HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO 2020

«Estemos siempre alegres»

Estamos ya en el corazón del Adviento, y la liturgia de este III Domingo está toda traspasada por el gozo de la Navidad ya cercana. A este Domingo también se le conoce como Domingo de Gaudete, palabra latina que significa “regocíjense”, alégrense” o “estén alegres”, y está inspirada en lo que San Pablo nos dice en su carta a los Filipenses: «Alégrense siempre en el Señor, se los repito, alégrense» (Flp 4, 4-5). Por este motivo la Iglesia cambia hoy el color morado, propio del Adviento, por el rosado, para animarnos a continuar con más esperanza y gozo en la preparación de la Solemnidad de la Natividad del Señor, porque Jesús está cada vez más cerca.

Sí hermanos, estemos alegres, porque Jesús pronto estará con nosotros. Estemos alegres, porque pronto será Navidad. Estemos alegres, porque el Señor Jesús, el Salvador que tanto anhelamos y necesitamos pronto nacerá. Con pandemia o sin ella, Dios viene a visitarnos y por eso nada ni nadie puede robarnos la alegría de sabernos amados por Él. El pesimismo no es cristiano porque brota de no haber experimentado la ternura y el amor misericordioso de Dios, que precisamente se nos revela y da en el misterio del nacimiento de su Hijo de Santa María, la Virgen Madre. En cambio, la alegría y la esperanza nacen de descubrirnos amados y perdonados por el Señor, brotan de descubrir que Él camina con nosotros, de que Él está siempre a nuestro lado y que nunca nos abandona.

Sí, hermanos, permanezcamos “siempre en la alegría, incluso cuando las cosas no van según nuestros deseos…Las angustias, las dificultades y los sufrimientos atraviesan la vida de cada uno, todos nosotros lo conocemos; y muchas veces, la realidad que nos rodea parece ser inhóspita y árida, parecida al desierto en el que resonaba la voz de Juan Bautista, como recuerda el Evangelio de hoy (ver Jn 1, 23). Pero precisamente las palabras del Bautista revelan que nuestra alegría se sostiene sobre una certeza, que este desierto está habitado: «En medio de vosotros —dice— está uno a quien no conocéis» (v. 26). Se trata de Jesús, el enviado del Padre que viene, como subraya Isaías «a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar el año de gracia de Yahveh» (Is 61, 1-2). Estas palabras, que Jesús hará suyas en el discurso de la sinagoga de Nazaret (ver Lc 4, 16-19) aclaran que su misión en el mundo consiste en la liberación del pecado y de las esclavitudes personales y sociales que ello produce. Él vino a la tierra para devolver a los hombres la dignidad y la libertad de los hijos de Dios que solo Él puede comunicar y a dar la alegría por esto”.[1]

Preparemos entonces con ilusión también este año el nacimiento navideño. Que los pesebres que en estos días comenzamos a poner con ilusión en nuestros hogares, iglesias, plazas y calles, sean una invitación para hacer un lugar en nuestro corazón y en nuestra sociedad a Dios quien pronto nacerá de la Virgen María, su Madre Santísima. No nos olvidemos que el verdadero sentido de estas fiestas se encuentra en Jesús. Él es quien da sentido a todo lo que celebramos en Navidad. Esto es lo que nos recuerda el nacimiento.

En efecto, el belén puede ayudarnos a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, el cual «siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8, 9) por nosotros. Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a los que, como los pastores de Belén, acogen las palabras del ángel: «Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). Esta sigue siendo la señal, también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad”.[2] Que los nacimientos que preparemos en estos días, sean también una invitación a acoger a Jesús escondido en el rostro de tantas personas que están en condiciones de pobreza y de sufrimiento, sobre todo en los enfermos a causa de la pandemia.

El Evangelio de hoy Domingo (ver Jn 1, 6-8.19-28), vuelve a presentarnos la persona y misión de San Juan Bautista. El anuncio del Evangelio va precedido por su ministerio, por eso se le llama con justicia “el Precursor”. Pero detengámonos un instante a considerar qué significa el nombre «Juan». Al igual que Jesús, este nombre le fue dado por el arcángel Gabriel, cuando anunció su nacimiento a su padre Zacarías, mientras él estaba oficiando en el Santuario. Efectivamente el ángel del Señor le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan” (Lc 1, 13). Juan, era hijo único de madre estéril y avanzada en años. Por eso cuando nació todos querían llamarlo igual que su padre, es decir Zacarías. Su madre, para sorpresa de todos intervino y dijo: “No, se ha de llamar Juan” (Lc 1, 60).

Y cuando la gente perpleja le preguntó a su padre, éste escribió en una tablilla: “Juan es su nombre” (Lc 1, 63). ¿Cuál es el significado del nombre de Juan? Juan significa: “El Señor ha tenido misericordia”. Ya en su nombre, el Bautista nos señala y lleva a Jesús, la misericordia encarnada.

Juan, es el alba que precede a la luz verdadera que es Cristo. “No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1, 8). En él hay muchos rasgos que anunciaban al Mesías esperado, por eso cuando desde Jerusalén llegan a donde él los sacerdotes y levitas para preguntarle ¿Quién eres tú?, él mismo se apresura en aclarar: “No soy el Cristo, no soy Elías, no soy el profeta” (Jn 1, 20-21). Como decíamos el domingo pasado, Juan nos da un ejemplo admirable de humildad y fidelidad a su misión. Cuando él pudo haberse hecho pasar por el Mesías y caer en vanagloria, claramente se define tan sólo como “la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías” (Jn 1, 23). Juan habla de Cristo con estas palabras que son toda una invitación a que hagamos del Adviento y de la Navidad tiempos propicios para redescubrir a Jesús como el Camino, la Verdad y la Vida: “En medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia” (Jn 1, 26-27). Que la figura de San Juan Bautista nos transmita su total devoción a Jesús y su amor a la Verdad, por la cual dio su vida. Tal vez el homenaje más hermoso que el Evangelio hace de San Juan Bautista es éste: “El dio testimonio de la Luz (Jn 1, 8), es decir de Jesús. Qué hermoso sería que cada uno de nosotros mereciera ser definido de la misma manera.

En este III Domingo de Adviento “estemos alegres”. La alegría cristiana brota de la fe y del encuentro con Cristo, fuente de nuestra felicidad y salvación. Por eso, cuanto más estemos unidos al Señor, más felices seremos y más paz tendremos en el corazón, incluso si estamos atravesando áridos caminos o vivimos en medio de grandes pruebas como la de la actual pandemia. Quien ha encontrado a Cristo en su vida no es jamás un profeta de miserias sino todo lo contrario, un heraldo de alegría, un mensajero de esperanza.

Queridos hermanos: Jesús es la real causa de nuestra alegría. Así como la Virgen María pronunció su “Hágase”, su “Sí” en la Anunciación-Encarnación, y ello colmó su vida de gozo y felicidad, así también nosotros abramos nuestros corazones al Niño Jesús que pronto nacerá, porque Él es la verdadera causa de nuestro gozo al darnos vida y vida eterna. Jesús nos sostiene en tiempos de pruebas y desolación, nos consuela y reanima cuando nos sentimos abandonados en nuestro dolor. Amén.

San Miguel de Piura, 13 de diciembre de 2020
III Domingo de Adviento

[1] S.S. Francisco, Ángelus, 17-XII-2017.

[2] S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 11-XII-05.

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domingo 13 diciembre, 2020