EXHORTACIÓN PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO CON OCASIÓN DE LA NAVIDAD 2012

“En la Navidad del Año de la Fe acojamos con amor al Niño Dios que nace”

 Muy queridos y amados hermanos en el Señor Jesús:

Dentro de muy pocos días celebraremos con inmenso gozo el misterio de Navidad, que es la buena noticia que el Hijo unigénito del Padre de tal manera se unió íntimamente a nuestra humanidad, que quiso compartirla hasta hacerse hombre entre los hombres, uno de nosotros para que así llegáramos a ser hijos de Dios. Ante este misterio de amor San Agustín se pregunta admirado: “¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios”. En Navidad somos testigos de este admirable intercambio donde el Hijo amado del Padre nos enriquece con su pobreza.

“Hoy os ha nacido un Salvador” (Lc 2, 10), proclaman los ángeles a los pastores, y a través de ellos a la humanidad de todos los tiempos, porque la primera venida del Señor Jesús en la humildad de nuestra carne mortal, ha impregnado de tal manera la Historia, que el nacimiento del Hijo de Dios de Santa María, ocurrido hace más de dos mil años en Belén, sigue siendo una realidad incluso “hoy”, y por tanto podemos afirmar sin duda alguna, que el Señor Jesús es también el Salvador del Hombre de hoy y que por tanto Cristo y nadie más que Él, puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón humano, de ayer, de hoy y de siempre.

De manera significativa el Catecismo de la Iglesia Católica, que en este “Año de la Fe” estamos llamados a redescubrir y estudiar, comienza precisamente con la siguiente consideración: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”. Qué maravilloso es saber, a la luz del misterio de Navidad, que este deseo de Dios que tiene el corazón humano, se ha colmado plenamente con la venida del Señor Jesús quien, “es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos más profundos de todo corazón, y la vida que trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo”.

En la liturgia navideña, la Iglesia nos introduce en el gran Misterio de la Encarnación. La Navidad, en efecto, no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es sobre todo celebrar un Misterio que ha sellado y continúa sellando la historia del hombre: Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (ver Jn 1, 14), se ha hecho uno de nosotros. Un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas y en particular en la Santa Misa.

¿Cómo participar “hoy” fructuosamente en el nacimiento del Hijo de Dios, nacido de Santa María hace más de dos siglos? El Papa Benedicto XVI nos responde diciéndonos: “En la Liturgia, tal venida sobrepasa los límites del espacio y del tiempo y se vuelve actual, presente; su efecto perdura, en el transcurrir de los días, de los años y de los siglos. [Gracias a la Liturgia y particularmente a la celebración de la Eucaristía], la Navidad incide e impregna toda la historia, sigue siendo una realidad incluso hoy, a la cual podemos acudir…A nosotros los creyentes, la celebración de la Navidad renueva la certeza de que Dios está realmente presente con nosotros, todavía “carne” y no sólo lejano: aún estando con el Padre está cerca de nosotros. Dios, en aquel Niño nacido en Belén, se ha acercado al hombre: nosotros lo podemos encontrar todavía, en un “hoy” que no tiene ocaso.

Por ello animo a todos a participar este año de la Misa de Navidad, sobre todo en familia, por que es allí donde se renueva el misterio de Cristo que nace, muere y resucita por nosotros. Será allí donde desde la fe miremos con sencillez y amor el pesebre del altar y descubramos la admirable presencia del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, para que así como los pastores recibamos aquella alegría con la que ellos regresaron a sus casas (ver Lc 2, 20). Que por la intercesión de San José y de Santa María, Madre de Dios, tengamos la humildad y la fe para mirar con amor al Niño Divino, que María ha concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y que hoy yace en su regazo envuelto en pañales, y que en la Eucaristía se nos da para que le demos la adoración de nuestra fe y la acogida de nuestro amor, en el momento sublime de la comunión.

 

La Navidad del Año de la Fe

En el presente “Año de la Fe”, somos invitados a meditar y contemplar el Misterio de la Encarnación. Con el Catecismo de la Iglesia Católica podemos responder a la pregunta: ¿Por qué el Verbo se hizo carne? En primer lugar para salvarnos reconciliándonos con Dios: “El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). Asimismo el Verbo se encarnó para que nosotros conociéramos el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4, 9). Igualmente el Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Finalmente, el Verbo se encarnó para “hacernos partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1, 4): “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (San Atanasio, inc., 54, 3). Con el nacimiento de Jesús ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos. Él ha descendido realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí.

 

Lo que la Fe nos enseña de la Encarnación

La Encarnación es la presencia de Dios en el mundo y la Fe nos enseña en primer lugar que el Hijo de Dios se hizo embrión, y este misterio es una ocasión inmejorable para entender la gran enseñanza del Concilio Vaticano II: Cristo manifiesta plenamente el Hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su dignidad y vocación. Mirando a la Virgen, que lleva a Jesús en su seno, vemos que allí donde hubiera podido cometerse un homicidio, se hubiera podido consumar un deicidio. ¿Qué mayor prueba que ésta, de que la vida humana es un don sagrado que siempre debe ser respetado y acogido desde la concepción hasta su fin natural? En el misterio de Dios encarnado comprendemos mejor la sacralidad de la vida humana: si bien ella ha sido originada por nosotros, no proviene sólo de nosotros, sino de Dios. Que la Navidad sea ocasión para reafirmar un Sí a la Vida por Nacer y un No rotundo al crimen del aborto.

La Encarnación es la presencia de Dios en el mundo y la Fe nos enseña también que Dios se hace parte de una Familia, formada por San José y Santa María, su Madre. El Verbo de Dios entra a la Historia humana como lo hacemos nosotros, a través de una Familia, enseñándonos así el rol fundamental que ella tiene para la Iglesia y la sociedad. Fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la Familia es una institución insustituible.

La comunidad humana no puede prescindir del servicio que la Familia desempeña. En cuanto fundamento de la sociedad, como primera sociedad natural que es, la Familia tiene necesidad del reconocimiento y apoyo por parte del Estado y no verse hostigada por leyes que la debilitan y amenazan. La Familia constituye un patrimonio de la humanidad, es la célula vital y el pilar de la sociedad y esto afecta tanto a creyentes como a no creyentes.

Hago un llamado para que la Navidad del “Año de la Fe”, sea ocasión para que la Familia tenga cada vez más como centro y corazón de su vida al Señor Jesús; que los esposos que lo necesiten, bendigan su unión con el sacramento del matrimonio, prometiéndose fidelidad hasta la muerte en un amor abierto a la vida; y que además procuren cuanto antes la semilla de la vida divina a sus hijos acercándolos al Santo Bautismo durante el primer mes de su nacimiento.

La Encarnación es la presencia de Dios en el mundo y la Fe nos enseña igualmente que el Niño Dios que se nos dona en Belén, nos da la libertad para amar como Él nos ama y así poder construir un mundo justo y reconciliado. La Navidad del “Año de la Fe”, es una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad y comprender que “la fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda”.

Que en esta Navidad y a lo largo de todo el año 2013 seamos capaces de reconocer el rostro del Señor en todos nuestros hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados. ¡Jesús ha venido por cada uno de nosotros y Él nos ha hecho hermanos! Que del misterio de Navidad surja por parte de los peruanos el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, eliminar las contraposiciones que dividen o, peor aún, que nos enfrentan, para así construir juntos un Perú de justicia y de paz.

Finalmente la Encarnación es la presencia de Dios en el mundo y la Fe nos invita a permanecer con el Señor Jesús a lo largo de todo el Año Nuevo. Y permanecer con Cristo significa amarlo; exige perseverar en el diálogo constante con Él para conocer su voluntad y realizarla diligentemente; nos pide el esfuerzo diario, sostenido por la gracia, por sintonizar nuestra vida con sus pensamientos, sentimientos y acciones; reclama fiarse de Él incluso en la hora de la prueba y de seguirlo fielmente incluso en el camino de la Cruz; demanda anunciarlo valientemente con las palabras y con la vida, con coherencia y autenticidad, con convicción y renovada esperanza.

Que Santa María, la Madre de Dios y al mismo tiempo la perfecta discípula de su Divino Hijo, Aquella que fue proclamada “bienaventurada porque ha creído” (Lc 1, 45), nos ayude con su acción maternal en nuestras vidas a dar testimonio de la belleza de seguir a Jesús allí donde Él nos llame: en la familia, en la profesión, en la vida pública, en la vida consagrada o sacerdotal.

 

A todos les deseo una muy Santa y Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de las bendiciones del Señor.

 

Los bendice y pide sus oraciones,

 

 

Martes 18 Diciembre, 2012