III MEDITACIÓN EUCARÍSTICA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA

“La Eucaristía y la Familia”

Queridos hermanos y hermanas:

Las meditaciones de esta semana también estarán dedicadas al tema de la Eucaristía porque el próximo domingo celebraremos la gran fiesta del “Corpus Christi”. El día de hoy veremos la relación que hay entre “La Eucaristía y la Familia”. La Eucaristía no es sólo fuerza sino también inspiración para las familias, por ello quisiera proponer algunas ideas prácticas y aplicaciones pastorales, que puedan ayudar a vivir la experiencia eucarística de modo más provechoso a las familias de nuestra Iglesia que peregrina por Piura y Tumbes. Para ello, me apoyo en las dimensiones de la Eucaristía que la tradición teológica ha destacado. Me refiero a la Eucaristía como sacrificio, a la Eucaristía como presencia y a la Eucaristía como comunión. Veamos. 

a) La Eucaristía como sacrificio:

Como es sabido, la Eucaristía es el sacramento que conmemora y actualiza el sacrificio del Señor Jesús en la cruz. En la Eucaristía celebramos la entrega de Jesucristo para nuestra salvación y reconciliación, y su triunfo sobre la muerte y el pecado. Al respecto el Papa Francisco nos dice: “La celebración eucarística es más que un simple banquete: es precisamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. «Memorial» no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos”[1].  

Pues bien, esto constituye una invitación a nuestras familias –y a todos nosotros- para ver en el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor una escuela en la que pueda aprenderse lo que significa entrega y sacrificio; a vivir la vocación matrimonial y la vida en familia en dinámica de donación, en dinámica de amor cristiano: el único y verdadero amor. La Eucaristía, en lo que re-presenta (= hace presente, e.d. memorial o anámnesis) educa en el morir a sí mismo para que los demás tengan vida, así como hizo Jesús.

Asimismo, los padres de familia, participando de la Eucaristía, hacen suyos no sólo los sentimientos de Cristo, sino también los de Dios Padre, que, como enseña San Pablo, “no perdonó a su propio Hijo, antes bien, lo entregó por todos nosotros”.[2] Los padres, haciendo suya esta actitud de Dios, deben estar dispuestos a la entrega de sus hijos, si el Señor los llama a una vocación de plena disponibilidad, sea en el sacerdocio ministerial, sea en la vida consagrada. Resulta fácil constatar que las familias que participan consciente y frecuentemente de la Eucaristía son semilleros de vocaciones, y los padres no tienen mayor problema en alentar y facilitar a sus hijos a responder positivamente a la vocación que éstos descubren en sus vidas. Lamentablemente, es también fácil constatar que las mayores oposiciones y rechazo a la vocación de los hijos están en aquellos padres que tienen una escasa o nula participación eucarística, o que no viven hasta el fondo la dinámica que el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor nos plantea. La entrega del Hijo por parte de Dios Padre fue un acto de amor. También los padres de familia, espejos ellos mismos de Dios, de quien brota toda paternidad y maternidad, están llamados a vivir este amor donal.

Y en el caso de los hijos, participando de la Eucaristía, hacen suya la actitud de Jesús, Hijo de Dios y de Santa María, quien vivió su entrega sacrificial como un acto de obediencia: “Se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”[3]. Los hijos, unidos a Jesús-Eucaristía, aprenden la obediencia como actitud fundamental. No sólo la obediencia a Dios, sino también la obediencia a los padres.

Tal obediencia se expresa de muchos modos, pero particularmente en la honra debida a los progenitores. Al respecto, el Papa Francisco, dirigiéndose a los hijos, les dirá: “El cuarto mandamiento pide a los hijos – ¡y todos lo somos! – honra a tu padre y a tu madre. Este mandamiento viene inmediatamente después de los que tienen que ver con Dios mismo; después de los tres mandamientos que tienen que ver con Dios mismo, viene el cuarto. De hecho contiene algo de sagrado, algo de divino, algo que está en la raíz de cualquier otro tipo de respeto entre los hombres. Y en la formulación bíblica del cuarto mandamiento se añade: «Honra a tu padre y a tu madre para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da». El vínculo virtuoso entre generaciones es una garantía de futuro, y es garantía de una historia verdaderamente humana. Una sociedad de hijos que no honran a sus padres es una sociedad sin honor; ¡cuando no se honran a los padres se pierde el propio honor! Es una sociedad destinada a llenarse de jóvenes áridos y ávidos”.[4]  

En un tiempo como el nuestro, en que la pérdida del respeto a la autoridad es algo común, resaltar la obediencia como un valor, y el respeto y obediencia debidos a los padres, aparecen como un aporte para humanizar la sociedad y el mundo. La Eucaristía nos recuerda que la obediencia es camino de realización, y que obedeciendo Jesús dio a su Padre la honra más grande posible, aquella del cumplimiento de su Divino Plan. 

b) La Eucaristía como presencia:

Mediante su sacramento, el Señor Jesús ha querido quedarse con nosotros, no de manera simbólica o imaginativa, sino de un modo plenamente real, substancial.

Pues bien, esto constituye una invitación a las familias para que, así como Jesús en su sacramento se queda con nosotros, ellas también se “queden”, permanezcan con el Señor Jesús en su sacramento. La familia está invitada a un encuentro plenificante con Jesús-Eucaristía.

Pienso que a las familias se les puede –y se les debe- aplicar lo que plantea la Conferencia de Aparecida: “La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo (…) En cada Eucaristía los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística”[5].

El “quedarse” o “permanecer” con Jesús en la Eucaristía adquiere una forma muy concreta y necesaria en el precepto de asistir a la celebración de la Santa Misa los domingos y fiestas de guardar. En este campo, la familia está llamada a ser educadora y testigo. Los miembros de la familia deben educarse mutuamente a la participación ineludible de la Misa dominical, y deben al mismo tiempo ser apostólico testimonio para otras familias de esta práctica. 

c) La Eucaristía como comunión:

En el sacramento eucarístico, el Señor Jesús nos da su Cuerpo como alimento, pero al mismo tiempo nos une a Él, nos hace partícipes de su propia humanidad glorificada. Y así, al unirnos a Su Cuerpo, nos hacemos miembros los unos de los otros. San Pablo describe esta misteriosa comunión de la siguiente manera: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan”.[6] Somos uno en Jesús al ser miembros de su Cuerpo, viviendo el misterio de la unión en común (= común + unión) mediante el amor.

Para la familia, la Eucaristía es una escuela en que a través de actitudes de sacrificio, de donación generosa y oblativa, de obediencia y de encuentro con el Señor Jesús, se alcanza la comunión de los miembros entre sí, formando una unidad. Así como la Iglesia es comunión, así también la familia debe ser comunión de personas por medio del amor.

Cuando la familia vive esta realidad, se convierte en aquella “Iglesia doméstica” que debe ser como una meta que oriente los esfuerzos de cada familia particular.

La comunión que ha de vivirse en las familias se halla amenazada hoy en día. No se puede dejar de considerar el divorcio como un gravísimo atentado, no sólo a la unidad de los esposos, sino también a la comunión formada por los padres y los hijos. Pero toda actitud basada en el egoísmo y que lleva a la cerrazón y va en desmedro de la comunión familiar (piénsese por ejemplo en la convivencia, el adulterio, en el abandono familiar, en el olvido de los padres por parte de los hijos) constituye un rechazo del amor y debilita tanto a la Iglesia como a la misma sociedad humana. Hay que tener presente que la Civilización del Amor, en cuya construcción todos los miembros del Pueblo de Dios hemos de estar empeñados, encuentra en la familia un punto fundamental. En efecto, la familia depende por muchos motivos de la Civilización del Amor, en la cual encuentra las razones de su ser como tal. Y al mismo tiempo, la familia es el centro y el corazón de la Civilización del Amor”.[7]

A través de estas rápidas consideraciones hemos podido constatar las profundas relaciones que unen a la Eucaristía con la Familia y de la importancia de este Sacramento para edificar a nuestras familias como auténticos Cenáculos de Amor y Comunión.

Que de este extenso “ayuno eucarístico” surja una mayor conciencia de que si la Iglesia vive de la Eucaristía, la Familia, Iglesia doméstica, también. Si la Eucaristía es el sacramento del amor, los esposos, junto con sus hijos, lo necesitan para poder nutrir y crecer en su amor mutuo. Sueño que cuando volvamos a reunirnos en nuestras Iglesias lo hagamos con una renovada conciencia del don y necesidad de la Eucaristía en nuestra vida familiar que nos lleve a no descuidar el Domingo donde cada familia pueda hacer suya aquella expresión atribuida a los mártires de África del Norte que desafiaron la prohibición romana de celebrar la Misa dominical: “Sine dominico non possumus”, “sin el sacramento dominical no podemos vivir”.[8]

San Miguel de Piura, 09 de junio de 2020

[1] S.S. Francisco, Audiencia General, 05-II-2014.

[2] Rom 8, 32.

[3] Flp 2, 7-8.

[4] S.S. Francisco, Audiencia General, 11-II-2015.

Ver también San Juan Pablo II. Carta a las familias (1994), n. 15: “Honra a tu padre y a tu madre, para que ellos sean para ti, en cierto modo los representantes de Dios, quienes te han dado la vida y te han introducido en la existencia humana (…) Después de Dios son ellos tus primeros bienhechores. Si Dios es el único Bueno, más aún, el Bien mismo, los padres participan singularmente de esta bondad suprema. Por tanto: ¡honra a tus padres! Hay aquí una cierta analogía con el culto debido a Dios”.

[5] Documento de Aparecida, n. 251.

[6] 1 Cor 10, 16-17.

[7] San Juan Pablo II. Carta a las Familias (1994), n. 13.

[8] Ver S.S. Benedicto XVI. Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (2007), n. 95.

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martes 9 junio, 2020