HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Un milagro que nos invita a la solidaridad”

Muy queridos hermanos y hermanas:

Durante los últimos tres domingos, el Evangelio nos ha venido presentando diversas parábolas a través de las cuales el Señor nos ha llevado a comprender el misterio del Reino de los cielos. Hoy, Jesús no nos presenta una parábola, sino un suceso de la vida real: El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces (ver Mt 14, 13-21). Además de ser un acontecimiento que tiene un profundo significado, fue un milagro que impactó hondamente en los discípulos, al extremo que lo narran unánimemente los cuatro evangelistas. Veamos.  

El Evangelio nos dice que Jesús se retiró en una barca a un lugar solitario, pero en cuanto la gente se enteró salieron tras Él viniendo a pie de los pueblos de alrededor. Jesús al ver a la muchedumbre sintió compasión de ella, es decir asumió el sufrimiento de las personas que lo buscaban como algo propio, y por eso se puso a enseñarles y a curar con paciencia y ternura a todos los enfermos que le presentaban.

El Evangelio de hoy nos recuerda que nuestro Dios es un Dios de compasión, y que la compasión es, por así decirlo, la “debilidad” de Dios, pero también es su mayor fuerza. Fue la compasión de Dios Padre por nosotros lo que lo movió a enviarnos a su único Hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (ver Jn 3, 16). Podemos decir que la compasión es el lenguaje de Dios, mientras que la indiferencia suele ser el lenguaje del ser humano. Durante este tiempo de pandemia, el Señor nos está educando a ser compasivos y misericordiosos, a tener un corazón como el suyo, es decir, a ser capaces de “padecer con el otro”, de asumir el dolor y el sufrimiento del hermano como propio, y por medio de gestos concretos aliviar, ayudar, dar consuelo y abrir horizontes de esperanza en la vida de los demás.  

Podemos afirmar que la compasión es la identificación con el sufrimiento del hermano de cual brota el deseo ardiente y la acción concreta por confortar, reducir o eliminar por completo tal situación dolorosa. Una pregunta muy concreta que podemos hacernos el día de hoy es la siguiente: En estos últimos meses, ¿he tenido compasión de los demás? En la medida de mis posibilidades y siguiendo el ejemplo de Jesús, ¿he salido al encuentro del sufrimiento y necesidad de los demás, haciéndome cargo de su dolor?

Pero sigamos adelante con el pasaje del Evangelio de hoy. Jesús se pasó la jornada atendiendo a la gente que lo buscaba y en eso se le fue el día y comenzó a hacerse tarde, por eso los discípulos le advierten preocupados: “El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida” (Mt 14, 15). Dos veces el evangelista San Mateo resalta que se encontraban en un lugar solitario, deshabitado, despoblado. En ese lugar era imposible proveer alimento para toda la gente. Es entonces cuando Jesús realiza el milagro de multiplicar cinco panes y dos peces que los apóstoles le alcanzan, y con ellos alimenta a una multitud, calculada sólo en hombres de unos cinco mil, sin contar a mujeres y niños. El Evangelio es también claro en señalarnos que todos comieron lo que quisieron hasta quedar satisfechos y saciados, es decir comieron todo lo que quisieron, y encima sobraron doce cestas repletas de alimento las cuales fueron cuidadosamente guardadas para que nada se desperdiciase, enseñándonos así Jesús a cuidar los bienes y a no despilfarrarlos, algo que es tan propio y lamentable de la sociedad de consumo en la que vivimos.   

De otro lado, este asombroso milagro de nuestro Señor, evoca fuertemente ese momento clave de la historia de la salvación, siempre vivo en la memoria de fe del pueblo de Israel, en que Dios mismo alimentó a su pueblo hambriento en el desierto con el maná que hizo llover desde el cielo (ver Ex 16, 1-36).

Un milagro es un hecho que no tiene explicación natural y que sólo Dios puede realizar. Con el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús se revela como Dios mismo presente en medio de su pueblo alimentándolo. Así lo confesamos en el Credo todos los domingos cuando decimos: “Dios de Dios…Dios verdadero de Dios verdadero”.

Más aún, este milagro de Jesús será ocasión más adelante para que Él se revele como el Pan de Vida: “El que viene a Mí, nunca tendrá hambre, y el que cree en Mí, no tendrá sed jamás (ver Jn 6, 25-70). Jesús es el verdadero alimento, que nutre y sacia los más nobles deseos que anidan en nuestro interior, y ello se da por excelencia en la Eucaristía.

Pero antes de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, el Señor prueba la fe de los discípulos quienes no quieren asumir la responsabilidad de atender el hambre de la muchedumbre. En esto nosotros nos parecemos mucho a los apóstoles, ya que preferimos evitar todo compromiso y trabajo por los demás. Tenemos muy buenas ideas, le decimos a los demás lo que deben hacer, pero no estamos dispuestos a mover un dedo. Que sean otros los que carguen con la responsabilidad y el peso del trabajo. Por eso el Señor enfrenta a los discípulos diciéndoles: “No es necesario que se vayan. Denles ustedes de comer” (Mt 14, 16). Ante este mandato de Jesús, ellos no sólo objetan, sino que reconocen su impotencia: “No tenemos más que cinco panes y dos peces” (Mt 14, 17), a lo que Jesús les dice: “Tráiganmelos acá” (Mt 14, 18). El Señor entonces tomando en sus manos los panes y los peces, “y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente” (Mt 14, 19). Finalmente, resulta cierto que los discípulos terminaron dándole de comer a la gente, pero sólo después que Jesús ha abierto su mano y ha dado el alimento a su tiempo (ver Sal 145, 15).  

¿Cuál es finalmente la enseñanza del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces? Todos sabemos que la tierra produce bienes suficientes como para saciar a todos los hombres que la habitan. Sin ir más lejos, nuestro propio país, el Perú, y nuestras regiones de Piura y Tumbes, son tierras bendecidas con abundancia de recursos y de frutos capaces de poder alimentar a su población. Pero entonces, ¿por qué importantes sectores de nuestra población pasan hambre, sobre todo ahora en estos tiempos de pandemia? Si es posible eliminar la pobreza gracias al impresionante progreso técnico alcanzado hoy en día, ¿por qué ella sigue siendo una dura realidad en la vida de millones de hermanos y de pueblos en todo el mundo? ¿Por qué muchos sostienen que es posible vencer el hambre y esto no se logra?

La respuesta la encontramos en el pecado que anida en el corazón del hombre, el cual lleva al ser humano a ser ambicioso y egoísta. Y del pecado no nos libra ni la tecnología, ni los buenos deseos, ni las leyes humanas por perfectas que éstas sean, sino sólo la gracia de Dios que se nos manifiesta y da en la persona de su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Mientras el ser humano no acuda a Jesús, no podrá librarse del poder del pecado, y mientras éste siga oprimiendo el corazón del hombre, el egoísmo, la indiferencia, la injusticia, y las desigualdades sociales seguirán siendo una dura realidad en nuestra vida social. Seguirá habiendo hambre y pobreza, enfermedad y muerte. No habrá solidaridad auténtica y la “Civilización del Amor” no será esa realidad plena que todos anhelamos. Dios quiera que cuando se encuentre la vacuna para el coronavirus, y confiemos que sea pronto, los países desarrollados la compartan generosamente con los países pobres y no hagan negocio con ella, o lo que sería peor la condicionen a agendas de control natal.

“Denles ustedes de comer”. Hasta nuestros días sigue resonando esta orden de Cristo, la cual busca que tomemos conciencia de nuestras limitaciones e impotencias, y de la absoluta necesidad que tenemos de Él. Sin Él nada podemos hacer, pero que en cambio cuando lo dejamos entrar en nuestras vidas todo es posible, porque al liberarnos el Señor del pecado, Jesús vuelve verdaderamente humanas y justas todas las realidades de nuestra vida. Él y sólo Él nos hace capaces de vivir la solidaridad y la fraternidad, en una palabra, el amor fraterno.

Por eso San Juan Pablo II al inicio de su pontificado clamó con convicción y con potente voz: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo Él lo conoce!”.[1] Si así lo hacemos habrá un mundo, un Perú, una Piura y Tumbes más justos, fraternos y reconciliados. Dejar entrar a Cristo en nuestras vidas nos permite superar la indiferencia y nos lleva a ser compasivos y misericordiosos frente a la tragedia de los que hoy sufren hambre y sed, enfermedad y pobreza. Dejar entrar a Cristo nos impulsa a dar de comer y a compartir el pan con los necesitados.

Para terminar, escuchemos al Papa Francisco comentarnos el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces con estas bellas y ciertas reflexiones:

“Son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen – confiándose en la palabra de Jesús- los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud. Y esto nos indica que en la Iglesia pero también en la sociedad existe una palabra clave a la que no debemos tener miedo: «solidaridad», o sea saber poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano! Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su Cuerpo, se hace don. Y también nosotros experimentamos la «solidaridad de Dios» con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte”.[2]

Queridos hermanos: confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.

San Miguel de Piura, 02 de agosto de 2020
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] San Juan Pablo II, Homilía al comienzo de su Pontificado, 22-X-1978.

[2] S.S. Francisco, Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi, 30-IV-2013.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

lunes 28 septiembre, 2020