“EN NAVIDAD DEJÉMONOS ACARICIAR POR LA BONDAD DE DIOS”

Exhortación Pastoral del Arzobispo Metropolitano a toda la Iglesia Arquidiocesana de Piura y Tumbes con ocasión de la Solemnidad de la Natividad del Señor Jesús

Muy queridos y amados hermanos en el Niño de Belén:

Dentro de muy pocos días será Navidad, la fiesta más humana de la fe, ya que ella nos hace experimentar de manera profunda y conmovedora la humanidad de Dios. En el pesebre de Belén, que reproducimos en nuestros hogares, iglesias, plazas y calles, podemos percibir lo que realmente significa que Dios haya querido ser Emanuel, es decir, “Dios-con-nosotros”. Dios se nos ha hecho tan cercano que podemos tutearlo, es decir tratarlo de tú. En el Niño Jesús, nacido de María Virgen, se manifiesta de la forma más clara cuán indefenso y vulnerable se hace Dios por amor a nosotros. Si hay algo que puede vencer la arrogancia, la violencia y la codicia del ser humano es sin lugar a dudas este amor desguarnecido de Dios que hoy se manifiesta en el pesebre de Belén y mañana lo hará en el altar de la Cruz.

“La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”

En Navidad no celebramos el día del nacimiento de un gran hombre cualquiera como los hay tantos en la historia de la humanidad.

Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia con toda la belleza, frescura y pureza que el nacimiento de un niño siempre causa. En Navidad celebramos que el Niño que ha nacido de la Santísima Virgen María, es Dios, es el Hijo de Dios. Esto es lo extraordinario e inimaginable que acontece y sin embargo es al mismo tiempo lo largamente ansiado y esperado por la humanidad hundida en la tiniebla del pecado. Dios ha venido a nosotros. Dios se ha unido al hombre de forma tan indisoluble que ese hombre es verdaderamente “Dios de Dios”, “Luz de Luz”, y sigue siendo verdadero hombre. De esta manera, Dios ha entrado en la historia de los hombres y de cada uno de nosotros, llenando de “sentido” nuestras vidas.

En el Señor Jesús, Reconciliador de la humanidad, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6), está la respuesta a nuestra búsqueda de sentido, a la pregunta por nuestra identidad y a todas las inquietudes de nuestro corazón que tiene nostalgia de Dios. Por ello con acertada autoridad el Concilio Vaticano II proclamó: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”.1 Efectivamente, “Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización de nuestra vida”.2

No olvidemos hermanos, que no se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia. Efectivamente: “Encontrar a Jesús fuera de la Iglesia no es posible. El beato Papa Pablo VI decía que es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia”.3 Que la Navidad sea también tiempo precioso para redescubrir nuestra “pertenencia” a la Iglesia del Señor, donde brilla el misterio redentor de Jesucristo y desde donde Él continúa realizando su acción salvífica en la historia.

Dejémonos acariciar por la bondad de Dios

Ahora bien, si el Señor Jesús, Dios hecho hombre, se nos comparte de esta manera en Navidad, ¿qué hemos de ofrecerle cada uno de nosotros en estas fiestas? Sin lugar a dudas hemos de ofrecerle el regalo de nuestra fe, es decir el regalo de nuestro corazón y de nuestra vida. En Navidad dejémonos acariciar por la bondad de Dios que quiere tocar nuestro corazón para transformarlo con su amor. No seamos tan orgullosos como para cerrarle las puertas de nuestra vida. No seamos soberbios como Herodes y los maestros de la Ley, quiénes sabiendo dónde nacería el Mesías y teniendo el signo de la estrella de Belén que anunciaba su nacimiento, no se pusieron en camino para adorarle y así liberarse de su arrogancia, sino más bien se sintieron amenazados en su poder por el Niño Dios (ver Mt 2, 1-18) . No es el poder el que salva, sino el amor. El Dios que se ha hecho hombre nos dice que la propia vida y el mundo se salvan si venciendo nuestros miedos le dejamos entrar totalmente dentro de nosotros, es decir si nos abrimos completamente a Él, en quien la verdad y el amor se identifican. Que en esta Navidad resuenen en nuestros oídos y corazones una vez más las palabras de San Juan Pablo II: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”.

Si así lo hacemos el Niño Dios quitará de nuestras vidas la esclavitud del pecado manifestada en la violencia, la injusticia, el egoísmo, la mentira, la corrupción, el quebramiento del derecho y la arbitrariedad, y nos abrirá a la dimensión de nuestra auténtica libertad y dignidad permitiéndonos así edificar una sociedad justa y reconciliada.

Por la encarnación todo ser humano ha sido elevado y dignificado

Si ya por la creación cada persona tiene una altísima dignidad, por ser imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), por el misterio de la encarnación, el ser humano ha sido elevado y dignificado en Cristo a la excelsa condición de hijo de Dios. El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre, cada hombre, se haga hijo de Dios. Dios Padre nos ha elegido en Cristo y nos ha predestinado a ser hijos adoptivos suyos por Él (ver Ef 1, 4-5), y a esta maravillosa realidad accedemos plenamente por el don del santo bautismo, de ahí la importancia y urgencia que los padres cristianos bauticen a sus hijos cuánto antes y no retrasen tanto este sacramento admirable en la vida de sus hijos.

En Cristo, el ser humano tiene una altísima dignidad. La Navidad, fiesta de Dios y del Hombre, tiene que ser por tanto ocasión para comprometernos en la defensa de la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su fin natural con la muerte. De manera especial este compromiso tiene que expresarse con los niños por nacer que ven hoy amenazadas sus vidas por el crimen abominable del aborto, lamentablemente ya aprobado en nuestra Patria por los nuevos Herodes.

Asimismo tiene que expresarse con los niños y adolescentes que tienen que mendigar o trabajar para vivir, que sufren miseria y hambre y que carecen de educación y de todo amor. Igualmente con los jóvenes que buscan responder al hambre de Dios en sus corazones; con los jóvenes que sucumben ante los sucedáneos del mundo, que no tienen puntos de referencia y oportunidades para el futuro. También nuestro compromiso tiene que expresarse con los numerosos pobres que recorren nuestras calles sin que nadie los socorra y se compadezca de ellos; y con nuestros ancianos, abuelos y enfermos amenazados por la “cultura del descarte”, porque el dios-dinero está hoy en el centro de la vida, como claramente lo ha denunciado con valentía el Papa Francisco. Finalmente debemos orar más por la conversión de los agentes de iniquidad: Por los violentos, los corruptos, los injustos, para que cambien de camino, para que dejen de hacer el mal que produce tanto sufrimiento. En todos estos hermanos nuestros es el Niño de Belén quien nos interpela.

En Navidad oremos para que en todos nazca la luz del amor que el Niño Dios nos trae y que el ser humano necesita para vivir, mucho más que las cosas materiales. El amor de Dios que se nos manifiesta en Belén, no hace distinciones entre el ser humano recién concebido que se encuentra en el seno materno y el niño o el joven o el hombre adulto y anciano, entre el justo y el pecador. Sin la luz de la Navidad, el ser humano se vuelve un misterio indescifrable. Sin el canto de los ángeles, “gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que Él ama” (Lc 2, 14), surgen las injusticias y los más graves atentados contra la dignidad humana.

Sí hermanos, sin la luz que nos trae el Niño de Belén, que yace en los brazos de María su Madre, ante la atenta mirada de San José su fiel custodio, el ser humano se desvanece y se vuelve en el peor enemigo de sí mismo y de los demás. A pesar de todo ello, no perdamos la esperanza y el entusiasmo de cristianos, ya que en medio de nuestras pobrezas y dificultades sabemos por el misterio de Navidad, que somos amados, visitados y acompañados por Dios mismo, hecho Hijo de Mujer para nuestra salvación (ver Gal 4, 4-7). En Él, nuestras vidas y la historia tienen futuro si nos abrimos al don de su amor. Con el Papa Francisco les digo: “La fe en la Encarnación nos dice que Dios es solidario con el hombre y con su historia. Esta proximidad de Dios al hombre, a cada hombre, a cada uno de nosotros, es un don que no se acaba jamás. ¡Él está con nosotros! ¡Él es Dios con nosotros! Y esta cercanía no termina jamás. He aquí el gozoso anuncio de la Navidad: la luz divina, que inundó el corazón de la Virgen María y de San José, y guio los pasos de los pastores y de los magos, brilla también hoy para nosotros”. 4

A todos les deseo una muy Santa y Feliz Navidad y un Año Nuevo 2015 lleno de las bendiciones del Señor, donde celebraremos con gozo el X Congreso Eucarístico Nacional y Mariano por los 75 años de nuestra Iglesia particular.

Los bendice y pide sus oraciones.

San Miguel de Piura, 14 de diciembre de 2014

Domingo III de Adviento

 

1 Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22.
2 Mensaje Final, V Conferencia General de Aparecida, n. 1.
3 S.S. Francisco, Meditaciones diarias, 23-IV-2013.
4 S.S. Francisco, Angelus, 5-I-2014.

miércoles 18 febrero, 2015