HOMILÍA DE ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

«Tendrán respeto de mi Hijo»

La parábola de los viñadores homicidas que acabamos de escuchar (ver Mt 21, 33-43), es la trágica historia de Israel que, al cuidado fino, tierno y amoroso de Dios, no ha correspondido con el fruto esperado. La sola imagen de la viña evoca el amor de Dios por su pueblo, pero Israel no ha sido fiel a la Alianza, no ha producido los frutos anhelados de la fidelidad y la santidad. De allí el lamento de Dios a través de su profeta: “¿Qué más cabía hacer por mi viña que no lo haya hecho? Porque esperando buenas uvas, dio racimos amargos” (Is 5, 4).

A lo largo de su historia, Israel, la viña predilecta del Señor, el pueblo elegido y depositario de las promesas de Dios, rechazó con frecuencia la Palabra del Señor y no fue fiel a la Alianza, como el mismo Jesús lo expreso en su lamento sobre la Ciudad Santa: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía” (Mt 23, 37). Y en la plenitud de los tiempos, cuando el Verbo de Dios se encarnó viniendo a los suyos, expulsó y crucificó al Mesías prometido y esperado: “Llevando su propia cruz, Jesús, salió de la ciudad hacia un lugar llamado Gólgota, y allí le crucificaron” (Jn 19, 17).

Pero la parábola, también retrata, la historia trágica del hombre de hoy, quien lleno de soberbia, con pretendida autonomía absoluta, como si Dios no existiera, pretende realizar su vida y construir el mundo sin Él, sin Aquel que es su principio, fundamento y fin.

Esto es lo que también quieren expresar las codiciosas y complotadoras palabras de los viñadores homicidas cuando ven venir al hijo del dueño: “Este es el heredero. Venid lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21, 38).   

En el último libro que escribió como teólogo privado, “Memoria e Identidad”, San Juan Pablo II describió magistralmente el drama contemporáneo: “No se puede ignorar al mismo tiempo, el insistente resurgir del rechazo a Cristo. Se ven de continuo los signos de una civilización distinta de aquella «cuya piedra angular» es Cristo; una civilización que, aunque no sea atea por sistema, es ciertamente positivista y agnóstica, puesto que se inspira en el principio de que se debe pensar y actuar como si Dios no existiera…Y vivir como si Dios no existiera, significa colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal, es decir, fuera del contexto de los valores, de los cuales Él mismo, Dios, es la fuente. Se pretende que sea el hombre quien decida lo que es bueno o malo. Y este programa se sugiere, se divulga de muchos modos y desde diversos sectores”.[1]  

“Este es el heredero. Venid lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21, 38). Este versículo de la parábola expresa la pretensión del hombre contemporáneo de querer apropiarse de la viña, una viña que no le pertenece, que tan sólo le ha sido confiada como un don, es decir expresa la pretensión del hombre de hoy de querer quedarse con su propia vida y con el mundo que le ha sido encomendado, para construirlo de espaldas a su Creador, como si Dios no existiera, cuando Él es la única fuente segura de libertad, felicidad y vida plena. 

Y del pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, es de donde brotan hoy en día las múltiples corrientes que socavan los fundamentos mismos de la moral, implicando a la familia y propagando la permisividad, como son entre otras: Los divorcios, el libertinaje sexual, el aborto, la eutanasia, la anticoncepción, los ataques contra la vida desde la concepción hasta su fin natural, la manipulación genética, los infanticidios, etc.   

Del pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, surgen también las injusticias, explotaciones, la violencia, especialmente contra la mujer y los niños, la corrupción, la indiferencia para con el dolor del hermano, el egoísmo, el individualismo, y la destrucción de la creación. 

Del pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, brotan también aquellas ideologías marcadas por un debilitamiento de la verdad de la persona humana y de la familia, como la ideología o enfoque de género, esa pretensión arrogante del hombre moderno de querer ser pura autonomía, de querer “crearse” a sí mismo y ser “dios”, y esto es metafísicamente imposible, ya que el hombre, al pretender emanciparse de su cuerpo, de su esfera biológica, acaba por destruirse a sí mismo. La persona humana no puede inventarse a sí misma.

Queridos hermanos: Dios, en su gran bondad y amor nos concede comenzar a vivir un nuevo mes morado, mes del Señor Cautivo de Ayabaca y del Señor de los Milagros, dos devociones del único y mismo Cristo, nuestro Señor y Salvador. Octubre, a la vez que nos trae el consuelo del amor y de la misericordia del Señor, nos quiere advertir para nuestro bien que debemos volver al Señor, porque sólo con Él podremos construir nuestra vida en auténtica libertad y edificar este mundo en justicia y solidaridad. El Hijo de la parábola, el heredero a quienes los viñadores agarraron, empujaron fuera de la viña, y después mataron, es Cristo, a quien nosotros acogemos por la fe en sus devociones del Señor Cautivo de Ayabaca y del Señor de los Milagros, devociones que giran en torno al misterio de la pasión y cruz del Señor.

Por ello el llamado del Dueño de la Viña, que no es otro sino Dios Padre, es apremiante: “Tendrán respeto de mi hijo” (Mt 21, 37). Palabras que evocan la voz del Padre en las teofanías o manifestaciones del Bautismo y de la Transfiguración del Señor Jesús: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco…escuchadle” (Ver Mt 3, 17; Lc 9, 35). Es decir, crean en Él, háganle caso, síganlo. Sólo así tendrán vida y la tendrán en abundancia.

Octubre, nos anuncia que el Señor Jesús, el Cautivito de Amor y el Cristo de las Maravillas, es el único Salvador del mundo, ayer, hoy y lo será siempre (ver Hb 13, 8). En palabras del apóstol San Pablo podemos decir: Ningún otro nombre nos puede salvar, sino uno solo: el de Cristo (ver Hch 4, 12).

De ahí la importancia de no expulsarlo de nuestra vida, personal, familiar, y social, como hicieron los malos viñadores, sino más bien acogerlo con fe, y “hacer todo lo que Él diga” (ver Jn 2, 5), siguiendo la solícita indicación de nuestra Madre Santa María. Sólo en Cristo, el ser humano, es decir tú y yo, podremos realizarnos en plenitud. Si lo rechazamos y expulsamos de nuestras vidas, nos condenamos a una vida de infelicidad y de muerte. El ser humano no puede comprenderse del todo a sí mismo teniendo como única referencia a las otras criaturas del mundo visible. El hombre encuentra la clave para entenderse a sí mismo contemplando al Señor Jesús, el divino modelo, el Verbo encarnado, el Hijo eterno del Padre. De ahí la imperiosa necesidad que todos sentimos en el corazón de contemplar en este mes de Octubre al Señor Cautivo y al Señor de los Milagros. Es el corazón humano, iluminado por la fe, y deseoso de una vida plena y feliz en la verdad y el amor, el que nos grita que sólo “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.[2]   

Hermanos: Al iniciar el mes de Octubre hagamos caso a la voz de Padre que nos dice: “Tendrán respeto de mi hijo” (Mt 21, 37). En ello nos jugamos nuestra felicidad. En ello nos jugamos la posibilidad concreta de construir el Perú justo y reconciliado que todos añoramos, donde de una vez por todas reine la ansiada “Civilización del Amor”. Pero sobre todo en ello nos jugamos la salvación eterna, nuestro destino eterno. 

Homenaje y oración por nuestros médicos en el Día de la Medicina Peruana

Como mencionaba al comenzar la Santa Misa, ofrecemos esta Eucaristía por los médicos de Piura al celebrarse el 05 de octubre el Día de la Medicina Peruana. Mi saludo y homenaje a todos ellos, y mi personal agradecimiento al Consejo Regional VII – Piura, del Colegio Médico del Perú, en la persona de su Decano, el Doctor Arnaldo Lachira Albán, por la feliz iniciativa que han tenido de haber solicitado la celebración de esta Eucaristía en especial por los médicos fallecidos durante la pandemia. Rendimos homenaje a todos los profesionales de la salud que desde el primer día de la emergencia vienen trabajando al límite de sus fuerzas, luchando en la primera línea de combate por salvar la vida de las personas contagiadas por la terrible pandemia del coronavirus (Covid-19).

Nuestro reconocimiento y eterna gratitud a todos ustedes que son “los santos de la puerta de al lado”, como los ha llamado el Papa Francisco, porque desempeñan su labor con gran amor y abnegación, poniendo en riesgo sus propias vidas y las de sus familias. De manera especial recordamos en nuestra Misa de hoy, a los veintiún médicos piuranos que han entregado sus vidas durante la pandemia. Ellos son dignos herederos del héroe de la medicina peruana, Daniel Alcides Carrión García, y del primer decano de la Facultad de Medicina de San Fernando, en la Universidad de San Marcos, el cataquense y piurano José Cayetano Heredia Sánchez.

Con su sacrificio han vivido a plenitud su juramento hipocrático que les pedía, “hacer de la salud y de la vida de sus enfermos la primera de sus preocupaciones”, pero aún más, han vivido la máxima evangélica: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Por ello tenemos la serena esperanza que el Señor les ha dado la recompensa de la vida eterna.  

Queridos médicos: Le pido al Señor en mi oración que les dé en estos momentos la esperanza y la fortaleza necesarias para que sigan cuidando con amor al prójimo, especialmente a nuestros hermanos contagiados. Para ello los invito a que abracen con fe y amor a Cristo crucificado, para así llenarse de fuerza y esperanza. ¡La fuerza de la fe nos libera del miedo y nos da la fortaleza que necesitamos! En estas horas difíciles de la pandemia, Jesús quiere también valerse de ustedes para seguir imponiendo sus manos con amor sobre nuestros enfermos, como lo hacía en el Evangelio (ver Lc 4, 40), para así darles consuelo y paz, y hacerles experimentar su cercanía, amor y ternura, las cuales ayudan a soportar con paciencia los sufrimientos del cuerpo y del espíritu. Quiero que sepan que estoy con ustedes en sus justos reclamos salariales y laborales, y que yo también pido y demando a las autoridades nacionales y regionales que atiendan todas y cada una de sus necesidades y requerimientos. En las actuales circunstancias de emergencia urge que ustedes cuenten con todo lo que necesitan en el área sanitaria para atender adecuadamente a nuestros enfermos y al mismo tiempo estén bien protegidos.

Que María Santísima, Salud de los enfermos, los fortalezca en su entrega, proteja en su trabajo médico, y los bendiga en unión de sus familias. Amén.

San Miguel de Piura, 04 de Octubre de 2020
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] San Juan Pablo II, Memoria e Identidad, Ed. Planeta 2005, 1ª edición, pp. 65-66.

[2] Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 22.

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domingo 4 octubre, 2020