemplo de vida tu fe cristiana y católica, es decir la belleza de lo que significa ser cristiano, de tener a Jesús como Señor y Salvador. Descúbreles la necesidad de la Misa Dominical y transmíteles a tus hijos esta tradicional devoción piurana al Corpus Christi así como tus padres lo hicieron contigo. Y tú hijo o hija, con un beso y un fuerte abrazo hazle sentir hoy y siempre a tu padre cuánto lo quieres y amas. Y a los que hemos perdido a nuestro papá, encomendémoslos hoy a la misericordia del Señor de la Vida.

Finalmente, vamos a pedirle a María Santísima, nuestra querida Mechita, que esta tarde nos acompaña como la Madre que nos consuela y alienta en todas nuestras luchas y dificultades, que nos ayude a redescubrir la presencia de su Hijo el Señor Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar, y a que nos enseñe a estar con Él en la Eucaristía.

Ser cristiano consiste básicamente en saber estar con Jesús, porque de la relación viva con el Señor es de donde brota todo lo verdadero, bueno, digno y noble que hay en la vida, así como la fecundidad de nuestra acción. Nuestra verdadera fuerza está en esta relación con el Señor, y nadie mejor que María para educarnos a estar con Jesús, a saber relacionarnos con Él en la Eucaristía. Debemos aprender de María Santísima a saber estar con el Señor, para así ser capaces de transparentar en nuestras vidas las actitudes que se derivan de esta relación con el Señor en la Hostia Santa: la gratuidad, la gratitud, la entrega, la solidaridad, la misericordia, el amor. ¡María, haznos hombres y mujeres eucarísticos!  Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 18 de junio de 2017
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
 

[1] Ver San Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 30.

[2] San Cirilo de Alejandría, Catequesis mistagógicas, IV, 6.

miércoles 21 junio, 2017