HOMILÍA CON OCASIÓN DE LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI 2011

“La Eucaristía nos hace capaces de amar como Jesús”

Hoy Solemnidad del Corpus Christi, el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por nuestras calles y plazas, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros, acompañándonos en nuestras alegrías y dolores para iluminarnos y fortalecernos. Él se hace peregrino de amor para darnos su consuelo y guiarnos hacia el Reino de los Cielos.

Qué hermoso es percatarse que lo que Jesús nos regaló en la intimidad del Cenáculo, el don de su Cuerpo y de su Sangre (ver Mt. 26, 26-29; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 15-20; 1Cor 11, 23ss.), hoy lo adoramos abierta y multitudinariamente, porque el amor de Cristo no está reservado para algunos, sino que está destinado a todos. Por ello hoy resuenan con más fuerza que nunca las palabras del canto de fe: “Cantemos al Amor de los amores, cantemos al Señor. Dios está aquí, venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor”(1).

La gran solemnidad de hoy es ocasión preciosa para redescubrir y celebrar la Eucaristía como sacrificio, como acción de gracias, como memorial de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, como presencia real del Señor Jesús entre nosotros, como banquete pascual, como fuente de caridad fraterna y prenda anticipada de la gloria futura del Cielo.

Sin el Pan Eucarístico no hay santidad y unidad.

Quiero iniciar mi reflexión destacando un aspecto fundamental del misterio eucarístico: la comunión sacramental. Queridos hermanos el Pan Eucarístico que recibimos en cada comunión es un Pan muy diferente al pan cotidiano con el cual nos alimentamos diariamente para dar sustento a nuestro cuerpo.

Es un Pan diferente porque no somos nosotros los que lo asimilamos, sino que es Él quien nos asimila a sí. Y de ese modo somos configurados a semejanza del Señor Jesús; hechos una sola cosa con Él, y en Él, unidos más estrechamente con su Cuerpo Místico que es la Iglesia. En cada comunión eucarística el Señor Jesús nos transforma a semejanza suya, y así somos liberados de nuestro egocentrismo, de esa exagerada exaltación de nuestro propio yo que nos lleva al egoísmo y al individualismo que tanto daño nos hace a nosotros, a la Iglesia y a la sociedad. Sin la Eucaristía no podemos avanzar en nuestro proceso de conformación con Cristo iniciado en nuestro santo Bautismo; es decir no podemos avanzar en nuestra vida de santidad, en ese proceso de configuración total con el Señor Jesús, el hombre nuevo y perfecto, hasta poder ser capaces de exclamar: “vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

Asimismo al unirnos con Cristo, la Eucaristía nos une y nos abre también a los demás, nos hace capaces de descubrir al otro como un hermano en el Señor y, por tanto, como uno que me pertenece, “para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad”(2). La comunión eucarística me une a la persona que está a mi lado, del cual de repente estoy alejado, distanciado o incluso enemistado; me une también con todo hombre, incluso con los hermanos que están lejos en todo el mundo.

Además, “quien reconoce a Jesús en la Sagrada Hostia, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a cada persona, se empeña a ayudar, de modo concreto, a todos los que tienen necesidad. Del don del amor de Cristo proviene por lo tanto nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa, fraterna”(3).

Gracias a la comunión eucarística, por la que nos alimentamos con fe del Cuerpo y Sangre de Cristo, el amor del Señor, aquel que le impulsó a dar su vida por nosotros en la Cruz, pasa a nuestros corazones y nos hace capaces a nuestra vez, de dar nuestra vida por los hermanos y así brota la verdadera alegría, la alegría cristiana, la alegría del amor. Sí hermanos: sólo es posible vivir el mandamiento del amor que Jesús nos dejó –“como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34) – si permanecemos unidos a Él, “como el sarmiento a la vid” (Jn 15, 1-8); y esto se realiza de manera privilegiada en la Eucaristía, celebrada y comulgada (4).

Para quien se precia de ser discípulo de Jesús, es decir cristiano y católico, la Misa del Domingo, con su comunión eucarística, es un deber irrenunciable. Sin Ella, no hay posibilidad de ser santos y de construir nuestra unidad en la verdad y el amor.

No hay que olvidar lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Quien tiene conciencia de estar en pecado grave, debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar” (5). Deseo, por tanto, reiterar que para recibir dignamente la Eucaristía se “debe preceder a la confesión de los pecados, cuando, uno es consciente de pecado mortal” (6).

Darle a nuestra vida cristiana una forma eucarística

Estos días hemos visto una vez más con preocupación y dolor, desórdenes sociales en diferentes lugares del Perú con el lamentable saldo de muertos y heridos, destrucción de la propiedad pública y privada. Qué dolor constatar tanta intolerancia, tanta búsqueda desmedida de los propios intereses y una ausencia de verdad, de diálogo sincero y de búsqueda del bien común.

De otro lado venimos siendo testigos estos días de otro tipo de manifestaciones en todo el Perú: son las multitudinarias expresiones de fe, adoración y amor a la Eucaristía. Arequipa, Cajamarca, Cusco, Trujillo, Lima y hoy Piura y Tumbes, son algunos ejemplos. ¿Cómo poder explicar este contraste entre el amor eucarístico tan acentuado de un lado en el Perú y la violencia, destrucción y muerte del otro?

¿No será que lo que nos falta es darle a nuestra vida cristiana una forma eucarística, es decir, hacer descender las consecuencias de nuestro amor a la Eucaristía y de la Misa dominical a nuestra vida diaria? Darle a nuestra vida cristiana una forma eucarística, es vivir conforme al Amor de Cristo que hemos celebrado y comulgado, y que nos exige vivir libres de la esclavitud del pecado, haciendo de nuestra vida una ofrenda agradable a Dios y a los hermanos, para que así la victoria pascual del Señor Jesús, que la Eucaristía celebra y alimenta, se manifieste claramente a través de nuestras vidas en la sociedad y el mundo de hoy.

Darle a nuestra vida una forma eucarística, es vivir la eficacia integradora del culto cristiano, para que la Misa dominical no quede relegada a un momento particular y privado, a un solo día y a una sola hora de la semana, sino que impregne toda mi vida, mis pensamientos y afectos, palabras y obras; todo mi quehacer cotidiano en el hogar, en el trabajo, en el centro de estudios y en el cumplimiento de mis deberes de estado de vida.

Vivir según el Domingo

Se trata, según la sabia y hermosa expresión de San Ignacio de Antioquía, de “vivir según el Domingo” (7). Desde los inicios los cristianos percibieron en seguida el influjo profundo que la celebración eucarística ejercía sobre su estilo de vida. Esta fórmula del gran mártir antioqueno ilumina claramente la relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad.

“La fórmula de san Ignacio —«vivir según el domingo»— subraya también el valor paradigmático que este día santo posee respecto a cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra esa forma eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir constantemente” (8).

Preces a Jesús Eucaristía

Al finalizar la Santa Misa y como expresión pública de nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, llevaremos al Señor por las calles de Castilla y Piura. Hoy le pedimos a Jesús, hecho Hostia Santa por amor a nosotros, que nos bendiga.

Sí, bendícenos ¡Oh Dios Eucaristía! Derrama tu bendición sobre nuestra Región y Ciudad, sobre sus autoridades y ciudadanos para que podamos vernos libres de todo mal y vivir en paz, tranquilidad, seguridad y progreso constante, llevándonos bien con todos y honrando a tu Padre celestial, que lo es nuestro también.

¡Oh Cristo Rey de Amor! Derrama tu bendición sobre nuestros campos, para que la tierra, generosa y fecunda por tu bendición, dé abundancia de frutos que nos permitan un sustento digno y dedicarnos con gozo a la alabanza de tu nombre.

¡Oh gran prodigio del Amor Divino! Bendice a nuestras familias, célula primera y fundamento auténtico y seguro de la sociedad; protégelas de las amenazas que hoy se ciernen sobre ellas; ayuda a los esposos a que hagan de sus hogares cenáculos de fe y amor en estrecha unión con sus hijos.

¡Pan de Vida Inmortal! Bendice a nuestro Niños por Nacer para que vean siempre garantizado su derecho a la vida desde la concepción. Con tu poder no permitas que por el egoísmo de los adultos y el oscurecimiento de las conciencias, el crimen del aborto sea aprobado en el Perú. A las mujeres en espera de un hijo y que están atravesando por alguna situación difícil, no les permitas que caigan en la tentación de abortarlo porque nada justifica matar al propio hijo. Y a nosotros, no nos permitas que nunca nos desanimemos en la defensa del don precioso de la vida, desde su comienzo con el milagro de la concepción, hasta la serenidad espiritual de la muerte natural.

¡Milagro sin igual! Bendice a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, especialmente a quienes experimentan la precariedad de la vida, la insatisfacción y una inquietud que no saben cómo colmar. Que no tengan miedo de hacer frente a las situaciones difíciles, a los momentos de crisis, a las pruebas de la vida, porque Tú los acompañas siempre. Que sean capaces de descubrir que sólo Tú eres la respuesta a sus ansias de felicidad, libertad y vida. Qué tengan el coraje de abrirte sus corazones y de seguirte con total entrega, porque Tú eres el Amigo que nunca falla. Que surjan de entre ellos nuevas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

¡Oh Buen Jesús, Pan Vivo bajado del Cielo! Bendice a nuestros abuelos y padres, concédeles la salud del cuerpo y del espíritu, trabajo digno para llevar sustento a sus hogares, para que así te amen con todas sus fuerzas y realicen con generosidad de corazón todo lo que es agradable a tus ojos.

¡Pan transformado en Cuerpo de Cristo! Bendice a nuestros hermanos pobres, encarcelados, enfermos y moribundos; haz que encuentren alivio, paciencia y esperanza en sus aflicciones y puedan llegar a tu presencia limpios de todo pecado para participar en la mesa del cielo con la alegría de tus santos. A nosotros haznos instrumento de tu caridad para que así podamos amarte en ellos.

¡Vino transformado en la Sangre del Señor! Bendice a los pecadores, a los que nos desean y nos hacen el mal, a nuestros enemigos. Danos la gracia de amarlos y de perdonarlos, de hacer el bien a los que nos odian, de bendecir a los que nos maldicen, de orar por los que nos injurian. Y a ellos concédeles la gracia de una conversión sincera.

¡Señor mío y Dios mío! En estos días que vemos con dolor enfrentamientos, intolerancia, desorden, destrucción, violencia y muerte entre peruanos, concede a tus hijos del Perú serenidad, un solo corazón y un solo espíritu para que todos sin distinción vivamos en reconciliación, perdón y paz. Que comprendamos que es nuestra fe en ti, oh Dios Eucaristía, la única fuente para construir el Perú grande, unido, justo y reconciliado que todos queremos.

¡Oh Misterio de la Fe! Bendice a nuestro amadísimo Papa, el Santo Padre Benedicto XVI, quien cumplirá el próximo 29 de junio sesenta años de ordenación sacerdotal; para que con firmeza de roca apostólica siga gobernando paternal y solícitamente a todo el Pueblo de Dios. Atiende a sus peticiones, especialmente aquellas referidas a la santificación de los Sacerdotes.

Que María, Mujer Eucarística con toda su vida, te recomiende estas nuestras súplicas, oh Buen Pastor, verdadero Cuerpo nacido de la Santísima Virgen María para nuestra reconciliación.

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 26 de junio de 2011
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

 

Citas:

(1) Himno Eucarístico, Catemos al Amor de los Amores.

(2) S.S. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 43.

(3) S.S. Benedicto XVI, Homilía de Corpus Christi, 23-VI-2011.

(4) S.S. Benedicto XVI, Angelus, 18-III-2007.

(5) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1385. Ver Código de Derecho Canónico, can. 916.

(6) S.S. Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 36.

(7) Ver San Ignacio de Antioquia, Carta a los Magnesios, 9,1-2.

(8) Carta Apostólica Postsinodal, Sacramentum Caritatis, n. 72.

domingo 26 junio, 2011