HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENCION DEL SEÑOR A LOS CIELOS

“Con Jesús, asciende nuestro corazón al Cielo” 

 “María Auxiliadora, la que sostiene en tiempos difíciles”

Muy queridos hermanos en Jesús que hoy asciende al Cielo: 

Después de su Resurrección, el Señor Jesús, “se apareció a sus discípulos durante cuarenta días, dándoles muchas pruebas de que vivía y hablándoles de lo referente al Reino de Dios” (Hch 1, 3), “hasta el día en que fue llevado al Cielo” (Hch 1, 2). Según este texto de los Hechos de los Apóstoles, la Ascensión del Señor sucedió cuarenta días después de su Resurrección, es decir el jueves pasado de la VI semana de Pascua. En nuestro país la celebración de la Ascensión ha sido traslada por la Iglesia al domingo siguiente debido a que la ley civil suprimió el feriado del jueves que antes existía.  

Pero vayamos a ver las enseñanzas de vida que nos deja este trascendental misterio de la vida de Jesús que hoy celebramos. Las podemos resumir en tres. En primer lugar que la exaltación de Cristo en el Cielo es también nuestra propia exaltación porque Jesús regresa al Padre llevando consigo nuestra humanidad. Para entender mejor esta enseñanza recurramos a San Agustín, quien comienza un sermón suyo, con ocasión de esta gran fiesta, con estas hermosas palabras: “Hoy nuestro Señor Jesucristo asciende al Cielo y con Él asciende nuestro corazón” (Sermón, 261). Jesús regresa hoy al Padre, pero llevando consigo algo con lo cual no vino a la tierra cuando el Verbo de Dios descendió del Cielo el día de la Encarnación: nuestra humanidad glorificada.

Por eso la fiesta de hoy siembra en nuestros corazones la ardiente esperanza de que allí donde está nuestra Cabeza, Cristo, estaremos también nosotros algún día con la plenitud de nuestra humanidad; nosotros que somos miembros de su Cuerpo Místico, Su Iglesia.

Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente (Catecismo de la Iglesia Católica n. 666). 

A la luz de los misterios de la Ascensión del Señor y la Asunción de Santa María, podemos afirmar que en el Cielo hay dos corazones plenamente humanos que nos conocen, que nos aman, que se interesan por nosotros; que saben de nuestras penas y sufrimientos porque ellos mismos los han compartido aquí en la tierra, y que por tanto ruegan, interceden y suplican por nuestras intenciones y necesidades en esta hora de prueba y de dolor.

Esos dos corazones son el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, a quienes la Iglesia rinde culto. Escuchemos lo que Jesús le dice a Santa Faustina sobre su Corazón que hoy ha ascendido al Cielo: “Has de saber hija mía, que mi Corazón es la Misericordia misma. Desde este mar de Misericordia las Gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí ha partido sin haber sido consolada. Cada miseria se hunde en mi Misericordia y de este manantial brota toda Gracia salvadora y santificante” (Diario de Santa Faustina, n. 1777).

De otro lado el Inmaculado y Doloroso Corazón de María es también nuestro consuelo. El Corazón de la Madre, traspasado por la espada (ver Lc 2, 35), nos acompaña en el sufrimiento, llora con nosotros nuestro mismo dolor, está en todo momento ayudándonos a que superemos la incertidumbre y la angustia, especialmente en esta época de pandemia. Por eso hoy más que nunca le rezamos: Inmaculado Corazón de María, sé la salvación del alma mía y de mi familia”. 

Queridos hermanos: tanto el Sagrado Corazón de Jesús, como el Inmaculado Corazón de María, que están en el Cielo, sienten en nosotros y con nosotros, todas nuestras angustias y dolores. Por eso no dejemos de recurrir a ellos.

Pero decíamos que son tres las enseñanzas del misterio de la Ascensión del Señor. 

La segunda enseñanza es que si bien Jesús ha ascendido al Cielo, no se ha ido para desentenderse de nosotros y de este mundo. Mientras Él está en el Cielo, sigue estando con nosotros: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Su presencia se prolonga en medio de su Iglesia y sobre todo en esa presencia llamada «real» por antonomasia que es el milagro de amor de la Eucaristía. Jesucristo Resucitado, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad está sentado a la derecha de Dios Padre y está también en nuestros altares en el pan de vida eterna y en el cáliz de salvación. Sólo Dios es capaz de un prodigio así. Pero el Señor también está presente en su Palabra Divina, la cual debemos leer, acoger y meditar como Santa María, “quien atesoraba todas estas cosas, meditando sobre ellas en su Corazón” (Lc 2, 19). El Señor también está presente ahí donde dos o más están reunidos en su nombre (ver Mt 18, 20), y lo está también en el enfermo, en el pobre, en el vulnerable, en el descartado, necesitado de nuestro amor y servicio, “porque cada vez que lo hicieron con este mi hermano más pequeño, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Sepamos descubrir estas presencias del Señor para que así se fortalezca nuestra fe y se renueve nuestra esperanza de que en estas horas no estamos solos, que Él está con nosotros.

Cada vez que profesamos nuestra fe rezando el Credo, decimos: “Y subió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Esto significa que Jesús ha inaugurado su Reino (ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 663-664), y “que habiendo entrado una vez por todas en el Santuario del Cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 667). Tengamos la certeza que nos da la fe que desde el Cielo el Señor nos envía de manera continua su Espíritu para iluminarnos, fortalecernos, defendernos y confortarnos.  

Finalmente, la fiesta de la Ascensión tiene además una clara dimensión apostólica y evangelizadora: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos” (Mt 28, 19). La misión que nos deja el Señor se dirige a la totalidad de los hombres y consiste en anunciarlo a Él y su misterio de salvación como clave de realización humana plena. La misión tiene carácter universal, y eso fue lo que hizo nacer la duda en algunos de los discípulos como nos refiere el Evangelio: “Algunos vacilaron” (Mt 28, 17).

No dudaban de que había resucitado, pues le estaban viendo, sino de cómo sería posible hacer discípulos de Jesús de todos los pueblos de la tierra. Por eso Cristo les asegura que Él es el Señor diciéndoles: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18), y los tranquiliza y anima prometiéndoles que para esa misión universal contarán con su asistencia indefectible: “Y he aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mt 28, 20).

Jesús nos envía a hacer discípulos por medio de dos cosas esenciales: el Bautismo en nombre de la Santísima Trinidad, y la fiel observancia de todo lo Él nos ha mandado: “Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado” (Mt 28, 19-20).

En estos tiempos de pandemia, ¿vengo aprovechando las diversas circunstancias de mi vida diaria para anunciar a Jesús a mi familia, a mis amigos y a mis vecinos? ¿Hago un uso evangelizador de las redes sociales? ¿O más bien mis conversaciones giran en torno a chismes, murmuraciones, o a transmitir temores e inseguridades o noticias falsas? En estos tiempos en que muchos están tocados profundamente, cuestionándose el sentido de sus vidas, de su presente y de su futuro, en que ven que los ídolos de este mundo son realmente de barro, anunciemos a Jesús con audacia y valor, y con Él la fuente de paz, de libertad, de plenitud y de vida eterna que sólo es el Señor: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mt 11, 28). 

María Auxiliadora

No podemos terminar esta homilía sin hacer una referencia a María Auxiliadora, a quien celebramos también el 24 de mayo. La devoción a María Auxiliadora se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Sin embargo, es a raíz de la gran victoria contra los turcos en la batalla de Lepanto, el año 1571, que la devoción a Ella adquiere mayor relieve, cuando el título de María Santísima como Auxilio de los Cristianos, fue incluido por el Papa San Pío V en las Letanías Lauretanas.

Más tarde, a comienzos del siglo XIX, durante la ultrajante prisión a la que Napoleón sometió al Papa Pío VII, éste prometió establecer la fiesta de María Auxiliadora el día en que retornara libre a Roma. El 24 de mayo de 1814, después de cinco años de amargo cautiverio en Savona, el Santo Padre entró triunfante en la Ciudad Eterna y en acción de gracias introdujo en el calendario litúrgico esta conmemoración mariana.

En diciembre de 1862, Don Bosco, fundador de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos) y de las Hijas de María Auxiliadora, tomó la decisión de construir una iglesia dedicada a esta bellísima devoción mariana. Es el espléndido Santuario de María Auxiliadora de Valdocco, en Turín, en cuyo altar mayor el gran santo hizo pintar a Tommaso Lorenzone un cuadro de siete metros de altura que él mismo describe de la siguiente manera: “Ahora la Virgen quiere que la honremos con el título de María Auxiliadora. Los tiempos corren tan tristes y peligrosos que necesitamos que la Virgen nos auxilie y ayude a conservar y defender la fe cristiana como en Lepanto, como en Viena, como en Savona y Roma”. Como fácilmente podemos darnos cuenta a la luz de las penosas circunstancias que vivimos, estas palabras de Don Bosco no han perdido actualidad sino todo lo contrario, cobran inusitada actualidad y nos impulsan a recurrir a Ella, que es la que nos sostiene en tiempos difíciles, diciéndole: ¡María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!

El día de hoy saludo especialmente a los Padres Salesianos, a las Hijas de María Auxiliadora y a todos los miembros de esta familia espiritual a quienes hago llegar con afecto mi bendición pastoral.   

San Miguel de Piura, 24 de mayo de 2020
Solemnidad de la Ascensión del Señor

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domingo 24 mayo, 2020