CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO DE PIURA DURANTE EL ESTADO DE EMERGENCIA NACIONAL POR EL CORONAVIRUS

“Señor Jesús, ten misericordia de nosotros”

Muy queridos sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas, y fieles cristianos de Piura y Tumbes:

Me dirijo a todos ustedes en estos momentos de prueba y aislamiento social obligatorio, en primer lugar para hacerles llegar una palabra de cercanía, de consuelo y de esperanza. Quiero que sepan que pienso diariamente en todos ustedes y los tengo muy presentes en mis oraciones y en la celebración de la Santa Misa.

El Señor nunca nos abandona, y es en la prueba y en el dolor cuando Él está más cerca de nosotros. Tengamos fe que el Señor Jesús, Santa María, salud de los enfermos, y nuestros Santos Peruanos, nos ayudarán a superar este difícil momento. Que en este tiempo nuestra oración al Señor sea incesante para que Él detenga esta pandemia. Como Bartimeo el ciego, pidamos vigorosamente: ¡Señor, ten misericordia de nosotros! (ver Mc 10, 48).

Recemos por la curación de los enfermos, así como por los médicos, el personal sanitario y científico que de manera abnegada está dedicado a la atención de los contagiados y al encuentro de una cura para esta enfermedad y otras. Oremos por los que han fallecido en el mundo y por sus afligidas familias. Pidamos también por nuestros Policías, los miembros de nuestras Fuerzas Armadas, y por todos aquellos que trabajan estos días para brindarnos servicios y bienes esenciales, dándonos seguridad y ayudándonos a mantenernos sanos. Saber que muchísima gente está en oración y sirviendo a los demás, llena el corazón de consuelo y de paz.  

Los actuales momentos, son también una oportunidad que el Señor nos ofrece para fortalecer nuestra comunión de vida con Él, así como nuestra fraternidad, solidaridad y cercanía entre todos nosotros, seamos peruanos o migrantes. ¡Los discípulos de Cristo nunca nos apartamos de Él, ni de los hermanos, en tiempo de necesidad!

¿Qué nos está diciendo el Señor?

“Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom 8, 28), por ello como creyentes debemos preguntarnos: ¿Qué nos está diciendo el Señor con todo lo que está sucediendo? ¿Qué quiere el Señor al permitirnos pasar por esta prueba? Ciertamente Él no ha querido esta pandemia, pero Dios siempre saca mucho bien del mal.

En primer lugar creo que esta pandemia nos está ayudando a comprender nuestra fragilidad y nuestra condición mortal. Que a pesar de disponer en estos tiempos de un avance científico y médico sin precedentes, el ser humano no es señor de la vida. El hombre hodierno se ufana en que ya no hay más tabúes, pero hay una realidad que en el fondo le aterra: el misterio de su muerte; comprobar que no es más que una criatura, y que su vida es perecedera, es decir que como ha comenzado algún día terminará. El creyente, en cambio, jamás cede ante el temor de la muerte, porque sabe que ha puesto su confianza en Cristo que la ha vencido: “Yo soy la Resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muerto vivirá, y todo el que vive en mí, no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26).   

De otro lado la ansiedad y la angustia que viven no pocos en estos días en el mundo entero, ¿no desnuda el mal del olvido y de la exclusión de Dios de la vida personal y social? Un mundo sin Dios es un mundo sin sentido que cae inexorablemente en la desesperación y el extravío. Por tanto, ¿no será ésta una ocasión preciosa para volver a Él?

Estamos en plena Cuaresma, y éste tiempo fuerte de conversión lo comenzábamos precisamente con el llamado del Señor a través del profeta Joel: “Volved a mí de todo corazón” (Jl 2, 12). La Cuaresma nos llama a “despertarnos”, a recordarnos que somos criaturas, que no somos Dios, y que mucho menos debemos jugar a serlo. Un microscópico virus nos está recordando que somos muy pequeños, que somos “ceniza”, que sin Dios no somos nada, pero que con Él lo somos todo.

Esta pandemia nos está reclamando que seamos humildes y que volvamos a Dios con más intensidad, porque sin Él, el hombre se desvanece. El verdadero antídoto contra todo mal es saber abandonarse al amor del Señor, es volver de nuevo a aprender a reconocer a Dios como fundamento de nuestra vida. ¡Si el ser humano camina junto a Dios, es capaz de cambiar su vida y el mundo!

La Cuaresma de este año 2020, es una Cuaresma dramática, como nadie podía pensar e imaginar, pero que debemos vivirla como una oportunidad única de conversión. Acojamos el llamado apremiante del Apóstol: “Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios” (2 Cor 5, 20). Aprovechemos el aislamiento social obligatorio por el brote del “Coronavirus” (Covid-19), para dejar atrás por un tiempo el activismo, el frenesí, el ruido, el vivir volcados a lo exterior, y más bien como el Hijo Pródigo entrar en nosotros mismos (ver Lc 15, 17), porque la presencia de Dios en el hombre es profunda y al mismo tiempo misteriosa, pero puede descubrirse en la propia intimidad. Como afirma San Agustín, no hay necesidad de salir fuera. La Verdad habita en lo más íntimo del hombre: “Porque Tú estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí, y más alto que lo supremo de mi ser”.[1]

San Agustín encontró a Dios, y durante toda su vida lo experimentó hasta el punto de que esta realidad -que es ante todo el encuentro con una Persona, Jesús- cambió su vida, como cambia la de los hombres y mujeres, que en cualquier tiempo, tienen la gracia de encontrarse con Él. Pidamos al Señor que en estos días de Cuaresma nos dé esta gracia y nos haga encontrar así su paz. [2]

Esta crisis global tiene también la ventaja de recordarnos que todos habitamos una misma casa común, y que todos debemos empeñarnos en el cuidado de la creación que Dios ha confiado al ser humano. Ahora bien, la preocupación por la creación, reclama también la protección de todos los seres humanos, especialmente de los más vulnerables, como son los niños por nacer, los discapacitados, las víctimas de la trata de personas, y los ancianos a quienes por ningún motivo se debe abandonar en estas horas. Toda vida humana desde la concepción, hasta su fin natural, debe ser acogida, amada y defendida. Que la pandemia que estamos padeciendo nos ayude a superar el eclipse del sentido de la vida en el que se ha atenuado la percepción común de la gravedad moral del aborto y de la eutanasia, y de otras formas de atentar contra la vida humana. El prójimo existe desde la concepción, y debo amarlo como el Señor Jesús en la Cruz.

Esta crisis sanitaria debe hacernos tomar conciencia que todos formamos una sola familia humana y que por tanto estamos conectados y llamados a la solidaridad. Que los países más ricos deben ayudar a las naciones pobres a desarrollarse de manera sostenible.

Ahora bien, este desarrollo social, tecnológico y económico debe ser conforme a la dignidad de la persona humana y debe contribuir a acrecentar esta dignidad. La pandemia que hoy nos aflige, no hace distingos entre las clases sociales, las razas, las culturas y los continentes. Todos somos vulnerables a ella. Por tanto se hace necesario, junto con la cooperación internacional, un cambio en el estilo de vida y de consumo como individuos, familias y comunidades. El futuro de nuestro mundo depende en que la política, la economía y la tecnología, pongan al ser humano, con su dignidad inalienable de hijo de Dios, en el centro de sus preocupaciones y esfuerzos.    

¡Familia, se fuerte! ¡Sé lo que estás llamada a ser!

Quisiera ahora dirigirme a la familias de Piura y Tumbes. Este aislamiento social obligatorio que nos pide quedarnos en nuestros hogares, es una oportunidad valiosa para redescubrir el don de nuestra familia y su valor insustituible en la vida de la sociedad, porque sin familia no hay futuro, más aún el futuro de la humanidad pasa necesariamente a través de ella que es la célula primera y vital de la sociedad. Que estos días los lleven a redescubrir la belleza de su familia, el don de tu esposa y esposo, el don de tus hijos y de tus hermanos, el don de tus padres y de tus abuelos. “La familia es imagen de Dios que, en su misterio más íntimo no es una soledad sino una familia. En la comunión de amor de las tres Personas divinas, nuestras familias tienen su origen, su modelo perfecto, su motivación más bella y su último destino”[3]

Pienso en el gran bien que pueden hacer en estos días las familias reunidas en oración, rezando todos sus miembros juntos el Santo Rosario, para implorar por la intercesión de Santa María, para que esta pandemia llegue a su fin; para que el Señor ilumine a nuestros gobernantes; y para que los sacerdotes podamos cumplir con nuestra misión llevando esperanza, consuelo y amor a los enfermos, ancianos y abandonados, venciendo todo miedo y viéndonos libres de todo peligro.

Pienso en el padre de familia, cabeza de su hogar, reuniendo a los suyos para meditar juntos el pasaje del Evangelio del día. Sabemos que en Cuaresma estamos llamados a meditar con mayor abundancia la Palabra de Dios. La oración sostiene y manifiesta la vida de la familia permitiendo que el Evangelio crezca en ella y la convierta en un núcleo de evangelización. La familia está llamada a ser casa de oración, de una oración sencilla y confiada, de una oración llena de constancia, devoción y ternura, de una oración que se hace vida, para que toda la vida se convierta en oración.  

Pienso también en el gran bien que pueden hacer los padres de familia y los abuelos, explicando a sus hijos y nietos lo que está sucediendo, y que debemos cuidar nuestro cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo (ver 1 Cor 6, 19), siguiendo todas las recomendaciones sanitarias que se nos vienen dando, sin descuidar el cuidado de nuestro corazón del “virus” del pecado.

Los padres de familia pueden hacer un gran bien a sus hijos  enseñándoles cómo lavarse bien las manos, cómo cubrirse adecuadamente a la hora de estornudar o toser, a ser limpios, a mantener la higiene y el orden del hogar y del vecindario, entre otras acciones.

Pienso en la posibilidad enorme que tienen los padres de familia, primeros educadores de la fe de sus hijos, de aprovechar este tiempo para catequizarlos, explicándoles por ejemplo que Dios no es el origen de esta pandemia sino el pecado original; que Dios es un Padre providente que no abandona nunca a sus hijos y que es capaz de sacar mucho bien del mal; que el Cielo es nuestra verdadera Patria y destino.

Pienso en la oportunidad que tienen los padres de educar a sus hijos en la caridad, en el sentido de la solidaridad, el servicio, la renuncia y el sacrificio, frente a una sociedad hedonista y consumista que los arrastra al individualismo egoísta. Pienso en la extraordinaria oportunidad que ofrecen estos días para tomar conciencia de las obligaciones y funciones de cada cual en el hogar para la buena marcha de la casa, y para tener un uso ordenado de la televisión, la internet y las redes sociales, privilegiando por encima de ellas las relaciones interpersonales.

Pienso en la ocasión única que tienen los esposos en estos días de poder abrirse el corazón el uno al otro para renovar su amor y fidelidad conyugal, y reconciliarse en lo que hubiere necesidad.

Asimismo pienso en la ocasión que tienen los padres y los hijos de poder dialogar y escucharse mutuamente. De otro lado los invito a no dejar de ver por televisión o internet, o a escuchar por radio la Santa Misa dominical, haciendo en el momento oportuno un acto de comunión espiritual:

Mi Jesús:
Creo que estás presente en el Santísimo Sacramento.
Te amo por encima de todas las cosas y deseo recibirte en mi alma.
Como no puedo recibirte en este momento sacramentalmente,
entra al menos espiritualmente en mi corazón.
Te abrazo como si ya estuvieras allí y me uno completamente a Ti.
Nunca permitas que me separe de Ti.
Amén.

Pienso por último en aquellos que viven en convivencia, en aquellos padres que no reconocen a sus hijos, en aquellos esposos o esposas que han abandonado a su cónyuge e hijos, en aquellas familias donde hay violencia y falta la paz. ¿No habrá llegado el momento de la conversión también para ustedes? ¿No habrá llegado el momento de recibir el matrimonio sacramento, de asumir tu paternidad, de regresar a tu hogar, de terminar con tu doble vida? Ante la seriedad de lo que está sucediendo, Dios te da la oportunidad de reflexionar y cambiar, pues aquí en la tierra te estás jugando tu destino eterno.   

Queridas Familias: Que la Sagrada Familia de Nazaret sea su protección, modelo y fuente de esperanza en estos momentos y siempre. Sepan que rezo por ustedes. Les envío mi bendición. ¡Familia, sé fuerte! ¡Familia, sé lo que estas llamada a ser!

A los sacerdotes, la vida consagrada y los seminaristas

Finalmente quiero dirigirme a los sacerdotes, consagrados, consagradas, diáconos y seminaristas de la Arquidiócesis. En primer lugar para agradecerles su testimonio y entrega, así como las formas creativas e inteligentes de evangelización que muchos de ustedes vienen realizando en estos días. Como les decía en mi último Mensaje del 16 de marzo pasado, hagamos de esta situación de emergencia una ocasión para desarrollar un celo pastoral inteligente y creativo para que el Santo Pueblo de Dios no se sienta abandonado por nosotros, y perciba claramente que la Iglesia no cierra sus puertas a nadie.

Gracias a nuestros consagrados y consagradas, por su cercanía a nuestro pueblo para consolarlo y evangelizarlo. Les pido que en estos momentos intensifiquen la oración incesante, que ofrezcan con alegría al Señor el gran sacrificio que significa no poder participar en la Misa diaria, que ayuden ahí donde están a que todos cumplan con las disposiciones dadas por las autoridades. A que disipen los temores y ansiedades, sean alivio en los sufrimientos, fortalezcan la fe, la esperanza y la confianza en Dios. Pronto con la ayuda del Señor, de María y de los Santos, superaremos esta prueba.

A las religiosas de clausura de nuestras Arquidiócesis, nuestras queridas Madres Benedictinas y Carmelitas Descalzas, les expreso en nombre de todos nuestra gratitud, porque gracias a su oración constante, a sus mortificaciones y ofrecimientos, sostienen a la humanidad, a la Iglesia, y a los que vivimos el ministerio y el apostolado en la vida activa. Las contemplativas forman el Corazón de la Iglesia, y desde él animan a todas las demás vocaciones que el Espíritu Santo suscita en el Cuerpo Místico, que es la Iglesia. ¡Qué sería de nosotros sin ustedes!

A los sacerdotes junto con mi gratitud y admiración por todo lo que hacen en el servicio al Pueblo de Dios, les reitero mi pedido a que no dejen de celebrar privadamente la Santa Misa, porque ella sostiene al mundo. “La Eucaristía constituye el signo perenne del amor de Dios, amor que sostiene nuestro camino hacia la plena comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu. Es un amor que supera el corazón del hombre”[4]. A través de la celebración de la Santa Misa, traemos al mundo los tesoros infinitos de la redención y del amor de Dios, que en la Cruz de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, nos ha salvado y sanado: “Sus heridas nos han curado” (1 Pe 2, 24). Queridos sacerdotes: Que estos días en que celebramos privadamente la Santa Misa, sean días para redescubrirla en toda su belleza, días para crecer en nuestra piedad eucarística, sacudiendo de nuestro corazón cualquier actitud cansina y de rutina. La Santa Misa tiene que convertirse cada vez más en el centro y en la raíz de nuestra vida interior, y de toda nuestra jornada. 

Les pido a los sacerdotes poner el máximo celo en llevar el consuelo de los sacramentos a los enfermos y necesitados: El bautismo y la confirmación en peligro de muerte, la distribución del viático, y la administración de la unción de los enfermos, observando todas las medidas de prudencia e higiene necesarias para la salvaguarda de la propia salud. Con inteligencia vean la manera de asegurar ayuda a las necesidades de los pobres, de los migrantes, de los ancianos y de los que viven en soledad y abandono. El Papa Francisco nos ha pedido tener una actitud de cercanía al prójimo en esta pandemia, porque nuestro Dios no es un Dios lejano sino cercano, que se ha hecho tan prójimo (próximo) a nosotros que se ha encarnado, ha habitado entre nosotros, se ha hecho hombre, ha asumido en todo nuestra condición humana, menos en el pecado. Si no puede ser como quisiéramos, una cercanía física plena, que sí lo sea espiritual.  

Que estos días de “Cuaresma-Cuarentena”, nos ayuden a redescubrir la belleza del rezo de la Liturgia de las Horas. Para el presbítero, como para el diácono en camino al sacerdocio, la celebración íntegra y cotidiana de la Liturgia de las Horas es parte substancial de su ministerio. El rezo de la Liturgia de las Horas, va más allá de nuestra piedad personal. Cuando la rezamos lo hacemos no tanto en nombre propio como en nombre de toda la Iglesia e incluso en nombre del Señor Jesús, para bien de la Iglesia y de todo el mundo. ¡Cuánto más en esta hora difícil que vivimos!  

De otro lado estos días también son ocasión para redescubrir una dimensión esencial de nuestro ministerio sacerdotal: “Tú eres sacerdote para siempre, mediador entre Dios y los hombres”. Oremos, oremos mucho al Señor por nuestro pueblo, por Piura y Tumbes, por el Perú, por el mundo entero, para que el Señor detenga con su mano poderosa esta pandemia. Oremos, por ese pueblo de Dios que incluso en la reclusión de su casa se da maña de robarnos la unción que hemos recibido el día de nuestra ordenación, como gusta afirmar el Papa Francisco, al hacernos llegar por mil y un medio creativos sus pedidos: “Rece por mí, Padre, que tengo este problema…Padre écheme la bendición…Padre quiero confesarme…Padre por favor venga a darle la comunión y la unción a mi enfermo…Padre, rece por mi familia…Padre ayúdeme que no tengo para comer hoy”. Muchas veces creo que nuestro pueblo sencillo con su profundo sentido de fe es más consciente del don y misterio de nuestro sacerdocio que nosotros mismos.

A los diáconos y seminaristas que se preparan para ser sacerdotes, que este tiempo les ayude a conocer mejor el don que se preparan a recibir: Ser sacerdotes del Señor para el servicio santo de la Iglesia y de los hermanos. Que sea un tiempo para fortalecer la decisión que los trajo al Seminario y para entender que si no arden de amor, muchos morirán de frío.  

En el día de San José, recemos el rosario

Estamos en pleno mes de marzo, y mañana 19, es la Solemnidad de San José, casto esposo de la Virgen María y Patrono del Perú.

Promovamos mañana, en medio de esta emergencia sanitaria, que cada familia, que cada comunidad religiosa rece a las 7:00 pm el Santo Rosario con los “Misterios Luminosos”. Como nos ha dicho el día de hoy el Papa Francisco: “Al rostro luminoso y transfigurado de Cristo y a su Corazón nos conduce María, Madre de Dios y salud de los enfermos, a la cual nos dirigimos con la oración del Rosario, bajo la mirada amorosa de San José, custodio de la Santa Familia, y de nuestras familias”.[5]

Que en este tiempo de prueba e incertidumbre, contemplemos en compañía de Santa María y de San José el rostro luminoso de Cristo, para que Él disipe junto con el pecado, las tinieblas del contagio y de la muerte.

¡Señor Cautivo de Ayabaca, en ti confiamos!

¡Nuestra Señora de las Mercedes, ruega por nosotros!

¡San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla!

 Los bendice de corazón y reza siempre por ustedes.

 San Miguel de Piura, 18 de marzo de 2020

[1] San Agustín, Confesiones, III – 6,11

[2] Ver S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 30-I-2008.

[3] Aparecida, Documento final, n. 434.

[4] San Juan Pablo II, Homilía de Jueves Santo, 12-IV-2001.

[5] S.S. Francisco, Audiencia General, 18-III-2020.

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miércoles 18 marzo, 2020