EXHORTACIÓN PASTORAL DEL ARZOBISPO DE PIURA EN LA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR JESÚS 2015

 “La Navidad del Jubileo de la Misericordia”

Muy amados hermanos y hermanas en Jesús, el Divino Niño de Belén:

Se aproxima la Navidad, la fiesta de la ternura del Dios-con-nosotros. Fiesta que nos pide dejar de lado el bullicio del mundo que con sus compras y ventas, preocupaciones y trajines, quiere apoderarse de nosotros estos días. Fiesta que más bien nos invita a recogernos en familia y en oración para contemplar con asombro el admirable intercambio que se realiza en el misterio de la Encarnación – Nacimiento del Verbo eterno: Dios que se hace hombre y el hombre que es elevado a Dios. ¡El hombre no puede subir a Dios, si Dios no baja a buscarlo!

La fiesta de la Navidad no es sólo el recuerdo emotivo de un hecho histórico que ocurrió. La Navidad es ante todo la celebración presente y real por el milagro de la liturgia, del acontecimiento central de la historia de la humanidad: El Señor Jesús, el Verbo eterno del Padre, el Hijo de Santa María la Virgen, ha venido al mundo y viene sin cesar al corazón humano y a nuestra historia para elevarnos hasta el Padre con la potencia de su Espíritu.

En la Misa de Navidad, con especial emoción y fe rezaremos el Credo y de rodillas confesaremos adorando que, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación (el Verbo de Dios) bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.  Sí hermanos: La Palabra se encarnó para salvarnos reconciliándonos con el Padre; para que nosotros conociésemos el amor de Dios; para ser nuestro modelo de santidad, y “para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1, 4) y así nosotros recibir de Él el don de ser hijos en el Hijo.[1]     

En Navidad pensemos y oremos por nuestros hermanos perseguidos, refugiados y martirizados por su fe en Cristo

“Y mientras estaban allí (en Belén), le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada” (Lc 2, 6-7).

A las conmovedoras palabras que describen el nacimiento del “Rey de reyes” de Santa María la Virgen en compañía de San José, su castísimo esposo, se une la dolorosa explicación del porqué del nacimiento del Señor en un establo, en un ambiente tan poco acogedor y hasta podríamos decir indigno: “No tenían sitio en la posada”.

La meditación de estas palabras de San Lucas encuentran en el Prólogo de San Juan un paralelismo dramático y explicativo: “Vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11).

No hay sitio para el Salvador del mundo, para aquel en vistas del cual todo fue creado (ver Col 1, 16). Es revelador que Aquel que fue crucificado fuera de las puertas de la ciudad (ver Hb 13, 12) nació también fuera de sus murallas. La Navidad, fiesta de la alegría salvífica, presenta ya en su trasfondo la sombra de la Cruz. El Niño que nace viene a dar su vida en rescate por la nuestra, viene a sufrir para expiar nuestros pecados. Desde su nacimiento Jesús envuelto y ceñido en pañales y acostado en un pesebre, lugar donde comen los animales, se nos presenta como el inmolado, como el sacrificado, como el verdadero alimento que el hombre necesita para tener vida eterna. [2]

Ante estas imágenes tan sugerentes, ¿cómo no recordar en Navidad en nuestras oraciones y caridad fraterna, a nuestros hermanos perseguidos, refugiados y martirizados en varias partes del mundo, especialmente en Oriente Medio y África, por el solo crimen de profesar su fe en Jesucristo como su Salvador? Por ello con el Papa Francisco le decimos al Señor Jesús en el día santo de su Natividad: “En Ti, Divino Amor, vemos también hoy a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe en Ti, ante nuestros ojos a menudo con nuestro silencio cómplice”.[3]

Les pido que en su oración personal, familiar y comunitaria durante la Navidad y el Año Nuevo, encomendemos especialmente a estos hermanos nuestros muy cercanos en la fe, aunque vivan en zonas geográficas muy distantes de nosotros.

Pidamos para que el Niño Dios y Su Madre Santísima, junto con San José, extiendan sus mantos sobre ellos, los protejan de todo mal, fortalezcan su esperanza, y los hagan fuertes en la fe. ¡Tengamos fe en el poder de la Cruz de Cristo! La llama del Amor quema y consume el mal y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien. Esta es la esperanza que sostiene a nuestros hermanos perseguidos y la que siempre debe sostenernos a nosotros.

Igualmente y como nos enseñó Jesús (ver Mt 4, 43-48; Lc 23, 34), recemos también por sus perseguidores, por su conversión del mal y del dolor que están causando. Así lo hizo San Esteban, el primer mártir cristiano cuya fiesta celebramos al día siguiente de Navidad. Esteban murió como Cristo, con la magnanimidad cristiana del perdón y de la oración por los enemigos (ver Hch 7, 60). Así también lo están haciendo nuestros hermanos mártires.

La Navidad del Jubileo de la Misericordia

El 8 de diciembre pasado, solemnidad de la Inmaculada Concepción, hemos comenzado a vivir con el Papa Francisco y con toda la Iglesia universal, el Jubileo de la Misericordia, que con el lema “Misericordiosos como el Padre”, busca que abramos el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. Y es verdad: “¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención”.[4]

La Navidad es ocasión preciosa para redescubrir, acoger e irradiar la misericordia, porque Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. La misericordia se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. Él con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios. Quien lo ve a Él, ve al Padre (ver Jn 14,9).[5] Podemos decir sin vacilaciones que el Señor Jesús es la encarnación de la misericordia y que nos exige a nosotros sus discípulos dejarnos guiar por ella. Esta exigencia forma parte del núcleo del mensaje evangélico: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7).[6]

Este mundo contemporáneo a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor, que aspira a vivir en paz, libertad, progreso, igualdad y fraternidad, pero que parece más bien estar sumido en la guerra, la esclavitud, la dimisión de lo humano, la injusticia y el odio; prisionero de fuerzas negativas como el rencor, el odio e incluso la crueldad demencial terrorista; que vive en el ocaso de los valores fundamentales como el respeto a la vida humana desde el momento de la concepción hasta su fin natural, el respeto al matrimonio entre un varón y una mujer en su unidad indisoluble y a la estabilidad de la familia, necesita urgentemente de la misericordia infinita que le trae el Niño Dios.

Misericordia que todo lo transforma, recrea, sana, une, reconcilia, salva, perdona y libera. No hay fuerza más unificante y elevante que el Amor, cuya cara más auténtica es la misericordia. Sin la misericordia de Dios manifestada en Cristo Jesús, no hay posibilidad de vida nueva porque sólo ella nos libra de nuestro pecado que es la fuente de todas las esclavitudes. Sin misericordia en nuestras relaciones sociales no hay posibilidad de auténtica fraternidad. Nuestro mundo sólo será más humano en la medida en que nosotros seamos más misericordiosos los unos con los otros. La justicia sola no alcanza para construir la ansiada “Civilización del Amor”. En particular, los exhorto a que vivamos la misericordia con todos aquellos que sufrirán como consecuencia del próximo Fenómeno del Niño.

Que María, Madre de la Misericordia hecha carne, Jesucristo nuestro Señor, nos acompañe en la Navidad y en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Que Ella no se canse de volver a nosotros “esos sus ojos misericordiosos”, como le suplicamos en la oración de La Salve, y nos haga capaces de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús, que yace en sus brazos y que llora en su regazo sobre todo por nuestra dureza de corazón, por nuestra falta de conversión y de amor fraterno; por la falta de paz en el mundo. A todos les deseo una muy Santa y Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de las bendiciones del Señor.

Los bendice cariñosamente y pide sus oraciones.

[1] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 456-460.

[2] Ver Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, La Infancia de Jesús, pág. 73ss.

[3] S.S. Francisco, Palabras al final del Vía Crucis 2015, 03-IV-2015.

[4] S.S. Francisco, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, “Misericordiae  vultus”, n. 15.

[5] Ídem. n. 1.

[6] San Juan Pablo II, Encíclica Dives in Misericordia, n.2.

sábado 19 diciembre, 2015