HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

«No teman, Soy Yo»

Muy queridos hermanos y hermanas:

El pasaje de la vida del Señor Jesús que nos relata el Evangelio de hoy Domingo (ver Mt 14, 22-33), es sin lugar a dudas una “teofanía”, es decir una manifestación de Dios (teofanía: del griego antiguo Θεοφάνεια theos –“Dios”- y fainó –“manifestación”). Después de haber alimentado a la multitud con el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, el Señor ordena “a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente” (Mt 14, 22). Después, como era su costumbre, Jesús “subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí” (Mt 14, 23). En la vida del Señor, son frecuentes los momentos donde Él sube a la montaña a orar a solas. La montaña es el lugar donde Dios se revela. Jesús sube a ella para encontrarse con su Padre Celestial y así unirse más íntimamente a su voluntad.              

Mientras tanto los discípulos están en la barca, en pleno Mar de Tiberíades, remando contra el viento y las olas encrespadas. Mateo es claro en decirnos que ya era de noche cuando de pronto Jesús viene a ellos caminando sobre las aguas. “Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y se pusieron a gritar de temor” (Mt 14, 26). En la Sagrada Escritura, el temor es la primera reacción del hombre ante cualquier manifestación de Dios. Es una reacción de su condición de criatura frente al Creador, de su limitación ante el poder de Dios, de su pequeñez ante la grandeza Divina, de su pecado ante la santidad del Señor. La respuesta de Jesús a sus discípulos en la barca confirma lo dicho: “¡Animo!, que Soy Yo; no teman” (Mt 14, 27). La expresión, “No teman”, es la señal más clara y elocuente que estamos ante una manifestación de Dios, es decir ante una teofanía.

Asimismo, Jesús caminando sobre las aguas, es decir dominando a los elementos de la naturaleza, se revela una vez más como el Hijo de Dios presente en medio de nosotros. Sólo Dios tiene el control absoluto sobre la naturaleza que Él ha creado.  De otro lado, la expresión “Yo Soy”, nos recuerda el nombre con el cual Dios mismo se reveló a Moisés cuando éste vio en la montaña el fenómeno misterioso de la zarza ardiendo que no se consumía, y desde la cual Dios lo llamó (ver Ex 3, 14-16). Por tanto, la expresión “Yo Soy”, en los labios de Jesús tiene dos significados: “Yo soy Jesús”, pero también “Yo soy Dios”. Es decir, cuando Jesús dice “Yo Soy”, alude a su persona, pero en este caso se trata de su Persona Divina, de Hijo de Dios, es decir de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es lo que afirma la conclusión del pasaje evangélico de este domingo: “Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt 14, 32-33). No hay que olvidar que la adoración se reserva sólo a Dios, y en esto Israel había mantenido, a pesar de todo, su fe profundamente monoteísta: “Yo Yahveh, soy tu Dios…No te postrarás ante otros dioses ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios soy un Dios celoso” (Ex 20, 2.5).   

Pero en el relato evangélico de hoy también resalta la reacción de Simón Pedro, quien siempre aparece en los Evangelios como el que toma la palabra y la iniciativa en nombre de los demás Apóstoles. Pedro era de carácter arrojado, impetuoso y vehemente, carácter que algunas veces lo llevará por el buen camino y otras veces a prometer lo que después no podrá cumplir. Recordemos sino su profesión de fe en la divinidad de Cristo en el camino de Cesarea de Filipo (ver Mt 16, 16) pero también sus tres negaciones durante la Pasión de su Maestro (ver Mt 26, 69-75). Pero volviendo al relato de nuestro Evangelio, la reacción de Pedro indica su inicial confianza en Jesús: “Señor, si eres Tú, mándame ir donde Ti sobre las aguas” (Mt 14, 28). Y ante la palabra del Señor “Ven”, Pedro camina sobre las aguas hacia su Maestro. Pero cuando la violencia del viento lo hace dudar comienza a hundirse. Este pasaje del Evangelio describe de una manera muy clara lo que es el acto de fe: Cuando uno se abandona a la Palabra de Jesús, el agua se vuelve sólida bajo nuestros pies y estamos firmes. Pero cuando aparecen las dudas y comenzamos a abandonar nuestra confianza en el Señor, inmediatamente comenzamos a hundirnos.

Jesús que ha alabado la fe de muchos a lo largo del Evangelio, como por ejemplo la fe de la mujer cananea (Ver Mt 15, 28) o la del centurión (ver Mt 8, 10), en este caso se ve desilusionado. Ante el grito de Pedro: ¡Señor sálvame!, Jesús le tiende la mano y sujetándolo con firmeza le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14, 29-31).     

El Evangelio de Jesús caminando sobe las aguas, nos ofrece varias ricas enseñanzas y reflexiones para nuestra vida cristiana en estos tiempos difíciles de pandemia. Veamos.  

En primer lugar, nos demuestra algo que Jesús había enseñado durante su ministerio público: Todo es posible para el que cree. Cuando alguien se acercaba a Él para pedirle un milagro, especialmente de curación, el Señor solía responder: “Que te suceda como has creído” (Mt 8, 13). Y esto es lo que nos ocurre cada vez que le pedimos algo al Señor: Nos sucede como hemos creído. A menudo creemos poco, pues somos “hombres de poca fe”, y por eso obtenemos poco. Debemos entonces tener la humildad de pedir todos los días en nuestra oración al Señor el don de la fe tal como se lo pidieron los Apóstoles: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5). El ser humano puede obtenerlo todo del Señor, porque Dios es omnipotente. Pero el poder de Dios queda bloqueado ante nuestra falta de fe. Eso fue lo que le pasó a Jesús en su pueblo natal de Nazaret: “Y no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos” (Mt 13, 58). A Dios no se acude como una cláusula de salvaguarda, como “por si acaso” o como una especie de “Plan B”. A Él siempre debemos recurrir en primer lugar, y sobre todo confiar en su Palabra, así como lo hizo el paralítico, cuando Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2, 11). Se requería una gran dosis de fe para confiar en la Palabra del Señor, creer y obedecer. Y el paralítico creyó que Jesús podía sanarlo y por eso “se levantó y se fue a su casa” (Mt 9, 2ss).

Sería bueno preguntarnos: En estos tiempos de pandemia, ¿cómo ha estado mi vida de fe? ¿he mantenido mi confianza en el Señor? A pesar de todo, ¿he sabido confiar en su Palabra y sus promesas? O más bien, ¿me han asechado las dudas y los miedos?, o ¿he sido autosuficiente? Que el Señor no nos reproche como a Pedro: ¿Por qué has dudado?”.   

De otro lado encontramos dos enseñanzas muy confortadoras y consoladoras para nosotros que solemos tener poca fe. La primera es la palabra de Jesús a sus discípulos: “No teman. Soy Yo”. Una palabra que es toda una invitación del Señor a tener la certeza de que aún en los momentos más difíciles de la vida, como es sin lugar a dudas la pandemia que estamos sufriendo, Él está cerca, Él viene a nuestro encuentro, Él nunca nos abandona. ¿Por qué? Porque simplemente nos ama, y en la Cruz nos ha dejado la prueba suprema de su Amor, la señal más absoluta y cierta de su cercanía siempre amorosa en nuestras vidas, y que por tanto aún en la tormenta más terrible, cuando parece que todo se hunde, nunca debemos de desesperar, sino confiar y esperar en Él, como lo hizo Santa María a lo largo de toda su vida, pero especialmente al pie de la Cruz.

En segundo lugar, está la enseñanza de que la oración de súplica, de ruego, de apelación, nunca es desoída por el Señor, como sucede en el caso de Pedro: “Señor, sálvame que me hundo”. Jesús no dejó a su Apóstol ahogarse como fruto de su poca fe y de sus dudas, sino que le extendió de inmediato su mano y lo sujetó con firmeza. Igual hace hoy con nosotros. Cuando nos falte la fe, cuando sintamos que todo se derrumba a nuestro alrededor, cuando en nuestra vida estemos ahogándonos en problemas, gritemos, clamemos con fuerte voz al Señor: ¡Jesús, sálvame!, con la confianza que esta oración no será desoída, y que sentiremos de alguna forma la mano poderosa del Señor que nos sujeta y nos levanta, que nos auxilia y saca de nuestra angustia. Valemos mucho para Jesús como para que Él no atienda nuestro ruego. Tengamos la seguridad que Cristo siempre acudirá en nuestro auxilio.  

Escuchemos también esta hermosa reflexión del Papa Francisco sobre el Evangelio: “Pedro comienza a hundirse en el momento en que aparta la mirada de Jesús y se deja arrollar por las adversidades que lo rodean. Pero el Señor está siempre allí, y cuando Pedro lo invoca, Jesús lo salva del peligro. En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo. Es muy importante también la escena final. «En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «¡Realmente eres Hijo de Dios»!» (vv. 32-33).

Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la «poca fe». Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús siempre está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos”.[1]

Llamado a la Unidad

Finalmente, no puedo concluir sin hacer una reflexión sobre la triste coyuntura política actual. Con dolor vemos en estos tiempos a nuestra Patria no sólo marcada por el sufrimiento de la pandemia y por la pobreza generada por ésta, sino golpeada además por una crisis política caracterizada por el enfrentamiento y los desencuentros. Es algo intolerable, que en medio de una crisis sanitaria y económica sin precedentes en la historia del Perú, nuestra clase política esté encontrada y desunida. En estos momentos de pandemia, en que miles de hermanos peruanos se está enfermando y muriendo diariamente por falta de hospitales, médicos, oxígeno y medicinas, lo que se necesita es UNIDAD.

Hay que dejar de lado los insultos y recriminaciones, los intereses personales y de grupo, para así poder superar juntos los problemas que nos afligen, y entre ellos el más urgente que es hoy en día la vida y la salud de los peruanos. De una vez por todas, tenemos que aprender a caminar y a trabajar unidos, porque del coronavirus nadie se salva solo. Ya es hora también de sacudirnos de tanta incompetencia, indolencia y soberbia. ¿Cuántos hermanos más tienen que morir para que reaccionemos? ¿Cuándo por fin nos daremos cuenta de que todos estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo todos importantes y necesarios?  

Los enfermos junto con sus familias, los pobres y los más vulnerables, no tienen por qué pagar las consecuencias de una clase política que parece ser incapaz de dialogar y lograr entendimientos, y sobre todo comprender que somos peruanos y no enemigos.

En las actuales circunstancias hay actuar con la verdad, con transparencia, con mucha humildad, y decisión, pero además con mucha fe en Cristo quien nos dice: ¡No teman. Soy Yo! Nunca hay que olvidar que nuestra fe cristiana y católica sella nuestra identidad nacional. En ella encontraremos siempre la fuente para vivir la comunión y la solidaridad que tanto escasea hoy en día en la política, como el oxígeno medicinal en nuestros hospitales. Gracias a Dios esa fe sobreabunda en nuestro pueblo fiel y sencillo y la estamos viendo manifestada durante estos días de reapertura de nuestras iglesias en Piura y Tumbes.   

San Miguel de Piura, 09 de agosto de 2020
XIX Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Ángelus, 10-VIII-2014.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

lunes 28 septiembre, 2020