MEDITACIÓN DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA ACERCA DE LO QUE NOSOTROS SOMOS PARA LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

“Lo que nosotros somos para María”

El pasado martes reflexionamos en el tema “lo que María es para nosotros”. Hoy jueves meditaremos “en lo que nosotros somos para María”, siempre tomando como referencia el Magisterio de San Juan Pablo II, como homenaje a los 100 años de su nacimiento.   

¿Qué somos para María? La respuesta nos la da la misma Revelación. Si María es para nosotros principalmente Madre, nosotros somos para María primeramente hijos. El pasaje de María al pie de la cruz es explícito al respecto: “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 26-27).

“Ahí tienes a tu madre”. Ya la más antigua tradición de la Iglesia entendió que en San Juan, el Señor Jesús se dirigía a cada cristiano, y por extensión, a todos los hombres. Jesús nos deja a su Madre y nos pide amarla con el mismo amor con que Él la amó y la ama. A la maternidad espiritual de María, nuestra respuesta es el amor filial.

Este amor filial, o para mejor precisarlo, esta piedad filial mariana, no es algo accesorio a la vida cristiana. Antes bien, responde a la voluntad del Señor Jesús expresada en la cruz y por tanto está dentro del designio divino, que nos pide amar a María con el mismo amor con que la ama Cristo, para que María nos ame con el mismo amor con el que Ella ama a su Divino Hijo.

Podríamos preguntarnos: ¿Y por qué quiere Dios todo esto? Notemos que la razón de ser de María, y su actuación en la obra de la salvación, apuntan a que se realice en nosotros aquello que indica el Apóstol San Pablo: “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4, 3). 

La meta del Plan de Dios es su glorificación y la salvación del hombre, alcanzada por la conformación de la persona con el Señor Jesús, norma suprema de la humana santidad. María nos ayuda a lograr esta meta, mediante un proceso en el que la persona humana va viviendo el amor de Jesús en todas sus dimensiones. Jesús nos muestra a su Madre, y Ella, a su vez, nos aproxima a su Hijo, para que podamos configurarnos con Él y así alcancemos nuestra plenitud, siendo “otros Cristos”.  

En este proceso que va de Cristo a María, y de María más plenamente al Señor Jesús, ¿cómo nos ayuda la Santísima Virgen a conformarnos con Jesucristo? Nos ayuda por medio de la CONTEMPLACIÓN de Cristo, de su rostro, de su persona y de toda su existencia, para hacer que su vida sea nuestra vida. Pues bien, María nos lleva a contemplar a Jesucristo, nos enseña cómo mirar su rostro y hacernos semejantes a Él, principalmente a través de dos caminos privilegiados: el Santo Rosario y la Eucaristía.

A. El Rosario. Pienso no equivocarme cuando digo que el Rosario es una de las oraciones de la cual todos tenemos experiencia, y por lo mismo constituye una de las formas de oración más queridas y practicadas. “El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo”.[1] El Rosario es una “oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación Redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica”.[2] Rezando el Rosario, mediante la repetición continua del “Ave María”, la Madre nos va guiando a la contemplación de los misterios de su Hijo, el Señor Jesús, para que los vayamos viviendo y así tengamos vida.

Cuando rezamos el Rosario, contemplamos a Cristo con María. Rezando los misterios, en el continuo recitar de “Padrenuestros” y “Avemarías” penetramos en la intimidad de Jesús, así como la Madre, que «por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón».[3]

Rezando el Rosario se da una dinámica muy peculiar y, propia: 1. Recordamos a Cristo con María. 2. Comprendemos a Cristo desde María. 3. Nos configuramos a Cristo con María. 4. Rogamos a Cristo con María. 5. Anunciamos a Cristo con María.

Todos estos momentos son importantísimos y están concatenados, enlazados entre sí. Pero quisiera destacar el tercer momento, que es el de la configuración-conformación con Jesucristo. En su Carta Apostólica sobre el Rosario, San Juan Pablo II nos dice: “En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María- este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir «amistosa». Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como «respirar» sus sentimientos (…) El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Esto le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (ver Gal 4, 19)”.[4]  

¡Demos gracias a Dios, queridos hermanos, porque nos ha dejado en el Rosario un medio valiosísimo para conformarnos con Jesús! ¡Y démosle gracias también por el don maravilloso de María, que a través de esta oración nos ayuda a configurarnos con el Señor, y así alcanzar nuestra plenitud humana!

B. La Eucaristía. También en la participación en este sacramento, la Virgen María cumple un papel destacadísimo orientado a la conformación de cada cristiano con Jesús, su Hijo. Ante todo, está el ejemplo mismo de María, “Mujer eucarística”.[5] Ella es, en sentido muy particular “Mujer eucarística” porque toda su vida ha sido y es una permanente identificación con Jesús-Eucaristía. Veamos.     

Gracias a su «Sí», a su «Hágase», a su obediencia y cooperación activa, el Verbo de Dios se ha hecho presente en el mundo y sigue permaneciendo con nosotros en la Eucaristía. Así lo canta el hermoso himno del “Ave verum”: “Ave verum corpus natum de Maria Virgine”, Te saludo verdadero Cuerpo nacido de María la Virgen”.

Asimismo, toda su existencia junto a Cristo, pero de manera especial en el momento del Calvario, ha significado hacer suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía: “Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada», se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la Pasión y se manifestará después, en el período post-pascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como «memorial» de la Pasión”.[6]

Igualmente, María, con toda su vida de santidad, de fe, esperanza y amor, es una permanente alabanza y acción de gracias (eu-jaristía) a Dios. Por eso: “En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias”.[7]

Por tanto, María “Mujer eucarística”, nos enseña a vivir las diferentes dimensiones de la Santa Misa y a participar adecuadamente en ella, y de esta manera nos guía a Jesús-Eucaristía para que seamos una sola cosa con Él.

Finalmente, unidos a María en la celebración de la Eucaristía, actualizamos “in mysterio” (en el misterio) lo sucedido en el Gólgota. Esto quiere decir, entre otras cosas, que de modo misterioso, pero no por ello menos real, Jesús no solamente se nos da como reconciliación definitiva, sino que en cada Eucaristía nos entrega también a su Madre: “En el memorial del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto, y en él, le entrega a cada uno de nosotros: ¡He aquí a tu hijo!». Igualmente dice también a todos nosotros: «¡He aquí a tu Madre!» (Jn 19, 26-27)”.[8]

Tenemos pues que afirmar que al recibir la Eucaristía, recibimos a María como Madre, cumpliendo así lo que Jesús desde el Madero nos pide. Y es María quien, obedeciendo una vez más al designio de su Hijo, nos va configurando, nos va asemejando con Él. Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan- a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por Ella”.[9]

Queridos hermanos y hermanas: Encontramos en la relación Eucaristía-María, una razón más para comprender por qué después de dos meses de “ayuno eucarístico” ansiamos tanto el momento de volver a ir a la iglesia para celebrar juntos la Santa Misa, con las actitudes interiores de Aquella que es la “Mujer Eucarística”. Pidámosle a María que nos alcance pronto esta gracia de las manos de su Hijo. De otro lado, el Santo Rosario además de ser un arma espiritual poderosa para atraer sobre nosotros las gracias y bendiciones que necesitamos del Señor, como por ejemplo la cura y la sanación en estos tiempos de epidemia, es un medio extraordinario para configurarnos, para asemejarnos con Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida. Que rezando el Rosario, como lo vamos a hacer ahora, seamos siempre conducidos de la mano de María al Señor Jesús.

San Miguel de Piura, 21 de mayo de 2020
Jueves de la VI Semana de Pascua

[1] S.S. Juan Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae (2002), n. 18.

[2] Allí mismo. Cfr. S.S: Pablo VI. Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974), n. 46.

[3] Lc 2, 19.

[4] S.S. Juan Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 15.

[5] S.S. Juan Pablo II. Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), n. 53.

[6] Ibid. n. 56.

[7] Ibid. n. 58.

[8] Ibid. n. 57.

[9] Allí mismo.

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jueves 21 mayo, 2020