HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL II DOMINGO DE ADVIENTO 2020

“Jesucristo es el Evangelio viviente del Padre”

“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1, 1). Con estas palabras, San Marcos comienza su Santo Evangelio. A ellas debemos el hecho que nosotros llamemos “Evangelio” a los cuatro escritos que recogen la vida, palabras, obras, señales y milagros del Señor Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, quien revela plenamente el misterio de Dios y del hombre. Por eso hablamos del Evangelio según San Marcos, San Mateo, San Lucas o San Juan. 

En este tiempo de Adviento, es oportuno detenernos por un momento a considerar lo que significa el término “evangelio”, palabra de tanta importancia y resonancia para nosotros los cristianos. ¿Qué significa entonces el término “evangelio”, y por qué al anuncio del Señor Jesús se llama “evangelizar”? “Evangelio” es una palabra griega compuesta de la partícula “eu”, que significa “bueno” y del sustantivo “angelion”, que significa “anuncio, noticia, mensaje”. Por eso la palabra “evangelio” suele traducirse por “buena noticia”.

Pero “evangelio” en el uso secular, es algo más que una simple “buena noticia”. Es el anuncio de una noticia que está destinada a cambiar la vida de quien lo recibe. Pensemos por ejemplo en un prisionero a quien se le anuncia su libertad, o a un enfermo grave a quien se comunica la noticia de que se ha encontrado la cura para su terrible mal, o a unos jóvenes esposos a quienes el médico les anuncia que van a ser padres.  

Una noticia así cambia la existencia, levanta el estado de ánimo, y hace que la persona comience a hacer nuevos planes de vida. El que recibe un anuncio así ha recibido un “evangelio”. Por lo dicho hasta ahora podemos entender que para que haya un “evangelio” debe de haber un tiempo de espera y de carencia de algo que se anhela y necesita, o de alguien cuya venida se añora y se espera con ansia porque traerá algo nuevo y definitivo. Por eso decía al inicio de la homilía que el Adviento es un tiempo propicio para comprender el significado y sentido de la palabra “evangelio”, ya que, durante estas semanas previas a la Navidad, estamos en la actitud de anhelante espera de la venida del Señor Jesús, y con Él de la llegada de nuestra salvación. Estamos esperando el anuncio del Ángel del Señor: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11).

Fueron los cristianos, los que, ante el misterio de la salvación realizado por Cristo, tomaron el término “evangelio” y lo llenaron de sentido religioso. Por eso, para nosotros, el Evangelio que leemos y proclamamos cada domingo, es el anuncio gozoso de la salvación definitiva que el Padre ha obrado en su Hijo Unigénito por la fuerza del Espíritu Santo; salvación por medio de la cual hemos sido liberados del pecado y más admirablemente reconciliados, con Dios-Amor, con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con la creación, y que ha transformado nuestras vidas haciéndonos pasar de las tinieblas a la luz, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.

Ahora bien, la frase de San Marcos del domingo de hoy, “Evangelio de Jesucristo”, tiene dos sentidos: Por un lado, es el anuncio del mensaje gozoso que trajo Cristo, y es también el anuncio gozoso que es el mismo Señor Jesús. ¡Por eso Jesucristo es el Evangelio viviente del Padre!

De esta manera llegamos a comprender que evangelizar es entonces anunciar a una persona, que es Cristo, el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. Evangelizar es anunciar el nombre, la persona, la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, el único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre.  

En el comienzo de la Buena Nueva o Evangelio de Jesucristo, aparece en este segundo domingo de Adviento la impresionante figura profética y religiosa de San Juan el Bautista. El Bautista es la aurora del Evangelio. El anuncio de Jesucristo siempre comienza con él, por eso San Juan es el precursor del Señor.  

San Marcos nos describe hoy de manera sintética su personalidad y misión (ver Mc 1, 1-8): “Envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino… Es la voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Mc 1, 2-3). Se nos dice además que San Juan bautizaba en el Jordán, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Que acudía mucha gente a él para que los bautizara, y que además le confesaban sus pecados y se convertían.     

Que vestía y vivía austeramente, usando como vestido una piel de camello ceñida a la cintura con una correa de cuero, y que se alimentaba de lo que el desierto le ofrecía: langostas y miel silvestre. Además, que realizaba su ministerio de precursor del Señor con mucha humildad, consciente de que él no era el Mesías sino sólo el que debía prepararle sus caminos y disponer a su Pueblo para que lo acogiese: “Juan proclamaba: Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. (Mc 1, 7-8), es decir, su bautismo trae el verdadero perdón de los pecados y la vida nueva y eterna que tanto ansían.

La figura religiosa de San Juan es impresionante y muy sugestiva. Él es el hombre que exulta de gozo por la presencia salvadora de Dios ya desde el seno materno (ver Lc 1, 41). Por ello, el Bautista será siempre el ejemplo más hermoso de la alegría que experimenta el corazón humano cuando encuentra al Señor y acoge su «buena nueva». Pero como ya hemos mencionado, él es también el Precursor que prepara eficazmente los caminos del Señor. Consciente que su misión es dar “testimonio de la luz, para que todos creyeran por él” (Jn 1, 7), el Bautista se acerca a los hombres apartados de las cosas de Dios para suscitar en ellos nuevas inquietudes y cambiar sus ideales. Sacude a las personas de su indiferencia religiosa, los despierta al amor de Dios, forma la conciencia moral, y mueve a las personas a la conversión y a la justicia (ver Lc 3, 11-14).

Consciente que su misión consiste tan sólo en preparar el camino al Señor, cuando Éste llega, él desaparece para dejar a los demás con Él. San Juan el Bautista se nos presenta como modelo de humildad y de sencillez apostólica, de no vivir aferrados a los frutos de nuestra acción evangelizadora, conscientes que nosotros no nos predicamos a nosotros mismos sino al Señor Jesús: “Es preciso que el crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

Su humildad heroica lo lleva a ser una flecha que indica a los demás el camino que lleva al Señor Jesús. Además, su figura nos muestra la necesidad del desierto (ver Lc 1, 80) para descubrir y dar testimonio en el mundo de la auténtica alegría, la cristiana, en un mundo donde las personas están enfrascadas en la búsqueda de goces perecederos y falsas seguridades.

Queridos hermanos: Para poder vivir un fructuoso Adviento que nos lleve a acoger al Salvador en nuestras vidas, es necesario escuchar el mensaje del Precursor del Señor que nos prepara para recibir al que viene detrás de él, al que es más fuerte que él, y que nos bautiza con el Espíritu Santo.

San Juan el Bautista nos exhorta a acoger al Señor Jesús, el Salvador, a través de una conversión sincera de vida, porque: “El Salvador que esperamos es capaz de transformar nuestra vida con su gracia, con la fuerza del Espíritu Santo, con la fuerza del amor. En efecto, el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones el amor de Dios, fuente inagotable de purificación, de vida nueva y de libertad. La Virgen María vivió en plenitud esta realidad, dejándose «bautizar» por el Espíritu Santo que la inundó de su poder. Que Ella, que preparó la venida del Cristo con la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y guíe nuestros pasos al encuentro con el Señor que viene”.[1]

San Miguel de Piura, 06 de diciembre de 2020
II Domingo de Adviento

[1] S.S. Francisco, Angelus, 10-XII-2017.

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domingo 6 diciembre, 2020