HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA 2020

«Jesús, ten misericordia de nosotros»

Muy queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos a la Divina Misericordia. Nuestra atención se fija en esta hermosa devoción que San Juan Pablo II impulsó con la canonización de Santa Faustina Kowalska e instituyendo esta fiesta el II Domingo de Pascua, como lo quería el mismo Jesús: “Deseo que el primer domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia (Diario, 299)…Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de mi Misericordia… En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias” (Diario, 699).

En 1931 Santa Faustina, la depositaria de las revelaciones de la Divina Misericordia, tuvo una visión en la cual Jesús le encargó pintar su imagen tal y como ella lo veía en ese momento, con la mano izquierda sobre su Sagrado Corazón del cual salían dos rayos, uno blanco destellante símbolo del Bautismo y del don del Espíritu, y el otro rojo símbolo de la Eucaristía; y la mano derecha alzada en señal de bendición. Jesús le indicó que al pie del cuadro debería colocarse la invocación: «Jesús, en Ti confío».  

Como dijo San Juan Pablo II en la canonización de Santa Faustina, la Divina Misericordia llega a los hombres a través del Corazón de Cristo crucificado. Jesús le había pedido a la santa religiosa polaca: “Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona” (Diario, 1074). La Misericordia es el nombre más auténtico del Amor, del Amor entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad y sobre todo en su inmensa capacidad de perdón.

En estos tiempos de pandemia, cuán necesario y urgente es que nos volvamos a la Divina Misericordia, que es el mismo Cristo, para implorarle: ¡Por tu dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero!   

El Señor Jesús le dijo a Santa Faustina que “la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina” (Diario, 300). En estos tiempos de “Coronavirus” es preciso que la invocación a la Divina Misericordia brote de lo más íntimo de nuestros corazones, hoy llenos de sufrimiento, de temor e incertidumbre, pero, al mismo tiempo en busca de una fuente infalible de esperanza y paz, que no es otra sino la Divina Misericordia, que tiene un rostro y un nombre: El Señor Jesús. 

Hoy, necesitamos dirigirnos con confianza a la Divina Misericordia y no cansarnos de decir una y otra vez: “Jesús, en Ti confío…Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”. Cuánta alegría le daríamos al Sagrado Corazón de Jesús, si al rezo del Santo Rosario, la familia agregara todos los días el rezo de la “Coronilla de la Divina Misericordia”, como acto de confianza en el poder salvador y sanador del Señor y como acto reparador por nuestros pecados y por los de la humanidad. Jesús le dijo a Santa Faustina: “La pérdida de cada alma, Me sumerge en una tristeza mortal. Tú siempre Me consuelas cuando rezas por los pecadores. Tu oración que más me agrada es la oración por la conversión de los pecadores. Has de saber, hija Mía, que esta oración es siempre escuchada” (Diario, 1397). 

Hace unos días, un amigo médico que trabaja en nuestro Hospital Santa Rosa de la ciudad de Piura, donde están internados nuestros hermanos enfermos de “Coronavirus”, me decía al borde de las lágrimas: “Monseñor, muchos de los enfermos infectados mueren solos, sin el consuelo de sus familiares o amigos. Cuando vuelvo a pasar por sus camas, durante mi turno, algunos ya han muerto y han fallecido solos”. Al escuchar sus palabras me pregunté: ¿Qué podríamos hacer todos frente a este drama? Recordé entonces que recientemente había leído en un portal católico de noticias que un sacerdote contaba que en el Diario de Santa Faustina hay una escena donde la religiosa es transportada místicamente a la cabecera de un moribundo. El Señor le pidió que orara la Coronilla de la Divina Misericordia a su lado. Mientras ella oraba, el amor misericordioso del Señor envolvió al hombre, y le permitió que muriera en la paz, el amor y la misericordia de Jesús. Este sacerdote ha lanzado una iniciativa muy hermosa que ha titulado, “Que nadie muera solo”, que busca incentivar a los fieles a orar diariamente la Coronilla por aquellas personas que mueren por el Coronavirus alejados de sus familias. Les pido a todos ustedes que se sumen a esta campaña para que ningún moribundo, especialmente de Coronavirus, muera solo, sino acompañado del amor misericordioso de Jesús y de María. Al final de esta Eucaristía rezaremos la “Coronilla” por esta intención.

Pero no solo recemos la Coronilla por los moribundos sino también por la sanación de los enfermos, especialmente por los contagiados por este virus. Pidamos a Jesús, la Divina Misericordia, que así como curó cada enfermedad y dolencia de todos los que acudieron a Él, sane hoy con su divino poder a nuestros hermanos que están aquejados de este terrible mal. Él, que escuchó el pedido del Centurión en favor de su criado enfermo; Él, que sanó al ciego de nacimiento y a Bartimeo de sus cegueras; Él, que limpió a los diez leprosos que le suplicaron desde la vera del camino; Él, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos; Él, que hizo caminar al paralítico que llevaba treinta y ocho años enfermo y curó a la hemorroísa que sufrió por doce años de flujos de sangre; Él, que devolvió la vida al hijo de la viuda de Naím y a su amigo Lázaro; a Él, a Jesús, hoy le imploramos que haga el milagro de devolverle la salud a todos los enfermos del Coronavirus.   

Queridos hermanos: hoy el Evangelio nos presenta a Jesús quien misericordiosamente va al encuentro de la incredulidad de su apóstol Tomás a quien le tiende la mano con amor y le invita a tocar sus llagas y su costado traspasado. En esas heridas, Tomás tocó con sus propias manos la cercanía amorosa de Dios (ver Jn 20, 19-31). Dos frases del Evangelio llaman inicialmente nuestra atención: son el saludo de Jesús a sus Apóstoles: “Paz a ustedes”; y la reacción de ellos: “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver a Jesús”. Las llagas glorificadas del Señor son fuente de paz y alegría, porque son el signo perpetuo del inmenso amor de Jesús por nosotros, quien muriendo y resucitando derrotó al pecado, a la muerte y al mal en todas sus formas.

Hoy, en estos tiempos de virus, toquemos con fe las santas llagas del Señor para que experimentemos nosotros también la cercanía del amor de Jesús. Su amor trae a nuestros corazones la paz y la alegría que tanto necesitamos en los actuales momentos.

Invito a las familias a que después de la Misa y del rezo que haremos de la Coronilla, se reúnan un momento alrededor del Crucifijo o de la imagen de la Divina Misericordia, y en silencio y de rodillas, todos vayan contemplando cada una de las cinco llagas del Señor: la llaga de su pie izquierdo, la llaga de su pie derecho, la llaga de su mano izquierda, la llaga de su mano derecha, y la llaga de su costado traspasado. Hacerlo nos dará la paz y la alegría que brota de saber que su amor es fiel e infinito y que nunca nos abandona, menos en estas horas de pandemia, porque “su misericordia es eterna” (Sal 135), porque su amor siempre vence y Dios siempre puede más. Por algo el Señor no quiso borrar de su cuerpo glorificado las llagas de su Pasión. Que de la consideración de las llagas del Señor Jesús, nuestro corazón se abra confiado al amor del Señor Resucitado, y juntos con Santo Tomás, confesemos y alabemos a Jesús diciéndole: “Señor mío, y Dios mío”.    

Finalmente, nunca olvidemos que también podemos tocar las llagas del Señor en nuestros hermanos que sufren. Seamos valientes y toquemos las llagas de Jesús en los pobres, en aquellos que pasan cualquier tipo de necesidad y requieren de nuestra oración, consuelo, ayuda y caridad.

Que Nuestra Señora de Pascua, que es Nuestra Señora de la Alegría, con su mirada amorosa y tierna nos acaricie y nos convenza que Dios nos ama, que nunca nos abandona, y de esta manera aleje de nosotros nuestras penas y nos renueve en la alegría de vivir. Los bendice y reza por ustedes.

San Miguel de Piura, 19 de abril de 2020
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

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domingo 19 abril, 2020