CARTA PASTORAL A TODA LA IGLESIA ARQUIDIOCESANA DE PIURA Y TUMBES CON OCASIÓN DE LA NAVIDAD 2020

¡Nada nos impide hacer de esta Navidad la mejor de todas!

Muy queridos hermanos en el Divino Niño de Belén:

La Navidad es la fiesta de la ternura y del amor incondicional de Dios por nosotros, “porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). La Navidad es por excelencia la fiesta de la alegría: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11). La Navidad es la fiesta de la vida: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz»” (Is 9, 5).

Navidad en tiempos de pandemia

Este año viviremos la Navidad en medio de una pandemia. Pero a pesar del mal que nos aqueja, se nos ofrece una oportunidad singular para vivirla con auténtico espíritu cristiano, despojada de toda mundanidad, la cual hace que centremos más la Navidad en nosotros que en Jesús. ¡Lo más importante de la Navidad es la venida del Señor!

Navidad significa, antes que nada, acoger en la tierra las sorpresas del Cielo y celebrar a un Dios que revoluciona nuestras lógicas humanas.[1] Y la sorpresa más grande de la Navidad es que Dios se hace niño, un niño que en los brazos de su Virgen Madre, nos extiende sus pequeños bracitos en busca de los nuestros, porque Él quiere que le acojamos para así poder darnos la vida, el amor, y la dicha que sólo Él puede dar a todo aquel que le recibe con fe.  

¿Una Navidad con “restricciones”?

Alguno podrá decir: “Lamentablemente este año viviremos una Navidad con restricciones”. Personalmente creo que no. Ciertamente no podrá haber reuniones multitudinarias, conciertos navideños, u otras actividades similares, pero a pesar de ello podemos vivir una Navidad plena, sin restricciones, porque para vivirla una sola cosa es necesaria: Acoger, adorar y adherirle el corazón al Niño Dios que nace. Habrá Navidad si, como San José, damos espacio al silencio; si, como Santa María, le decimos a Dios “aquí estoy”; si, como Jesús, estamos cerca de los que están solos y sufren; si, como los pastores, dejamos nuestros recintos para buscar y encontrar a Cristo. Será Navidad, si encontramos la Luz en la pobre Gruta de Belén.[2]

A pesar de las dificultades y contratiempos que actualmente atravesamos, nada nos impide vivir este año una Navidad plena acogiendo al Salvador en nuestras vidas, y como los pastores “contagiar” la alegría de la salvación a los demás. ¡El verdadero espíritu navideño está en la belleza de ser amados por Dios!

Que Santa María nos enseñe a abrirnos con confianza al porvenir

Este año podemos decir que un “virus” ha trastocado radicalmente nuestros planes. Y es verdad. Pero ante ello no dejemos que surja el desasosiego y la ansiedad, la queja o el lamento fácil. Para ello miremos a Santa María: ¿Acaso la Anunciación no le cambió todos sus planes? ¿Acaso el decreto del emperador César Augusto no le alteró sus intenciones de dar a luz a su Hijo tranquilamente en su casa de Nazaret, para tener que hacerlo en la precariedad de la cueva de Belén envolviéndolo en pañales y recostando al Rey de reyes en un pesebre? (ver Lc 2, 7). Y cuando se disponía a regresar a su pueblo con los suyos, ¿no se vio de pronto urgida con San José en la necesidad de huir a Egipto, una tierra extraña, por la amenaza que Herodes representaba para el Niño? Claro que sí. Pero lo hermoso de la actitud y respuesta de la Virgen, es que ante cada una de estas circunstancias que alteraron sus planes, Ella se fía del Señor, se abandona, cree, espera, ama, y hace de la Palabra de Dios y de las promesas divinas su seguridad y fortaleza. Esa siempre será su actitud a lo largo de toda su vida. Por eso siempre la veremos en serena paz, en plena posesión de Ella misma, sea en la alegría como en el dolor, repitiendo y ahondando a cada momento su “Fiat”, su “Hágase”, su “Sí”.

Que María Santísima nos enseñe a abrirnos con confianza al porvenir, porque la Navidad nos anuncia que el amor de Dios nunca nos abandona, menos aún en los momentos más difíciles y de prueba.

Mi deseo es que la Navidad sea para cada familia motivo de alegría y de gran consuelo, fuente de serenidad y de confianza en el futuro. Anhelo también que cada familia cristiana, siga el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret y difunda a su alrededor el mensaje de amor abierto a la vida que brota de la Gruta de Belén, alimentando así la esperanza de todos en un futuro mejor.

¡Abramos de par en par las puertas a Cristo que nace!

Con pandemia o sin ella, Dios viene a visitarnos y por eso nada ni nadie puede robarnos la alegría de sabernos amados por Él. No hay pandemia, ni crisis capaz de apagar la luz de la Navidad. Dejemos más bien que esta luz nos envuelva como a los pastores de Belén (ver Lc 2, 9) y que ella entre a nuestros corazones, para que desde ahí tendamos la mano a los más pobres y necesitados. “Así Dios nacerá de nuevo en nosotros y entre nosotros.”[3] ¡Abramos entonces de par en par las puertas a Cristo que viene, a Cristo que nace! Nace de María Santísima para salvar a la humanidad. Por eso Dios-Padre quiso que su Unigénito tuviera por nombre “Jesús”, que significa: “Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21), es decir de aquello de lo cual ningún otro nos puede salvar.[4] El día Santo de Navidad, los invito a reunirnos en torno al pesebre, para dirigir nuestra mirada y oración a Aquel que nace para redimirnos y para liberarnos de las sombras de muerte en las que yacemos, y digámosle con fe y esperanza: “Llave de David, que abres las puertas del Reino de los cielos: ven, y libera a quien yace en las tinieblas del mal”.[5]  

Contemplando al Jesús Niño, que yace entre pajas, débil y frágil pero fuerte y robusto a la vez, porque ese Niño es el Amor encarnado, supliquémosle por el fin de la pandemia y para que aleje de nuestra Patria los males de la violencia, la desunión, las injusticias, la mentira, los egoísmos, la muerte y la corrupción. Sí, contemplemos a Jesús Niño en la amorosa compañía de su Madre Santa María y de San José, para que así el miedo y la incertidumbre se alejen de nuestras vidas.

En esta Navidad, estemos atentos, para descubrir la acción amorosa de Dios; hagámosle espacio a Jesús en nuestro corazón; acojamos la ternura de la Navidad, y como los Pastores y los Reyes Magos, llevémosle a Jesús todo lo que somos, nuestras alegrías y también nuestras tristezas, nuestros aciertos así como nuestros yerros, también nuestras heridas aún no curadas, incluso nuestros pecados para que Él los perdone y haga de nosotros hombres nuevos, porque Él viene a hacer nuevas todas las cosas (ver Ap 21, 5).

Él nos está buscando, nos está esperando, y solamente nos pide el pequeño paso de la buena voluntad, el paso del humilde reconocimiento de que lo necesitamos. Finalmente seamos testigos de su amor, sobre todo allí donde reina la violencia, el odio, la injusticia y la persecución. ¡En verdad, nada nos impide hacer de esta Navidad la mejor de todas!

El Evangelio de la Vida está en el centro de la Navidad

Quiero terminar este Mensaje de Navidad diciéndoles que El Evangelio de la Vida está en el centro de la Buena Nueva de Jesús, está en el centro del acontecimiento de la Navidad.

Que esta tierna y hermosa fiesta cristiana sea una ocasión preciosa para que todos juntos reafirmemos el valor sagrado e inviolable de la vida humana desde su inicio con la concepción hasta su término natural, y afirmar así el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

Como bien lo afirmó el Papa Francisco este año, con ocasión del 25° aniversario de la Carta Encíclica Evangelium Vitae de San Juan Pablo II: “La vida que estamos llamados a promover y defender no es un concepto abstracto, sino que se manifiesta siempre en una persona de carne y hueso: un niño recién concebido, un pobre marginado, un enfermo solo y desanimado o en estado terminal, alguien que ha perdido el trabajo o no puede encontrarlo, un emigrante rechazado o marginado. La vida se manifiesta en concreto, en las personas”.[6] 

Y en particular sobre el crimen del aborto, el Santo Padre nos recuerda en su reciente libro “Soñemos Juntos”: “El aborto es una injusticia grave. No puede ser nunca expresión legítima de autonomía y poder. Si nuestra autonomía exige la muerte de otros, entonces nuestra autonomía no es más que una jaula de hierro. A menudo me planteo dos preguntas: ¿Es justo eliminar una vida humana para resolver un problema? Y, ¿es justo alquilar un sicario para resolver un problema?”.

Que la Navidad nos impulse también a brindar una mejor atención a nuestros enfermos, especialmente a los aquejados con el mal del Covid-19, para lo cual renuevo una vez más mi pedido a las autoridades nacionales, regionales y locales a que provean para Piura y Tumbes todo aquello que es necesario para un tratamiento digno y adecuado para combatir sus enfermedades, no olvidando aquello que con gran acierto nos señala el Santo Padre, de que además de recibir los tratamientos adecuados para combatir su enfermedad, el enfermo espera también recibir apoyo, solicitud, atención, en definitiva, amor, sin olvidar tampoco que detrás de cada persona enferma hay una familia que sufre, y a su vez pide consuelo y cercanía.[7]

En estas fiestas navideñas renovemos nuestro compromiso de respetar, defender, amar y servir a la vida, a cada vida, a toda vida humana, para que así brote la paz, la justicia, la libertad verdadera y el desarrollo integral entre nosotros.

Cómo no recordar y agradecer en Navidad a tantas personas que, a lo largo de estos meses, de manera silenciosa y abnegada, se han entregado a servir a nuestros enfermos y ancianos, a los que están solos y a los más pobres. Pienso en los médicos, las enfermeras y enfermeros, personal de salud, en nuestros policías y militares, los miembros del Cuerpo General de Bomberos y del Sistema Nacional de Defensa Civil, los Serenazgos y trabajadores municipales, y como no en mis queridos sacerdotes, consagrados y consagradas.

Todos ellos y muchos más, siguiendo el ejemplo de María Santísima, se han puesto en camino para ayudar a sus hermanos enfermos y en necesidad, así como Ella lo hizo con su prima Santa Isabel (ver Lc 1, 39-56).

A Santa María, quien gracias a su “Hágase” se convirtió en la puerta de la humanidad que abierta de par en par acogió el don de la salvación, le rezamos:

Salve, Reina de los Cielos
y Señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta,
que dio paso a nuestra luz.
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve, agraciada doncella,
ruega a Cristo por nosotros.

Queridos hermanos y hermanas: ¡Les deseo una Feliz Navidad, una Navidad rica en las sorpresas de Jesús! Cada uno de nosotros tiene escondida en el corazón la capacidad de sorprenderse. ¡Dejémonos sorprender por Jesús en esta Navidad!

Los bendice y pide sus oraciones para el Papa Francisco.

San Miguel de Piura, 18 de diciembre de 2020
III Semana Feria Privilegiada

[1] Ver S.S. Francisco, Audiencia General, 19-XII-2018. 

[2] Allí mismo.

[3] S.S. Francisco, Angelus, 06-XII-2020.

[4] Ver Guillermo Abad de San Teodorico, Tratado sobre la contemplación de Dios, nn. 9-11.

[5] Antífona mayor del Tiempo de Adviento, del día 20 de diciembre.

[6] S.S. Francisco, Audiencia General, 25-III-2020.

[7] Ver S.S. Francisco, Mensaje para la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, 03-I-2020.

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viernes 18 diciembre, 2020