HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

“Alégrate, llena de gracia”

Hoy celebramos la gran fiesta de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen. La contemplación de este misterio no nos distrae de la espiritualidad del tiempo de Adviento, centrada en la espera del Salvador, sino que la hace más atenta, pues María es la aurora que anuncia la Luz, o “la bella y purísima Luna que recoge los rayos del Sol de Justicia, se nutre de ellos y los refleja de la mejor manera posible”, anunciando así que pronto “nos visitará el Sol que nace de lo Alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 78-79), es decir para conducir nuestras vidas por la senda de la reconciliación.

La riqueza de los textos escriturísticos de la Solemnidad de hoy, nos sugiere de manera inmediata el tema de esta fiesta. La primera lectura tomada del libro del Génesis, nos narra la situación de desnudez y de destierro, de ruptura y de desemejanza en la que quedaron Adán y Eva como consecuencia de su pecado de desobediencia y rechazo al Plan de Dios-Amor.

A la serpiente infernal, causante de la caída de nuestros primeros padres, Dios le dice: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gen 3, 15).

La promesa de la destrucción de la serpiente significa para nosotros la liberación definitiva del pecado y de todas sus consecuencias, sobre todo de la muerte, entiéndase no sólo de la natural, sino fundamentalmente de la muerte eterna.

La promesa de la destrucción de la serpiente, significa tener la posibilidad de una humanidad redimida y plenamente reconciliada. Éste, es el primer anuncio de la salvación, por eso este pasaje del Génesis es designado con justicia como el proto-evangelio o primer anuncio del futuro Salvador.        

Un conocido exegeta latinoamericano comentando este pasaje dice: “Allí Dios anuncia a una “Mujer”, cuya descendencia, es decir su Hijo, derrotará a la serpiente. Pero entre la “Mujer” misma y la serpiente, Dios pondrá una enemistad irreconciliable. Por tanto esa mujer no entrará nunca en componendas con la serpiente, no será nunca engañada por ella y no estará bajo su poder. A diferencia de Eva y de todos los nacidos de ella, esa “Mujer” será inmune de todo pecado. Ella será la única concebida sin pecado, la única inmaculada y llena de gracia desde su concepción. De lo contrario, habría al menos un instante en que la serpiente la tendría de su lado, como es el caso de todos los demás hijos e hijas de Adán antes de ser liberados por el Bautismo”.

El pasaje del proto-evangelio debió haber dejado perplejos a los sabios de Israel, quienes se harían hasta llegada la plenitud de los tiempos (ver Gal 4, 4-5), una gran pregunta: ¿Quién será la “Mujer”?

Los siglos pasaban y ninguna de las grandes mujeres con las que Dios bendecía al pueblo de las promesas colmaba la expectativa, llenaba la descripción. A lo más cada una de ellas señalaba una característica de la “Mujer”, haciendo que la expectación creciera.

Se habrían dicho: la “Mujer” prometida por Dios en el Génesis, será sin dudas bendecida con una maternidad mayor a la de Sara; tendrá una capacidad de intercesión mayor a la de Abigail y a la de Ester; poseerá una hermosura infinitamente superior a la de Raquel. La “Mujer” prometida por Dios en el Génesis tendrá un valor superior al de Judit, porque el enemigo a enfrentar y derrotar es más terrible que Holofernes y todo su ejército, ya que es nada menos que el seductor, el tentador, Satanás, la serpiente antigua. Se habrían dicho, además: la “Mujer” prometida por Dios en el Génesis tendrá una sabiduría más grande que la de Débora, jueza de Israel, y poseerá una heroicidad infinitamente mayor a la de la Madre de los Macabeos, puesto que será la Madre del Siervo Sufriente de Yahvé. Más aún, se habrían dicho, la “Mujer” prometida reunirá en sí misma todas estas características en grado eminente y muchas otras más.

La respuesta a la pregunta, ¿y quién será la “Mujer”?, no se haya por tanto en el Antiguo Testamento sino en el Nuevo. Es en el Evangelio de la Anunciación-Encarnación (ver Lc 1, 26-38), que acabamos de escuchar, donde tenemos la certeza por fin de estar frente a la “Mujer”.

Sí, Santa María es la “Mujer”: “Y fue enviado por Dios el ángel Gabriel…a una virgen desposada con un hombre llamado José de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27).

María, es la “Mujer” anunciada desde antiguo. Esta certeza se confirma si nos detenemos a considerar el saludo que el ángel le dirige: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). En el saludo angélico no se puede dejar de descubrir la huella de su Inmaculada Concepción. María es la “Mujer”, y su descendencia es en primer lugar su Hijo, que es el Hijo de Dios, el Señor Jesús: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer de ti será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Pero su descendencia también la conformarán todos los renacidos a la vida de la gracia y que como Ella quieran responder al Plan de Dios en sus vidas y al horizonte de la misión que se les confía. Por tanto, la descendencia de la “Mujer” llamada a aplastar la cabeza de la serpiente infernal la conformará el Señor Jesús y nosotros, que somos también hijos de su gran fe.  

El milagro de la Inmaculada Concepción de María, que hoy con gozo celebramos, es una verdad encerrada en el depósito sagrado de la Palabra de Dios, es decir en la Tradición y la Escritura de la Iglesia. Una verdad que desde el inicio y a través de los siglos se fue abriendo camino hasta el momento en que estuvo madura para que la creencia en esta verdad fuera pública y debidamente definida como artículo de fe de la Santa Iglesia.

Al hacerlo el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus, el Beato Papa Pío IX destacaba que ello queda definido como “revelado por Dios”. Describe aquel gran Sumo Pontífice, que María Inmaculada fue colmada de gracias “en tal grado… (que) toda hermosa y perfecta, poseyera tal plenitud de inocencia y santidad, que no se pueda comprender una mayor después de Dios, ni cabe pensar en conseguirla aparte de Dios”.

Ciertamente nos maravilla lo que Dios hizo en María, al concederle venir al mundo purísima, llena de gracia, como fruto anticipado de la redención que nos habría de obtener el Señor Jesús, en previsión a su maternidad divina. Pero también nos llena de admiración la respuesta de la Virgen de Nazaret al don recibido. Nos asombra ver la manera como Ella sale al encuentro de la iniciativa de Dios-Amor; como coopera desde su libertad poseída con el designio divino. Nos conmueve su entrega generosa y su disponibilidad absoluta con el Plan de Salvación.

Su Fiat, su Hágase, lleno de fe y de una obediencia llena de amor, es su respuesta al don de su Inmaculada Concepción: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).  Y todo ello nos cuestiona y nos compromete, ya que los innumerables dones que hemos recibido del Altísimo desde nuestro bautismo exigen de nosotros una respuesta lo más semejante posible a la de María, exigen de nosotros santidad y fidelidad de vida, acogida y anuncio valiente del Evangelio, es decir de Jesucristo, el Hijo de Dios y de María, el Salvador del mundo.

La Solemnidad de la Inmaculada nos renueva en la esperanza, de que el pecado, la enfermedad, el mal, y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios-Amor. Por eso esta fiesta de Santa María, donde vemos resplandecer a nuestra Madre Santísima sin mancha alguna de pecado, sin que el mal la haya contaminado de manera alguna, debe conducirnos a ser hombres de esperanza y no de desesperación, hombres de la vida y no de la muerte, a ser personas de que aun en medio de las pruebas cotidianas no pierdan la alegría. Firmemente fundados en la fe y la esperanza, sabemos que la última palabra la tiene el amor misericordioso del Padre, que en Cristo ha vencido al mal.

A los Niños de la Primera Comunión

Como bien sabemos en el día de la Inmaculada, muchos niños de Piura y Tumbes suelen hacer su Primera Comunión. Lamentablemente este año, por causa de la pandemia, nos hemos visto obligados a postergar este día tan importante en sus vidas cristianas, en el que Jesús, en el misterio de la Eucaristía, viene a sus corazones por primera vez. Por eso quisiera dirigirme ahora a ellos.

Queridos Niños: Se que para muchos de ustedes es un gran sacrificio no poder hacer hoy su Primera Comunión y tener que esperar todavía unos meses más para poder hacerla. Quiero en primer lugar felicitarlos, porque en medio muchas limitaciones y en compañía de sus padres y catequistas, no han dejado de frecuentar este año de manera virtual la “Catequesis en Familia”.

Les pido que este sacrificio de tener que esperar un poco más para recibir a Jesús realmente presente en la Hostia Santa, lo ofrezcan sobre todo por el fin de la pandemia.  Jesús, que tanto ama a los niños, atenderá a sus ruegos y estoy seguro de que al ver que le ofrecen con amor esta mortificación, nos concederá muy pronto ver el tiempo de la cura y la sanación. Ofrezcan también este sacrificio por la paz en el Perú, para que los peruanos no nos peleemos y como hermanos siempre resolvamos nuestras diferencias y problemas a través del diálogo.

Queridos Niños: En el poco tiempo que falta para que hagan su Primera Comunión los animo a que sigan preparándose para ese día grande en que el Hijo de Dios vendrá realmente en persona a sus corazones. Jesús es el más grande y bueno de todos los amigos que podemos tener. Por amor a nosotros, Él murió en la Cruz, y gracias a que resucitó, es capaz de llenar nuestras vidas de felicidad eterna como nada ni nadie puede hacerlo. Por eso en este tiempo que falta para que lo reciban en la Eucaristía, les pido que crezcan aún más en la amistad con Él por medio de la oración, la catequesis y la devoción a la Virgen Santísima, que es nuestra Madre del Cielo.

Nunca se olviden que la amistad con Jesús nos abre a todo lo bello y hermoso que hay en la vida. Que la Virgen Inmaculada los cuide junto con sus familias, y los lleve siempre de la mano al encuentro con Jesús, sobre todo en la Eucaristía. Los bendigo de corazón y les pido que también recen por mí.

San Miguel de Piura, 06 de diciembre de 2020

Solemnidad de la Inmaculada Concepción
de la Bienaventurada Virgen María

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martes 8 diciembre, 2020