IV MEDITACIÓN DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LA PASCUA 2020

“Volvámonos con fe hacia Jesús”

Queridos hermanos y hermanas:

Tengan ustedes muy buenas tardes de Dios. En esta ocasión vamos a meditar en el encuentro de María Magdalena con el Señor Resucitado que narra el Evangelio de San Juan, en el capítulo 20 de los versículos del 11 al 18.

María Magdalena era una mujer de gran sensibilidad y determinación, quien en un momento de su vida se encuentra con Jesús y se convierte. A partir de ahí seguirá al Señor sirviéndolo durante los años de su ministerio público. San Lucas en su Evangelio nos dice que Jesús hizo salir de ella siete demonios (ver Lc 8, 2), es decir, la salvó de un total sometimiento del maligno, obrando en ella una sanación profunda. Ella cree en Jesús y le ama profundamente, por eso tuvo el coraje de estar en el Calvario al pie de la Cruz del Señor. La sagrada imagen del Señor de los Milagros, tan querida por todos nosotros, la representa a ella a los pies de su Señor crucificado. La Magdalena está presente cuando José de Arimatea coloca el cuerpo de Jesús en el sepulcro, y al día siguiente regresa a la tumba y descubre que la piedra ha sido removida, y ve a dos ángeles vestidos de blanco sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había estado el cuerpo de Jesús.

El Evangelio nos narra que el Domingo de Resurrección, María ha ido temprano al sepulcro, y al encontrarlo vacío su reacción es la de llorar. De su llanto podemos deducir cuánto amaba al Señor, pero también que al igual que los demás discípulos ella no había entendido aquello que Jesús les había dicho de que al tercer día habría de resucitar (ver Mc 10, 34).

La única explicación que se le ocurre a la Magdalena ante el hecho de la tumba vacía es que han robado el cuerpo de su Señor. Tanto es su amor por Jesús, que está dispuesta a hacerse cargo del cuerpo si lo encuentra, por eso afirma decidida: “yo lo recogeré”.  Es en ese momento que al darse media vuelta, ve a Jesús pero no lo reconoce. En las diversas apariciones del Señor Resucitado, sus discípulos no le identifican fácilmente. Así por ejemplo los discípulos de Emaús lo confunden con un caminante, otros con un fantasma y María con el hortelano, es decir con el encargado del huerto donde estaba ubicada la tumba de Jesús. Y es que el cuerpo físico glorificado de Cristo Resucitado, si bien es real y material, no es terreno, ni mortal, está en una existencia nueva. Jesús Resucitado se manifiesta a quien quiere y cuando quiere, pero eso sí, los que se encuentran con Él quedan llenos de una alegría desbordante que sella y transforma sus vidas por completo.

La Magdalena reconoce a Jesús cuando el Señor pronuncia su nombre: “María”. Es sin lugar a dudas la experiencia personal de la fe. ¿No es esta escena una bella constatación de que Jesús, es el Buen Pastor que conoce una a una a sus ovejas y las llama por su nombre? El amor del Señor es siempre personal. A cada uno de nosotros el Señor nos ama con un amor único, irrepetible e insustituible. El Señor nos conoce y nos llama por nuestro nombre.  

El relato termina en clave de misión: Jesús Resucitado le confía a María una tarea: ir donde los apóstoles, sus hermanos, y anunciarles la gran noticia de la Resurrección y de su vuelta al Padre.  Por eso, la tradición de la Iglesia la ha llamado en Oriente “isapóstolos” (igual que un apóstol) y en Occidente “apostola apostolorum” (apóstol de apóstoles).

Veamos ahora algunas enseñanzas de este pasaje del Evangelio para nuestra vida cristiana y para los actuales momentos que estamos viviendo. 

En primer lugar, en la vida de la Magdalena el Señor ha realizado el milagro de una curación profunda. Como ya lo he mencionado, Jesús había expulsado siete demonios de ella (Lc 8, 2; Mc 16, 9), que es lo mismo que decir “todos los demonios”.

La expresión puede entenderse como una posesión diabólica, pero también como una enfermedad del cuerpo o del espíritu. En estos tiempo de pandemia cuánto necesitamos que Jesús cure con su poder a nuestros enfermos de Coronavirus y nos proteja de este mal. Por eso hoy le pedimos al Señor, que así como sanó a la Magdalena con su poder, no permita que el Coronavirus haga más daño, que pronto pueda controlarse esta pandemia, que devuelva la salud a los contagiados y la paz a los lugares a donde esta terrible enfermedad ha llegado. Asimismo que acoja en el amor de su Reino a los que han fallecido, que sostenga y proteja al personal sanitario y de seguridad que la combate, y que inspire y bendiga a los que trabajan para controlarla. Por eso hoy le decimos al Señor Jesús, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que nos sentimos desvalidos en esta situación de emergencia sanitaria, pero que confiamos en Él, seguros que expulsará este mal de nuestras vidas y nos dará la salud y la salvación.

En segundo lugar el relato del Evangelio nos habla del valor de las lágrimas. Mujer de fe apasionada, la Magdalena mientras estaba afuera de la tumba viviendo un momento intenso de oscuridad del alma, no habla, no dice, simplemente llora. El Papa Francisco nos dice que muchas veces los anteojos que necesitamos para ver a Jesús son las lágrimas: “Todos nosotros, en nuestras vidas, hemos sentido la alegría, la tristeza, el dolor, pero en los momentos más oscuros, ¿hemos llorado? ¿Hemos tenido la bondad de las lágrimas que preparan nuestros ojos para mirar, para ver al Señor?”. Muchos de nosotros a lo largo de estas semanas hemos llorado, de repente por la muerte de un ser querido o de un amigo, o ante la angustia por un familiar o amigo infectado, o llorado en el silencio de nuestro cuarto ante la incertidumbre por nuestro futuro inmediato o el de nuestros hijos, o simplemente de impotencia. Pero lo importante es que esas lágrimas no nublen nuestro corazón y lo hundan en la desesperanza, sino que sean, como en el caso de la Magdalena, un colirio que nos permita purificar nuestro corazón para que éste gire con fe hacia Jesús para decirle “Maestro”, o como Pedro: “Señor, sálvame” (Mt 14, 30), o como Bartimeo: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”. No nos olvidemos que el mismo Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (ver Jn 11, 35) y ante la Ciudad Santa de Jerusalén (Jn 23, 37-39) enseñándonos el valor de llorar.

Por eso tengamos la seguridad de que el Señor ve hoy nuestras lágrimas, y que así como fue sensible a las de la Magdalena será sensible a las nuestras. No dudemos de ello. De otro lado, que cada uno de nosotros, en la medida de sus posibilidades y capacidades, sea para con aquellos hermanos que hoy lloran y sufren, un cristiano solidario que enjugue las lágrimas del sufrimiento de sus cuerpos y espíritus, y así ser bálsamo de consuelo, fuente de esperanza y de alegría en sus vidas.  

Finalmente una tercera y última enseñanza: Como la Magdalena también nosotros somos enviados por Jesús a anunciar la buena noticia de su Resurrección, de su victoria sobre el pecado, la muerte y el mal: “Anda, ve a mis hermanos y diles; subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”. Ella cumple con cabalidad con esta misión encomendada por el Señor Resucitado: “María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto” (Jn 20, 17-18). La pregunta que nos tenemos que hacer en este tiempo pascual marcado por la pandemia, es si también nosotros estamos anunciando a todos los que podemos la buena noticia de la Resurrección, una noticia que renueva la vida, da esperanza, y llena el corazón de paz, de esa paz interior que sólo el Espíritu del Señor es capaz de darnos. Paz interior que nos da la fortaleza para llevar con serenidad las dificultades, pruebas y dolores de la vida. La paz brota de sabernos amados del Señor. Tener la certeza de ese amor, nos da el sosiego y la fuerza para seguir adelante y perseverar.

La Magdalena ha quedado transformada por la Pascua. ¿Y nosotros? ¿Seremos capaces como ella de anunciar a los demás el gozo del Señor Resucitado? O quien sabe, lamentablemente somos en estos momentos más que testigos de la Pascua, “profetas de desgracias y miserias”. En estos días les pido que rompamos el círculo vicioso de leer y difundir teorías apocalípticas sin sustento alguno, o las “fake news”, o noticias falsas, o informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular para alcanzar determinados objetivos inconfesables, sembrando el terror y aumentando así el dolor.

No se trata de ocultar la verdad ni favorecer la desinformación, porque el antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad. Más aún la verdad es sólo aquello sobre lo cual uno puede apoyarse para no caer. Por eso el Señor dijo: “La verdad los hará libres” (Jn 8, 32), a lo que añadió: “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6).

Queridos hermanos y hermanas: La Pascua debe llenarnos de alegría y energía, de confianza y de paz, y ello debe traducirse y reflejarse en nuestras vidas. Los demás deben ser capaces de ver en nosotros, que realmente creemos que Jesús ha resucitado y que Él camina a nuestro lado, que nos ama, y que jamás abandona a los suyos. ¡Nunca!     

Con la alegría de la Pascua, los bendice de corazón y reza siempre por ustedes.

San Miguel de Piura, 23 de abril de 2020
Jueves de la II Semana de Pascua

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jueves 23 abril, 2020