HOMILÍA DE ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Dios nos invita en su Hijo a la amistad con Él”

Hoy Domingo, Día del Señor, el Evangelio nos vuelve a proponer para nuestra meditación otra parábola de Jesús (ver Mt 22, 1-14), la cual comienza con la conocida expresión: “El Reino de los Cielos se parece”. Jesús utilizaba frecuentemente esta expresión para presentar su propio misterio, es decir el misterio de su persona, de quién es Él.   

A lo largo de su ministerio público, Jesús manifestó su propia identidad como el enviado del Padre y el Hijo de Dios. Así lo proclamó claramente: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado” (Jn 17, 3)… “Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Al manifestar su propia identidad, el Señor Jesús revelaba el amor solícito del Padre por nosotros, un amor que quiere alcanzarnos y salvarnos a todos.

En la parábola de hoy, Jesús nos presenta la historia de un rey quien con suma ilusión y alegría prepara un gran banquete para celebrar la boda de su hijo. Es una imagen que nos resulta muy familiar y cercana, ya que todo padre y madre de familia, por humildes que sean, siempre preparan con ilusión la fiesta de bodas de su hijo o hija.

Jesús, como de costumbre, dirige esta parábola por un lado a los sumos sacerdotes y a las autoridades religiosas de Israel quienes cuestionan su autoridad para enseñar, y por el otro lado al pueblo sencillo, quien escucha con agrado las enseñanzas de Jesús y es testigo de las discusiones que tiene con las autoridades religiosas de Israel.                

A través de esta parábola, que podemos llamar del “Banquete de Bodas”, el Señor expone el misterio incomprensible del desprecio y rechazo del ser humano al amor de Dios. Efectivamente, el rey manda a sus siervos a convocar a los invitados, pero éstos desprecian la invitación y no van. Para comprender la dimensión del desprecio y del rechazo, hay que fijarse con atención que se trata de la invitación de un rey en la feliz ocasión de la boda de su hijo, y además hay que considerar la solicitud, el cariño y el empeño que él pone en prepararlo todo con lo mejor, así como en las palabras que dirige a los invitados a través de sus siervos, palabras que revelan su ilusión: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda” (Mt 22, 4). 

Ante tal invitación y fiesta lo lógico hubiera sido aceptar, pero la intención de los invitados era la del desaire y la de ofender al rey: “Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio, y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron” (Mt 22, 5-6). Estos primeros invitados eran personas ilustres. Pensando en ellos el rey había preparado el banquete de bodas, pero la respuesta fue el rechazo, la ofensa e incluso el maltrato y el asesinato a los siervos del rey.

Por eso el rey dolido declara: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos” (Mt 22, 8), y airado envió sus tropas a castigar a estos malos invitados. Asimismo, es interesante reparar en las excusas que los primeros invitados dan para no ir. Ellos privilegian sus propios intereses personales. Al respecto el Papa Francisco nos dice: “Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses: «Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios», dice el texto (Mt 22, 5). Una palabra se repite: sus; es la clave para comprender el motivo del rechazo. En realidad, los invitados no pensaban que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente «no hicieron caso»: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez de implicarse, como exige el amor. Así es como se da la espalda al amor, no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades…Se prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo depende del yo ―de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero― se acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar (ver v. 6) a quienes llevaban la invitación, sólo porque los incomodaban”.[1]

Pero veamos ahora la segunda parte de la parábola. En ella Jesús quiere enseñar principalmente dos cosas: La total gratuidad y universalidad de la salvación y la actitud interior con que este don se debe acoger, que no es otra sino la conversión. Veamos.

Después que los primeros invitados rechazaron la invitación, el rey ordena invitar a todos a la fiesta: “Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda” (Mt 22, 9). Los pobres, los descartados, los que no podían corresponder a la invitación, los que nunca habían soñado con una invitación así, fueron finalmente los invitados y los que aceptaron ir, a tal punto que el salón de fiesta se colmó de asistentes. Esta parte de la parábola expresa muy bien la universalidad de la salvación. Mientras que Israel, en la persona de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, rechazó al Mesías esperado y prometido y lo hizo crucificar, la gente sencilla, los pueblos gentiles o paganos, sí acogieron a Jesús como su Señor y Salvador. Es lo que San Pablo expresa en su carta a los Efesios: “Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús (Ef 2, 4-6).

Además, no hay que olvidar el rico simbolismo teológico de la boda: El rey no es otro sino Dios Padre, y el hijo es nuestro Señor Jesucristo. La boda expresa que Dios mismo se ha desposado, se ha unido con la humanidad para salvarla en el misterio de la encarnación del Verbo, donde Dios ha asumido nuestra naturaleza humana en todo semejante a la nuestra menos en el pecado. ¡Jesús es el esposo! En Él, Dios y hombre verdadero, el Padre nos busca y nos invita, y quiere que tengamos una verdadera comunión de vida con Él, una relación basada en la amistad, la confianza y el amor. 

En Cristo, hemos sido invitados a un banquete especialísimo, el del Cielo, el de la vida eterna, del cual la Eucaristía es un anticipo, por eso uno de los nombres de este sacramento es “prenda de la gloria futura” o “pignus futurae gloriae”. Nuestra actitud espiritual ante este don o regalo de la salvación en Cristo, debe ser la continua acción de gracias, la cual debe expresarse con la actitud de la conversión permanente, es decir con el cambio constante del corazón. La conversión es la actitud apropiada para acoger el don de la salvación que Cristo nos ha merecido con su pasión, muerte y resurrección.    

Todo esto trae a nuestra consideración un último punto de la parábola. En medio del banquete, el rey reparó en un invitado que no traía puesto el traje de bodas, es decir no estaba apropiadamente vestido para la ocasión. A éste, el rey le reprocha: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda? Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son llamados, pero pocos son los escogidos” (Mt 22, 11-14). 

¿Qué quiere decirnos Jesús en esta parte de la parábola? “Que no basta con responder una vez a la invitación, decir «sí» y ya está, sino que se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de vivir el amor cada día. Porque no se puede decir «Señor, Señor» y no vivir y poner en práctica la voluntad de Dios (ver Mt 7, 21). Tenemos necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección de Dios”,[2] como Santa María que cada día renovaba y ahondaba el «Hágase», que le había dado a Dios en la Anunciación-Encarnación.  

No hay que olvidar que cuando fuimos bautizados uno de los ritos fue la “imposición de la vestidura blanca”, vestidura que recibimos con estas palabras: Esta vestidura blanca sea signo de tú dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna”. El haber sido invitados a la amistad con el Señor nos exige el diario esfuerzo de cooperación activa con la gracia por despojarnos del hombre viejo y revestirnos del nuevo, que es Cristo, según la enseñanza de San Pablo: ”Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Col 3, 9-10). Para poder tener parte en las bodas del Cordero, es decir para poder participar en el Banquete del Cielo, es necesario ir vestido del hombre nuevo, que es Cristo, es decir que el Padre nos encuentre en todo semejantes a su Hijo Jesucristo, nuestro modelo a seguir y con el cual debemos configurarnos.    

Pidámosle, a Santa María, la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, el de Cristo, y de mantenerlo limpio de todo pecado, a través de una vida que responda con un sí generoso a la diaria invitación que el Señor nos hace a seguirlo; convirtiéndole cada día más y más nuestro corazón. Sólo así podremos entrar en la sala del Banquete de Bodas y celebrar la fiesta del amor eterno con Él. Amén.

San Miguel de Piura, 11 de Octubre de 2020
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Homilía en la Plaza de San Pedro, 15-X-2017.

[2] Allí mismo.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

domingo 11 octubre, 2020