HOMILÍA DE VIERNES SANTO 2012

Celebración de la Pasión del Señor

El Señor sufrió por mí y en mí

Hoy Viernes Santo, es el día más trágico de la Historia. Es el día de la amistad traicionada, del amor abandonado, de la inocencia tratada como culpa. El día como ningún otro en que la humanidad ha tratado de librarse de Dios, sin caer en la cuenta que la criatura sin Dios su creador se desvanece. (1) ¿Cuándo comprenderá finalmente el ser humano, que Cristo trae al Hombre la libertad y la felicidad porque Él es la Verdad? ¿Cuándo comprenderá el Hombre que si no se encuentra con el Señor y cree en Él, su vida carecerá de sentido?

A la luz de lo vivido por Jesús el día de hoy Viernes Santo, podemos advertir que verdaderamente el Hijo de Dios llegó a ser uno de nosotros, que no sólo sufrió por mí sino sufrió en mí, es decir con nuestra misma naturaleza humana.

Por eso hoy Viernes de la Pasión del Señor, lo sentimos cercano. Sí, cercano cuando lo vemos sumido en tristeza y en angustia en el Huerto de Getsemaní. Lo sentimos cercano cuando ora a su Padre en medio de un intenso sudor que lo envuelve en forma de gruesas gotas de sangre: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero, si no lo que tú quieres” (Lc 22, 42).

Lo sentimos cercano cuando lo vemos indefenso frente al abuso y a los golpes de la soldadesca quienes le propinan bofetadas, puñetazos, escupitajos y burlas. Lo sentimos cercano en la cruel tortura de la flagelación y en la coronación de espinas. Lo sentimos cercano cuando carga el duro madero de la cruz sobre sus espaldas, cuando cae tres veces camino al Gólgota y precisa la ayuda del Cireneo. Lo sentimos cercano cuando camino al Calvario se encuentra con su Madre Santísima, la Verónica enjuga su rostro y las Mujeres de Jerusalén lloran por Él. Lo sentimos cercano cuando tres punzantes clavos atraviesan sus manos y pies. Lo sentimos cercano durante las tres horas de su agonía en medio de indecibles sufrimientos padeciendo además una sed atormentante. Lo sentimos cercano cuando finalmente muere y su amantísimo Corazón es traspasado por una lanza, de la cual brota sangre y agua y así nace Su Iglesia. Lo sentimos cercano cuando yace muerto en los brazos de su Madre Santísima y finalmente es sepultado. Y todo esto por amor a ti y a mí.

Sí, verdaderamente el Hijo de Dios se ha hecho semejante en todo a nosotros menos en el pecado, aunque, “al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él” (2 Cor 5, 21).

Sí, realmente Jesús, el Verbo de Dios, ha asumido nuestra condición humana y por eso nos conoce de cerca, nos ama de verdad, sufre por nosotros y con nosotros, y su sufrimiento nos salva, nos redime, nos reconcilia.

Por eso es que su Cruz nos atrae tanto, porque Él ha sufrido lo indecible por nuestra salvación y es capaz de comprender cualquier sufrimiento y darnos consuelo porque es el Varón de Dolores (ver Is 53, 3).

En verdad hermanos Él ha venido por nosotros pecadores, por nosotros que los hemos clavado y colmado de dolores hasta el punto que “no parecía hombre, no tenía aspecto humano…traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre Él, sus heridas nos han curado” (Is 52, 14 – 53, 4-5).

Lecciones de la Pasión de Nuestro Señor

En este día de Viernes Santo, de la dolorosa Pasión y Muerte de nuestros Señor, ¿qué lecciones nos da Jesús crucificado? De entre las muchas que podemos hallar quiero reflexionar esta tarde en dos.

Primera lección: el dolor se afronta con la oración.

En la hora de su gran aflicción, ¿qué hacía Jesús? San Lucas nos dice que en el Monte de los Olivos, “sumido en agonía, insistía más en su oración” (Lc 22, 44). Más aún ya crucificado seguirá rezando a su Padre (ver Lc 23, 34; Mt 27, 46; Lc 23, 46).

Jesús en la hora de su Pasión nos enseña que el dolor no se afronta con una rebelión estéril, no se enfrenta con ideologías o modos de pensar estériles que no conducen a nada y menos con actitudes estoicas de autodominio llenas de orgullo, sino con la búsqueda apasionada de Dios y de su voluntad en la oración; sí, de Dios que cuando nos parece que está más escondido y lejano en verdad está más cerca y próximo, porque Él siempre está atento a sus hijos y más aún cuando éstos sufren y padecen.

Pero la oración que Jesús eleva a su Padre no es sólo por Él sino que es una oración por todos. En la cruz Jesús ejerce su sacerdocio por todos nosotros y en nombre de todos nosotros. Eleva su oración al Padre para que seamos libres del pecado y del poder tiránico de la muerte. Y el Padre escucha su oración resucitándolo, atiende al ruego de su Hijo amado haciendo de la misma muerte el principio de nuestra salvación, haciendo de la misma muerte el germen de la vida eterna.

Esta es una gran lección para nosotros: el Padre siempre escucha y acoge nuestros pedidos justos, pero lo hace a menudo según un modo que supera infinitamente nuestras propuestas, nuestros planes y nuestras esperas, porque su saber nos sobrepasa y porque Él siempre nos concede más de lo que le pedimos, ya que “es capaz de realizar todas las cosas incomparablemente mejor de cuanto pensamos o pedimos” (Ef 3, 20).

Segunda lección: la perfección espiritual se alcanza por la Obediencia.

Nos dice la carta a los Hebreos: “aún siendo Hijo, padeciendo experimentó la obediencia” (Hb 5, 9). Cristo en la hora de su Pasión y Muerte, nos enseña que en la obediencia al Plan de Dios está el secreto de la santidad y de toda renovación auténtica del mundo.

Ciertamente se trata de una obediencia transida de amor, es decir, traspasada, colmada de amor, porque sin amor no hay obediencia verdadera. A lo largo de su vida terrena así lo manifestó Jesús: “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34).

Queridos hermanos: busquemos siempre la voluntad de Dios y abracémosla. En ella está nuestra paz. Abrámonos con docilidad y confianza a los planes de Dios. Sólo seremos libres si estamos unidos a Dios y adheridos firmemente a su voluntad. Él siempre sabe lo que más nos conviene, y lo que Él quiera y disponga en nuestras vidas será siempre lo mejor para nosotros, porque su designio divino es expresión de su sabiduría y del gran amor que nos tiene. Como Jesús, como María, seamos dóciles y mansos de corazón, obedientes a los planes de Dios. Aunque al principio el saber del Señor nos desconcierte y no lo comprendamos, digamos siempre “Sí”, “Hágase”. Al final veremos que Él siempre dispone lo mejor, lo más conveniente, lo más apropiado para nosotros. Como Jesús y María, no tengamos miedo de abandonarnos totalmente en las manos del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

Desde lo alto de la Cruz, Él te vio

“Cuando yo sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Así había profetizado el Señor antes de su Crucifixión. Nunca ha habido un mejor punto de observación de nuestras miserias, de nuestros pecados, de nuestros sufrimientos, que el del Señor desde lo alto de la Cruz, donde fue colocado por nuestros crímenes. Desde la Cruz, su mirada de Salvador universal alcanza a todos los seres humanos de todos los tiempos, de ayer, de hoy y de mañana.

Por eso hoy Viernes Santo su mirada nos alcanza también a ti y a mí. Desde la Cruz, Jesús nos ha conocido uno a uno. Sus ojos materialmente enturbiados por el sudor, las lágrimas, el polvo y por los espasmos de la agonía, recibieron en ese instante sobrenaturalmente una lucidez nueva, de modo que ninguno de nosotros escapó de su mirada, de su atención, de su amor apasionado.

Desde lo alto de la Cruz, Jesús hoy te mira con especial ternura y quiere que tus ojos se encuentren con los suyos, para que así te rindas finalmente con particular fascinación a su Gracia, a su Amor, y así seas de una vez por todas de los suyos y te vuelques a Él sin reservas, para que por fin seas un discípulo fiel y un apóstol intrépido.

Míralo, déjate convertir por su amor que llega hasta el extremo de la Cruz por ti, y así consuela al moribundo Jesús que entre espasmos de su agonía ya vislumbra el fruto de su entrega: Su Iglesia, la comunidad de los redimidos por su sacrificio en la Cruz, su Cuerpo Místico, su Esposa, porque Él “se entregó a ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios”. (2)

La Dolorosa

A las tres de la tarde, la muerte misericordiosa, pone fin al largo martirio del Crucificado, pero no pone fin al tormento de su Madre. La lanza con la que el soldado atraviesa el Corazón de Cristo, no es ya capaz de inferirle dolor a Él, sin embargo, acrecienta el dolor de la Madre que aún está al pie de la Cruz de su Hijo. María en el Calvario padece en su Corazón Inmaculado todo lo que Jesús, su divino Hijo soportaba en su cuerpo. Ella padecía con su Hijo, se ofrecía con su Hijo y ofrecía a su Hijo por nuestra reconciliación.

Ella padeció por nosotros para que tengamos la fuerza de la fe que nos ayuda a afrontar todas las pruebas de nuestra existencia. Sufría y con su sufrimiento de Dolorosa nos enseña cómo se puede y debe, aún en el más terrible de los momentos, encontrar fortaleza, serenidad y paz: abandonándose totalmente al Plan de Dios.

En aquel oscuro atardecer del Viernes Santo, cuando la tierra quedó sumida en la oscuridad, el velo del templo se rasgó en dos, la tierra tembló y las rocas se resquebrajaron (ver Mt 27, 51), la Virgen estaba a pesar de su corazón traspasado por la espada profetizada (ver Lc 2, 35) fuerte y serena. Ella permanece como el último rincón de esperanza. Todo parecía perdido, hundido de manera irremediable. Pero su fe fuerte, su esperanza invicta, y su ardiente caridad son un confortador presagio de la Pascua. La última palabra no la tendrá el mal y menos aún la muerte, sino el Amor y la Vida que tienen un rostro y un nombre: su Hijo, el Señor Jesús Resucitado.

San Miguel de Piura, 06 de abril de 2012
Viernes Santo

Citas

(1) Ver Constitución pastoral, Gaudium et spes, n.

(2) Constitución dogmática Lumen Pentium, n. 39.

sábado 7 abril, 2012