MEDITACIÓN DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA ACERCA DE LO QUE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA ES PARA NOSOTROS

“Lo que María es para nosotros”

Continuando con nuestras meditaciones marianas quisiera dedicar la de hoy martes a reflexionar en el tema de lo que María es para nosotros los cristianos. El próximo jueves quisiera completar la meditación de hoy, reflexionando juntos en lo que nosotros somos para María. Dado que esta semana estamos celebrando los 100 años del nacimiento de San Juan Pablo II, estas meditaciones estarán basadas en gran parte en su Encíclica Redemptoris Mater, y en su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae. Veamos entonces:        

LO QUE MARÍA ES PARA NOSOTROS

De los muchos aspectos que la Revelación nos presenta acerca de Santa María Virgen en su relación para con nosotros, quisiera destacar tres que me parecen fundamentales: María es Madre, María es Mediadora e Intercesora, y por último, María es Modelo.

A. María es primeramente y ante todo, MADRE. El Evangelista San Lucas, en el pasaje de la Anunciación-Encarnación (ver Lc 1, 26-38) describe la escena en la que el Arcángel Gabriel, enviado por Dios, da a conocer a la joven Virgen de Nazaret que habría de ser la madre del Mesías, el Hijo de Dios: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 31-33). María es Madre, porque Ella ha concebido en su seno purísimo a Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne. Su maternidad es en primer lugar una maternidad divina, fruto del don divino y de su cooperación libre y activa. En la Anunciación se realiza, por el “Sí” de Santa María, la Encarnación de Dios Verbo. Es por el fiat que se concretiza el misterio de su Maternidad Divina.

Creyendo en lo que Dios le decía por medio del Ángel, ha concebido a Jesús en su mente y en su corazón antes que en su vientre, como recuerda San Agustín[1], y por eso, por su fe y por su obediencia al Plan de Dios “se hizo causa de salvación para sí misma y para toda la humanidad”.[2]  

Ahora bien, la maternidad divina de María no se reduce a la mera generación humana del Hijo de Dios. Implica también el cuidado, la educación y la formación del Hijo, hasta que alcance su plenitud y madurez. Pero al mismo tiempo María, siendo Madre de Jesús, Cabeza del Cuerpo Místico, es también por la fe y en la fe Madre de aquellos que serán los miembros de este Cuerpo. En la Anunciación-Encarnación, María es hecha Madre nuestra en el orden de la gracia. La MATERNIDAD ESPIRITUAL DE MARÍA brota directamente de la Encarnación, y se va plasmando a lo largo de su vida de fe, de esperanza y de caridad. Será en la cruz donde Jesús explicite su maternidad espiritual. “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 25-27).

En el momento supremo de nuestra reconciliación, Santa María, que por su fiat hizo posible la Encarnación del Hijo de Dios, repite un silencioso ¡hágase! al Plan del Padre. Ella, que ha dado a su Hijo al mundo, ahora mediante su fe y su cooperación al obrar salvífico de su Hijo, lo entrega para la redención de toda la humanidad, y así, si en la Anunciación-Encarnación María nos concibió a la vida de la gracia, al pie de la cruz Ella nos da a luz para la salvación.

Preguntémonos: ¿Qué nos dice todo esto para nuestra vida cristiana? ¿De qué modo podemos vivir estas realidades? Podemos responder a esto, reflexionando sobre lo que significa una madre. ¿Qué es lo que caracteriza a una madre? Madre es aquella que da la vida, como don de amor al hijo. Pero al mismo tiempo, la madre cuida con ternura, protege y dirige esa vida humana entregada como plasmación de su amor entrañable hasta que el hijo o la hija alcancen su plenitud y madurez. Y esto es lo que ha hecho, hace y seguirá haciendo María con nosotros, más aún en estos tiempos de pandemia. Su maternidad espiritual para con cada cristiano, con cada uno de nosotros, reproduce y refleja el amor que Ella ha tenido para con el Señor Jesús. Y el amor con que nos ama, a cada uno de nosotros, es único e irrepetible, como únicos e irrepetibles somos los seres humanos. Vivamos, pues, respondiendo a este don tan maravilloso, amando inmensamente a esta Madre que nos ha dado el Señor Jesús, Madre que nos ama y nos cuida de manera incomparable. De nuestra parte, como hijos suyos que somos, abandonémonos confiados a su amor maternal con la seguridad de que Ella nos cuida y como Madre nos protege, como nos lo dijo en la aparición de Guadalupe: “¿No estás tú bajo mi sombra y mi cuidado? ¿No estás por ventura en mí regazo? ¿Qué más has de menester? Que no te apene ni te inquiete cosa alguna”.

B. La Revelación testimoniada en la Sagrada Escritura, nos presenta además otro rasgo peculiar de Santa María nuestra Madre: su mediación e intercesión. De los muchos lugares bíblicos que nos hablan de María, mediadora e intercesora, quisiera sólo destacar uno. Es el conocido pasaje de las Bodas de Caná.[3]

Jesús ha sido invitado a unas bodas en este pueblo, y nos dice el Evangelista San Juan que allí estaba también la Madre de Jesús. Más aún, parece que es por María que Jesús ha sido invitado a la fiesta matrimonial. “Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga»” (Jn 2, 3-5). Son muchos los elementos que se pueden destacar de este texto bíblico: la maternidad espiritual de María; el misterio que rodea todo el pasaje y que hace difícil su exacta interpretación; el entendimiento entre Jesús y María, que va más allá de las palabras y hace que éstas queden superadas por el metalenguaje que se trasluce en la escena, etc. Pero de entre tantos aspectos, nos centraremos en uno, su maternal intercesión.

Al respecto nos dice San Juan Pablo II: “En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia («No tienen vino»). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de las privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone «en medio», o sea, hace de Mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede -más bien, «tiene el derecho de»- hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión”.[4]

¿Qué nos dice todo esto a nosotros? La mediación e intercesión de María nos habla de una realidad maravillosa, cual es la del amor siempre presente e implorante. Nada hay tan humano como el hecho de la mediación. Hemos recibido la vida mediante nuestros padres, que nos han engendrado; nuestra educación, nuestra formación y todo lo que somos se ha concretizado mediante la acción de nuestros progenitores, abuelos, maestros, etc. El don de la fe nos ha sido comunicado mediante la Iglesia. No existe dimensión alguna de nuestra existencia que no haya sido dada por mediación de otros. En el plano de lo sobrenatural, la salvación nos ha sido otorgada mediante Jesucristo, como nos recuerda el Apóstol San Pablo: “Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también” (1 Tim 2, 4-5). Ahora bien, el mismo Jesús ha querido dejarnos la mediación maternal de María, de tal manera que “la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien, sirve para demostrar su poder: es mediación en Cristo”.[5]

La mediación de María, subordinada a la de Cristo, encaja plenamente en la experiencia de todo hombre. El amor maternal es inherente a la humana existencia, desde el mismo momento en que ser hombre implica tener una madre. Y es el amor de madre lo que nos ha puesto en el mundo. Así pues, por una Madre (= María) hemos recibido la salvación, sin la cual seguiríamos hundidos en el pecado.

Y María hoy pide, suplica e intercede por todas nuestras necesidades, así como lo hizo en las Bodas de Caná, con el amor humanamente más intenso, que es el amor de madre. Hemos de responder a este maravilloso don, reconociéndolo y poniéndolo por obra, más aún en esta hora de gran necesidad que vivimos: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…” decimos, ahora y siempre, proclamándola nuestra Mediadora e Intercesora. Como bellamente le ha rezado recientemente el Papa Francisco, hoy también le oramos apoyados en su poder de mediación maternal: “Madre del Señor, Virgen María, Reina del Rosario, muéstranos la fuerza de tu manto protector. De tus brazos vendrán la esperanza y la paz que tanto necesitamos”.

C. Finalmente María, que es nuestra Madre, además de Mediadora e Intercesora, es también nuestro MODELO. Ella nos educa con su ejemplo, mostrándonos cómo hemos de vivir la fe, la esperanza y el amor. Ella es Modelo de la Iglesia.

Para este punto final de nuestra meditación hagamos memoria del pasaje de la Visitación de Santa María a su prima Isabel. María, cual Nueva Arca de la Alianza, porta en su seno al Verbo, a Dios hecho hombre para nuestra salvación. Y el saludo que le dirige a Isabel es respondido por las palabras que la anciana, llena del Espíritu Santo, le dirige a María: “¡Feliz la que ha creído…!” (Lc 1, 45). María es modelo de fe, ella es paradigma de todos aquellos que son dichosos porque escuchan la palabra de Dios y la guardan (ver Lc 11, 28). Escuchando, acogió lo que le pedía el Señor, y es ejemplar en su meditación constante de todo lo que le ocurre, leído desde el Plan de Dios: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Pero al mismo tiempo es modelo de amor y de caridad incomparables. María, movida por la caridad, se dirige a la casa de su prima para servirla. El maravilloso pasaje de la Visitación nos presenta a Santa María, como modelo incomparable de anuncio de Jesús y de servicio solidario ante las necesidades concretas. María lleva al Señor Jesús ante Isabel, lo hace presente de manera silenciosa, pero real, de modo tal que Juan el Bautista, en el seno de su madre, es santificado y salta de alegría. La misma Isabel, por la palabra de saludo de la Virgen, reconoce la presencia de Jesús: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43).

Pero al mismo tiempo, María aparece en la Visitación como un magnífico modelo de servicio. Nos dice el Evangelista San Lucas, en la continuación del relato que meditamos, que “María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa” (Lc 1, 56). Tres meses de ayuda a su pariente anciana, ocupándose de las cosas más sencillas y cotidianas de la casa, y expresando así que en el servicio el amor se hace concreto. María es paradigma de solidaridad, y muestra que la fe cristiana, así como posee una dimensión de anuncio evangelizador ineludible, es al mismo tiempo ayuda a los más pobres y necesitados, en estos tiempos de manera especial a los enfermos y a los hambrientos.   

¿Qué nos dice todo esto? Contemplar a María en el pasaje de la Visitación nos lleva a ver a la Santísima Virgen como Modelo privilegiado de lo que ha de ser nuestra vida cristiana. María es ciertamente paradigma de fe, de esperanza y de amor, como también de obediencia y de cooperación generosa y activa con la gracia de Dios. Pero aparece también como Modelo de Evangelizadora, es decir de quien anuncia a Jesús con el testimonio y con la palabra pero también con la caridad y el servicio para con los más pobres y necesitados. Vivir la fe en estos tiempos de pandemia en Piura y Tumbes nos debe llevar a renovar nuestra fe y adhesión a Jesús y a proclamarlo “a tiempo y a destiempo”, pero también a comprometernos solidariamente con las necesidades de quienes carecen de lo más indispensable. En estos tiempos donde hay tanta desesperación, angustia, dolor e incertidumbre, ¿sigo el ejemplo de María y anuncio a Jesús para que la paz del Señor llegue a todos los corazones? En estos tiempos de pandemia, ¿sigo el ejemplo de María viviendo la caridad y ayudando a todos los que puedo? Con el rezo ahora del Santo Rosario confiémonos a Ella que es nuestra Madre, nuestra intercesora, y nuestro modelo de vida cristiana.

San Miguel de Piura, 17 de mayo de 2020
Martes de la VI Semana de Pascua

[1] San Agustín de Hipona. De Sancta Virginitate, III, 3; PL 40, 398: Sermón 215, n. 4; PL 38, 1074.

[2] San Ireneo de Lyon. Adversus Haereses, III, 22, 4.

[3] Jn 2, 1-11.

[4] San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater (1987), n. 21.

[5] San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater (1987), n. 38.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo esta Meditación Mariana del Arzobispo Metropolitano de Piura desde Aquí

Puede ver el video grabado de esta Meditación Mariana Aquí

martes 19 mayo, 2020