HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 2020

¡No enterremos la esperanza! 

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Resucitado:

Hoy a pesar de todo lo que nos aflige y preocupa hay alegría en nuestro corazón. Alegría porque Cristo ha resucitado. La alegría cristiana, la auténtica, brota de saber que Dios nos ama y que siempre nos tiene tomados de sus manos misericordiosas, que nunca nos abandona.  

El acontecimiento más decisivo del Amor del Padre es la Resurrección de su Hijo por la fuerza del Espíritu Santo. La Resurrección gloriosa del Señor Jesús es la derrota definitiva del pecado, de la muerte y de toda forma de mal. La Resurrección de Cristo es la irrupción desbordante de la victoria y la alegría. Por eso en esta Noche Santa, brota de nuestros corazones y gargantas el canto del ¡Aleluya!, que más que una palabra es un clamor de gozo inefable por el triunfo, por la luminosidad y por la frescura que ha adquirido la vida, porque todo participa de la claridad esperanzadora del amanecer del Resucitado.

Que las palabras del Ángel de la Resurrección remuevan de nuestros corazones la pesada piedra de la desesperanza, de la incertidumbre y del miedo: “Ustedes no teman, ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí: HA RESUCITADO de entre los muertos y va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán” (Mt 28, 5-7). 

Sí hermanos, el Señor Jesús no vive en la desesperanza, en el desaliento o en la desesperación. Allí nunca lo encontraremos porque nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (ver Mt 22, 32).

En esta hora difícil de pandemia, qué bien nos vienen estas palabras del Ángel a las mujeres que van a embalsamar el cuerpo del Señor, palabras que podríamos traducir por éstas: ¡No entierren la esperanza! Más bien, alégrense en ella, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración (ver Rom 12, 12). 

Las santas mujeres van de madrugada al sepulcro, al alborear el primer día de la semana, es decir el Domingo. Son María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé. Van con aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús. Las impulsa el amor por su Maestro que ha muerto en la Cruz. Caminando y a punto de llegar a la tumba, reparan en un detalle que hasta en ese momento no habían advertido: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mc 16, 3). Y es que la costumbre judía era enterrar en sepulcros de piedra cuya entrada era cubierta con una gran y pesada losa.

En esta Noche Santa y en estos tiempos de pandemia, la pregunta de las mujeres va más allá de una mera preocupación por remover una piedra material. Podríamos reformularla de esta manera: ¿Quién es capaz de remover las piedras más duras de la existencia como el pecado, la muerte, el miedo, la enfermedad? La respuesta no es otra sino Jesús Resucitado. “Esta noche cada uno de nosotros está llamado a descubrir en el que está Vivo a Aquel que remueve las piedras más pesadas del corazón” (Papa Francisco).

La Resurrección del Señor disipa el miedo y la incertidumbre, porque Cristo Resucitado es la piedra viva en la que debemos siempre edificar nuestra existencia (ver 1 Pe 2, 4). No tengamos miedo, Jesús nos ama. Ama nuestra vida incluso en estos momentos en que tenemos temor de vivirla. El Señor en esta hora te extiende su mano y nos dice: “No estás solo, confía en Mí. Confía en Mí que por ti he experimentado la agonía de Getsemaní. En mí que por amor a ti he sido abofeteado, torturado, y crucificado. En Mí que hoy resucito glorioso, porque el Amor siempre vence, porque Dios siempre puede más”.

Queridos hermanos y hermanas: Pascua significa “paso” o “salto”, “paso” o “salto” de la muerte a la vida. Por el don de nuestro Bautismo hemos pasado con Cristo de la muerte a la vida, pero hoy en esta Pascua tan especial, pasemos también con Él de la desolación al consuelo, del temor a la confianza, del pesimismo a la esperanza, de la incertidumbre a la certeza de sabernos amados y que el Amor del Señor se mantiene siempre fiel a nosotros. No miremos ambientes sepulcrales, miremos al que Vive quien hoy nos dice: “Yo soy el que vive. Estuve muerto, ¡pero mira! ¡Ahora estoy vivo por siempre y para siempre! Y tengo en mi poder las llaves de la muerte y de la tumba (Ap 1, 18). No hay problema, no hay pecado, no hay dificultad que con Cristo no podamos vencer, ni siquiera la muerte.

En el anuncio del Ángel de la Resurrección a las santas mujeres hay una frase que no debemos dejar pasar por alto: “Jesús, va delante de ustedes a Galilea. Allí le verán”. ¿Qué significado tiene esta indicación del Ángel del Señor?

El Papa Francisco lo expresa con estas bellas palabras: “Ir a Galilea tiene un significado bonito, significa para nosotros redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena”. 

Por eso en esta Noche Santa de Pascua renovaremos nuestras promesas bautismales con el deseo de que la Luz de Cristo que resucita glorioso, simbolizada en nuestro Cirio Pascual, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu, y desde nosotros se proyecte como un fuego que da calor y vida, esperanza y consuelo, a muchos que están presos de sus temores y perplejidades. 

A pesar de los duros momentos que vivimos no dejemos de desearnos los unos a los otros: ¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua!, porque verdaderamente ha resucitado el Señor Jesús.

¡Feliz Pascua!, porque su Amor ha vencido al pecado y a la muerte, y de esta manera Cristo Resucitado nos abre el camino a un futuro de vida y de esperanza para todos nosotros.

Mi homenaje a Catacaos por su sacrificio de estos días, porque ha tenido que vivir una Semana Santa en la intimidad de sus hogares, sin sus procesiones y tradiciones religiosas, pero con el mismo fervor y piedad de siempre, expresadas en el lazo negro puesto en las puertas de sus hogares el Viernes Santo en señal de luto por la muerte del Señor, y hoy con el lazo blanco en señal de alegría por la Resurrección de Cristo.     

Hermanos y hermanas: Los días, semanas y meses que tendremos por delante serán decisivos. Por eso dejemos que la experiencia de fe de esta Semana Santa, y en particular de este Domingo de Resurrección, se imprima hondamente en nuestros corazones, para que nuestra vida irradie el misterio de la Resurrección del Señor Jesús, y los demás puedan verlo vivo en nosotros sus discípulos. Que nuestras palabras y acciones sean tan luminosas como lo es este Día Santo en que Cristo resucita glorioso y nos abre las puertas de la Vida. Que con nuestras obras de amor al prójimo seamos testigos de la Resurrección, y contribuyamos a forjar una Piura y Tumbes donde se vivan las Bienaventuranzas del Reino, donde los pobres y lo más vulnerables sean los predilectos.

María Santísima no fue al sepulcro. No tenía necesidad de hacerlo porque en la cima de su espíritu Ella sabe que su Hijo resucitará. Por ello querida Madre del Resucitado y nuestra, te pedimos suplicantes que seas hoy y siempre maestra y guía de nuestra fe. Sostennos en los momentos de duda y tentación, de tristeza, vacilación y enfermedad. Obtennos la serenidad interior, aquella que surge de la certeza que Cristo verdaderamente ha resucitado. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 12 de abril de 2020
Vigilia Pascual – Día de Pascua

sábado 11 abril, 2020