CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA CON OCASIÓN DE LA SEMANA SANTA 2018

(Para leerse en las Misas del Domingo de Ramos – 25 de marzo)

Queridos hermanos piuranos y tumbesinos:

            Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, iniciamos la Semana Santa, conocida también como la “Semana Mayor” del año cristiano. En estos días no nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor, más bien junto con Santa María, entremos en el misterio haciendo nuestros los sentimientos, gestos y actitudes de Jesús como nos pide San Pablo (ver Fil 2, 5). Así nuestra Pascua será una Pascua gozosa y podremos realmente exclamar: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor y yo con Él!

Celebraremos grandes misterios de amor

            Grandes serán los misterios que pronto celebraremos. En el Jueves Santo, el Señor Jesús nos dará el testimonio del servicio acariciándonos con su amor que lava nuestros pies, dándonos así ejemplo que la misión de la Iglesia en el mundo es servir: “Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes” (Jn 13, 15). Por tanto todos aquellos que conformamos la Iglesia estamos llamados a servir a los que nos rodean; a amar y perdonar sin distinción de personas. Pero el Jueves Santo es también el día del Sacerdocio ministerial y de la institución de la Eucaristía, verdadero memorial de la muerte y resurrección de Cristo.

            Cada vez que los cristianos celebramos la Santa Misa se hace realmente presente el acontecimiento central de nuestra salvación: La pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. Cada vez que participamos de la Eucaristía es como si estuviéramos presentes en el mismo Cenáculo de Jerusalén (ver Mc 14, 12-26), y cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, con un corazón libre de pecado, el amor de Jesús pasa a nosotros para que nosotros podamos ser capaces de amar como Él.

            El Viernes Santo, es el día de la muerte de Cristo, misterio que nos inspira a dar la vida por los demás. Meditamos la muerte del Señor Jesús y recordamos sus palabras en la Cruz: “Todo está cumplido” (Jn 20, 30). Ellas significan que la obra de la salvación se ha realizado plenamente; que todas las Escrituras encuentran su cumplimiento en el amor de Cristo expresado hasta el extremo de la Cruz. Jesús con su sacrificio ha transformado la iniquidad más grande en el más grande amor. Cómo no recordar en este día a los santos y mártires de ayer y de hoy, que a lo largo de los siglos han dado y dan testimonio de Cristo como un destello de ese amor perfecto, pleno e incontaminado del Señor. Recordemos hoy de manera especial en nuestra oración a nuestros hermanos perseguidos por causa de su fe, especialmente a los viven en Tierra Santa, la Tierra de Jesús.     

Finalmente está el Día de Pascua de Resurrección, que se inicia con la hermosa y solemne Vigilia Pascual que nos anuncia que la luz vence a las tinieblas, la gracia al pecado, la vida a la muerte, el amor al odio, y que la vida del cristiano no termina en el sepulcro. 

El día de Pascua celebramos a Cristo resucitado, centro y fin del universo y de la historia, y ansiamos su regreso al final de los tiempos cuando la Pascua se manifestará plenamente en todo su esplendor. Como bien nos enseña el Papa Francisco, hay veces que la oscuridad de la noche parece penetrar el alma. A veces pensamos que, “ya no hay nada que hacer”, y el corazón no encuentra la fuerza para amar. Pero en esa oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios. Un resplandor rompe las tinieblas y anuncia un comienzo. La piedra del dolor se remueve dejando espacio a la esperanza. El Resucitado nos da su luz para que iluminemos el presente y el futuro de los demás, para que sepamos dar ilusión al que no la tiene, alegría al que vive sumido en la tristeza, porque nuestra esperanza nace de haber encontrado a una Persona que está viva entre nosotros y que resucitado no muere más: Jesús de Nazaret (ver Rom 6, 9).[1] 

A un año de las inundaciones

            En plena Semana Santa recordaremos el próximo 27 de marzo, Martes Santo, el primer aniversario de las inundaciones que tanto nos afectaron el año pasado y en especial a los miles de hermanos nuestros damnificados que perdieron a sus seres queridos, sus casas, cosechas, ganados y bienes, y que lamentablemente aún siguen padeciendo. Muchos de ellos aún viven en la provisionalidad y otros siguen padeciendo la falta de los servicios más elementales como salud, vivienda, agua, saneamiento, vías de comunicación seguras, etc. ¿Hasta cuándo tendrán que esperar los más pobres y los damnificados? ¿Hasta cuándo tendremos que esperar los piuranos? 

En esta Semana Santa, Cristo cuestiona nuestra indolencia y negligencia, y particularmente la de nuestras autoridades. Lamentablemente la prometida y ansiada reconstrucción aún no se siente. Que la Semana Santa sea ocasión para hacernos un profundo examen de conciencia encaminado a que pensando más en los pobres, echemos a andar con decisión, honestidad y trabajo, la ansiada reconstrucción.   

A pesar de lo dicho no perdamos la esperanza de que una reconstrucción seria y eficaz es posible, porque cuando sentimos el golpe del Niño, supimos ponernos en movimiento. Tuvimos entonces el aceite para ir corriendo a ayudarnos como verdaderos hermanos. Sobreabundó el aceite de la solidaridad, de la generosidad que nos puso en movimiento y fuimos al encuentro del Señor en los hermanos damnificados con innumerables gestos concretos de ayuda. Con manos abiertas y disponibles paliamos el dolor y compartimos lo que teníamos desde nuestra pobreza.[2] Si entonces pudimos estar unidos por la esperanza, ¿no podremos ahora unirnos para hacer realidad la reconstrucción de nuestra querida Región? Que sea nuestra fe cristiana, alma de nuestra peruanidad y piuranidad, nuestra fuerza y aliento para que el bien común deje de ser una palabra vacía y abstracta, y sea más bien una realidad llena de frutos por medio de una solidaridad afectiva y efectiva que sepa crear “una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos”.[3] 

Sepamos acoger a nuestros hermanos venezolanos

            Recientemente el Papa Francisco nos ha hecho un llamado a no tener miedo al extranjero, sino más bien crear una sociedad donde nadie lo sea. En ese sentido hago un llamado a todos para que acojamos con gestos concretos de fraternidad a los hermanos venezolanos presentes hoy en Piura y Tumbes. Cada uno de nosotros está llamado a cambiar su propio corazón asumiendo una mirada misericordiosa hacia estos hermanos nuestros. “En décadas pasadas miles de nuestros compatriotas tuvieron que emigrar a Venezuela; las circunstancias actuales nos exigen actuar con solidaridad cristiana hacia nuestros hermanos de este país, que por diversas razones se han visto obligados a abandonar su Patria y, hoy, se encuentran entre nosotros. Que el Perú sea para ellos un segundo hogar, donde se sientan bienvenidos y seguros”.[4] Asimismo invoquemos la protección amorosa de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, para que en estos momentos mantenga viva la esperanza en ese pueblo hermano, y que el Señor Resucitado los libere de todo temor, así como de los males de la violencia, el autoritarismo, la hambruna, y la persecución, y que por medio del diálogo, el respeto a la vida y a los derechos fundamentales de todos los venezolanos, se encuentren caminos de libertad, reconciliación y unidad para esta querida nación. 

Gracias Papa Francisco por tu visita al Perú

            No puedo concluir esta Carta, sin nuevamente exhortarlos a dar gracias a Dios-Amor por la reciente Visita Apostólica del Papa Francisco al Perú. Su presencia nos ha confirmado en la fe y en la misión de la Iglesia. Con sus palabras, gestos y obras el Santo Padre nos ha evangelizado, pero además nos ha dejado la misión de contagiar a todos con la alegría del Evangelio; de trabajar juntos para construir un Perú según las Bienaventuranzas del Reino; y de estar unidos en la esperanza para que así nuestra Patria sea un espacio de oportunidad para todos.  

Reina del Cielo, alégrate, ¡Aleluya!

            Que María Santísima, nos ayude a vivir esta Semana Santa desde su Corazón Inmaculado y Doloroso. Que Ella, que es para nosotros nuestra “Mechita”, Nuestra Señora de las Mercedes, nos conduzca a llevar la vida, la bondad, la misericordia y la ternura del amor de su Hijo Resucitado a cada rincón de Piura y Tumbes. A Ella le decimos con júbilo: Reina del Cielo, alégrate, aleluya. Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya. Ha Resucitado según su palabra, aleluya. Ruega al Señor por nosotros. Aleluya.

Deseándoles una ¡Feliz Pascua!, los bendice y pide sus oraciones por el Papa Francisco.

San Miguel de Piura, 25 de marzo de 2018
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

 

[1] Ver S.S. Francisco, Audiencia General, 1-IV-2015.

[2] Ver S.S. Francisco, Homilía en la Santa Misa de Huanchaco, Trujillo, 20-I-2018.

[3] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 188.

[4] Mensaje de los Obispos del Perú, Unidos por la Esperanza, con ocasión de la 111° Asamblea Ordinaria,

jueves 15 marzo, 2018