HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LA SANTA MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR 2020

“La Eucaristía y el servicio sostienen al mundo”

Muy queridos hermanos y hermanas en Jesús Eucaristía:

Hoy Jueves Santo, espiritualmente nos trasladamos al Cenáculo, a esa habitación y comedor del piso superior de una casa de Jerusalén, donde Jesús está reunido con sus amigos más íntimos, con sus apóstoles. El evangelista San Lucas nos relata que Jesús comenzó la última cena con estas emotivas palabras: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer” (Lc 22, 15). 

A lo largo de los tres años de su ministerio público, Jesús ha estado consumido por el anhelo de que llegase aquella “hora” en que habría de entregarse total y definitivamente por nuestra salvación y así hacerse completamente nuestro para siempre: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Ahora bien, la “hora” de Jesús, el ansia eterna de su amor por nosotros, queda perpetuado en el Sacramento de la Eucaristía, verdadero memorial de su pasión, muerte y resurrección, un don que Él entrega a la fiel custodia de su Iglesia: “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22, 24). 

En cada Misa que celebramos se hace presente y se actualiza el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, es decir su amor fiel hasta el extremo por cada uno de nosotros. De esta manera cada Eucaristía trae al mundo los tesoros infinitos de la redención y del amor de Dios, que en la Cruz de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, nos ha salvado y sanado: “Sus heridas nos han curado” (1 Pe 2, 25).

En cada Misa que celebramos, Jesús está realmente presente, muerto y resucitado: “Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre” (ver Mt 26, 26-30). 

En cada Misa que celebramos, Él se nos da como alimento de vida eterna, nos entrega su misma vida y nos llena de su presencia divina: “El que come de este pan, vivirá para siempre” (ver Jn 6, 51-58).  

En cada Misa que celebramos, Jesús también nos hace comunidad de amor: “Porque así como el pan es uno, nosotros somos un solo cuerpo, aun siendo muchos, pues todos participamos de ese único pan” (1 Cor 10, 17).

Finalmente, cada Misa que celebramos es prenda de la gloria futura, es anticipo del Banquete del Reino de los Cielos, o mejor dicho una ventana celestial que se abre sobre la tierra para iluminar las tinieblas y miserias de nuestra vida proyectando sobre ellas una luz de esperanza y de amor.

Por todo esto y mucho más, la Eucaristía sostiene al mundo, y más ahora en estos tiempos de pandemia. Por eso nosotros los sacerdotes no hemos dejado de celebrarla privadamente ninguno de estos días de cuarentena por todos y cada uno de ustedes, por Piura y por Tumbes, por el Perú y el mundo entero.

Piura y Tumbes son Regiones profundamente eucarísticas. Así lo atestiguan nuestros templos siempre repletos de fieles, no solo los Domingos sino también los demás días de la semana; las multitudinarias procesiones eucarísticas en nuestras ciudades en la solemnidad del “Corpus Christi”; y las múltiples capillas de adoración continua que hay en nuestra Arquidiócesis, donde diariamente muchísimos adoran el Santísimo Sacramento.

Es por eso que es especialmente doloroso para todos nosotros este año, pero especialmente para ustedes, queridos hermanos que siguen esta transmisión por las redes sociales, no poder hoy Jueves Santo participar de la Misa en nuestras iglesias, recibir la Comunión sacramental y después realizar el piadoso y tradicional ejercicio de la “Visita a las Siete iglesias”. Es un gran sacrificio, pero si hoy lo ofrecemos con mucho amor por el fin de la pandemia, el Señor lo acogerá con satisfacción, y estoy seguro que nos concederá muy pronto esta gracia.  

Dios siempre saca mucho bien del mal cuando nos ponemos con confianza, oración, caridad y paciencia en sus manos. Por eso estoy seguro que de esta situación de aislamiento e inmovilización social que vivimos, que por el momento nos impide ir a Misa y comulgar sacramentalmente, el Señor hará que crezca aún más en nosotros nuestro amor y fervor por la Eucaristía.  

Sí, crecerá aún más nuestro anhelo de cumplir el mandamiento de santificar las fiestas y de venir a Misa los Domingos para encontrarnos con Cristo, nuestro Salvador y Señor, así como con nuestros hermanos en la fe.

Sí, crecerá aún más nuestra participación plena, consciente y activa en cada Eucaristía.

Sí, crecerá aún más nuestra fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar.

Sí, crecerá aún más nuestro ardor por recibir en la comunión a Jesús sacramentado con un corazón limpio de pecado y también crecerá nuestro deseo del Cielo.

Queridos hermanos y hermanas: les pido que el día de hoy, oren mucho desde sus hogares por el fin de la pandemia, y para que las iglesias puedan reabrirse y pronto nos congreguemos todos juntos para celebrar la Eucaristía, y así dar gracias a Dios por haber superado estas horas difíciles y de incertidumbre.  

El servicio sostiene la vida

En el Evangelio de hoy (ver Jn 13, 1-15), se nos ha proclamado la conmovedora escena de Jesús lavando los pies a sus discípulos. Esta escena resume muy bien todo lo que Jesús enseñó y vivió. En el lavatorio de los pies, se pone de manifiesto quién es Jesús y qué es lo que hace y pide a sus discípulos: el amar y el servir. Él, que es el Señor, Él que es Dios, se rebaja, se quita las ropas de la majestad divina y nos lava los pies, tarea propia de los esclavos de ese tiempo, como símbolo de su amor hacia nosotros. Cristo se despoja de las vestiduras de su majestad divina y se viste de nuestra humanidad, nos introduce en su amor y por ese amor quedamos lavados, transformados en personas nuevas. Cristo se pone a nuestros pies para enseñarnos que el amor se manifiesta en los actos concretos de servicio.

En las actuales circunstancias que vivimos, hay muchos que hoy en día, siguiendo el ejemplo de Jesús, se abajan, y se ponen a nuestros pies para lavarlos con amor.

Son personas sencillas pero valientes, que como Cristo, se enfrentan diariamente a la muerte sin temor, sabiendo que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (ver Jn 15, 13). ¿Quiénes son?

Es el sacerdote, que fiel a su ministerio ofrece privadamente la Santa Misa cada día por todos, sale a dar el Bautismo y la Confirmación en peligro de muerte a quien lo necesita, o a llevar el Viático y la Unción de los enfermos al moribundo, o a confesar a un pecador arrepentido que le busca, así como rezar por nuestras intenciones y necesidades. Es el consagrado o la consagrada, que no deja de anunciar la Palabra de Dios, porque ella no está encadenada (ver 2 Tim 2, 9), y tampoco deja de socorrer en la necesidad a todo aquel que se encuentra desvalido.   

Es el policía y el militar que nos da seguridad poniendo su vida al frente, que impone el orden interno, y que cuida nuestras fronteras.

Es el médico y la enfermera que acompaña a sus pacientes, a nuestros ancianos, enfermos y contagiados, y lo hace con compasión y dedicación, arriesgando en muchas ocasiones su vida.

Es el transportista, el aviador y el navegante, que recorre nuestras carreteras, o surca nuestros cielos, o navega nuestros mares y ríos, para traernos los alimentos, las medicinas y todo lo que necesitamos para nuestro diario vivir.  

Es el maestro que imparte sus clases de manera virtual a sus alumnos, el trabajador que nos atiende en nuestros mercados, en nuestros bancos, financieras y cajas municipales, en nuestras farmacias y boticas; es el que entierra a nuestros muertos, barre nuestras calles, desinfecta nuestras plazas, reparte alimentos a los pobres y recoge nuestros desechos, para que nuestra vida se desenvuelva de la manera más digna posible.

Sí, gracias sean dadas al Padre, de que hay muchos hoy en día que como Jesús, lavan nuestros pies haciendo de sus vidas y trabajo un acto de amor servicial. A través de ellos el Señor nos hace sentir que hoy sigue estando a nuestros pies, acompañándonos y amándonos con ternura. Recemos por ellos e imitemos su ejemplo, pues su amor servicial también sostiene nuestra vida.

Queridos hermanos: que este día de Jueves Santo, día de la Eucaristía y del mandamiento nuevo, nos haga también examinarnos en nuestra vida de amor fraterno.

Que así como hoy honramos el Cuerpo de Cristo, estemos también dispuestos a honrar el Cuerpo del Señor en aquel hermano que pasa hambre, sed, desnudez, enfermedad, encierro, abandono, soledad, o desesperación, “porque cada vez que lo hicieron con éste, mi hermano más pequeño, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).  

En estos días, la pobreza de muchos toca la puerta de nuestros hogares. No hay necesidad de salir de casa para encontrarla. Hagamos todo lo que podamos por aliviar el dolor y la incertidumbre de aquel hermano o hermana que lleva en estos días las llagas de la pasión del Señor, comenzando por rezar por ellos y siguiendo por nuestras obras concretas de caridad.       

Que María Santísima, Mujer eucarística, nos enseñe a amar este misterio de amor que es la Eucaristía y a traducirlo en una vida de servicio a todos sin distinción alguna.

A Ella, que al darle al Verbo Eterno de Dios su carne y su sangre hizo también posible el don de la Eucaristía, le decimos:

¡Dulce Madre, María!
Haz que tu nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida.
No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame.
Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar: ¡María!
(San Alfonso María de Ligorio).

Los bendice y reza por ustedes.

San Miguel de Piura, 09 de abril de 2020
Jueves Santo

jueves 9 abril, 2020