GRANDES MISIONEROS DEL PERÚ

Mons. José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

Introducción

Quiero en primer lugar agradecer la invitación que me hiciera el Eminentísimo Señor Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, para participar en este II Congreso Nacional y Exposición Misionera. Asimismo quiero expresar mi reconocimiento a las Obras Misionales Pontificias del Perú y a su Director, el Reverendo Padre Gianfranco Iacopi, Ofm.Cap., por tan loable iniciativa que estoy seguro redundará para bien de la Iglesia en el Perú que, en comunión con la Iglesia universal, ve en la evangelización su dicha y vocación propia, su identidad más profunda, porque Ella existe para evangelizar.1

He sido invitado a desarrollar la conferencia “Grandes Misioneros del Perú”. Puesto ante la alternativa de elegir cómo desarrollar tan fascinante tema he visto conveniente abordarlo desde la gesta grandiosa de la “Evangelización Constituyente” que selló la identidad católica de América Latina y del Perú. Veremos que ella fue fruto principalmente de la intrépida y valerosa acción evangelizadora de las órdenes religiosas y de santos misioneros que extendieron la fe por todos nuestros pueblos. A partir de ello, y en la parte final de esta ponencia, sacaremos algunas lecciones para la obra de la Nueva Evangelización que todos nosotros estamos convocados a realizar desde nuestra particular vocación y estado de vida, en el tercer milenio de la fe cristiana que hemos comenzado. Debido a la brevedad del tiempo disponible me veré obligado a ser conciso en el tratamiento de los temas, dejando para la investigación y estudio personal la ampliación y profundización de los mismos.

La Evangelización Constituyente

Sin lugar a dudas, la primera evangelización, conocida también como Evangelización Constituyente, germinó haciendo de la fe el sustrato del alma latinoamericana en general y peruana en particular. Ella permitió un proceso de rico mestizaje integrador, no sólo racial, sino cultural y humano que lo vemos plasmado de tantas maneras hoy en día en nuestra vida cotidiana. Gracias a la Evangelización Constituyente, la fe pasó a ser parte constitutiva de nuestro ser e identidad como continente y como nación. Sin ella, no podemos entender nuestro presente y sin ella no podemos proyectarnos con confianza al futuro. De ahí la importancia de atesorarla y acrecentarla.

A ella se refirió con notable lucidez y capacidad de síntesis el Santo Padre Benedicto XVI, en la Sesión Inaugural de los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe cuando en su Discurso de orden dijo:

“La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos. Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido la rica cultura cristiana de este continente expresada en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y un mismo credo, y formando una gran sintonía en la diversidad de culturas y de lenguas… ¿Qué ha significado la aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe? Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente. Ha significado también haber recibido, con las aguas del bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios por adopción; haber recibido, además, el Espíritu Santo que ha venido a fecundar sus culturas, purificándolas y desarrollando los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo encarnado había puesto en ellas, orientándolas así por los caminos del Evangelio. En efecto, el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña. Las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta… La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado”.2

Grandes Misioneros de América y del Perú

¿Cómo fue posible esta gran gesta de la Evangelización Constituyente? Sin lugar a dudas ella fue posible en primer lugar gracias al gran amor con que Dios Padre nos ha amado porque como dice San Pablo, “se han hecho patentes la bondad y el inmenso amor que Dios, nuestro Salvador, tiene a los hombres. Él nos ha salvado, no en virtud de nuestras buenas obras, sino por puro amor; y lo ha hecho a través del agua, que nos hace nacer de nuevo y nos renueva bajo la acción del Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nosotros, con abundancia por medio de nuestro Salvador Jesucristo”.3

Pero también la Evangelización Constituyente fue posible gracias a la activa cooperación con la gracia divina, de tantos misioneros ejemplares, que dejando casa, padre, madre, glorias humanas y posesiones (ver Mt 19, 29) lo dejaron todo, y llenos de amor por Jesús, la Iglesia y la salvación de las almas, se lanzaron a la gran aventura de la evangelización de nuestras tierras. Su gesta nunca será suficientemente reconocida y agradecida. Muchos de ellos llegaron hasta el extremo de entregar sus vidas por el anuncio del Evangelio, siguiendo el ejemplo de Cristo y de los mártires del cristianismo.

Sí, gracias a estos grandes misioneros, América Latina y el Perú son un continente y un país católico. Y fueron grandes misioneros, porque no se anunciaron a sí mismos sino a Cristo y su misterio de salvación, núcleo de toda evangelización, ya que Cristo manifiesta el Plan del Padre y le revela a la persona humana, el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación.4

Fueron grandes misioneros porque fueron misioneros según el corazón del Señor Jesús, el primer evangelizador, porque supieron re-presentar (e.d hacer presente) al único Buen Pastor, el Señor Jesús, haciendo entrar a sus ovejas por la única puerta de la salvación que es Cristo.

Fueron grandes misioneros porque tenían un amor profundo por los indios que los impulsaba a llevarles el mensaje de la fe de manera sencilla, directa, completa y armoniosa. Y, a partir de Cristo, los educaban a resolver las exigencias de la vida, tanto personal, familiar, como social.

Fueron grandes misioneros porque mantuvieron una perspectiva integral en la que evangelización-salvación y la evangelización-promoción humana no están opuestas sino armónicamente unidas. Al ir a las raíces de la gesta evangelizadora de América Latina, descubriremos que la identidad de nuestro Continente se va forjando del anuncio de la Palabra y de la promoción humana como realidades que van siempre unidas.

Es decir había una visión de evangelización integral, siguiendo el modelo de la Cruz que está constituida por dos maderos: el vertical que representa la evangelización-salvación, y el horizontal que representa la evangelización-promoción humana. Suprimir alguno de estos maderos o dimensiones de la evangelización, convertiría la Cruz de Cristo en una estaca o en un palo tirado en el camino, y no en la Cruz gloriosa del Señor Jesús. Estos grandes misioneros tuvieron siempre presente la concepción integral de la evangelización, en la que sin menoscabo alguno del anuncio del Evangelio y la educación en la fe, se buscó servir al hombre de manera integral.

Misioneros franciscanos en México como Fray Martín de Valencia y sus doce compañeros llamados los Doce Apóstoles, entre quienes se encuentra Fray Toribio de Benavente, quien asumiera el nombre de Motolinía que significa “pobre”, porque así llamaban los indios a estos franciscanos; o Monseñor Vasco de Quiroga, Obispo de Michoacán (México), cariñosamente llamado por los indígenas con el nombre de “Tata Vasco” (Papá Vasco), o la gran obra de las “reducciones” en el Brasil, Paraguay y Argentina a cargo de Franciscanos y Jesuitas, son sólo algunos ejemplos de Grandes Misioneros de nuestra América Latina, que con su esfuerzo de una evangelización integral sellaron la identidad católica de nuestro Continente, designado por esta razón con justicia por el siervo de Dios Juan Pablo II, el Continente de la Esperanza, y llamado a ser ahora, por el Santo Padre Benedicto XVI, el Continente del Amor por la Eucaristía: “¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latinoamérica y el Caribe, para que, además de ser el Continente de la Esperanza, sea también el Continente del Amor!”.5

Pero el tema de esta conferencia, me exige centrarme solamente en los Grandes Misioneros del Perú. Cosa que quiero hacer como dije en la introducción, en dos momentos. En un primer momento dando una rápida mirada a la acción evangelizadora de las órdenes religiosas en nuestra Patria y en un segundo momento, aproximándonos a algunos de los grandes evangelizadores del Perú. El tiempo asignado me obliga a ser breve y a escoger sólo algunos ejemplos.

La acción evangelizadora de las Órdenes Religiosas en el Perú.

Si bien la evangelización fue una obra conjunta de los españoles que llegaron a los territorios del Nuevo Mundo, quienes dieron un primer gran impulso a la obra misionera fueron principalmente los miembros de diversas órdenes religiosas.

Al Perú llegaron para evangelizar, las órdenes dominica, franciscana, agustina, mercedaria y jesuita. Todas ellas se lanzaron con gran entusiasmo y esfuerzo a realizar el objetivo de la evangelización que es el anuncio del Señor Jesús, único salvador del mundo ayer, hoy y siempre.6 Pero este anuncio supuso en cada caso algunos acentos particulares que enriquecieron y perfeccionaron el proceso evangelizador. Así los dominicos se caracterizaron por difundir las enseñanzas escolásticas, y centraron la difusión del evangelio a través de colegios y centros superiores de enseñanza abiertos a los naturales. Su contribución fue importantísima en la enseñanza de la fe católica.

Uno de los más grandes logros de esta orden, fue la fundación de la Universidad de San Marcos el 12 de mayo de 1551, por Fray Tomás de San Martín. San Marcos se hizo realidad por cédula real de Carlos I de España y V de Alemania, siendo oficialmente la universidad más antigua de América. Los dominicos también pusieron énfasis en el conocimiento de las lenguas autóctonas y de las costumbres locales para una adecuada evangelización. Fruto de esta preocupación fue el “Lexicon o Vocabulario general del Perú llamado quechua”, de Fray Domingo de Santo Tomás, publicado en 1560. Esta obra fue un aporte trascendental en la comprensión de las formas gramaticales y conceptuales de los indios.

Fueron dominicos también Fray Vicente Valverde, Juan de Olías, Jerónimo de Loayza (primer arzobispo de Lima) y Gaspar de Carvajal, quien acompañara a Francisco de Orellana en el descubrimiento del río Amazonas en 1545. No hay que olvidar que la orden dominica ha dado al Perú tres santos y una beata, de los cinco santos y dos beatos que tiene nuestro país inscritos en el Martirologio Romano: Santa Rosa de Lima, primera flor de santidad de América, San Martín de Porres y su compañero y amigo inseparable San Juan Macías y la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo.

Por su parte los franciscanos llegaron al Perú en 1542, destacándose por su fervor misionero. Los franciscanos llegaron hasta los lugares más recónditos del Perú con la finalidad de llevar la Palabra de Dios a todos los indígenas. Se dedicaron más que nada a las misiones populares, conviviendo prácticamente con los indios para transmitirles no solo con la palabra sino su testimonio de vida, la fe cristiana. Fieles a la unidad inseparable entre evangelización-salvación y evangelización-promoción humana, junto con el anuncio de la Buena Nueva enseñaron a los indios labores agrícolas (por ejemplo arar con bueyes, hacer yugos, arados y carretas), la gramática castellana (leer y escribir) y el arte de tocar instrumentos musicales de viento y cuerda, entre otros oficios. El primer franciscano en llegar al Perú fue Fray Marcos de Niza. Poco después llegaron los frailes Jodocko Ricke, Pedro Gosseal y Pedro Rodeñas. Para 1542 llegó al Perú una expedición conformada por doce frailes, lo cual dio origen a la provincia peruana franciscana de los Doce Apóstoles. Entre los esfuerzos por inculturar la fe cristiana entre los indígenas, cabe señalar la obra de Fray Luis Jerónimo de Oré, autor del “Símbolo católico indiano”, que además de incluir una gramática quechua y aymara, incluye una descripción geográfica del Perú y valiosa información sobre las costumbres de los naturales. Finalmente no hay que olvidar que la orden franciscana ha dado a la Iglesia del Perú un gran santo misionero, de quien hablaremos más adelante: San Francisco Solano, apóstol del Perú y de la Argentina.

Los agustinos llegan al Perú en 1551. En menos de diez años tuvieron iglesias y conventos en las principales regiones del virreinato. Dedicados como los demás a la evangelización, tuvieron sin embargo un papel preponderante en la conversión de los curacas y de las personas más importantes de los ayllus descendientes de los incas. Entre ellos destacan Fray Antonio de Calancha, autor de las crónicas sobre las acciones agustinas en el virreinato del Perú y Fray Alonso de Ramos Gavilán, quien participara extensamente en la extirpación de las idolatrías.

Los mercedarios arribaron al Perú en el temprano año de 1534. Su gran espíritu misionero hizo que la orden llegara a las altas cumbres de nuestra cordillera en búsqueda de los indios para evangelizarlos. Fueron mercedarios Fray Martín de Murúa, cronista que se dedicó a la recopilación de la historia del Tahuantinsuyo y autor de la crónica “Origen y Descendencia de los Incas” y Fray Diego de Porres, misionero dedicado a la enseñanza de la fe católica, apoyándose en instrumentos nativos como el quipu.

Finalmente la orden de la Compañía de Jesús o jesuitas llegaron al Perú en 1568. Su labor evangelizadora no sólo se centró en los indios, sino también en los descendientes de los principales curacas incaicos. Por ello fundaron en Lima y en el Cusco los Colegios Mayores para la educación de la nobleza andina. Asimismo se dedicaron a la enseñanza de los españoles para lo cual abrieron colegios en Lima y en el Cusco, y además en la ciudad imperial fundaron una universidad. Estudiaron a fondo el quechua y el aymara. Fruto de ello fue el diccionario de la lengua quechua de Diego Gonzales Holguín de 1608. Este libro fue de vital importancia para la labor evangelizadora ya que otorgaban a los misioneros el conocimiento necesario de las lenguas locales y los criterios para la interpretación de las tradiciones orales andinas.

Mención aparte es la persona del Padre José de Acosta, gran colaborador de Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, de quien nos ocuparemos más adelante. Fue sin duda el brazo derecho de Santo Toribio en los altos asuntos del gobierno pastoral. Autor de la Historia natural y moral de las Indias, compuso también una obra admirable, De procuranda indorum salute, en la que, llevando a síntesis madura los estudios de autores precedentes, daba respuesta segura a muchas cuestiones teológicas, jurídicas y misionales. Escrito entre 1575 y 1576, este libro fue considerado desde su aparición como un importante Manual de Misionología. El Santo Arzobispo de Lima, encontró en el Padre Acosta un colaborador inteligente y eficaz.

Es bueno señalar que todas las órdenes, dominica, franciscana, agustina, mercedaria, y jesuita, sin excepción, fueron grandes defensoras de la dignidad de los indígenas, de sus derechos y justas aspiraciones. Desde la plena fidelidad al evangelio, denunciaron los abusos de los sistemas injustos aplicados a los indígenas, pero no por miras políticas ni por móviles ideológicos, sino porque descubrían en ellos serios obstáculos a la evangelización, por fidelidad a Cristo y por amor a los más pequeños e indefensos.7

Algunos Grandes Misioneros del Perú

Nos toca ahora ver la vida y la obra del algunos Grandes Misioneros del Perú. Los evangelizadores de la primera hora. Son muchos los que podríamos presentar, pero por no disponer de mucho tiempo, quisiera limitarme a sólo tres: a Fray Vicente Valverde, a San Francisco Solano y a Santo Toribio de Mogrovejo. Creo que estas tres vidas son suficientes para comprender los Grandes Misioneros que tuvo el Perú y para sacar de sus vidas inspiración para que nosotros seamos los grandes misioneros que requiere hoy nuestra patria en el tercer milenio de la fe y así podamos ser artesanos de la Nueva Evangelización.

Fray Vicente Valverde

A Fray Vicente Valverde lamentablemente sólo se le recuerda por el requerimiento que hiciera al Inca Atahualpa en la circunstancia de su captura. A partir de este único hecho se pretende interpretar su persona, vida y obra. Más aún, hay quienes lo han propuesto como símbolo de la acción de la Iglesia a lo largo de toda la historia de la Conquista y del Virreinato, es decir como la institución que favoreció la opresión y la injusticia contra los indígenas, lo cual resulta falso y no conforme con la verdad histórica. Es la “leyenda negra” sobre el dominio español en América, difundida particularmente por razones políticas por autores ingleses y franceses para desacreditar a España y la obra evangelizadora. Valverde desarrollaría una acción que resulta ejemplar, comenzando por el hecho de haber tenido el valor de acompañar la expedición conquistadora hacia tierras desconocidas, sin saber lo que iba a encontrar.

Después de entrar con Francisco Pizarro al Cusco el 23 de marzo de 1534, regresó luego a España a exponer las necesidades que exigía la obra de la evangelización en América. Fue nombrado primer Obispo del Cusco. Valverde se convirtió en “Protector de los indios”, redactando varios informes en los que denunciaba los maltratos de que eran víctimas los naturales, especialmente en los momentos de las guerras civiles entre pizarristas y almagristas que trajeron desolación y desorden a la ciudad del Cusco.

Con ocasión de la sublevación de Manco Inca, que ocasionó que el maltrato a los indios aumentara, Valverde llega a escribir que es difícil tarea, “la de defender a esta gente de la boca de tantos lobos como hay contra ellos”. Después de diez años de intensos trabajos apostólicos, fue muerto en circunstancias misteriosas en la isla de Puna (cerca de Guayaquil), el 31 de octubre de 1541, cuando se dirigía al encuentro del gobernador Vaca de Castro con el fin de buscar una solución a la disputa y falta de solidaridad y unión que había entre los españoles que vivían en su diócesis. Fue un hombre de particular valor y fortaleza, así lo reflejan las palabras que le escribiera en una ocasión al Rey de España: “Y Vuestra Majestad puede creer que después que entré en esta tierra yo he tenido tantos trabajos y tanta contradicción en servir a Dios y Su Majestad, que si no fuera porque Vuestra Majestad me tuviera por pusilánime y por hombre que no era para poner el pecho a estas cosas y otras mayores, ya me hubiera vuelto a Vuestra Majestad”.

San Francisco Solano, Apóstol del Perú y de la Argentina (1549 – 1610)

Sin lugar a dudas gran apóstol de América del Sur y especialmente del Perú. Sus restos están enterrados precisamente en la ciudad de Lima.

Su ejemplo nos hace presente el de tantos misioneros no sólo franciscanos sino de otras órdenes religiosas, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo. Verdadero Apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, San Francisco Solano, no sólo recorrió gran parte del Perú de entonces, sino otros cinco países de América del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en Montilla (Córdoba). Sus padres eran gente de buena posición. A los veinte años de edad decide vestir el hábito franciscano atraído por la pobreza y la vida tan sacrificada de estos religiosos.

Hace su profesión religiosa el 25 de abril de 1570 y es ordenado sacerdote en 1576. Tiene gran afición por la música, la que cultivó toda su vida. Por ello es nombrado en el convento sevillano de Nuestra Señora de Loreto, vicario de coro, es decir, encargado de dirigir el rezo y los cantos del oficio divino. Era amante de la austeridad y la pobreza. Hay que mencionar que el primer anhelo del santo al abrazar la vida religiosa era la de ser mártir. Solicitó sin éxito ser destinado a Berbería (nombre genérico con que se designa el conjunto de países del noroeste de África: Trípoli, Túnez, Argelia y Marruecos, todos ellos poblados por bereberes), para morir en el intento de evangelizar a los africanos. En vista a la negativa de sus superiores, se fija otra meta: venir a América. De regreso en Montilla (su ciudad natal) a raíz de la muerte de su padre y para visitar a su madre enferma y casi ciega, realizó varias curaciones inexplicables que dieron comienzo a su fama como milagrero. En América por la cantidad de prodigios y milagros que realizaría se le llegó a llamar “el Taumaturgo del nuevo mundo”.

Ante el pedido que el rey Felipe II hiciera a los franciscanos para que enviaran más misioneros a Sudamérica para extender la fe cristiana en estas tierras, Francisco fue elegido para esta misión, para gran alegría suya.

Llega a Lima en 1590 y por veinte años recorrió el continente americano predicando el Evangelio especialmente a los indios. Su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie con grandes peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo. Más de 3,000 kilómetros y sin ninguna comodidad. Tan sólo con la confianza puesta en Dios y movido por el deseo de salvar almas. Se enfrenta a las tribus guerreras de aquellas zonas con solo el crucifijo en la mano y después de predicarles la buena nueva logra que todos le empiecen a escuchar primero y a pedir el bautismo después. El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la guitarra. Así alegraba a sus oyentes con su música y sus canciones.

Misionó por más de 11 años por el Chaco Paraguayo, por Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie, convirtiendo a innumerables indios y colonos españoles. Dicen sus biógrafos que emulando a su padre fundador San Francisco de Asís, tuvo una relación especial con los animales llegando incluso a enfrentar y calmar a serpientes y toros bravos.

Posteriormente sus superiores lo nombran Guardián del Convento de la Recolección que acababa de fundarse en Lima (conocido por nosotros como el convento de los Descalzos), cargo que aceptó por obediencia ya que se consideraba incapaz para ejercer el gobierno. Daba consejos sabios y prudentes y cuando tenía que reprender a alguno de sus frailes lo hacía con gran caridad. Sus penitencias y su gran espíritu de oración no le impedían ser alegre. Solano fue conocido como el santo de la alegría. En 1601 fue elegido Secretario y acompañante del superior provincial. Pero su frágil estado de salud hizo que en menos de un año dejara el cargo y fuera destinado a la ciudad de Trujillo, ciudad fundada por Francisco Pizarro apenas 50 años antes de la llegada de Fray Francisco Solano al Perú.

Allí se dedica a visitar enfermos, a predicar en el hospital de la ciudad, a visitar a los presos, a preparar a bien morir a los moribundos, etc. En 1604 volvió a Lima al convento de los Descalzos, donde viviría hasta su muerte. A pesar de estar delicado de salud, continúa con sus penitencias y pasaba noches enteras en oración. Visitaba de continuo a los enfermos y salía a las calles con su cruz en la mano a predicar. Predicaba en todo lugar: en los talleres, las calles, los monasterios, las plazas, incluso en los corrales de teatro. Ese año, 1604, pronuncia un célebre sermón en las calles de Lima que conmueve a la ciudad e impulsa a muchos al arrepentimiento y la conversión. En octubre de 1609 un gran terremoto sacude la ciudad de Lima. Poco después se producen hasta 14 nuevos temblores. Las iglesias se llenaron de gentes. Solano salió a predicar y a consolar a las personas.

En 1610 su salud estaba muy venida a menos debido a su vida de penitencia, sus trabajos y privaciones. Por ello Fray Solano pasó a vivir a la enfermería del convento. Postrado y gravemente enfermo del estómago, apenas podía salir a visitar a los enfermos y a predicar, aunque procuraba siempre estar con los demás frailes en el refectorio. Muere el 14 de julio de ese año. Su cuerpo era poco más que un esqueleto humano. Se había consumido totalmente por Cristo y los hermanos, haciendo vida la enseñanza de San Pablo: “Con gusto me gastaré y me desgastaré para que Cristo sea más amado y conocido”.8 Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el virrey y el arzobispo, hasta los más humildes. Todos con la misma idea: haber asistido al entierro de un santo.

Fue beatificado por el Papa Clemente X en 1675 y canonizado por el Papa Benedicto XIII en 1726. En su tiempo vivieron en Lima todos nuestros santos: Santo Toribio de Mogrovejo, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y San Juan Macías.

Santo Toribio de Mogrovejo, II Arzobispo de Lima y Patrono del Episcopado Latinoamericano (1538 – 1606).

Sin lugar a dudas, Toribio Alfonso de Mogrovejo, cuyo IV centenario de ingreso a la gloria celestial celebráramos jubilosos el año pasado, es el más grande evangelizador y misionero que ha tenido el Perú y América.

A manera de introducción y para comprender la magnitud de su vida y obra, escuchemos la breve pero contundente descripción que del Santo nos da de manera autorizada el Doctor José Agustín de la Puente Candamo:

“La mejor organización de la vida de la Iglesia, el conocimiento de la realidad del Perú, la permanente preocupación por la evangelización del hombre andino, la enseñanza de su vida ejemplar, son algunos de los planos que nos permiten descubrir el vínculo profundo entre Toribio de Mogrovejo y el Perú. Es el gran educador del hombre de la sociedad peruana…uno de los grandes forjadores de la nacionalidad…uno de los artífices de la nueva sociedad (peruana)…La obra de gobierno de Toribio de Mogrovejo, la afirmación y defensa de sus derechos y obligaciones, su apostolado con los indios y la defensa del hombre nativo como persona humana que es, todo esto es posible, como el esfuerzo singular de las «visitas», por la calidad humana y la santidad de vida del Arzobispo de Lima. Toda su obra muestra y es fruto de su vida y de su virtud. Austero, alegre, sobrio, caritativo, penitente, cumplidor, minucioso del deber, generoso, ganaba el corazón de los hombres y comunicaba el amor a Dios”.9

Toribio nació en Mayorga, España en 1538. Estudió Derecho en las Universidades de Coimbra y Salamanca. El Rey Felipe II lo nombró juez principal de la Inquisición en Granada. Al quedar vacante la Sede Arzobispal de Lima, el Rey decidió enviarlo como Arzobispo a la ciudad de los reyes. El Papa Gregorio XIII lo nombró Arzobispo de Lima como sucesor del Arzobispo Fray Jerónimo de Loayza. Después de recibir las sagradas órdenes, ya que al momento de su elección Toribio era laico, el Santo Arzobispo de Lima parte para el Perú y desembarca en el puerto de Paita al atardecer del 11 de marzo de 1581. Desde ahí comenzó a dar los primeros pasos que lo llevarían en 25 años de episcopado a recorrer un total aproximado de 40,000 kilómetros, llevando la luz y el calor del Evangelio por todo el Perú.

La empresa misionera de Santo Toribio, iba a desarrollarse en una Arquidiócesis de enorme extensión, unos mil por trescientos kilómetros. Abarcaba, en efecto, desde Chiclayo y Trujillo al norte, hasta Ica al sur, más las regiones andinas, desde Cajamarca y Chachapoyas hasta Huancayo y Huancavelica, y aún más al oriente por Moyobamba. A las ciudades ya nombradas se añadían Huaylas, Cinco Villas, Cañete, Carrión, Chancay, Santa, Saña -donde vino a morir-, más otros pueblos y unas 200 reducciones y doctrinas de indios.

Pero además era Lima una Arquidiócesis de suma importancia en lo eclesiástico, pues tenía como diócesis sufragáneas la vecina de Cusco, las de Panamá y Nicaragua, Popayán (Colombia), La Plata o Charcas (Bolivia y Uruguay), Santiago y La Imperial, después trasladada a Concepción (Chile), Río de la Plata o Asunción (Paraguay) y Tucumán (Argentina). Es decir, casi toda Sudamérica y parte de Centroamérica quedaba presidida por este hombre de Dios.

La Arquidiócesis de Lima, era fundamentalmente un territorio misionero. Y muy consciente de ello, Santo Toribio, a diferencia de otros obispos que se quedaban en su sede y dejaban a los religiosos y doctrineros (catequistas) la acción propiamente misional, se dedicó principalmente al apostolado entre los indios, limitando casi sus estancias en Lima a los tiempos en que se celebraron sus tres Concilios o los Sínodos diocesanos.

Santo Toribio recorrió toda su extensa Arquidiócesis. A las visitas pastorales dedicó 14 de sus 25 años de episcopado. La primera visita le tomó 7 años (1584-1590); la segunda 5 años (1593-1597), y la tercera 2 años (1605-1606). Será en ésta última donde el Señor le llamará a su Reino para darle el premio que tiene reservado a sus mejores servidores. Resulta asombroso lo que Santo Toribio pasó recorriendo aquellas inmensas distancias en sus visitas pastorales, sorteando peligros, fatigas, hambre, frío, y muchas otras situaciones de alto riesgo. Como los itinerarios de sus viajes quedaron registrados al detalle en el libro de sus visitas pastorales, puede calcularse con bastante exactitud que recorrió unos 40.000 kilómetros. Este hombre, de buena salud, pero de constitución física no demasiado fuerte, que hasta los 43 años lleva una vida sedentaria y que a esa edad inicia 25 años de vida pastoral intensa, la mayor parte de ella de camino, viviendo en chozas o a la intemperie, alimentándose muchas veces con sólo pan y agua o con lo que los indios le comparten desde su pobreza, soportando la inclemencia del tiempo, es una demostración patente de que el hombre lleno del amor de Dios y con el corazón inflamado de celo por la misión evangelizadora es capaz de todo, “y es que para Dios no hay nada imposible”.10 “No es nuestro el tiempo”, “la vida es breve y conviene velar cada uno sobre lo que tiene a su cargo solía repetir, demostrándolo con el ejemplo de una vida de total entrega al anuncio del Evangelio, no conociendo lo que era el descanso y mucho menos las vacaciones.

Apóstol de la Confirmación, administró este sacramento a cerca de 800,000 personas e hizo más de 500,000 de bautismos. Entre aquellos a quienes confirmó estuvieron nada menos que Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres.

Él mismo escribe al papa Clemente VIII acerca de sus visitas pastorales: “Después que vine de España a este Arzobispado de los Reyes, por el año de ochenta y uno, he visitado por mi persona y estando legítimamente impedido por mis Visitadores, muchas y diversas veces el Distrito, conociendo y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando lo que ha parecido convenir, y predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua, y confirmando mucho número de gente…y andando y caminando más de cinco mil y doscientas leguas, muchas veces a pie, por caminos muy fragosos, y ríos, rompiendo por todas las dificultades, y careciendo de todo”11.

Sin embargo, Toribio no descuida para nada su vida espiritual, consciente de que el apostolado no es otra cosa sino sobreabundancia de amor y que la oración es el secreto de la fecundidad de un apóstol y misionero. Impresiona leer a los biógrafos del Santo Arzobispo de Lima cuando describen su horario cotidiano de vida espiritual: “ Se levantaba a las seis de la mañana, sin que a vestirle y calzarle asistiesen mozos o ministros de cámara porque su honestidad no se sujetó jamás a estilos de palacio, ni circunstancias de grandeza. Decía sus devociones primero, y después en su humilde aposento, rezaba las Horas canónicas. Satisfecha esta obligación, bajaba por camino reservado de la casa arzobispal a la Catedral, donde celebraba la Misa, con tanta devoción y ternura, como pide aquel divino misterio. Acabado el santo sacrificio discurría por todo el templo y sacristía, haciendo de rodillas oración en cada uno de sus altares (…) Hechas estas piadosas visitas se volvía alegre a su palacio, sin permitir que ningún ministro de la Iglesia le acompañase, y entrando en su oratorio, puesto de rodillas, empleaba dos horas en oración mental (…) En anocheciendo, se recogía a su oratorio, donde hasta las ocho, se suspendía en contemplaciones celestiales de la divina bondad. Después salía fuera, y junto con sus capellanes rezaba con atenta y devota pausa y reverencia, a coros, los Maitines. En acabando el oficio se iba a cenar, y abreviando su cena con una ligera colación de pan y agua, volvía a su cuarto, en el cual, decía el oficio parvo de Nuestra Señora, el de los Difuntos y otras devociones particulares”.12

Para la evangelización de los indios impulsó el conocimiento de las lenguas nativas por parte de los misioneros. El mismo Santo Toribio, estudió el quechua y a poco de llegar al Perú, lo usaba para predicar a los indios y tratar con ellos. Siendo tantas las lenguas y dialectos existentes, solía llevar intérpretes para hacerse entender en sus innumerables visitas. Con todo, en su proceso de beatificación se dio testimonio que en algunos casos tuvo el don de lenguas en forma milagrosa.

Al arribar al Perú, descubre que la acción evangelizadora de la Iglesia atravesaba un momento de seria crisis. La disposiciones de su predecesor el Arzobispo Jerónimo Loayza y de los dos Concilios de Lima no eran tomadas en cuenta. Asimismo la catequesis y la doctrina necesitaban adecuarse mejor a una pastoral indígena más sólida. Por ello y con la ayuda del Padre José de Acosta, organiza el III Concilio Limense (1582-1583) obra maestra de legislación eclesial de Santo Toribio, aunque realiza en total trece sínodos arquidiocesanos y tres concilios provinciales. El III Concilio Limense, establece las bases de la evangelización de América Latina.

“Fue la asamblea eclesiástica más importante que vio el Nuevo Mundo hasta el siglo de la Independencia latinoamericana, y uno de los esfuerzos de mayor aliento realizados por la jerarquía de la Iglesia y la Corona española para enderezar por cauces de humanidad y justicia los destinos de los pueblos de América, como exigencia intrínseca de su evangelización”.13 El III Concilio Limense, fue la aplicación del gran Concilio de Trento (1545-1563) a la realidad de América Latina. El Concilio dividió su cuerpo canónico en cinco partes o acciones.

Entre sus disposiciones y frutos más notables están los siguientes:

1. La defensa y el cuidado de los indios, para protegerlos de cualquier abuso o explotación y promoverlos humanamente. Este cuidado incluía además una labor de educación social: “que los indios sean instruidos en vivir políticamente”, es decir “dejadas las costumbres bárbaras y salvajes, se hagan a vivir con orden y costumbres políticas”. Para ello el III Concilio Limense planteó el establecimiento de las doctrinas-parroquias. En cuanto a los sacerdotes que tenían el cuidado de los indios se les recuerda que “son pastores y no carniceros, y que como hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana”.

2. La obligación deluso de la lengua indígena en la catequesis y la predicación.

3. El Catecismo trilingüe (en castellano, quechua y aymara), conocido como el Catecismo de Santo Toribio, con el cual se logró unificar el adoctrinamiento de los indios en casi toda América Latina. El Concilio ordena a todos los sacerdotes “so pena de excomunión, que tengan y usen este catecismo, dejados todos los demás”. Sin lugar a dudas el Catecismo es el fruto más valioso de este Concilio.

4. Las Visitas Pastorales.Estas son urgidas con gran firmeza como deber canónico, con el fin de que Pastor conozca a sus ovejas y éste sea conocido por ellas (ver Jn 10, 14).

5. La Dignificación del Clero, su adecuada formación doctrinal y pastoral para una conveniente evangelización y vida de santidad sacerdotal.

6. La Liturgia, que ha de celebrarse con gran esplendor y ceremonia, pues “esta nación de indios se atraen y provocan sobremanera al conocimiento y veneración del Sumo Dios con las ceremonias exteriores y aparato del culto divino”. Por tanto ha de ponerse gran cuidado y procurar que haya “escuela y capilla de cantores y juntamente música de flautas y chirimías y otros instrumentos acomodados en las iglesias”.

7. Los Seminarios. El Concilio impulsa la creación de Seminarios siguiendo las disposiciones de Trento, cuidando la elección y la formación de los candidatos al sacerdocio. Teniendo presente esta disposición, Santo Toribio funda el Seminario de Lima, que hoy lleva su nombre, uno de los primeros de América en aplicar el modelo de Trento.

8. El Número de Sacerdotes. El II Concilio Limense había denunciado el hecho que muchas veces un sacerdote tiene a su cargo a innumerables indios y establece que debe haber un sacerdote por cada 1,300 almas de confesión. En una de sus cartas al Rey, Santo Toribio le informa “como negocio de mucha consideración y digno de ser llorado con lágrimas de sangre”, el caso de una parroquia de 5,000 almas de confesión, con cuatro anexos que está a cargo de un solo sacerdote. De esta manera el III Concilio Limense acuerda poner un sacerdote por cada mil o cada setecientas almas de confesión. Para lograr esta meta, el Santo Arzobispo promueve el clero indígena y criollo, es decir el clero nativo. Para ello se debe prescindir de toda discriminación racial, no excluir de las Órdenes a grupo alguno de los naturales, sino admitirlos a todos por igual en principio: criollos, mestizos e indios.

Mucho más podríamos hablar de Santo Toribio, que por todo lo dicho y mucho más fue declarado con justicia, patrono del Episcopado Latinoamericano por S.S. Juan Pablo II, el 10 de mayo de 1983. Quien sabe nos falte tan sólo agregar el gran amor de hijos que los indios le tenían y por ello no saben llamarle más que “Padre santo” y cuando después de bendecirlos se despedía de ellos para ir a otro pueblo, los indios lloraban como si se les ausentase su verdadero padre. Y es que realmente lo era: “porque maestros en la fe cristiana podréis tenerlos a millares, pero padres, no; he sido yo quien os he engendrado para la fe”.14 De otro lado era un hombre de una gran caridad. De su propio peculio financió escuelas, hospitales, templos y nuevas doctrinas. Todo lo regalaba y vivía en gran austeridad y pobreza.

A los 68 años Santo Toribio cayó enfermo en Pacasmayo (norte de Lima). Murió en Zaña el 23 de marzo de 1606. Y luego de recibir la Unción de los enfermos, en Jueves Santo, día de su muerte, pide al prior agustino que tañese el arpa y rezó: “A ti, Señor, me acojo…En tus manos encomiendo mi espíritu”. El “protector de los indígenas”, fue un infatigable misionero y organizador de la Iglesia en nuestras tierras. Santo Toribio fue beatificado por el Papa Inocencio IX en 1679 y canonizado por Benedicto XIII en 1726.

Que Santo Toribio de Mogrovejo sea nuestro modelo en nuestro trabajo evangelizador y misionero según la propia vocación y misión, y nuestro intercesor ante Dios para que podamos estar siempre a la altura de lo que Dios espera de nosotros y de lo que la Iglesia necesita.

La Nueva Evangelización

Ahora bien, lamentablemente lo que Puebla llamó Evangelización Constituyente, por el papel clave que, como hemos visto, tuvo ésta en la constitución de la base de la identidad cultural de América Latina, ha venido debilitándose con el tiempo hasta hoy, sea porque no se ha profundizado ni alentado su impulso, sea por agresiones de fuera, principalmente de las ideologías que han surgido de la ilustración (principalmente el liberalismo, el positivismo, y el marxismo) y que han generado el fenómeno que conocemos como “secularismo”, que es el intento de edificar el mundo de lo humano excluyendo a Dios y a lo trascendente, o relegándolo a un lugar secundario a nivel de las creencias personales, diríamos opcionales y sin ninguna pretensión de orientación social y cultural. Es decir a la “sacristía de la vida”.

La pérdida del sentido de lo real, y por lo tanto de la verdad; la crisis de la racionalidad; el relativismo imperante; la dimisión de lo humano que se expresa en la violencia, en el irrespeto a la vida desde su concepción hasta su fin natural (aborto y eutanasia), las injusticias, la pobreza y la explotación de personas, la degradación del ser humano que desconoce su identidad según la naturaleza (homosexualidad), el hedonismo y permisivismos extendidos reflejados en el alcoholismo, la droga y la pornografía; la pérdida de la identidad católica, tanto a nivel personal como comunitario; la falta de vocaciones suficientes a la vida sacerdotal y consagrada; la crisis de la familia y los problemas en los matrimonios; la pretendida redefinición del matrimonio entre personas del mismo sexo; el surgimiento de las sectas y de teologías erradas, etc., son algunas constataciones que nos ayudan a tomar conciencia de la urgencia de emprender todos juntos, según nuestra propia vocación y misión, la gesta de la Nueva Evangelización en continuidad con la Evangelización Constituyente, ya que se hace necesario hoy como ayer llevar al Señor Jesús a un mundo en crisis y en constante cambio.

Fue precisamente el recordado y amado Papa Juan Pablo II el que desarrolló el rico tema de la “Nueva Evangelización”, para describir la misión de la Iglesia en América Latina en el tercer milenio: “La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”.15

Ante este panorama y los retos de la Nueva Evangelización no debemos caer en desánimo ni desaliento. Debemos recordar las palabras del Maestro: “En el mundo tendréis tribulación. Pero, ¡ánimo! Yo he vencido al mundo”.16 Y las palabras del Papa Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”17, junto con las de Benedicto XVI el día del comienzo de su pontificado donde nos invitaba a todos a la confianza y amistad profunda con el Señor Jesús, especialmente a los jóvenes: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo”.18

La obra de la Nueva Evangelización es de todos nosotros. Nadie debe sentirse ni excluido ni dispensado. Como bien dijo Juan Pablo II en su primera visita al Perú el año 1985: “Esa empresa (la nueva evangelización) es vuestra hermanos obispos, en primer lugar. Es vuestra, sacerdotes, que sois insustituibles colaboradores de vuestros Pastores. Es vuestra, religiosos y religiosas, pues esa es la causa de Cristo que habéis abrazado. Es vuestra, laicos cristianos, que en el corazón del mundo estáis llamados a construir el reino de Dios. Si vuestra Iglesia acoge ese mensaje de Jesús, podrá decirse de veras que «le sigue porque conoce su voz», la voz de Cristo (ver Jn 10, 4).”19

Pero con todo surgen las preguntas: ¿Qué hacer ante tantas dificultades? ¿Cómo afrontar el desafío de la Nueva Evangelización? Creo que los misioneros y evangelizadores de la primera hora de la historia de la fe del Perú y de América Latina, cuya gesta gloriosa rápidamente hemos visto, nos pueden ayudar a responder a estas preguntas.

En primer lugar la Nueva evangelización tiene que ser una Evangelización para la santidad. La evangelización constituyente dio como resultados frutos ejemplares de santos: Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, San Juan Macías, y la Beata Sor Ana de los Ángeles, son prueba patente de ello. Pero además es bueno señalar que sólo en el Perú hay más 89 entre santos y virtuosos conocidos entre 1531 y 1830.20 Una nueva evangelización debe infundir en peruanos un profundo deseo de santidad, conscientes que la santidad es la plenitud de la humanidad y que no hay mejor evangelizador que el santo y que la santidad es la vocación de todo bautizado: “El renovado impulso hacia la misión “ad gentes” exige misioneros santos. No basta renovar métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo «anhelo de santidad» entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros”.21

En segundo lugar la Nueva Evangelización tiene que ser una evangelización para la unidad en la fidelidad.

Es decir hay que construir la unidad eclesial, unir en este esfuerzo a los sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, a las asociaciones laicales, a las hermandades y cofradías, etc. Hay que evitar los exclusivismos y sectarismo de todo tipo que tanto daño hacen a la Iglesia y a su obra misionera. En medio de un mundo divido y a veces enfrentado, la Iglesia debe resplandecer como “casa y escuela de la comunión”, que ayude a sanar rupturas y unir corazones. No hay que olvidar que esta es la hora de los laicos, llamados a hacer presente a la Iglesia en medio del mundo y al mundo en medio de la Iglesia. De ahí la importancia de valorar a los movimientos eclesiales que no son un problema sino don del Espíritu Santo para la evangelización del nuevo milenio y que ciertamente deben desarrollar su apostolado en sintonía y comunión con la Iglesia y el obispo diocesano.

En una evangelización para la unidad en la fidelidad, también será necesario como lo hicieron los Grandes Misioneros del Perú, ser maestros valientes de la verdad, amando al que yerra pero sin dejar de combatir el error. Es decir, ser fieles a la Fe de la Iglesia. Para ello el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y su versión más breve, el Compendio se hace necesario. Hay que intensificar la catequesis y la formación en la fe. “La reflexión madura en la fe es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo”.22

En tercer lugar la Nueva Evangelización tiene que ser una evangelización para la dignidad de la persona.

En esto también los misioneros de la primera hora nos dan ejemplo. Ser defensores y promotores de la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo, el Reconciliador. Desde la doctrina social de la Iglesia, iluminar los problemas del mundo desde la luz de la razón natural, de la fe y de la moral de la Iglesia con el fin siempre de salvar al ser humano en su dignidad integral.

Finalmente la Nueva Evangelización tiene que ser una evangelización en constante sintonía con la Sede Apostólica. Los primeros misioneros supieron construir la cercanía espiritual y la adhesión afectiva y efectiva con los Sucesores de San Pedro, los Papas. Junto con la Eucaristía, la piedad filial a Santa María, la devoción a los santos, el amor a Cristo sufriente en el pobre, el amor al Santo Padre, constituye uno de principales elementos principales de la religiosidad de nuestros pueblos, ya que como bien dice San Ambrosio de Milán, “Donde está Pedro, allí está la Iglesia, y donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna”.23 (lat. “Ubi Petrus, ibi Ecclesia; ubi Ecclesia, nulla mors, sed vita aeterna”).

María, Estrella de la Nueva Evangelización.

El tema de esta conferencia es “Grandes Misioneros del Perú”. Ciertamente la más grande de todas es nuestra Madre Santísima, llamada con justicia “Estrella de la Evangelización” por Juan Pablo II en su visita a la ciudad de Piura en febrero de 1985. Así como después del anuncio angélico, Ella se puso presurosa en camino hacia la aldea de Ain Karim para visitar a su prima Santa Isabel24, así también Ella se puso presurosa en camino con los primeros misioneros para traernos el don de la salvación, para que en nuestros pueblos brillara el Sol que nace de lo alto, Jesucristo, único salvador del mundo ayer, hoy y siempre.

Su aparición en Guadalupe es testimonio elocuente de que Ella ha sido la que nos trajo y la que nos trae constantemente al Señor Jesús, su Hijo. Asimismo ver cómo Ella es venerada en cada país de nuestra América Latina, bajo distintas advocaciones, es señal clara de que Ella es guía segura a Cristo, “quien no solo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza”.25 En el caso del Perú con amor filial Santa María es venerada en toda nuestra geografía. A Ella le pedimos en esta hora de la Nueva Evangelización que no deje de llevar a Jesús en sus manos, para que lo lleve a los corazones de todos los que en esta tierra tan amorosamente confían en Ella y que a todos nosotros nos ayude a difundir el anuncio de Jesucristo al que somos invitados.

Muchas gracias.

Lima, 12 de octubre de 2007
Memoria de Nuestra Señora del Pilar
515º Aniversario del Descubrimiento de América

+ JOSE ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

NOTAS
 

1. Ver S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 1975, n. 14.

2. S.S. Benedicto XVI, Discurso en la Sesión Inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano – Aparecida, N. 1.

3. Tit 3, 4-5.

4. Ver Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 22; S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, n. 10.

5. Lug. cit. N. 4.

6. Ver Heb 13, 8.

7. Ver S.S. Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal Peruana, 2-II-1985.

8. 2 Cor 12, 15.

9. José Agustín de la Puente y Candamo, Santo Toribio y la formación del Perú en la Historia de la Evangelización de América, Pontificia Comisión para América Latina, Ciudad del Vaticano, 1992, pp.831-840.

10. Lc 1, 37.

11. Relación al Papa Clemente VIII, en Carlos García Irigoyen, Santo Toribio, T. I., 289-290.

12. Carlos García Irigoyen , Santo Toribio, Lima 1906, T. I pp. 20-22.

13. Introducción de Enrique T. Bartra, S.J., a Tercer Concilio Limense 1582-1583, Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, Lima 1982, p. 19.

14. 1 Cor 4, 15.

15. S.S. Juan Pablo II, Alocución al CELAM en la Catedral de Puerto Príncipe – Haití, 09-III-1983, III.

16. Jn 16, 33.

17. S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Misa Solemne de Inauguración del Pontificado, 22-X-1978.

18. S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa Solemne de Inauguración del Pontificado, 24-IV-2005.

19. S.S. Juan Pablo II, Discurso en la ciudad de Piura – Perú, 1985, n. 3.

20. Ver Rafael Sánchez Concha, Santos y Santidad en el Perú Virreinal. Vida y Espiritualidad, 2003.

21. S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 90. Ver además Documento de Santo Domingo, n. 28.

22. S.S. Benedicto XVI, Discurso en la Sesión Inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano – Aparecida, N. 3.

23. San Ambrosio de Milán, Explicación sobre el salmo 40, n. 30.

24. Ver Lc 1, 39-56.

25. S.S. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Postsinodal, Ecclesia in America, 1999, n.10.

Lunes 15 Octubre, 2007