HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Vengan a Mí, tomen mi yugo y aprendan de Mí”

Muy queridos hermanos y hermanas:

La Liturgia de la Palabra de hoy, nos propone un Evangelio bellísimo (ver Mt 11,25-30) en donde el Señor Jesús alaba a su Padre: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Jesús declara que la comprensión de “estas cosas”, es decir de los misterios del Reino, no se les concede comprenderlos a los sabios e inteligentes de este mundo, sino a los pequeños, a los sencillos y humildes. ¿Quiénes son los sabios y entendidos? Son los que confían en el poder de su inteligencia para explicarlo todo. Son los soberbios que se creen sus pensamientos, sus ideologías, sus ideas. Es cierto que el hombre ha logrado penetrar en muchos secretos de la vida, pero “estas cosas”, las cosas de las cuales Jesús habla, el hombre no las puede alcanzar por sí solo si no les son dadas por Dios, y Dios sólo se las concede a los humildes: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito, así te ha parecido mejor (Mt 11, 26).   

Podemos entonces preguntarnos: ¿Cuáles son “estas cosas”, de las cuales habla Jesús? Son las verdades sobrenaturales, las verdades que explican el sentido de la vida y del mundo, su origen y su destino, como las siguientes: Que Dios es Uno y Trino; que creó el mundo de la nada por sobreabundancia de amor; que tanto amó al ser humano que en la plenitud de los tiempos le envió a su Hijo único para salvarlo del pecado; que el Señor Jesús es el Hijo Unigénito del Padre y Dios verdadero; que nació de Santa María, la Virgen, y que su muerte en la Cruz fue un sacrificio que el Padre aceptó por el perdón de nuestros pecados; que resucitó victorioso y que ahora reina en el Cielo, aunque está presente en su Iglesia; y que al final de los tiempos vendrá a juzgar a vivos y muertos, y a poner fin a la historia humana y llevar su Reino de Verdad y Amor a su plenitud. 

“Estas son las cosas” a las que se refiere Jesús, es decir, verdades que nos son dadas como un don que Dios se complace en concederlas a los pequeños, y que sólo se acogen por la fe a través de la humildad. La humildad es una virtud que entusiasma y conmueve al mismo Dios, por eso la Virgen María halló gracia ante sus ojos: “El Poderoso ha hecho en mí cosas grandes, porque ha mirado la humildad de su Sierva” (Lc 1, 48-49).

Si alguna de “estas cosas” que hemos señalado u otras que enseña la Iglesia en nombre del Señor Jesús (ver Lc 10, 16), le resultan oscuras y difíciles de aceptar a alguien, esta persona debe examinar la humildad y bondad de su corazón. Es el consejo que nos da San Pedro cuando nos dice: “Revístanse todos de humildad en sus relaciones mutuas, porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (1 Pe 5, 5). A su vez el Señor Jesús, nos dice que en Él encontraremos descanso. ¿A qué se refiere Jesús cuando nos habla de descanso? Se refiere al descanso que da la posesión de la Verdad, de aquella Verdad que da sentido a nuestra vida y que es el mismo Cristo (ver Jn 14, 6). Las verdades de la fe, si bien son imposibles de ser verificadas empíricamente, son mucho más firmes e inciden muchísimo más en nuestra vida que las verdades científicas y matemáticas. Por ejemplo, muchos han dado su vida por ellas. Este es el caso de los mártires. Cuando ellas se aceptan con un corazón humilde, siempre llenan de paz y de sentido la vida, nos dan descanso, alivio, y sosiego.  

En el Evangelio de hoy, Jesús se expresa con una ternura única, porque Él es la presencia amorosa de Dios en medio de nosotros (ver Is 50, 4): “Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo les aliviaré. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11, 28-29).

En el Evangelio hay tres imperativos: “Vengan a Mí”, “Tomen mi yugo” y “Aprendan de Mí”. Veamos a continuación brevemente cada uno de ellos. En primer lugar: “Vengan a Mí”. La invitación del Señor Jesús es maravillosa: Llama a que lo busquen y vayan a Él con confianza todos aquellos que están marcadas por el sufrimiento de una vida difícil, como difícil es el momento que vivimos y que en particular viven muchas familias que han sido tocadas por un familiar contagiado, enfermo o fallecido por causa de la pandemia; como difícil es la situación de los enfermos, de los que han perdido sus trabajos, de los que pasan hambre; como difícil es la situación de los que viven en la incertidumbre y angustia sobre su presente y futuro. Para todos aquellos que vayan a Él, Jesús les promete descanso y alivio. Ahora bien: ¿Quiénes son los que escuchando la voz de Jesús y haciéndole caso van a Él? Son los que se descubren necesitados de su gracia y amor, y entienden que sin el Señor es poco o nada los pueden hacer (ver Jn 15, 5). Van a Él, todos aquellos que conscientes de su difícil situación saben que necesitan de la misericordia del Señor y esperan con confianza la ayuda que sólo Él y nadie más que Él puede darles. En las actuales circunstancias, vayamos pues con esperanza al encuentro del Señor para encontrar la amistad de Jesús y el alivio que sólo Él puede dar. Su amor y misericordia son infinitas, su amor es más fuerte que cualquier tipo de mal, en el que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos.[1]   

El segundo imperativo en el pasaje evangélico de hoy es: “Tomen mi yugo”. Para Israel, la imagen del yugo, instrumento para unir a dos bueyes en una yunta, era símbolo de la Alianza, indicaba el estrecho vínculo que unía al pueblo elegido con Dios, y por tanto la exigencia que tenía Israel de obedecer en todo la voluntad divina. En el caso del cristiano, es decir del discípulo de Cristo, uno descubre la voluntad de Dios a través de Jesús. Haciendo lo que Él nos pide recibimos “su yugo” y así entramos en comunión de vida con Él y somos partícipes del don de su salvación. Por eso nos dijo en el Evangelio: “Si alguno me ama, guardará mi palabra” (Jn 14, 23). “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 14).  

Recibir “su yugo” no es signo de esclavitud o de dominio, sino de comunión, de amistad, y en la común unión con el Señor hallamos la auténtica libertad y el camino de nuestra realización y salvación eterna. El “yugo” de Jesús es el amor. Todo se le hará siempre más llevadero y ligero a aquel que viva el amor de Cristo. Cuando uno ama no hay peso que no se pueda llevar y dificultad que no se pueda vencer pues reside en nosotros la fuerza del Señor. Si dudan de lo que les digo, pregúntenselo a cualquier madre. El amor por sus hijos la hace siempre capaz de cualquier sacrificio por grande que este sea y de llevar cualquier carga por pesada que esta sea.    

Finalmente, en el Evangelio de hoy hay un tercer imperativo: “Aprendan de Mí”. Jesús no es un Maestro que nos impone cargas que Él primero no haya llevado. Él se dirige a los humildes, a los pequeños, a los pobres, a los necesitados, porque Él mismo se ha hecho pequeño y humilde. Comprende a los pobres y a los que sufren, porque Él mismo es pobre y experimentó el sufrimiento. Para salvarnos, Jesús ha seguido un camino doloroso y difícil como nos recuerda San Pablo en su Carta a los Filipenses: “Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Jesús conoce de cerca el peso de la vida. Él ha llevado sobre sus espaldas los dolores y los pecados de la humanidad entera, por eso podemos ir a Él con la confianza de que seremos acogidos por Él. De otro lado Él se nos presenta como modelo de cómo llevar las penas de la vida: Con la confianza puesta en Dios que nunca defrauda a quien espera en Él.

Queridos hermanos: Cuando la desesperanza, el cansancio y la tristeza pretendan apoderarse de nuestro corazón recordemos estas palabras de Jesús: “Vengan a Mí”, “Tomen mi yugo” y “Aprendan de Mí”. Ellas son fuente de consuelo y fortaleza, porque en los sufrimientos y pruebas de la vida no estamos solos. Jesús camina con nosotros como reza este hermoso himno de la Liturgia de las Horas que comparto con ustedes:

Ando por mi camino, pasajero,
y a veces creo que voy sin compañía,
hasta que siento el paso que me guía,
al compás de mi andar, de otro viajero.

No lo veo, pero está. Si voy ligero,
Él apresura el paso; se diría
que quiere ir a mi lado todo el día,
invisible y seguro el compañero.

Al llegar a terreno solitario,
Él me presta valor para que siga,
y, si descanso, junto a mí se reposa. 

Y, cuando hay que subir monte (Calvario
lo llama Él), siento en su mano amiga,
que me ayuda, una llaga dolorosa.

San Miguel de Piura, 05 de julio de 2020
XIV Domingo del Tiempo Ordinario.

[1] Ver San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 7.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa celebrada por el Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

domingo 5 julio, 2020