MEDITACIÓN DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA ACERCA DEL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

«Alégrate, llena de gracia»

Queridos hermanos y hermanas: 

Comenzamos en este mes de mayo, mes dedicado a María Santísima, un nuevo ciclo de mediaciones las cuales tendrán como temas los dogmas marianos que son cuatro: La Inmaculada Concepción, La Asunción de la Virgen María, La Maternidad Divina de María y su Perpetua Virginidad. En esta ocasión reflexionaremos en el dogma de la Inmaculada Concepción de Santa María. Es importante precisar que un dogma es una verdad revelada y definida por la Iglesia con la máxima autoridad de enseñar que Jesucristo, nuestro Señor, le encomendó. Un dogma es una verdad de fe a la cual todos los católicos estamos llamados a dar nuestro asentimiento o adhesión, y que tiene mucho que ver con nuestra vida.

Para una mejor comprensión del don de La Inmaculada Concepción, tenemos que traer a nuestra memoria la escena del pecado original (ver Gen 3, 1-24), en la cual el Señor, nuestro Dios, le dice a Satanás, la serpiente infernal causante de la caída de nuestros primeros padres: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre tú descendencia y la suya; ella te pisoteará la cabeza mientras tú asechas su talón” (Gen 3, 15). La promesa de la destrucción de la serpiente significa para nosotros la liberación definitiva del pecado y de todas sus consecuencias, sobre todo de la muerte, entiéndase no sólo de la natural, sino fundamentalmente de la muerte eterna. La promesa de la destrucción de la serpiente, significa tener la posibilidad de una humanidad redimida y plenamente reconciliada. Éste, es el primer anuncio de la salvación, por eso este pasaje del Génesis es designado con justicia como el proto-evangelio.

Un conocido exegeta latinoamericano comentando este pasaje del Génesis dice: “Allí Dios anuncia a una “Mujer”, cuya descendencia, es decir su Hijo, derrotará a la serpiente. Pero entre la “Mujer” misma y la serpiente, Dios pondrá una enemistad irreconciliable. Por tanto esa Mujer no entrará nunca en componendas con la serpiente, no será nunca engañada por ella y no estará bajo su poder. A diferencia de Eva y de todos los nacidos de ella, esa “Mujer” será inmune de todo pecado. Ella será la única concebida sin pecado, la única inmaculada y llena de gracia desde su concepción. De lo contrario, habría al menos un instante en que la serpiente la tendría de su lado, como es el caso de todos los demás hijos e hijas de Adán antes de ser liberados por el Bautismo”.

El pasaje del proto-evangelio del libro del Génesis, debió haber dejado perplejos a los sabios de Israel, quienes se harían, hasta llegada de la plenitud de los tiempos (ver Gal 4, 4), una gran pregunta: ¿quién será está “Mujer”? Los siglos pasaban y ninguna de las grandes mujeres con las que Dios bendecía al pueblo de Israel colmaba la expectativa, llenaba plenamente la descripción. A lo más cada una de ellas señalaba una característica de la “Mujer”, haciendo que la expectación creciera.

Se habrían dicho: la “Mujer” prometida por Dios en el Génesis, será sin dudas bendecida con una maternidad mayor a la de Sara, la esposa de Abraham y madre de Isaac; tendrá una capacidad de intercesión mayor a la de Abigail y a la de Ester con meros reyes terrenos como David y Asuero; poseerá una hermosura infinitamente superior a la de Raquel, esposa de Jacob. La “Mujer” prometida por Dios en el Génesis tendrá una valentía superior a la de Judit, porque el enemigo a enfrentar y derrotar es más terrible que Holofernes, general de Asiria, ya que es nada menos que el tentador, el embaucador, Satanás, la serpiente antigua, el padre de la mentira, el más terrible adversario del ser humano. Se habrían dicho además: la “Mujer” prometida por Dios en el Génesis tendrá una sabiduría más grande que la de Débora, jueza de Israel, y poseerá una heroicidad infinitamente mayor a la de la Madre de los Macabeos, puesto que será la Madre del Siervo Sufriente de Yahvé. Más aún, se habrían dicho, la “Mujer” prometida reunirá en sí misma todas estas características en grado eminente y muchas otras más. La respuesta a la pregunta, ¿y quién será está “Mujer”?, no la hayamos por tanto en el Antiguo Testamento sino en el Nuevo.

Es en la escena de la Anunciación-Encarnación, que recoge San Lucas en su Evangelio (ver Lc 1, 26-38), donde por fin tenemos la certeza de estar frente a la “Mujer”. Sí, Santa María es la “Mujer”: “Y fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea…a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27). 

María, es la “Mujer” anunciada desde antiguo. Esta certeza se confirma si nos detenemos a considerar el saludo que el Ángel le dirige: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). En el saludo angélico no se puede dejar de descubrir la huella de su Inmaculada Concepción. María es la “kejaritomene”, “la llena de gracia”. En ella no hay sombra de pecado alguno, ya que por singular gracia y privilegio divino, en previsión de los méritos del Divino Hijo que nacería de Ella, fue preservada del pecado original.

María es la “Mujer”, y su descendencia es en primer lugar su Hijo, que es el Hijo de Dios, el Señor Jesús: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer de ti será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Pero su descendencia también la conformarán todos los renacidos a la vida de la gracia y que como Ella respondan al Plan de Dios en sus vidas y al horizonte de la misión que se les confía. Por tanto, la descendencia de la “Mujer”, llamada a aplastar la cabeza de la serpiente infernal, la conformará el Señor Jesús y nosotros, que somos también hijos de la gran fe de Santa María.

La Inmaculada Concepción de María, es por tanto una verdad contenida en el depósito sagrado de la Palabra de Dios, es decir en la Tradición y la Escritura de la Iglesia. Una verdad que desde el inicio y a través de los siglos se fue abriendo camino hasta el momento en que estuvo madura para que la creencia en esta verdad fuera pública y debidamente definida como artículo de fe de la Santa Iglesia. Al hacerlo el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus, el Beato Papa Pío IX lo hacía con las siguientes solemnes palabras: “La Beatísima Virgen María fue preservada de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano”.

Igualmente manifiesta aquel gran Sumo Pontífice, que María Inmaculada fue colmada de gracias, “en tal grado…que toda hermosa y perfecta, poseyera tal plenitud de inocencia y santidad, que no se pueda comprender una mayor después de Dios, ni cabe pensar en conseguirla aparte de Dios”.  

Ciertamente nos maravilla lo que Dios hizo en María, al concederle venir al mundo purísima, llena de gracia, como fruto anticipado de la redención que nos habría de obtener el Señor Jesús, en previsión a su maternidad divina. Pero si bien nos llena de admiración lo que Dios obró en María, también nos llena de asombro la respuesta de la Virgen de Nazaret al don recibido. Nos maravilla ver la manera cómo Ella sale al encuentro de la iniciativa de Dios-Amor; cómo coopera desde su libertad poseída con el designio divino. Nos conmueve su entrega generosa y su disponibilidad absoluta con el Plan de Salvación. Su “Fiat”, su “Hágase”, su “Sí”, lleno de fe y de una obediencia traspasada de amor, es su respuesta al don de su Inmaculada Concepción: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). María Santísima no sólo supo acoger y conservar el don de su Inmaculada Concepción sino que además supo acrecentarlo, hasta el día de su Asunción en que fue glorificada plenamente en el Cielo.  

En estos tiempos de pandemia, nos hará mucho bien mirar a nuestra Madre Inmaculada y descubrir en Ella que el pecado nunca la tocó, y que por tanto en esta hora, Ella resplandece como un signo de esperanza de que el mal no tiene la última palabra, y que esta enfermedad será vencida. Le pedimos con toda humildad que vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, porque si bien Ella es la toda Pulcra, la Purísima, la Inmaculada, María conoció en su vida el dolor y el sufrimiento, los cuales no le fueron ahorrados: “Y a Ti, una espada te traspasará el corazón” (Lc 2, 35). Por eso, porque sabe lo que es sufrir, y porque somos también sus hijos, le pedimos que con su talón de Inmaculada pise y destruya la cabeza del mal que hoy nos aflige y golpea.

Queridos hermanos: María es realmente nuestra Madre en el orden de la gracia. En la Anunciación-Encarnación, junto con Jesucristo, nuestro Señor, Ella nos concibió a la salvación y al pie de la Cruz, Ella nos dio a luz.

María Inmaculada es la Madre del Cristo total: del Cristo-Cabeza, el Señor Jesús, y del Cristo-Cuerpo Místico, la Iglesia. Por eso hoy le decimos: ¡Gracias, María, por haber aceptado ser Madre de Dios y Madre nuestra!

En la difícil situación que vivimos, colmada de angustias y sufrimientos que nos oprimen, de incertidumbre y angustias, acudimos a Ti, oh Madre, en busca de refugio, protección e intercesión. Por eso queremos ahora rezarte el Santo Rosario, la oración que tanto agrada y consuela a tu Inmaculado y Doloroso Corazón.

San Miguel de Piura, 05 de mayo de 2020
Martes de la IV Semana de Pascua

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martes 5 mayo, 2020