EXHORTACIÓN PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO CON OCASIÓN DE LA SEMANA SANTA 2012


¡Cristo ha resucitado!
¡Sí, verdaderamente ha resucitado!

Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

Como conclusión del itinerario cuaresmal, iniciado el Miércoles de Ceniza, nos preparamos ahora a celebrar la Semana Santa y así recorrer en la oración, en la escuela de la Sagrada Escritura y en la Liturgia, las fases conclusivas del sacrificio de Cristo Reconciliador. Son etapas de dolor y soledad en las que se revive un misterio de amor y de perdón que tiene como meta el triunfo de la misericordia sobre el egoísmo y el pecado.

Quiero invitarlos a que participen activamente en las liturgias y devociones populares que se celebrarán en nuestras parroquias y comunidades el Jueves Santo, el Viernes de la Pasión del Señor, el Sábado Santo y el Domingo de Pascua. Los días del Triduo Pascual, no son días para la diversión, la frivolidad y menos para el pecado. Son días para acompañar al Señor Jesús en la entrega generosa que hace de sí mismo hasta el extremo por nosotros. Es este “amor hasta el extremo” (ver Jn 13, 1), el que confiere al sacrificio de Cristo su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción, y nos abre las puertas de la vida.

¿Viviremos los días más santos del año en tibieza y en pecado? ¿Pagaremos con indiferencia y mezquindad el infinito amor del Señor que hace posible nuestra perfecta reconciliación? Que sean más bien la conversión, la piedad y la fidelidad nuestra respuesta al amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, muerto y resucitado.

Preparar la confesión pascual

Asimismo, la proximidad de la gran fiesta de la Pascua nos invita a todos a un deber: el deber de confesarnos, es decir, de acercarnos sincera y personalmente al sacramento de la penitencia acusando los propios pecados con humilde arrepentimiento y con propósito de enmienda. Así participaremos adecuadamente de la Resurrección del Señor. Los invito pues a acercarse con confianza durante estos días a los confesionarios de nuestras iglesias, donde el mismo Señor nos espera en la persona de su ministro sagrado para darnos su amor misericordioso y con él, la vida, la paz y la alegría, porque “entre los hombres, el castigo sigue a la confesión, mientras que ante Dios a la confesión sigue la salvación”. (1) Pido a los sacerdotes de la Arquidiócesis que durante la Semana Santa, establezcan horarios amplios para escuchar las confesiones de nuestros fieles cristianos.

La Pascua: Fiesta de las fiestas

La Pascua no es simplemente una fiesta más entre otras, es más bien la “Fiesta de las fiestas”, la “Solemnidad de las solemnidades”. Ella viene a ser el centro culminante de todo el Año Litúrgico.

Todas las fiestas precedentes son una preparación para este día. Así la piadosa expectación del Adviento; la ternura enternecedora de la Navidad; la penitencia de la Cuaresma y el conmovedor espectáculo de la Pasión, no tienen más finalidad que conducirnos a la celebración de la victoria del Señor Jesús, a su Pascua, es decir, a su paso de la muerte a la vida. Y a su vez desde la Pascua se irradia toda la liturgia de la Iglesia, sacando de ella su contenido y significado. Es importante destacar que la celebración litúrgica de la muerte y resurrección de Cristo no es un simple recuerdo de este acontecimiento, sino su actualización en el misterio para la vida de todo cristiano y para la vida de la comunidad eclesial. (2)

La Resurrección: verdad culminante de nuestra fe

Este año quisiera dedicar mi exhortación a reflexionar con ustedes sobre la Resurrección. En primer lugar debemos decir que la Resurrección de Jesús “es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz”. (3)

La resurrección del Señor Jesús es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricas comprobadas. Así lo atestiguan los Santos Evangelios y los libros del Nuevo Testamento cuando nos narran la realidad del sepulcro vacío, con la certeza que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana (ver Jn 20, 1-10; Mt 28, 1-10; Mc 16, 1-8; Lc 24, 1-12); las apariciones del Resucitado a María Magdalena y las santas mujeres, que fueron a embalsamar el cuerpo del Señor (ver Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18); las apariciones primero a Pedro y después a los Doce Apóstoles (ver 1 Cor 15, 5; Jn 20, 19-22; Jn 21, 1-14); y las apariciones del Resucitado a los Discípulos de Emaús y a más de quinientas personas (ver Lc 24, 13-35; 1 Cor 15, 4-8).

Ante estos testimonios es imposible entender la Resurrección del Señor como una realidad fuera del orden físico e histórico. Por eso hoy también nosotros podemos exclamar llenos de júbilo: “Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24, 34).

De otro lado, si bien es cierto que la Resurrección es un acontecimiento histórico, no es menos cierto que también es un acontecimiento trascendente: “acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que trasciende y sobrepasa la historia”. (4)

Sentido y alcance salvífico de la Resurrección de Cristo

Tal es la importancia del acontecimiento histórico y trascendente de la Resurrección que San Pablo exclama: “si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 14).

La Resurrección es ante todo la confirmación de que aquello que el Señor hizo y enseñó es verdadero. Asimismo, la Resurrección de Cristo es cumplimiento pleno de las promesas del Antiguo Testamento; es confirmación de la divinidad de Jesús; es liberación del pecado y victoria sobre la muerte. La Resurrección hace posible que nosotros podamos por la fe y el bautismo, participar en la vida nueva y eterna del Resucitado y así alcanzar la adopción filial (ver Gal 4, 6; Rom 8, 14-16) y tener la certeza de nuestra resurrección futura (ver 1 Cor 15, 21-22). (5) Alegrémonos de la Resurrección de Cristo. Esta es la verdad fundamental de nuestra fe.

Él va delante de nosotros

El primer mensaje del Resucitado a los suyos a través de los ángeles y de las santas mujeres fue que iba “delante de nosotros” (ver Mc 16, 7). La fe en la Resurrección es ir detrás de Cristo resucitado, es seguir al Señor de la Vida ahí adónde Él ha ido: “Voy a subir a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Siguiendo al Señor, ascendemos con Él al Padre en el Espíritu. Por ello el Apóstol nos anima a aspirar a los bienes de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (ver Col 3, 1-2). El cristiano sabe que es un viandante camino hacia la Patria celeste; un peregrino; en cierto sentido, un extranjero hacia la eternidad. Ello no significa que debamos evadirnos del mundo en el que Dios nos ha puesto: “es cierto que somos ciudadanos de otra “ciudad” donde está nuestra verdadera Patria, pero el camino hacia esta meta debemos recorrerlo todos los días en esta tierra. Al participar desde ahora en la vida de Cristo resucitado, debemos vivir como hombres en este mundo, en el corazón de la ciudad terrena”. (6) Así damos al mundo un rostro nuevo que favorece el desarrollo integral del hombre y de la sociedad según la lógica de la verdad, del amor, del bien, de la solidaridad y del respeto a la dignidad de toda persona humana, desde su concepción hasta su fin natural.

¡Feliz Pascua!

Que cuando en unos pocos días más nos abracemos y nos deseemos una “Feliz Pascua”, que ésta expresión esté cargada de todo su contenido de esperanza y de vida. ¡Cristo verdaderamente ha resucitado! Y gracias a ello, Jesús es el Señor de la Historia y de mi historia personal, y así este mundo y mi vida tienen futuro, esperanza y salvación a pesar de sus problemas y contradicciones. Dios ha actuado porque nos ama. La historia no se dirige hacia la nada y el vacío sino hacia Aquel que es su principio y su fin, la Verdad y el Amor. ¡Cristo verdaderamente ha resucitado! Y gracias a ello el amor es real, existe y salva, y es la vocación de toda persona humana y su horizonte de despliegue personal. ¡Cristo verdaderamente ha resucitado! Y por tanto la verdad y el derecho son una realidad. Hay una justicia divina que tendrá la última y definitiva palabra. Habrá también un Juicio inapelable. Será como describe el libro del Apocalipsis, “el tiempo de que sean juzgados los muertos y de dar el galardón a tus siervos, los profetas, y a los santos y a los que temen tu nombre, y a los pequeños y a los grandes, y de arruinar a los que arruinaron la tierra” (Ap 11, 18). Sí hermanos, la última palabra la tendrá Dios y no los sinvergüenzas y corruptores de este mundo.

Reina del Cielo, alégrate. ¡Aleluya!

A María, Madre del Resucitado, dirigimos con toda la Iglesia nuestro canto de alabanza y de alegría: ¡Reina del Cielo, alégrate, aleluya! Sí, alégrate porque verdaderamente tu Hijo ha resucitado y por ello valió la pena tu “Hágase” en la hora de la Anunciación-Encarnación; tus sufrimientos cuando veías que el odio y la conspiración se cernían sobre tu Divino Hijo durante su ministerio público; las horas amargas de la pasión y de la crucifixión que soportaste gracias a tu gran fe, a tu invicta esperanza y a tu ardiente caridad. Sí Madre, todo valió la pena. La Resurrección es la victoria y ha trasformado el dolor en fruto de vida y de vida eterna.

Te pedimos suplicantes, ¡Oh Madre!, haz que la alegría de la Resurrección no se apague nunca en nuestros corazones y así sostenga nuestro peregrinar por este mundo hasta que alcancemos la meta que es el Cielo, allí donde está tu Hijo, y junto con Él, Tú Madre nuestra, y todos los Ángeles y Santos. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 01 de abril de 2012
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

Citas

(1) San Juan Crisóstomo, en Catena Áurea, vol. VI. p. 506.

(2) Ver S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 27-IV-11

(3) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 638.

(4) Ibid. n. 647.

(5) Ver Ibid nn. 651-655.

(6) S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 27-IV-11

Domingo 1 Abril, 2012