FIESTA DE SAN JOSEMARIA ESCRIVÁ DE BALAGUER, FUNDADOR

– Homilía –

Para mayor gloria de Dios Uno y Trino y con gratitud a la Universidad de Piura por esta invitación, presido con alegría esta Eucaristía con ocasión de celebrarse el 26 de junio la Fiesta de San Josemaría, Fundador del Opus Dei y Fundador y Primer Gran Canciller de esta querida casa de estudios.

Expreso mi saludo al Doctor Antonio Abruña Pujol, su Rector, al Consejo Superior de la Universidad, a su Capellán Mayor el Reverendo Padre don Rafael Sevilla Valdivia, a los Capellanes y Sacerdotes de la Obra presentes, al claustro de profesores, alumnos y trabajadores de la Universidad de Piura, así como a los numerarios, supernumerarios, bienhechores y amigos del Opus Dei.

Santo de la vida ordinaria

El Señor Jesús eligió a San Josemaría para anunciar la llamada universal a la santidad, exigencia de nuestro bautismo y vocación de todo hijo de la Iglesia sin distinción. En profética concordancia con el Concilio Vaticano II que enseña que, “todos los fieles de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno según su propio camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial” (1); él exhortaba: “tienes obligación de santificarte. Tú también (…) A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto’ (Mt 5, 48)”(2) . Y añadía: “Estas crisis mundiales son crisis de santos” (3).

Para San Josemaría la vida diaria, las actividades cotidianas, son el ámbito donde forjamos nuestra santidad. Él estaba profundamente convencido de que si se posee una visión de fe, todo ofrece una maravillosa ocasión para un encuentro de vida con el Señor; todo se convierte en estímulo para la oración. Por ello la santidad se encuentra al alcance de todos sin excepción.

Las circunstancias ordinarias de nuestra vida son al mismo tiempo, una llamada de Dios y el lugar adecuado para encontrarnos con Él. “La vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios” (4), solía decir y agregaba: “el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario”(5) . Es por ello que la expresión “la grandeza de la vida diaria”, sintetiza de manera clara el núcleo de sus enseñanzas. Sin lugar a dudas San Josemaría fue el “santo de la vida ordinaria” (6).

La unidad de vida y la santificación del trabajo

Dos consecuencias importantes de esta forma de entender la santidad son para San Josemaría, la unidad de vida y la santificación del trabajo.

San Josemaría nos advierte de un gran peligro que suele asecharnos: los cristianos, hombres y mujeres que viven en medio del mundo, no deben “llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social”(7) .

Este peligro sabiamente advertido por él, sigue presente en nuestros días. El contexto cultural en el que hoy vivimos tiende a privilegiar el activismo, la eficacia organizativa y la exclusión de la fe de la esfera pública. Por eso conviene tener presente lo que él enseñaba tan acertadamente: “hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios”(8) .

Junto con la unidad de vida y como consecuencia de ella, está la santificación del trabajo, por eso enseñaba: “todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible, competencia profesional, y con perfección cristiana, por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres. Así, el trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales, a manifestar su dimensión divina y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo. Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei”(9) .

San Josemaría no se cansaba de repetir cada vez que podía que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante. Son cosas aparentemente pequeñas, sin importancia, por ejemplo, los detalles de servicio, de amabilidad, de respeto a los demás, el cuidado de las cosas materiales, la puntualidad, etc. “Hacedlo todo por Amor. Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo”(10), repetía. Este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas constituye hoy por hoy una respuesta acertada y eficaz para estos tiempos marcados por una fuerte visión inmanentista del mundo, entendido éste como separado de Dios, cuando es todo lo contrario: Dios es el origen, fundamento y fin del mundo, por ello siempre hay un eco de lo santo y de lo divino en todas las circunstancias ordinarias de nuestra vida.

Sobre ésta visión de la santidad, el hoy Beato Juan Pablo II dijo lleno de emoción en una audiencia concedida a algunos fieles del Opus Dei: “realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del posconcilio. Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando para ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida ¿Hay algo más bello y más apasionante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla. ¡Benditos seáis y siempre animosos en este vuestro intento!(11).

San Josemaría comprendió con gran lucidez que la misión de cada bautizado y de todos los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana. Así entendía él la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes del mundo.

Maestro de la Oración

Pero para cumplir con esta tarea tan exigente, la cual transmitió a toda su familia espiritual como actitud de servicio apostólico a la misión evangelizadora de la Iglesia, se necesita de una vida interior nutrida y anclada firmemente en la oración. San Josemaría fue un maestro de la oración de la que siempre decía: “el sendero que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso”(12).

Para San Josemaría sólo por medio de la oración se puede vivir plenamente la vida cristiana, ejercer auténticamente la libertad y hacer del trabajo una fuente de santificación. Y es que la oración nos ayuda a hacer mejor nuestro trabajo y a cumplir con nuestros deberes y responsabilidades de estado de vida, contribuyendo así al bien de la sociedad. La oración nos encamina a vivir la caridad con el prójimo y nos alienta al testimonio y al apostolado.

Por ello y siguiendo el mandato del Señor en el Evangelio, hay que orar siempre sin desfallecer (ver Lc 18, 1). Queridos hermanos: no dejemos pasar nunca un día sin oración. “Persevera en la oración. Persevera, aunque tu labor parezca estéril. La oración es siempre fecunda”(13), te dice hoy San Josemaría.

No olvidemos que si bien la oración es un deber, ella es también un gozo enorme porque “es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”(14). Qué hermoso es saber que por medio de la oración todos estamos llamados a abrirnos a la amistad con el Señor Jesús, a tomarnos de sus manos, a volver siempre a Él, a ser sus amigos, a hacer realidad lo que Jesús dice en el Evangelio: “vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 14); conscientes que esta amistad con Cristo es la que nos abre la puerta a todo lo que es verdadero, bueno, noble y hermoso que hay en la vida.

La santidad brota de ese contacto profundo con Dios, de este hacerse amigo del Señor por medio de la oración. Sí hermanos, hay que madurar en la vida de oración, porque quien como San Josemaría tiene esta relación con Dios, esta vida de oración intensa e ininterrumpida, puede atreverse a responder sin miedos a cualquier desafío del mundo de hoy porque se sabe en manos de Dios y unido a su poder que todo lo puede: “con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada”(15).

Y junto con la oración, van de la manos los sacramentos, en particular la Confesión sacramental frecuente y la Misa dominical y también la diaria. Los sacramentos, como bien decía San Josemaría, “no son superfluos. Cuando se abandonan voluntariamente, no es posible dar un paso en el camino del seguimiento de Jesucristo. Los necesitamos como la respiración, como el circular de la sangre, como la luz, para apreciar en cualquier instante lo que el Señor quiere de nosotros”(16).

Es verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside ante todo en la oración y en una vida sacramental intensa y frecuente. Este es el secreto del verdadero éxito de los santos y San Josemaría lo sabía muy bien.

Una pequeña familia que tiene a María como Madre

Dentro de la Iglesia, y para servirla, Dios Nuestro Señor ha dispuesto que el Opus Dei sea una pequeña familia muy unida, aunque esté extendida por todas partes(17); con una vida espiritual firmemente radicada en el sentido de la filiación divina que tiene, como manifestación específica, la filiación a su Fundador y a sus sucesores. No se olviden que para ser siempre esa “pequeña familia” soñada por vuestro Fundador, el amor filial a Santa María es imprescindible, ya que Ella edifica continuamente la Iglesia, la une, la mantiene compacta. El amor filial a Santa María nos lleva a sentirnos más cercanos entre nosotros y más unidos al Vicario de Cristo, que es el Papa.

Por ello como hasta ahora, ámenla y hónrenla siempre, porque, “Ella es seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre”(18).

Fidelidad a la tradición de la Iglesia y apertura al mundo

Agradezco a Dios que a lo largo de estos años entre ustedes haya podido comprender un poco mejor la fisonomía espiritual del Opus Dei: por un lado su edificante fidelidad a la fe de la Iglesia, a su tradición y magisterio, al Santo Padre, sucesor de San Pedro y a los Obispos, sucesores de los apóstoles; y por el otro su apertura a todos los desafíos del mundo de hoy, tanto en el ámbito académico, como en el cultural, científico, laboral, económico, etc. Gracias por el invalorable trabajo que realizan en Piura y desde Piura por el Perú.

Que los Santos Ángeles Custodios, a quienes están confiados, los guíen y protejan en sus caminos, y ustedes como recomendaba San Josemaría, trátenlos bien como entrañables amigos y ellos sabrán hacerles mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día (19). 

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 26 de junio de 2011
Fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador

Citas:

(1) Lumen Gentium, n. 11.

(2) San Josemaría, Camino, n. 291

(3) Lug. cit. n. 301.

(4) San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

(5) San Josemaría, Homilía La Virgen Santa, causa de nuestra alegría, 15-VIII-1961.

(6) Ver S.S. Juan Pablo II, Litteras Decretales para la canonización, 6-X-2002.

(7) San Josemaría, Conversaciones, n. 114.

(8) Ibid.

(9) San Josemaría, Entrevista a la Revista Palabra, Octubre de 1967.

(10) San Josemaría, Camino, n. 813.

(11) S.S. Juan Pablo II, Audiencia en Castelgandolfo a fieles del Opus Dei, 26-VIII-1979.

(12) San Josemaría, Amigos de Dios, n. 295.

(13) San Josemaría, Camino, n. 101.

(14) Santa Teresa de Jesús, Vida, 8,2.

(15) San Josemaría, Amigos de Dios, n. 238.

(16) San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 80.

(17) San Josemaría, Oración en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 17-V-1970.

(18) San Josemaría, Amigos de Dios, n. 279.

(19) Ver San Josemaría, Camino, n. 562.

viernes 24 junio, 2011